Bajo Juramento de Fuego – Libro 1 (Los Herederos de Sicilia) CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

La catedral de Palermo había sobrevivido a coronaciones, epidemias, funerales y juramentos mucho antes de que cualquiera de ellos naciera. Aquella mañana, los bancos llenos de autoridades y soldados armados la acercaban más a un tribunal de guerra que a una iglesia preparada para una boda.

La luz de los vitrales caía sobre el mármol. Pocos invitados se detenían a contemplarla; cada rostro había llegado con una razón más grave que la ceremonia.

Más allá de los bancos ocupados por ministros, magistrados, empresarios, obispos, mandos policiales y representantes de las familias, la capilla del Sacramento mostraba sus piedras preciosas y el azul profundo del lapislázuli.

En otra nave, Santa Rosalía recordaba la ciudad a la que pertenecía aquel templo.

Los saludos se intercambiaban en voz baja y nadie prolongaba una conversación.

En el presbiterio aguardaban los Capos y sus Consiglieri. Se sentaban con la gravedad de hombres convocados para confirmar un tratado ante Dios y ante Sicilia.

Durante décadas habían discutido fronteras, alianzas y muertos. Aquella paz dependía de que los mismos hombres capaces de romperla aceptaran representar su papel delante de todos.

Fuera, Carlo Ferrara recorría el perímetro de la catedral con paso tranquilo y el auricular oculto bajo el cuello.

Los vehículos Ferrara habían entrado por la ruta secundaria, lejos de fotógrafos y curiosos.

Carlo revisó los cambios de escolta, la ubicación de los coches blindados, las comunicaciones con el palazzo y las calles laterales.

Pio permanecía junto a Gabriella; Carlo controlaba el perímetro y la retirada.

Junto a uno de los arcos exteriores, un Caporegime de seguridad se inclinó hacia él para transmitir el último informe.

—Traslado limpio. Perímetro norte cerrado. Tiradores en posición. Roma confirma sin novedades.

Carlo no apartó la mirada de la plaza.

—Que Roma confirme cada quince minutos hasta el final de la ceremonia. Nadie toca la ruta de salida sin mi autorización.

—Sí, Consigliere.

Carlo recorrió con la vista ventanas, balcones, azoteas y escoltas. Para los invitados parecía otro hombre de seguridad; quienes trabajaban con él confiaban en que ya había localizado y cubierto cualquier punto débil.

El vehículo de Gabriella se detuvo en el acceso reservado de la catedral. Carlo abrió primero, comprobó el camino y dio la señal a Don Adriano. Pio permanecería cerca de ella durante la ceremonia.

Giuseppe esperaba frente al altar con las manos enlazadas delante del cuerpo y la mirada fija en la gran puerta de madera por donde debía entrar Gabriella. A su alrededor, la catedral parecía rezar.

El murmullo de una radio vibró un instante en el auricular oculto de Enzo: todo seguía bajo control. Giuseppe deslizó, casi sin darse cuenta, el pulgar sobre el anillo antiguo, conteniendo en ese gesto la necesidad de convertir una ceremonia en estado de sitio.

El portón comenzó a abrirse. El sonido recorrió la catedral y todos se pusieron en pie.

Antes de que Gabriella cruzara el umbral, Giuseppe distinguió a Isabella junto al lugar reservado para la novia.

Permanecía erguida, con las manos entrelazadas sobre el vestido y los ojos fijos en la puerta.

La calma le exigía un esfuerzo visible. Era la madrina y conocía los silencios de su hermana lo bastante bien para advertir un miedo antes de que Gabriella lo nombrara.

A su lado, Matteo ocupaba el lugar del padrino con una soltura que contrastaba con la ceremonia.

Sonreía cuando alguna cámara se volvía hacia él y, entre una mirada y otra a los invitados, comprobaba las puertas, los pasillos y la posición de Alessandro.

Un leve movimiento de cabeza entre los hermanos bastaba para confirmar que todo seguía en orden.

Giuseppe los observó un instante. Isabella esperaba a Gabriella; Matteo permanecía junto a él. Cada uno sostenía a su hermano desde un lado distinto del altar mientras las dos familias ocupaban la nave.

—Desde aquí entras con tu padre —indicó Carlo—. Pio estará dentro. Yo cierro el perímetro y controlo la retirada.

Gabriella lo miró. El traje oscuro, el rostro sereno y la ausencia de un arma visible reforzaban la imagen de Carlo.

—¿Y si algo falla?

—Entonces Trapani habrá fallado bajo mi mando.

La respuesta la tranquilizó lo suficiente para tomar el brazo de su padre y apartarse de Carlo.

Gabriella apareció al final de la nave junto a Don Adriano. El vestido blanco recogió la luz de los vitrales, pero fue el apellido Ferrara el que se hizo presente en cada mirada. Entraba como heredera de Trapani antes que como novia.

Al llegar al altar, Gabriella uniría su nombre al de los Ricci. Los enemigos de Giuseppe también serían los suyos y las responsabilidades de Palermo se sumarían a las de Trapani. Toda la isla esperaba verla sostener ambas casas sin ceder terreno.

Pensó en los pactos, los muertos y la vida que la esperaba dentro de villa Ricci. El miedo le rozó la nuca, pero no redujo el paso. Sus tacones sonaron claros sobre el mármol, Gabriella fijó la mirada en el altar y continuó.

Giuseppe sintió una presión desconocida en el pecho.

Había asistido a funerales, negociado con hombres capaces de vender a sus hijos y dictado sentencias sin alterarse.

Ver a Gabriella avanzar hacia él despertó otra reacción: empezó a revisar la nave, las puertas y cada rostro cercano, dispuesto a interponerse ante cualquier amenaza.

