CAPÍTULO 29
A más de doscientos kilómetros de Palermo, el puerto industrial de Augusta seguía activo bajo la niebla. El aire olía a óxido, gasóleo, sal estancada y agua sucia. Entre los contenedores apilados y las grúas inmóviles, los hombres trabajaban sin hablar más de lo necesario.
Una grúa depositó un contenedor sobre el muelle.
El metal golpeó el suelo y varios hombres esperaron antes de acercarse.
Cuando las puertas se abrieron, aparecieron cajas negras con números de serie borrados, códigos falsos y sellos de navieras registradas en Malta, Turquía y los Balcanes.
En una esquina del inventario figuraba una mano negra, estilizada y discreta.
El cargamento contenía los fusiles, la munición y los explosivos que los sicilianos llevaban una semana buscando.
La Quinta Mano los había movido mediante navieras legales, empresas pantalla, funcionarios comprados y mercenarios con documentación limpia.
Nada en aquella operación recordaba a una banda callejera; funcionaba con la precisión administrativa de una corporación.
Vadim Alekséi Malenkov observaba la descarga a pocos metros, con las manos dentro del abrigo oscuro.
Su altura y la fuerza seca del cuerpo bastaban para distinguirlo.
La camisa blanca seguía impecable pese a la humedad; los gemelos de ónix y los anillos de oro con piedras oscuras absorbían la luz amarillenta del muelle.
El cabello rubio ceniza, la barba corta y el rostro anguloso parecían tan controlados como el resto de su presencia.
Sus ojos gris acero seguían cada caja sin mostrar emoción.
No llevaba escolta visible. Los hombres se apartaban de su camino, bajaban la voz y evitaban sostenerle la mirada. Vadim apenas necesitaba moverse para recordarles quién podía decidir el destino de cualquiera en aquel muelle.
Uno de los descargadores golpeó una caja contra el borde del contenedor. El muelle quedó quieto. El hombre palideció y ajustó los dedos sobre la madera antes de continuar.
Vadim volvió la cabeza y el descargador bajó la mirada de inmediato.
El trabajo continuó con más cuidado. Vadim regresó al cargamento, indiferente al temblor del hombre. Su aroma a tabaco ruso, cedro, cuero y Vodka destacaba entre el gasóleo y la sal del puerto.
Un segundo hombre se acercó por la izquierda, lo justo para ser escuchado sin invadir su espacio.
—La boda es mañana.
Vadim observó las cajas desaparecer dentro de camiones sin matrícula.
Había conquistado rutas en África mediante contratos legales, comprado silencios en Europa del Este a través de fundaciones y utilizado Malta como una puerta hacia el Mediterráneo.
Sicilia exigía algo distinto. Controlarla le daría puertos, legitimidad occidental y un símbolo que ningún mercado podía comprar por separado.
—Lo sé —repuso Vadim, sin apartar la vista del cargamento.
—Los Ricci concentrarán a sus hombres en la iglesia —informó el otro—. Palermo quedará cerrada.
—Palermo quedará distraída —corrigió Vadim.
Vadim sacó una mano del abrigo y retiró una mota de sal del puño. La boda movilizaba hombres, vehículos y atención hacia la iglesia. El resto de Palermo quedaría expuesto durante unas horas.
—Déjenlos celebrar. Quiero que recuerden la última hora en que se sintieron seguros. Después comprenderán que la seguridad también se compra, se vende y se retira.
La niebla se movió entre ellos, baja y sucia. En algún punto del puerto, una cadena golpeó contra el metal con un sonido seco. Nadie se sobresaltó, pero todos lo escucharon.
El hombre abrió una carpeta negra. Dentro había fotografías de villa Ricci, mapas de los accesos, horarios de proveedores, nombres de guardias y una imagen tomada a distancia de Gabriella al bajar de un coche. Vadim dejó las manos quietas sobre la mesa y estudió la fotografía.
—Gabriella estará en la iglesia a las diez —precisó el hombre.
La mirada de Vadim permaneció sobre la fotografía.
Gabriella mantenía la cabeza alta incluso al descender del vehículo y parecía indiferente a la cámara que la observaba desde lejos.
Aquella resistencia aumentó su interés; no la interpretó como una voluntad que debía respetar, sino como algo que quería someter.
—La resistencia mejora lo que termina sometido —murmuró Vadim.
Miró hacia el noroeste, en dirección a Palermo.
—Después de la boda seguiré teniendo territorios, rutas y hombres que fingen respeto. Gabriella exige otra clase de paciencia. Quiero que conserve su resistencia hasta que empiece a utilizarla para obedecerme.
El hombre a su lado inclinó la cabeza.
—¿Cuáles son sus órdenes?
Vadim sonrió apenas y el gesto no alcanzó sus ojos.
—Mantengan intacto el operativo. Quiero que Sicilia aprenda a temer otro apellido y que los Ferrara comprendan que proteger a una hija puede resultar más difícil que vengar a un hijo.
Las puertas del contenedor se cerraron. Vadim caminó hacia los coches negros estacionados junto al almacén y los hombres volvieron al trabajo cuando estuvo lo bastante lejos para no oírlos.
Mientras en Palermo colocaban flores en la iglesia y las familias se preparaban para la boda, Vadim ya había instalado hombres, rutas y mercancía en Sicilia. La celebración concentraría la atención sobre la catedral. Él utilizaría esas horas para avanzar sin ruido.