CAPÍTULO 34
A varios miles de kilómetros de Palermo, Vadim dictaba órdenes en un almacén aislado del norte de Rusia, donde el frío se filtraba por las juntas y la nieve golpeaba los ventanales ennegrecidos.
Las planchas metálicas crujían bajo las ráfagas que barrían la llanura helada. El aire olía a hierro, madera húmeda, combustible de calefacción y nieve acumulada. En el suelo, el agua del deshielo formaba charcos oscuros que devolvían reflejos deformados de las luces.
Vadim Alekséi Malenkov permanecía bajo una bombilla desnuda. La camisa gris seguía impecable y los gemelos de ónix recogían la luz intermitente. No ocupaba el centro del almacén, pero los hombres habían dejado libre el espacio a su alrededor.
Sobre la mesa de madera había mapas del Mediterráneo, informes de bancos sicilianos, fotografías de la catedral, horarios de aduana y una copa de vodka intacta.
Cerca, el humo de varios cigarrillos se mezclaba con el cuero, la humedad de los abrigos y el olor antiguo de la sangre incrustada en el lugar.
Los hombres respiraban bajo, se movían despacio y mantenían la vista en el suelo hasta recibir una orden.
Uno de los hombres dejó el sobre sobre la mesa y el papel rozó la madera con un sonido mínimo, que resultó demasiado nítido en aquella quietud.
Vadim no lo abrió de inmediato. Primero miró el reloj y después sonrió.
—Puntuales —observó—. La puntualidad siempre revela algo de un enemigo.
Con toda su calma sacó la fotografía dentro del sobre, Giuseppe Ricci besaba a Gabriella Ferrara bajo los aplausos de toda Sicilia.
Vadim estudió la imagen mientras el viento levantaba remolinos de nieve contra el edificio. Dentro del almacén, nadie habló ni cambió de postura.
Vadim se detuvo en Gabriella: el vestido blanco, el cuello descubierto y la mano de Giuseppe en su cintura. Ella aceptaba el beso sin perder la firmeza en la mirada. Ver aquella resistencia bajo la mano de otro hombre despertó en él una rabia que no tenía relación con la alianza.
La boda podía romperse atacando dinero, rutas o lealtades. El beso planteaba otro problema. Gabriella había respondido a Giuseppe delante de toda Sicilia y Vadim lo interpretó como una elección que debía corregir.
La cicatriz cerca de sus nudillos se tensó cuando cerró los dedos sobre el borde de la fotografía, pero no llegó a arrugarla. Contuvo aquella reacción y la convirtió en una decisión útil.
—Te equivocaste —murmuró Vadim. El papel volvió a crujir entre sus dedos.
Los hombres armados junto a la mesa miraron al suelo. El silencio se volvió más pesado.
Uno de los hombres cambió el peso de una pierna a otra. Era joven, balcánico y ancho de hombros. Había sobrevivido a suficiente violencia para confundir experiencia con permiso para hablar.
—Podemos responder esta misma noche —propuso—. Un escolta muerto en la entrada de la villa bastaría.
Vadim tardó en mirarlo y los demás mantuvieron la vista en el suelo. Dejó la fotografía sobre la mesa y retiró una mota invisible del algodón con un pañuelo blanco. Solo después levantó los ojos hacia el hombre.
—¿Un escolta?
El hombre tragó saliva.
—Sabrían que estamos cerca —insistió el joven.
Vadim sonrió.
—Cerca puede estar cualquiera: un perro, un borracho o un hombre con más fuerza que criterio. Quiero que comprendan que uno de los suyos ya trabaja para mí.
Nadie se movió.
Afuera, una contraventana golpeó tres veces contra el muro. El eco recorrió el almacén.
—Un cadáver en la puerta les daría una razón para cerrar filas —explicó Vadim—. La violencia útil cambia la pregunta, deja de importar quién es el enemigo y obliga a desconfiar del hombre que está al lado.
Dio un paso y luego otro.
Se acercó al hombre sin apresurarse y le acomodó el cuello de la chaqueta. El gesto hizo que el balcánico mantuviera los brazos pegados al costado.
