CAPÍTULO 27
La víspera
El sexto día comenzó con helicópteros sobrevolando Palermo. Gabriella abrió los ojos antes de que el segundo aparato pasara sobre la villa. Permaneció quieta un momento mirando el techo y admitiendo que las pocas horas de sueño no habían servido para descansar.
Se incorporó y caminó descalza hasta el ventanal. El aire del mar entró fresco sobre su piel, mezclado con el combustible de los helicópteros, las flores recién descargadas y el humo de los vehículos que seguían llegando a la propiedad.
Desde la ventana contempló el movimiento constante del patio principal: un convoy de vehículos negros acababa de atravesar la verja; detrás apareció otro, y después un tercero.
Escoltas armados descendían antes que los pasajeros para inspeccionar el terreno.
Hombres con auriculares recorrían la escalinata hablando por radio.
Varias furgonetas descargaban arreglos florales mientras cocineros, camareros y empleados atravesaban los jardines cargando cajas de madera marcadas con los nombres de algunos de los mejores restaurantes de Palermo.
La boda había dejado de ser un acontecimiento familiar. Villa Ricci recibía a las autoridades, aliados y representantes que querían presenciar el nuevo equilibrio de Sicilia.
Gabriella después de bañarse y vestirse bajó las escaleras con prisa, porque debía volver al palazzo Ferrara para terminar con los últimos arreglos al vestido de novia y organizar el traslado a la Catedral. Corrió con urgencia, quería evitar encontrarse con Giuseppe después del beso.
El convoy entró en Trapani por la carretera del puerto.
Gabriella reconoció las fachadas castigadas por el salitre, las redes extendidas junto a los muelles y el movimiento de los barcos antes de distinguir las puertas del palazzo Ferrara.
Después de los días en Palermo, aquella parte de la ciudad no necesitaba anunciarse con ningún aroma; le bastaba verla para saber que estaba en casa.
Al entrar en el palazzo, ella reconoció la sal del puerto, el olor de los viñeros y el café recién hecho en una cocina que nunca dormía.
La boda sería al día siguiente en Palermo. Aquella tarde solo quedaba la última prueba del vestido, aunque ninguna de las dos hermanas podía tratarla como un detalle sencillo.
Gabriella permanecía sobre una plataforma de madera mientras la modista ajustaba el bajo y otra mujer revisaba la caída de la falda.
El velo descansaba sobre una butaca. Frente al espejo, el vestido mostraba a la heredera de Trapani preparada para cruzar la isla y aquella imagen le hizo apretar los dedos contra la seda.
Isabella estaba sentada en el sofá con una revista abierta por la misma página desde hacía diez minutos. Cada tanto levantaba la mirada hacia Gabriella y volvía a bajarla antes de que su hermana pudiera sorprenderla.
—Si sigues mirándome así, acabaré pensando que el vestido me queda mal —comentó, sin apartar los ojos del espejo.
Isabella cerró la revista.
—No te queda mal —aclaró Isabella.
—Eso sonó peor.
—Es que estoy intentando aguantar las lágrimas y se me da fatal hacer dos cosas dignas al mismo tiempo.
—No hagas eso —pidió Gabriella.
Isabella parpadeó.
—¿Qué?
—Mirarme como si mañana me fuera a morir.
—Te juro que intento mirarte de otra forma.
Gabriella miró su reflejo en el espejo.
—Finge un poco.
—Te miro como si mañana te fueras a casar con un Ricci, que es casi igual de dramático, pero menos definitivo.
Gabriella soltó una risa breve antes de poder evitarlo. Le salió cansada, pero real.
—Qué consuelo tan horrible.
—Soy tu hermana. Estoy aquí para decir lo que nadie más se atreve.
Mientras las costureras seguían trabajando, Isabella se levantó y caminó hasta colocarse frente a su hermana. La observó despacio, desde el velo hasta los zapatos y después negó con la cabeza.
—Nunca pensé que te vería vestida de novia.
Gabriella dejó escapar una sonrisa cansada.
—Créeme, yo tampoco.
Isabella levantó una mano y acomodó con infinita delicadeza un mechón de cabello que había escapado del peinado.
Aquel gesto tan sencillo le recordó a Gabriella los domingos de infancia en el palazzo Ferrara, cuando su hermana insistía en peinarla antes de bajar a desayunar porque decía que una heredera no podía parecer recién salida de la cama.
