Bajo Juramento de Fuego – Libro 1 (Los Herederos de Sicilia) CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

La mano que no suelta

Giuseppe descendió el primer escalón sin dejar de observar la plaza. Recorrió balcones, tejados, ventanas y edificios cercanos con la atención del Consigliere de Palermo. La ceremonia había terminado; pero la operación continuaba.

Alessandro avanzaba unos pasos detrás mientras atendía las comunicaciones en el auricular oculto bajo el cuello. Los equipos confirmaban posiciones, los convoyes seguían listos y ningún incidente alteraba la salida.

Aun así, la ausencia de incidentes no tranquilizaba a Giuseppe. Vadim llevaba demasiado tiempo en silencio y podía utilizar la multitud para ocultar un movimiento.

Sin apartar la vista del entorno, Giuseppe buscó la mano de Gabriella y la sostuvo mientras descendían. Quería mantenerla dentro de su campo de visión y poder reaccionar antes que cualquiera que intentara acercarse.

Gabriella comprendió el motivo antes de levantar la vista. A pocos metros de ellos, la primera línea de escoltas mantenía contenida a la multitud mientras los fotógrafos gritaban sus nombres buscando una imagen perfecta.

—¡Aquí, Consigliere!

—¡Gabriella!

—¡Una fotografía!

—¡Por favor, miren hacia este lado!

Gabriella sonrió para las cámaras. Toda Sicilia miraba y ella había aprendido desde niña a mantener el rostro sereno, aunque el miedo le tensara la nuca.

El mensaje de Vadim seguía repitiéndose bajo el ruido de la plaza.

—«Hoy no se casa una novia, se entierra una isla».

Giuseppe mantuvo la mano sobre la suya mientras las cámaras insistían, los fotógrafos gritaban su nombre y Pio aparecía en su campo de visión como una sombra demasiado cercana.

Ante las cámaras, Giuseppe parecía limitarse a sostener a su esposa durante la salida. Gabriella percibía otra cosa en la firmeza de sus dedos: él medía la distancia, imponía el ritmo y no pensaba permitir que se separara del dispositivo.

La presión la irritaba, pero también le ofrecía una referencia firme entre los flashes, los gritos de los fotógrafos y la amenaza que ninguno podía localizar.

Carlo apareció en el borde del dispositivo exterior antes de que el primer fotógrafo consiguiera romper la línea de escoltas.

Le bastó un gesto mínimo de su mano para que dos soldados Ferrara cerraran el espacio entre la multitud y los recién casados.

—Ruta oeste cerrada hasta que salga el convoy Ricci-Ferrara —ordenó por la radio—. Nadie se adelanta ni se retrasa. Si se abre una ventana fuera del protocolo, quiero saberlo de inmediato.

Pio escuchó la orden desde unos pasos más atrás y no la contradijo. Él cubría la seguridad inmediata de Gabriella.

Gabriella buscó a su tío entre la multitud. Carlo seguía atento a balcones, azoteas y ventanas abiertas con una calma que podía confundirse con indiferencia solo para quien desconociera de qué era capaz.

Vadim había escrito una amenaza dentro de la catedral y eso significaba que alguien había entrado o que alguien ya estaba dentro.

Giuseppe apretó la mano de Gabriella. También él había entendido que la tarjeta exigía una brecha en la catedral y ya calculaba cómo cerrar la plaza y los accesos sin provocar pánico.

El trayecto hasta el vehículo fue breve. Enzo abría paso, Pio vigilaba la retaguardia y Matteo se mantenía cerca de Giuseppe con una sonrisa para las cámaras y una mano próxima al arma bajo la chaqueta.

Al llegar al automóvil, Giuseppe soltó la mano de Gabriella para ayudarla a entrar. Recuperó el contacto en cuanto se acomodó a su lado. Entonces ambos repararon en el tiempo que habían permanecido unidos.

Sus miradas se encontraron y Gabriella subió al vehículo antes de que las cámaras o el silencio convirtieran aquel gesto en otra imagen para Sicilia.

