Bajo Juramento de Fuego – Libro 1 (Los Herederos de Sicilia) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

Mientras en Trapani cerraban las puertas del palazzo Ferrara alrededor de Gabriella, villa Ricci terminaba de preparar la seguridad de la boda. En Palermo se revisaban armas, rutas y hombres para que, al día siguiente, la ceremonia pudiera desarrollarse sin revelar todo lo que intentaba contener.

En la habitación de Giuseppe, la víspera se reducía a una camisa blanca recién planchada, una corbata oscura, gemelos antiguos y tres hermanos intentando comportarse como si aquella fuera una noche cualquiera.

Al día siguiente, Sicilia vería a Giuseppe unir públicamente su apellido al de una Ferrara.

Giuseppe terminó de abotonarse la camisa frente al espejo.

La tela olía a almidón y jabón. Todavía no llevaba la chaqueta, pero la camisa blanca y la quietud del rostro bastaban para devolverle la presencia del Consigliere.

El hombre que se casaría al día siguiente seguía revisando la ceremonia como una alianza que nadie tendría permitido desafiar.

Matteo cruzaba la habitación de un lado a otro desde hacía cinco minutos. Tocaba los gemelos, abría una caja, se asomaba al pasillo y volvía a sentarse en el borde de la cama, aunque se levantaba casi de inmediato.

—Si sigues así, vas a desgastar el suelo —advirtió Alessandro, sin apartar la vista del cuello de Giuseppe.

—Estoy supervisando —alegó Matteo mientras daba otra vuelta a la habitación.

—Estás estorbando.

—Supervisar y estorbar son disciplinas hermanas.

Giuseppe soltó una exhalación que casi fue una risa.

Alessandro se acercó y le acomodó el cuello con la naturalidad de quien llevaba años corrigiendo los detalles que Giuseppe prefería ignorar. Sus dedos fueron precisos y pacientes. Observó primero, comprobó el pliegue y tocó solo lo necesario.

—Nunca has sabido colocarte esto bien —murmuró Alessandro.

—Nunca lo necesité —replicó Giuseppe, siguiendo en el espejo los dedos de Alessandro.

—Hasta mañana.

La palabra hizo que los tres miraran el reflejo de Giuseppe. Al día siguiente, Gabriella caminaría hacia él bajo la mirada de Sicilia, de los Capos, de Pio y de cualquiera que todavía quisiera medir cuánto seguía perteneciendo a Trapani.

Matteo tomó la corbata de la cama y la alzó como si examinara una prueba criminal.

—¿Estamos seguros de que esta es la correcta? Parece elegida para un funeral diplomático —objetó Matteo, sosteniendo la corbata en alto.

—Es una boda —sentenció Giuseppe.

—Justamente. Debería transmitir esperanza, no funeral diplomático.

Alessandro le arrancó la corbata de la mano.

—Mañana habrá suficientes funerales en la imaginación de todos. No necesitamos que la corbata participe.

—Ese ha sido tu consejo optimista de la noche.

—Mi consejo optimista es que cierres la boca antes de que Giuseppe decida casarse solo para no seguir escuchándote.

Matteo se llevó una mano al pecho, ofendido con teatralidad.

—Yo soy el alma de esta familia.

—Eres un infarto —corrigió Alessandro.

Giuseppe bajó la mirada para ocultar la sonrisa.

La complicidad entre ellos siempre había quedado detrás de las puertas cerradas, porque en público los Ricci ofrecían disciplina y pocas concesiones.

Aquella noche, escuchar a Matteo y Alessandro discutir por una corbata le recordó por qué protegía con tanta dureza lo poco que consideraba suyo.

Alessandro terminó el nudo y dio un paso atrás. Observó la caída del cuello, los hombros y la expresión de Giuseppe con la misma atención que dedicaba a cualquier decisión importante.

—La chaqueta —dijo.

Matteo la tomó antes que nadie y la sostuvo abierta con una solemnidad exagerada.

—Permítame, futuro esposo de la mujer más peligrosa de Trapani y único hombre capaz de creer que ella obedecerá una orden.

Giuseppe metió un brazo en la manga.

—Ni se te ocurra empezar.

—¿Qué? Es un cumplido. Si yo fuera tú, Gabriella me preocuparía más que Vadim. Al ruso puedes matarlo; a ella tendrás que convencerla de que te deje conservar la cabeza en el altar.

Alessandro ajustó el hombro de la chaqueta.

—Tampoco es una comparación absurda.

Giuseppe giró la cabeza hacia él.

—¿Tú también?

—Gabriella entrará en esta casa con demasiada sangre Ferrara para obedecer paredes ajenas —advirtió Alessandro—. Intentar encerrarla solo conseguirá que rompa la cerradura. Si confundes protección con posesión, terminarás enfrentándote a ella y a Pio.

Matteo señaló a Alessandro con ambos dedos, incapaz de quedarse quieto.