Las dos terminaron riéndose al recordarlo.
—Papá casi se vuelve loco aquella vez que me cortaste el cabello —recordó Gabriella.
—No fue culpa mía.
—Me dejaste igual que un espantapájaros.
—Tenías quince años. Todo te quedaba bien.
—Mentira.
—Bueno... esa vez quizá no.
Las dos rieron y por un momento el recuerdo del cabello mal cortado ocupó la habitación y alivió la tensión.
—Toda Sicilia cree que mañana nace una alianza —mencionó Isabella.
—Las alianzas no nacen —corrigió Gabriella.
—¿Ah, no?
—Se negocian.
Isabella volvió a buscar la mirada de su hermana.
—Yo solo espero que algún día deje de sentirse como una condena.
Las modistas siguieron ajustando la falda. Una de ellas apartó la vista y se concentró en los alfileres, consciente de que aquella conversación pertenecía a las hermanas.
Gabriella bajó la mirada hacia el rubí. Sus dedos lo rozaron y el recuerdo de Giuseppe apareció antes de que pudiera detenerlo.
Recordó su boca, el olor a tabaco y la forma en que Giuseppe había esperado una respuesta antes de acercarse. La culpa le apretó el pecho y Gabriella contuvo el aire un instante.
Isabella interpretó aquel silencio de otra manera. Se acercó y tomó su mano entre las suyas.
—¡Huyamos! —propuso Isabella.
Gabriella levantó la cabeza.
—No duraríamos ni veinte kilómetros —objetó, aunque la idea le aflojó el pecho.
—Probablemente no. Pio nos encontraría primero.
Gabriella soltó una carcajada.
—Pio nos encontraría y Giuseppe llegaría después.
Isabella negó con una sonrisa apenas perceptible.
—Terrible.
La risa desapareció poco a poco. Faltaban horas para la boda y ninguna de las dos conseguía pensar en una celebración. Isabella volvió a sentarse; Gabriella permaneció frente al espejo mientras la modista cerraba el último broche.
La puerta se abrió sin aviso y golpeó la pared.
El siseo de la plancha y el roce de las tijeras se detuvieron.
Gabriella alzó la vista hacia el espejo, esperando encontrar a una modista o a algún empleado del palazzo, pero quien entró fue Viola, con las gafas de sol sobre la cabeza, el bolso colgado del brazo y una seriedad poco habitual en ella.
Lucrezia apareció detrás, impecable y más formal de lo necesario para una visita entre familias. El vapor de la plancha se mezclaba con el olor de las flores blancas y Gabriella notó que Isabella enderezaba la espalda.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Gabriella desde la plataforma.
Viola cerró la puerta con cuidado.
—Nada importante.
Gabriella arqueó una ceja a través del espejo.
—Cuando lo dices así, siempre significa que algo viene torcido.
Lucrezia avanzó hasta el centro de la estancia. Sus tacones sonaron sobre la piedra, pero cada paso hizo que la modista levantara la cabeza y que Isabella regresara al sofá.
—Venimos en nombre de nuestras familias —declaró Lucrezia.
—Y, antes de que preguntes, tampoco venimos a cometer un crimen —añadió Viola.
La modista dejó las tijeras sobre la mesa e Isabella cerró la revista.
—Entonces, ¿a qué han venido?
—A comprobar que cumples con lo que el Consejo espera.
Viola se cruzó de brazos.
—Créeme, tampoco me entusiasma estar aquí.
—¿Me están inspeccionando?
—Técnicamente, sí —admitió Viola.
—Viola.
—Bueno, nuestros padres, el Consejo y, si queremos ponernos dramáticas, la isla entera.
Lucrezia no sonrió.
—El Consejo solicitó una confirmación esta tarde. Quieren saber que todo está preparado para mañana.
—¿Y por eso las enviaron a ustedes?
—Somos parte del Consejo —precisó Lucrezia—. Nuestra presencia basta.
Gabriella observó su reflejo. El encaje subía hasta los hombros, los alfileres sujetaban la falda y el velo descansaba sobre la butaca.
Hasta la última prueba del vestido necesitaba testigos enviados por el Consejo.
La boda pertenecía cada vez menos a quienes iban a celebrarla y más a las familias que esperaban convertirla en una garantía.
