Bajo Juramento de Fuego – Libro 1 (Los Herederos de Sicilia) CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

Los invitados siguieron bailando y bebiendo mucho después del primer vals. Villa Ricci estaba llena de música, copas y conversaciones que empezaban con cortesía y terminaban en acuerdos discretos y algunos millonarios.

Felicitaban a los recién casados como si hubieran asistido a una boda sencilla, aunque todos entendían el alcance político de la ceremonia.

Gabriella sonreía cuando correspondía y permitía que mujeres perfumadas le tomaran las manos mientras hombres impecables inclinaban la cabeza con una reverencia nueva.

Signora, Ricci.

El tratamiento le tensó los hombros la primera vez. Ella mantuvo la sonrisa y respondió con la naturalidad que había aprendido en actos públicos, pero el apellido permaneció adherido a la frase. También era Ricci ahora.

El anillo, los votos y la bendición del obispo habían formalizado una decisión que toda Sicilia acababa de presenciar.

Las cámaras registraron su entrada junto a Giuseppe y los Capos aceptaron la unión.

Desde ese momento, Palermo también reclamaría parte de sus decisiones, una certeza que Gabriella todavía no sabía cómo acomodar.

Él seguía a su lado, correcto, sereno e impecable. Saludaba, respondía, aceptaba felicitaciones y controlaba la habitación sin levantar la voz.

—Si vuelven a llamarme Signora Ricci con esa sonrisa, acabaré clavándole el tenedor a alguien —murmuró Gabriella sin mover los labios.

Giuseppe no la miró, pero una sombra de humor le cruzó los ojos.

—El protocolo recomienda esperar al postre —sugirió él sin apartar la vista del invitado que acababa de sonreírle demasiado—. Y elegir a alguien cuyo apellido no me obligue a cerrar media terraza.

—¿El protocolo contempla asesinato con cubiertos?

—En Sicilia, casi todo está permitido.

Gabriella dejó escapar una risa que solo Giuseppe oyó. Él volvió el rostro y la observó un segundo más de lo necesario. La música, las cámaras y los invitados siguieron alrededor, aunque la atención de ambos quedó reducida a la distancia entre sus cuerpos.

La mirada de él descendió hasta su boca y regresó a sus ojos. No necesitó tocarla para que ella entendiera la intención.

—Ten cuidado cuando me miras así —advirtió ella, rozando la copa con los labios.

—¿Qué?

—Como si calcularas algo que no quieres admitir.

—Eso hago siempre —admitió Giuseppe—. Calculo. Decido. Y esta noche todo lo que te rodea exige más cálculo del que me gustaría.

—Esta vez es diferente.

Él la contempló un instante más.

—Sí —admitió Giuseppe, más bajo—. Por eso sigo calculando mal la distancia.

Ella sintió el efecto de la confesión antes de encontrar una respuesta. Don Marco pidió silencio y la obligó a volver la atención hacia la mesa principal, donde estaban los cuatros Capos.

Las conversaciones se apagaron poco a poco. Las copas quedaron suspendidas a medio camino y los músicos bajaron el volumen mientras todos dirigían la atención hacia Don Marco.

El Capo de Palermo se puso de pie con una copa de vino en la mano.

—Hace muchos años —comenzó Don Marco—, alguien me dijo que Sicilia se gobernaba con memoria. Esa memoria nos enseñó a sobrevivir y también a prolongar odios que ya nadie sabía explicar por completo.

Don Marco buscó a Don Adriano al otro lado de la mesa principal. El intercambio entre ambos contenía reconocimiento, historia y asuntos que la boda no pretendía resolver.

—Hoy celebramos algo más complejo que un romance. Esta alianza nace de lo que nuestras familias han perdido, de lo que todavía pueden perder y de aquello que han decidido proteger juntas.

Don Adriano se levantó. La copa en su mano parecía más pesada que de costumbre.

—Mi hija fue criada para caminar con la cabeza alta y entrar en una casa enemiga sin olvidar quién es. También aprendió algo que esta isla olvida con demasiada facilidad: la sangre se venga y se protege.

Gabriella tragó saliva, porque no esperaba que doliera tanto escucharlo decir «mi hija» delante de todos.

Don Adriano miró a Giuseppe.

—Mi única heredera es Gabriella Ferrara —reafirmó Adriano y recorrió la mirada por todos los presentes—. Hoy confío esta alianza a Gabriella y a Giuseppe porque ambos conocen nuestra historia y porque todavía quiero que mis hijas tengan futuro.

La referencia a sus hijas hizo que Gabriella buscara a Isabella. Estaba cerca, con la copa entre ambas manos y los ojos brillantes; Pio permanecía detrás de ella, rígido, aunque su mirada también se había suavizado. Don Adriano alzó la copa.

—Por Sicilia. Por nuestros muertos. Y por los vivos que todavía estamos a tiempo de salvar.