Matteo permanecía a su derecha, quieto por una vez. Giuseppe agradeció aquella presencia sin mirarlo. Su hermano sabía que la ceremonia añadía una nueva familia a todo lo que él ya se había impuesto proteger.

Alessandro, Matteo, Enzo, Don Marco y ahora Gabriella, Isabella y Adriano. Giuseppe ordenó los nombres como responsabilidades y sintió el impulso conocido de responder con más vigilancia, más hombres y menos margen para los errores.

La encontró hermosa. La impresión duró apenas un segundo antes de que la responsabilidad de verla llegar hasta él ocupara todo lo demás.

Orgullo, deber y miedo se mezclaron mientras Gabriella acortaba la distancia. Giuseppe volvió a mover el anillo con el pulgar.

Gabriella sentía las miradas sobre el velo, el vestido y cada paso que daba. La seda rozaba sus piernas y el corsé limitaba la profundidad de cada respiración.

A pocos pasos del altar buscó el rostro de Giuseppe. Él ya la observaba. La mano permanecía quieta junto al cuerpo, aunque sus ojos recorrían a cualquiera que se acercara demasiado al pasillo central.

Don Adriano tomó la mano de su hija y la sostuvo entre las suyas antes de depositarla sobre la de Giuseppe. No bajó la mirada. El gesto confiaba a los Ricci una alianza, pero mantenía visible que Gabriella seguía siendo la heredera de Trapani.

Las manos se encontraron. Los dedos de Giuseppe estaban cálidos y secos. Cerró la mano lo suficiente para sostenerla, sin apretar y Gabriella respondió manteniendo la suya firme.

Antes de que el obispo continuara, un soldado se acercó desde el lateral con el rostro pálido. Se inclinó junto a Enzo y dejó en su mano una tarjeta negra. Enzo leyó una línea, cerró los dedos sobre el papel y buscó a Giuseppe.

Giuseppe permaneció inmóvil, pero su mirada se endureció. Gabriella lo advirtió en la presión de su mano antes de ver la tarjeta. Él aflojó los dedos enseguida, consciente de que la estaba sujetando con demasiada fuerza.

Enzo se acercó lo suficiente para que Giuseppe leyera el mensaje sin bajar la cabeza.

Hoy no se casa una novia, se entierra una isla.

Gabriella alcanzó a leerlo. Por un momento dejó de oír todo a su alrededor y sintió la mano de Giuseppe cerrarse otra vez sobre la suya. Vadim había conseguido entrar en la ceremonia sin mostrar el rostro.

El Obispo comenzó la ceremonia. Las palabras sagradas ascendieron lentamente hacia las bóvedas mientras el incienso seguía elevándose en finas espirales blancas.

Habló del matrimonio, de la fidelidad y del compromiso, aunque todos los presentes sabían que aquella unión trascendía cualquier sacramento: era un juramento de fuego y un intento desesperado por mantener unida una tierra acostumbrada a romperse.

Cuando llegó el momento de formular la pregunta, el silencio volvió a extenderse por la catedral.

—¿Aceptáis libremente esta unión...? —preguntó el obispo.

Cuando llegó el momento de responder, Gabriella habló primero. Su voz alcanzó cada banco sin necesidad de elevarse.

—Acepto esta unión como juramento: para proteger a los míos, sostener a Sicilia y enseñar a quien intente rompernos a temer lo que hoy queda unido.

Giuseppe formuló el suyo después. Mantuvo la voz baja y firme, dirigida tanto a Gabriella como a quienes habían llegado para comprobar la alianza.

—Acepto esta unión como juramento, escudo y advertencia. Quien toque a Gabriella tocará a Palermo, a Trapani y a los muertos que nos trajeron hasta este altar. No perdonaré a quien confunda a mi esposa con una debilidad.

Sellaron los votos con un beso breve, suficiente para la ceremonia. El contacto fue contenido y consciente, muy distinto del que ambos recordaban de la galería.

En ese mismo momento, los cuatro Capos levantaron la mirada. Don Marco buscó los ojos de Adriano; Greco observó a Conti. El intercambio silencioso entre aquellos hombres dejó claro que todos comprendían exactamente lo que acababa de ocurrir.

Los votos cerraban una etapa de enemistad pública y obligaban a las dos casas a iniciar otra bajo el mismo apellido.

Cuando el obispo pronunció las últimas palabras, los invitados tardaron en moverse.

Giuseppe y Gabriella habían intercambiado votos, anillos y una bendición que toda Sicilia interpretaría como alianza.

Ninguno esperaba felicidad inmediata; desde aquel altar tendrían que aprender a sobrevivir dentro de una casa compartida y frente a enemigos comunes.

Giuseppe volvió la cabeza hacia Gabriella. Ya eran marido y mujer ante la Iglesia, el Consejo, las leyes y las cámaras, pero todavía se miraban como dos herederos que acababan de aceptar una responsabilidad cuyo alcance ninguno podía medir por completo.

El maestro de ceremonias rompió el silencio e indicó el camino hacia la salida.

Los Capos caminaron detrás de ellos con solemnidad. Don Marco y Don Adriano avanzaban separados por un espacio mínimo y décadas de sangre.

Las puertas de la catedral comenzaron a abrirse. Al otro lado aguardaban plaza, cámaras, escoltas y demasiadas miradas.

Las campanas repicaban sobre Palermo. Para la multitud sonaban a boda; para ellos, a advertencia.

La plaza parecía demasiado pequeña para contener a tanta gente: políticos, empresarios, magistrados, representantes de las familias sicilianas, autoridades eclesiásticas y cuerpos diplomáticos.

Toda la élite de la isla se había reunido para presenciar un instante que, con toda probabilidad, terminaría ocupando los libros de historia.