Giuseppe ocupó el asiento a su lado. La puerta se cerró y el ruido de la plaza quedó amortiguado por el cristal blindado.

Dentro del coche quedaron el olor a cuero, el perfume de él, las flores de Gabriella y el rastro de pólvora de los hombres de seguridad. Los votos aún eran demasiado recientes para saber cómo vivirlos.

—¿Estás bien? —indagó Giuseppe, atento a cualquier cambio en su rostro.

Gabriella miró por la ventanilla mientras el convoy comenzaba a moverse.

—No me hagas preguntas imposibles el día de nuestra boda.

Una sombra breve cruzó los labios de él.

—Eso ya responde bastante.

Gabriella no lo contradijo. El silencio entre ambos sostuvo lo que ninguno estaba preparado para ordenar.

Villa Ricci recibió a los recién casados con música en vivo, flores blancas, mesas preparadas y un dispositivo de seguridad oculto entre los jardines. La recepción celebraba una victoria política mientras los soldados del Consigliere seguían buscando la amenaza.

Políticos, jueces, empresarios, banqueros, médicos y funcionarios circulaban entre las mesas con trajes impecables y perfumes caros. Cada sonrisa sería comentada durante semanas y cada conversación podía cerrar un negocio.

Gabriella reconoció otra forma de poder en aquellos invitados. Podían besar una mano, prometer cobertura favorable y, antes de terminar la copa, comprar una sentencia, una autopsia o un silencio judicial.

La etiqueta no suavizaba la violencia; solo la hacía presentable.

Giuseppe saludaba a cada invitado con la precisión de quien no dejaba conversaciones al azar. Elegía una palabra, una inclinación de cabeza o una pausa según el hombre que tenía delante y conseguía recordarles, sin mencionarlo, que Palermo acababa de unir su sangre a Trapani.

Gabriella avanzaba con el brazo enlazado al suyo, consciente de las miradas sobre el vestido, los anillos y los dos apellidos que ahora llevaba. Giuseppe la presentaba como parte activa de la alianza y, al mismo tiempo, mantenía a todos a una distancia que él consideraba segura.

Cada felicitación ocultaba una pregunta y cada copa levantada medía la solidez de la unión. Giuseppe respondía con cortesía; sus dedos se tensaban sobre el brazo de Gabriella cuando alguien reducía demasiado la distancia.

Carlo se mantuvo junto a Don Adriano durante los primeros saludos.

Vestía de negro, impecable y contenido, aceptando las felicitaciones dirigidas a la familia de la novia con una cortesía medida.

Siempre un paso detrás de Adriano, lo bastante cerca para acompañarlo como hermano y lo bastante lejos para recordar que no ocupaba el centro de aquella celebración.

—Está hermosa —murmuró Carlo, con la mirada fija en Gabriella.

Don Adriano no respondió de inmediato. Sus ojos seguían fijos en su hija, en la forma en que avanzaba junto a Giuseppe bajo la mirada de toda Sicilia.

—Se parece a su madre.

Carlo inclinó la cabeza. Durante un segundo, algo parecido a la nostalgia cruzó su rostro, pero desapareció antes de volverse emoción reconocible.

—Y también a ti —añadió—. Quien intente quebrarla descubrirá lo que heredó de ambos.

Alessandro caminaba sin descanso por toda la villa. Hablaba bajo, preciso y le bastaba un gesto o una mirada para que los equipos de seguridad modificaran posiciones, cambiaran recorridos o reorganizaran accesos sin que los invitados llegaran siquiera a percibirlo.

Un Caporegime se acercó con una tableta.

—El acceso oeste vuelve a congestionarse.

Alessandro recorrió el plano con la vista.

—No es el acceso, es el aparcamiento. Hay tres vehículos muy cerca de la salida de emergencia. —El Caporegime bajó los ojos y comprendió que tenía razón—. Muévelos. Y cambia el recorrido de los camareros por el jardín norte; están cruzando delante de las posiciones de los tiradores.

