Bajo Juramento de Fuego – Libro 1 (Los Herederos de Sicilia) CAPÍTULO 30
79%

CAPÍTULO 30

La boda

Las campanas de Palermo empezaron a sonar antes de que el sol terminara de levantarse sobre el mar Tirreno. El eco recorrió las calles estrechas, las fachadas antiguas y el puerto, donde las embarcaciones permanecían amarradas desde la noche anterior.

La luz de la mañana se extendía sobre las cúpulas, los balcones cubiertos de buganvillas y el agua del puerto. Bajo esa apariencia tranquila, la ciudad llevaba horas cerrando calles y distribuyendo soldados armados.

Desde la madrugada, las calles alrededor de la catedral estaban cerradas al tráfico.

Carabinieri, policías y unidades especiales vigilaban los accesos mientras los artificieros revisaban alcantarillas, edificios y vehículos estacionados.

En las azoteas se distinguían los francotiradores y los helicópteros recorrían el perímetro sobre la ciudad.

La guardia costera patrullaba el puerto junto a las lanchas privadas de los Ricci y los Ferrara.

Por los accesos a Palermo entraban convoyes blindados con políticos, magistrados, empresarios y representantes de las familias italianas.

Cada invitado traía su propia escolta y obligaba a reajustar el dispositivo de seguridad.

Los hoteles llevaban días completos, los restaurantes habían cerrado sus reservas y en las terrazas del puerto solo se hablaba de la boda entre Giuseppe Ricci y Gabriella Ferrara.

Los periodistas autorizados ocupaban las zonas asignadas frente a la catedral y las primeras conexiones en directo mostraban la llegada de los invitados. Para el resto de Italia era un acontecimiento social; en Sicilia, cada imagen confirmaba un nuevo equilibrio de poder.

En villa Ricci, los portones permanecían abiertos para el tránsito continuo de vehículos.

Los empleados cruzaban los jardines con flores recién llegadas de San Remo y Taormina, mientras cocineros y camareros terminaban de organizar el banquete.

En los salones se colocaban vajillas antiguas, cristalería de Murano y los últimos centros de mesa.

Cada detalle seguía un protocolo revisado durante la noche, aunque las listas y los horarios no conseguían disipar la inquietud de los responsables de seguridad.

La actividad más importante ocurría en los corredores reservados a la seguridad, donde los mapas seguían sobre las mesas, las radios transmitían códigos y los hombres vigilaban cada ventana.

Vadim seguía presente en la ausencia de ataques y mensajes. Sus días de silencio obligaban a revisar de nuevo cada ruta, cada invitado y cada acceso.

En el palazzo Ferrara, Don Adriano había abierto las puertas antes del alba para recibir a quienes acompañarían a Gabriella hasta Palermo. Los soldados revisaban el convoy en los patios interiores y Pio comprobaba matrículas, rutas alternativas y canales de comunicación.

Dentro del palazzo se hablaba en voz baja. Los empleados evitaban ruidos innecesarios y las mujeres que ayudaban a Gabriella se movían entre telas, cajas y flores sin intentar fingir que aquella mañana era sencilla.

Gabriella y Giuseppe cargarían ante toda Sicilia con una decisión tomada por cuatro familias y una amenaza que seguía fuera de su alcance.

Mientras las campanas seguían sonando en Palermo y las cámaras enfocaban a los invitados, los responsables de seguridad compartían la misma pregunta: dónde golpearía Vadim si había reservado su siguiente movimiento para la boda.

Su silencio no ofrecía paz. Solo indicaba que todavía no habían encontrado el movimiento que preparaba.

Isabella terminó de colocar el velo con las manos temblorosas. Cuando dio un paso atrás, los ojos se le llenaron de lágrimas y tuvo que apretar los labios antes de hablar.

—Pareces una Ferrara entrando en una guerra vestida de blanco —murmuró Isabella.

Gabriella sostuvo su reflejo en el espejo. La frase de Isabella explicaba el vestido mejor que cualquiera de las modistas.

Una de las asistentes fingió ordenar una caja de hilos. Isabella tragó saliva, esperando una respuesta que Gabriella no sabía cómo darle.

—Te estás sacrificando —admitió Isabella—. Por mí, por papá, por Giorgio, por esta casa y por una isla que nunca sabrá cuánto te ha pedido.

Gabriella cerró los dedos sobre la falda. El encaje le raspó la piel con una suavidad cruel.

—Isa…

Gabriella podía soportar al Consejo, las amenazas y la mirada de los Ricci al final del pasillo. Lo que no sabía sostener era a Isabella entendiendo el precio de la boda y creyéndose responsable de el.

—Hago esto para mantenerte viva —admitió Gabriella.

Isabella soltó una risa rota, sin humor.

—¿Y tú qué? ¿Dónde quedas tú?

Gabriella guardó silencio. Isabella bajó la vista hacia las manos que aún sostenían la falda y no repitió la pregunta.

Isabella cruzó la habitación y le tomó las manos con fuerza.

—Por favor, vámonos —insistió Isabella.

Gabriella la miró por fin, no a través del espejo, sino de frente.

—No podemos.

—Huyamos antes de que llegue papá y Pio entre con el convoy. Podemos salir por el jardín, tomar un coche pequeño y cruzar media isla antes de que entiendan qué pasó. En España conocemos gente. Después encontraremos papeles, dinero, un barco o un vuelo. Lo que haga falta para llegar a América.