Durante un segundo nadie se movió; después las copas se elevaron.

—Por Sicilia —respondió al unísono la terraza.

Gabriella bebió un sorbo pequeño. El sabor dulce del vino le quedó en la lengua mientras Giuseppe dejaba la copa sobre la mesa sin apartar la vista de ella.

—Tu padre sabe hacer daño en público —murmuró Giuseppe—. Y sabe dónde colocarlo para que nadie olvide que, incluso después de esta boda, sigues perteneciendo a la casa Ferrara.

—Es uno de sus talentos menos apreciados.

—Lo heredaste. La diferencia es que tú hieres mirando de frente.

Gabriella lo miró de reojo.

—¿Eso fue un cumplido?

—Tal vez.

Casi sonrió.

Enzo apareció junto a Giuseppe y le habló al oído. El cambio fue mínimo, pero Gabriella lo reconoció: la atención de Giuseppe abandonó la recepción y regresó a los jardines, las rutas y los soldados bajo su mando.

—¿Qué ocurre? —preguntó Gabriella.

Giuseppe miró hacia los jardines, después a Matteo y a Alessandro. Dos gestos bastaron para que los hombres Ricci cambiaran de posición sin interrumpir la música.

—Hay una anomalía en el perímetro norte —informó él.

Gabriella sintió que el pulso se le subía a la garganta.

—¿Vadim?

—Todavía no lo sabemos.

—Dime la verdad, Ricci. Al menos hoy.

Él la miró.

—Todavía no tengo una respuesta —admitió Giuseppe.

La falta de una respuesta concreta aumentó la inquietud de Gabriella.

Pio ya se acercaba; había visto el movimiento desde la distancia, igual que ella.

—¿Isabella?

—Está protegida —aseguró Pio—. Tiene el equipo completo alrededor. No hay cambios en el palazzo ni en la villa.

—Quiero verla.

—La verás —intervino Giuseppe.

—¡Ahora!

Pio abrió la boca para responder, pero Giuseppe habló primero.

—Déjala pasar.

Gabriella se volvió hacia él.

—No necesito que abras el camino por mí.

—Lo sé. Por eso me aparto.

La respuesta la detuvo un segundo. Pio la condujo entre los invitados y Gabriella cruzó la terraza sin correr ni alterar el rostro. Isabella la esperaba rodeada por tres hombres Ferrara, con Matteo a pocos metros y una bandeja de canapés fingiendo ocupar toda su atención.

—Antes de que preguntes, estoy bien —se adelantó Isabella.

Gabriella la abrazó sin comprobar quién miraba. Durante unos segundos, el vestido y la recepción dejaron de importarle.

—Gabi…

—Cállate un segundo.

Isabella obedeció. Gabriella respiró el olor familiar de su hermana y comprobó el calor de su cuerpo entre los brazos. La amenaza de Vadim no cambiaba ese hecho: Isabella estaba allí.

—Voy a hacer hasta lo imposible por mantenerte viva —susurró Gabriella.

—Lo sé.

—Isa, escúchame. No sabes cuánto miedo me da perderte.

Isabella se separó para mirarla de frente. La seriedad de su expresión hizo que Gabriella recordara cuánto había crecido lejos de Trapani.

—Sí lo sé. Y tampoco permitiré que te pase algo por protegerme.

Gabriella no encontró una respuesta. Pio apartó la mirada y apretó los puños.

Cuando Gabriella regresó hacia Giuseppe, la música seguía sonando y los invitados mantenían las sonrisas. Nadie había advertido la alarma.

Él la esperaba junto a una columna, lejos de la mesa principal.

—Falsa alarma —aclaró antes de que ella preguntara—. Un proveedor tomó una ruta equivocada. Alessandro lo tiene controlado. No volverá a confundirse de puerta.

Gabriella se detuvo frente a él.

—¿Por qué sigues con esa cara?

—Porque una falsa alarma también revela quién tiembla, quién corre y hacia dónde mira primero.

—¿Para medir reacciones?

—Porque esta noche todos me han recordado qué utilizaría Vadim para romperte delante de mí.

Gabriella cerró los ojos un corto tiempo. Vadim no necesitaba estar en la villa para alterar la recepción. Le bastaba con obligarlos a imaginar por dónde podría entrar y observar qué hacían después.

La orquesta siguió tocando después del brindis, aunque la terraza ya no recuperó la ligereza del comienzo. Los invitados sonreían, bebían y se acercaban por turnos, atentos a cada gesto de los recién casados y a la vigilancia de Giuseppe.

Gabriella lo advertía en el movimiento de los fotógrafos hacia el centro de la terraza y en los políticos que interrumpían sus conversaciones para observarlos. Todos esperaban la imagen que confirmaría ante Sicilia que la unión seguía firme fuera de la catedral.