—Eso. Hazle caso al oráculo sombrío. Cuando habla así, suele tener razón y arruinar el ambiente al mismo tiempo.

Giuseppe miró su reflejo. La chaqueta le caía perfecta y completaba la imagen que Sicilia esperaba del heredero Ricci. Debajo de aquella apariencia impecable seguía calculando salidas, amenazas y la distancia que tendría que mantener entre Gabriella y cualquier hombre capaz de herirla.

Su pulgar giró el anillo tres veces antes de volver a centrarlo.

Alessandro lo vio y Matteo también.

—Vas a desgastarlo antes de llegar al altar —bromeó Matteo.

—Cállate.

—Eso ha sonado nervioso.

—Eso ha sonado a que quieres dormir en el jardín.

Matteo abrió la boca para contestar, pero la puerta se abrió antes de que pudiera hacerlo.

Don Marco entró sin llamar. Llevaba el traje oscuro, el cansancio visible en la rigidez del cuerpo y la autoridad suficiente para que Matteo dejara de moverse.

Miró primero a Matteo junto a la cama, después a Alessandro y por último a Giuseppe frente al espejo. El pulgar de su hijo seguía demasiado cerca del anillo.

—Deja en paz ese anillo.

Giuseppe bajó la vista y retiró los dedos.

Don Marco se acercó. Alessandro dio un paso atrás y Matteo permaneció quieto. El Capo ajustó el borde de la chaqueta de Giuseppe con un gesto breve, más propio de un padre de lo que solía permitirse.

—Mañana no solo te conviertes en marido.

Giuseppe miró la imagen de su padre en el espejo.

—Entonces, ¿en qué me convierto?

—En el hombre que tendrá que gobernar sin olvidar por qué protege. Y sin llamar protección a cada intento de control.

La advertencia mantuvo a los cuatro en silencio. Afuera, Palermo seguía preparando la boda como una demostración pública de fuerza.

Don Marco miró a sus tres hijos. Durante unos segundos, la preocupación del padre quedó visible antes de que volviera a hablar como Capo.

—Duerman esta noche. Mañana necesitaré un heredero, dos hermanos y tres hombres con la cabeza fría. Y tú, Giuseppe, procura que el miedo a perderla no se convierta en otra forma de encerrarla.

Matteo intentó sonreír.

—Prometo estar insoportable, pero descansado.

Don Marco lo miró de lado.

—Eso no es una mejora.

Incluso Alessandro sonrió.

La tensión cedió. Don Marco apoyó una mano firme en el hombro de Giuseppe. Entre los Ricci, el afecto rara vez llegaba sin una advertencia.

—Mañana, cuando la veas entrar, mírala a ella antes que a Sicilia, a los Capos o a los enemigos. Después ocúpate de todo lo demás. Si conviertes a Gabriella en territorio, tendrás una rebelión dentro de tu propia casa.

Giuseppe tardó en responder. Había entendido demasiado bien las palabras de su padre y no le gustaba reconocer cuánto de aquella advertencia ya se cumplía.

Al final asintió y Don Marco retiró la mano.

—Ahora quítate el traje antes de que Matteo arruine algo. Después, a dormir.

—Yo no arruino cosas —protestó Matteo—. Las mejoro.

—Eso es precisamente lo que me preocupa —objetó Don Marco.

Giuseppe volvió a mirar su reflejo antes de desabotonarse la chaqueta. Si todo salía según lo previsto, la ceremonia terminaría al caer la tarde siguiente. Si algo fallaba, Palermo cerraría las calles y los accesos antes de que el primer invitado entendiera lo ocurrido.

Desde que aceptó la alianza, Gabriella se había instalado entre sus decisiones. Pensaba en ella llegando al altar, en Pio vigilando desde cerca y en Vadim esperando una grieta. También pensaba en su propia dificultad para distinguir cuándo protegía y cuándo empezaba a decidir por ella.

***

En Trapani, casi al mismo tiempo, Gabriella salió a la terraza del palazzo Ferrara sin haberse quitado aún el vestido de prueba. A lo lejos, las luces del puerto permanecían encendidas y el viento traía olor a red de pesca.

Pio se detuvo detrás de ella, sobre la piedra antigua de la terraza exterior.

—Gabi, deberías descansar. Salimos al amanecer —le aconsejó.

Gabriella respiró hondo. Al otro lado de la isla la esperaban una catedral vigilada, demasiados invitados y un hombre al que ya no conseguía odiar con la misma facilidad.

—¿Enviaron la última confirmación a Giuseppe?

—Sí. Tu padre irá contigo hasta la catedral. Isabella viajará en el segundo coche, conmigo.

—Bien.

La palabra no logró tranquilizarla. Sonó a una mujer intentando convencerse de que todavía podía controlar algo.

Gabriella miró hacia Palermo, aunque desde allí solo hubiera noche.

Mañana saldría de Trapani como una Ferrara y toda la isla esperaría verla llegar a Palermo sin saber si caminaba hacia una boda, una tregua o una guerra vestida de blanco.