—Ahora mismo.

Desde el otro extremo de la terraza, Lucrezia seguía la precisión de Alessandro con una copa de champán intacta entre los dedos.

Sabía reconocer una estructura bien dirigida y había entendido que muchas decisiones de la casa Ricci llegaban a ejecutarse porque Alessandro encontraba el detalle que los demás habían pasado por alto.

Viola apareció a su lado.

—¿Qué observas con tanto interés?

—Al hombre que consigue que esta casa funcione mientras todos miran al Consigliere de Palermo.

Viola siguió su mirada.

—¿Alessandro Ricci? —indagó con los ojos entrecerrados.

—Todo el mundo cree que Giuseppe dirige esta casa.

—¿Y no es él?

—Giuseppe gobierna —matizó Lucrezia—. Alessandro hace que sus decisiones funcionen.

El primer acorde de la orquesta apagó las conversaciones. Nadie necesitó anunciar el baile; los invitados se levantaron de sus mesas alrededor de los recién casados.

Alessandro se acercó a Giuseppe.

—Es la hora.

Giuseppe buscó la mano de Gabriella y la condujo al centro del salón. Los invitados retrocedieron para dejarles espacio, atentos a la imagen que ofrecerían durante el primer baile.

La orquesta tocó un vals lento.

Él apoyó una mano en la espalda de ella y mantuvo la distancia exigida por la ceremonia. La presión de sus dedos marcaba el ritmo del vals y le recordaba que él seguía atento a cada movimiento alrededor.

Cuando el vals los acercó, Gabriella distinguió el calor de Giuseppe a través de la ropa y el olor discreto de su perfume. El murmullo de los invitados quedó detrás de la música.

Gabriella ajustó la respiración al movimiento de ambos. Bajo sus dedos sentía el pulso firme de Giuseppe y la atención con que él seguía guiándola entre las miradas.

—Respira conmigo —le pidió él, tan cerca que ella sintió la frase rozarle la boca.

Gabriella mantuvo la vista fija en el nudo de su corbata.

—La gente no es lo que me asusta.

El nombre quedó sin pronunciar. Vadim estaba en la música, en las flores, en la tarjeta negra, en cada cámara apuntando hacia ellos y en cada invitado que sonreía demasiado.

La mano de Giuseppe se afirmó sobre su espalda. El gesto la mantenía cerca mientras él vigilaba la terraza y Gabriella reconoció en esa presión la misma mezcla de protección y control que llevaba días discutiendo con él.

—Mientras yo respire, quien intente tocarte tendrá que atravesar Palermo.

Las palabras fueron tan bajas que casi se confundieron con la música.

Gabriella levantó la vista.

—Hablas como si pudieras prometerle obediencia al mundo entero.

—Hablo de lo que estoy dispuesto a hacer.

—Entonces dime qué estás dispuesto a hacer.

Él la acercó más. Tan poco que cualquiera lo habría atribuido al giro del vals y lo suficiente para que ella sintiera el calor de su cuerpo y el olor de su piel.

—Prometerte que no voy a retroceder, aunque resulte incómodo para los dos.

Gabriella distinguió a Isabella entre los invitados, a Pio vigilando los accesos y a Don Adriano observándola desde la mesa principal. El anillo nuevo pesaba en su mano mientras Giuseppe la guiaba en otro giro.

—Esta boda no nos vuelve seguros —susurró ella, sintiendo la presión de su mano a través de la tela.

—Nos vuelve visibles —matizó él, sin apartar la mirada de la suya.

—Y nos ata —insistió Gabriella, con la voz baja bajo el vals.

—Y a sobrevivir del mismo lado —resaltó Giuseppe mientras la guiaba en un nuevo giro.

La orquesta sostuvo el último acorde. Él completó el giro y soltó la mano de ella cuando comenzaron los aplausos. Ambos recuperaron la distancia exigida por la recepción antes de volver junto a los invitados.