Sicilia esperaba otro beso. Para Giuseppe, conceder esa imagen formaba parte de la misma estrategia que los votos y el brindis.

«Qué romántico», pensó Gabriella. Cientos de personas esperaban que un beso confirmara una alianza capaz de contener la guerra.

Alessandro vio a los fotógrafos tomar posiciones antes que nadie. Se acercó a Giuseppe con una sonrisa discreta, la misma que utilizaba cuando necesitaba advertirle algo sin alterar a los invitados.

—Es el momento —avisó Alessandro.

Giuseppe asintió y Gabriella comprendió. Había asistido a suficientes ceremonias y pactos para reconocer lo que pedían las cámaras: el primer beso público de los recién casados.

El beso de la catedral había sido breve y ceremonial. Este pertenecería a las cámaras, los periódicos, los bancos y los enemigos que todavía dudaban de la alianza.

Él dio un paso hacia ella. El movimiento bastó para que los invitados atendieran y las conversaciones empezaran a apagarse.

Una conversación terminó, luego otra. En pocos segundos, la terraza quedó pendiente de ellos.

Gabriella levantó la vista. Durante un instante vio el cansancio de Giuseppe antes que al Consigliere, al heredero y al hombre que había dirigido la seguridad durante toda la jornada.

También distinguió la duda con que medía la distancia entre ambos. A Giuseppe le importaba demasiado el efecto de aquel gesto para reducirlo a una obligación pública.

Él se detuvo frente a ella. La pausa fue breve. Miró el anillo, después su boca y por último sus ojos.

Giuseppe apoyó una mano en la cintura de Gabriella y mantuvo la distancia exigida por el protocolo. La presión fue firme, medida y suficiente para guiarla sin decidir por ella.

Gabriella recordó la facilidad con que esos mismos dedos habían cerrado la distancia en la galería. El recuerdo llegó con el contacto: el jardín, el mármol frío, la boca de Giuseppe y la discusión con la que ambos intentaron llamar error a lo ocurrido.

Ante Sicilia, el gesto parecía correcto. Ella conocía la diferencia entre esa cortesía y la forma en que él la había sujetado cuando no había testigos.

Giuseppe bajó la cabeza.

—¿Preparada? —preguntó. Estaba tan cerca que el aliento le rozó los labios a ella.

Gabriella seguía cansada, asustada y sin saber cómo acomodar aquella boda dentro de su vida. También recordaba la boca de él.

Con las cámaras esperando, levantó la barbilla.

—Hazlo rápido —pidió, aunque el pulso le contradecía la firmeza de la voz.

La mirada de él cambió un poco.

—Eso no puedo prometerlo.

El corazón de Gabriella latió con fuerza cuando Giuseppe se inclinó.

El beso empezó con la contención que exigían las cámaras. Ella sintió la mano de él en su cintura y la pausa con que esperó su respuesta antes de profundizarlo.

Gabriella respondió, Giuseppe permaneció sobre su boca un segundo más de lo previsto y ella no se apartó.

Sintió el aliento de él mezclarse con el suyo y la resistencia con que intentaba recuperar el control. Saber cuánto le costaba ese esfuerzo encendió una reacción física que Gabriella no quiso nombrar todavía.

Los aplausos estallaron y los flashes iluminaron la terraza. Alguien brindó por Sicilia, los cuatro Capos levantaron las copas y varios invitados pronunciaron el apellido Ricci con respeto. Giuseppe y Gabriella tardaron un instante más en separarse.

Cuando volvieron a mirarse, ambos entendieron que el beso había excedido la imagen exigida por Sicilia. Apartaron los ojos casi al mismo tiempo.

Gabriella llevó la copa a los labios para estabilizar su respiración. No bebió, pero necesitaba mantener las manos ocupadas.

Él recuperó la expresión correcta que ofrecía a los demás, pero el pulgar rozó una vez su anillo antiguo. Ella reconoció en el gesto su esfuerzo por recuperar el control.

—Si vuelves a besarme así delante de todos, media Sicilia empezará a contar nuestros pecados —lo amenazó.

Giuseppe inclinó la cabeza con la cortesía que los invitados esperaban de un esposo atento.

—Entonces deja de mirarme como si quisieras repetirlo.

La tensión a Gabriella se le subió.

—Crees saber demasiado sobre lo que quiero —objetó, en un susurro.

—Empiezo a reconocer cuándo te mientes —replicó él, rozando con los nudillos el borde de su copa—. Y cada vez me cuesta más fingir que no lo veo.

Gabriella volvió la cabeza para enfrentarlo. Las cámaras y los invitados seguían alrededor; ninguno de los dos olvidaba dónde estaba.

—Cuidado, Ricci.

Él volvió a mirar su boca y esta vez no intentó ocultarlo.

—Llevo intentándolo desde que entraste en esta casa. El problema es que discutes cada límite hasta hacerme dudar de por qué sigo manteniéndolo.