Isabella hablaba deprisa, convencida durante unos segundos de que una carretera secundaria y dos nombres falsos podían devolverles la libertad. Gabriella reconoció en aquella esperanza todo lo que había intentado proteger al mantenerla lejos de la familia.

—Isa, no entiendes lo que estás proponiendo.

—Porque nunca me dejaste entenderlo del todo —replicó Isabella—. Me sacaste de aquí y me mandaste fuera. Me cuidaste tanto que llegué a creer que siempre habría una salida. Usemos una, Gabi. Elígete a ti. Elígeme a mí. Vámonos antes de que esa iglesia te cierre la puerta.

Gabriella quiso aceptar. Imaginó dos maletas improvisadas, una carretera secundaria, a Isabella dormida contra la ventanilla y un nombre falso al otro lado del mar.

La imagen duró poco.

Después pensó en Vadim, en Giorgio muerto y en su padre intentando sostener Trapani. Si ella no llegaba a Palermo, la alianza se rompería antes de empezar.

—Si huyo, tú serás la primera persona a la que buscarán —advirtió Gabriella.

Isabella palideció y negó con la cabeza, como si el gesto pudiera deshacer la imagen que acababa de formarse entre las dos.

—Después vendrían por papá, por Pio, por cada hombre que nos haya ayudado y por cada puerta que se haya abierto. Una fuga así sería una sentencia para nuestra famiglia.

Isabella apretó las manos de Gabriella hasta hacerle daño.

—Mi corazón no soporta verte partir —confesó Isabella; apretando con más fuerza los dedos alrededor de las manos de Gabriella.

Gabriella respiró hondo. Las capas del vestido pesaron sobre sus piernas mientras buscaba una respuesta que Isabella pudiera soportar.

—Sigo siendo tu hermana —murmuró. Necesitaba que Isabella la creyera y también creérselo ella.

—Claro que sí. Lo que no ves es que te están entregando a los Ricci y todos actúan como si bastara cubrir la condena con flores.

Gabriella se inclinó cuanto el vestido le permitió y apoyó la frente contra la de su hermana.

—Escúchame. Voy a Palermo porque quedarme rompería la alianza y dejaría a todos expuestos. Giorgio no murió para que tú termines escondida bajo otro nombre y papá no sobreviviría a enterrarnos a las dos. Si tengo que sostener esta familia, lo haré de pie.

Isabella empezó a llorar en silencio. Las lágrimas dejaron marcas oscuras sobre el maquillaje mientras seguía aferrada a las manos de Gabriella.

—Quiero que sigas siendo mi hermana. —Lloró con el corazón partido—. No un muro que sostenga a esta familia.

Gabriella la abrazó con cuidado para no enganchar el velo. Cuando Isabella apoyó la cara en su hombro, la estrechó con más fuerza y reconoció el olor de su crema de manos y el perfume suave que usaba desde Roma.

—Siempre voy a ser tu hermana.

—Prométeme que vendrás a buscarme si todo sale mal.

Gabriella cerró los ojos. No podía prometerle que todo saldría bien, pero tampoco soportaba dejarla sin una frase a la que aferrarse.

—Te voy a encontrar siempre.

La puerta se abrió y Pio apareció con el rostro del jefe de seguridad. Al verlas abrazadas, se detuvo y esperó antes de hablar.

—El convoy está listo.

Isabella se apartó, limpiándose las lágrimas con rabia.

—Dale un minuto más —pidió Isabella, con la voz todavía húmeda.

Pio miró a Gabriella. Ninguno estaba listo para salir, pero él cumpliría la orden y la llevaría hasta Palermo porque mantenerla viva seguía estando por encima de cualquier otra cosa.

—La catedral fue revisada otra vez —informó Pio, más bajo—. Accesos controlados. Carlo cubre el perímetro exterior y Palermo no reporta novedades.

Gabriella asintió.

—Si ocurre algo, Isabella vuelve a Trapani —reiteró.

Pio inclinó la cabeza.

—Lo sé.

Don Adriano entró minutos después con el traje reservado para las grandes ocasiones. Se detuvo al ver a Gabriella vestida de novia y a Isabella llorando junto a ella. La rigidez del Capo cedió apenas en su mirada.

—A tu madre le hubiese gustado acompañarte este día.

Gabriella tragó saliva.

—Lo sé.

Adriano se acercó y le acomodó el velo con una delicadeza que contrastaba con todo lo que había ordenado fuera de aquella habitación: negociaciones, pactos, sobornos, asesinatos, secuestros y todo lo necesario para que su hija entrara a esa Catedral como la heredera de Trapani.

—¿Recuerdas por qué haces esto?

Su mano se detuvo junto al rostro de Gabriella.

—Por Sicilia, por Trapani, por mi Capo y por mi famiglia.

Gabriella le tomó la mano.

—Hoy te conviertes en la señora Ricci, pero tu sangre es Ferrara.

Adriano la abrazó. Algunas despedidas se rompían si alguien intentaba explicarlas y aquella ya tenía demasiadas grietas.

Isabella rodeó a ambos con los brazos, y por un instante los Ferrara quedaron unidos en el centro de la habitación, rodeados de flores, escoltas y una boda que celebraba menos el amor que la clase de deber capaz de dejar heridas incluso antes de cumplirse.