—Confundes violencia con ruido —susurró Vadim—. Sabes matar hombres, pero todavía no entiendes cómo se destruye una familia.
El balcánico no alcanzó a responder.
La daga apareció en la mano de Vadim. Hundió la hoja bajo las costillas del hombre con una precisión letal y retiró el brazo sin alterar la respiración.
El hombre se dobló contra él. Vadim lo sostuvo de pie mientras la mancha oscura de sangre avanzaba sobre la camisa y el aire le fallaba antes de formar una palabra.
Vadim acercó la boca a su oído.
—Mañana ninguno de ustedes volverá a hablar antes de entender una orden —sentenció Vadim junto a su oído—. Para eso sirve su muerte.
Vadim lo soltó, el cuerpo golpeó el cemento y nadie se acercó. Los presentes esperaron a que él volviera a la mesa antes de levantar la vista.
La sangre se mezcló con el agua del deshielo sobre el suelo helado. Nadie recibió orden de retirar el cuerpo.
Vadim limpió la hoja con el pañuelo blanco y lo lanzó sobre el pecho del muerto. Después volvió a la fotografía.
—Quiero los nombres de todos los jueces que asistieron a la recepción privada de los Ricci.
Averigüen quiénes son sus hijos, sus amantes, sus médicos y sus acreedores.
Revisen los horarios del puerto de Palermo, los turnos de aduana y cada contenedor que entre por Trapani durante los próximos diez días.
Busquen grietas. El ruido vendrá después.
Nadie preguntó por qué.
Preguntar era una forma lenta de suicidio.
Vadim volvió a la mesa de madera y tomó la fotografía de Gabriella.
Esta vez no miró a Giuseppe. Lo cubrió con el pulgar, borrándolo de la imagen y dejó visible solo el rostro de ella.
La luz amarilla volvió pálida la piel de Gabriella en el papel, pero no consiguió quitarle esa tensión en la mirada, esa resistencia que parecía seguir respirando incluso atrapada en una fotografía.
—No necesito destruirla —aclaró—. Le quitaré una certeza después de otra hasta que mi voz sea la única que no dude.
Gabriella no recordaba Roma ni la madrugada en que él la había visto por primera vez. Para ella, Vadim todavía era una voz y una amenaza. Él interpretaba esa indiferencia como una ofensa personal.
Un año atrás, Roma olía a lluvia, alcohol dulce y tabaco. Bajo las luces de madrugada, la gente salía de los clubes y los coches levantaban agua de las aceras.
Gabriella había salido de una discoteca cerca de las tres con Isabella y varios estudiantes.
Llevaba un vestido negro, el cabello suelto y una risa que no coincidía con los informes sobre la heredera Ferrara.
Caminaba bajo la lluvia sin pedir paso; la gente se apartaba antes de que ella tuviera que hacerlo.
Después llegaron los informes. Gabriella Ferrara, hija de Adriano, hermana de Giorgio e Isabella y heredera de una familia antigua de Trapani.
A partir de entonces dejó de verla como una desconocida y empezó a estudiarla como un punto de acceso a Sicilia.
Vadim volvió a la fotografía del beso. Giuseppe miraba a Gabriella como un hombre consciente de que podía perderla. Esa preocupación ofrecía una vía más útil que cualquier amenaza directa.
Vadim inclinó la cabeza y trazó con el pulgar el borde de la fotografía.
—Que disfruten esta noche. Mañana empezaremos por los puertos. Después vendrán el dinero, los hombres y la confianza que los mantiene unidos.
Hizo una pausa.
La bombilla desnuda parpadeó sobre el muerto, una gota de agua cayó desde el techo y golpeó el suelo cerca del charco de sangre.
—Cuando Giuseppe descubra que vigilarla no basta, empezará a encerrarla dentro de sus decisiones. Gabriella verá una amenaza en cada orden y él responderá con otra. No la quiero como rehén. Quiero que llegue hasta mí convencida de que alejarse de él fue idea suya.
Vadim dejó la fotografía sobre la mesa sin dañarla.
No tenía prisa.
Prefería que sus enemigos destruyeran primero la confianza entre ellos.