Viola rodeó la plataforma con una atención poco habitual. Revisó el vestido, la tela del velo, la puerta, las ventanas y la escolta del pasillo. Cuando volvió a detenerse frente a Gabriella, ya no sonreía.
—Bien.
Gabriella bufó.
—¿Bien?
—Bien.
—¿Eso es todo?
—¿Qué esperabas? ¿Un informe con sello, sangre y tres firmas?
—Preferiría evitarlo.
La sonrisa de Viola duró apenas un instante. Lucrezia ya estaba sacando el teléfono.
—Falta una fotografía —anunció.
Gabriella giró lentamente la cabeza.
—¿Perdón?
—La prueba de la víspera.
—Voy a ahorrarle al Consejo la humillación de verme posar para ellos.
—Tampoco nosotras posamos cuando nos obligan —replicó Viola—. Aprendimos a parecer peligrosas mientras lo hacemos.
Isabella soltó una risa breve desde el sofá.
—Eso ha sonado muy mafioso.
—Porque lo es —respondieron casi al mismo tiempo Viola y Lucrezia.
Isabella dejó de reír. Gabriella respiró el olor de la tela caliente y de las flores antes de volver a mirar el teléfono de Lucrezia.
—Muy bien. Una sola foto.
Lucrezia levantó el teléfono, Gabriella enderezó la espalda y alzó la barbilla. El vestido blanco y el velo extendido detrás de ella completarían la imagen que el Consejo esperaba.
El obturador sonó dos veces. Gabriella mantuvo la postura hasta que Lucrezia bajó el teléfono. Revisó las imágenes, eligió una y la envió sin pedir permiso.
—Listo.
—¿A quién? —preguntó Isabella.
—Al Custodio.
—Ahora toda Sicilia sabe que mañana habrá boda —confirmó Lucrezia.
Media hora después, Pio apareció en la puerta con el teléfono en la mano, el auricular encendido y la chaqueta abierta. Gabriella reconoció la gravedad de su mirada antes de que hablara.
—No pongas esa cara —advirtió Gabriella.
—Tengo muchas caras malas.
—Esa es la peor.
—Encontraron un sobre negro en uno de los confesionarios laterales de la catedral. No tiene remitente.
La modista dejó caer un alfiler. Isabella se incorporó en el sofá.
—¿Qué dice? —preguntó Gabriella.
—«Que empiece el funeral».
Isabella se llevó una mano a la boca. Gabriella se ajustó la falda del vestido y miró a Pio.
—¿Está preparado el traslado?
Pio reconoció el cambio en su voz y esperó la orden.
—El convoy está listo. Dos rutas alternativas, cuatro equipos adelantados, comunicaciones cifradas y revisión continua de accesos.
—Si ocurre cualquier incidente, Isabella vuelve a Trapani.
—Gabriella...
—No es una sugerencia, Isa.
Isabella cerró la boca y apretó los dedos contra la falda.
—Cada día te pareces más a papá.
—Eso esperaba.
—Qué horror.
Pio bajó la voz.
—Es peor. Tu padre escucha antes de decidir.
Pasaron varios minutos antes de que regresaran los pasos en el pasillo. Adriano apareció en la puerta con el teléfono junto al oído.
Llevaba la camisa blanca, el chaleco oscuro abierto y la corbata floja. El expediente doblado bajo el brazo y la tinta azul en un dedo mostraban que llegaba del despacho, donde todavía coordinaba rutas, permisos y órdenes de seguridad.
—Ningún coche se mueve sin doble confirmación —ordenó al teléfono—. Si Carlo cambia una ruta, me avisan antes.
Al ver a Gabriella sobre la plataforma, Adriano dejó la frase sin terminar. Isabella aflojó la mano de su hermana. Pio bajó la mirada y la modista se apartó con los alfileres todavía entre los dedos.
—Te llamo después —cortó, y guardó el teléfono.
Gabriella intentó sonreír.
—Todavía no está listo.
Adriano dejó el teléfono y el expediente sobre una cómoda sin mirar dónde caían.
—Sí lo está.
—Papá…
Adriano avanzó hasta la plataforma y se detuvo frente a ella. Levantó una mano, pero antes recorrió con la mirada el encaje, la caída de la falda, los hombros tensos de Gabriella y la barbilla alta que había heredado de las mujeres Ferrara.
—Quería verte antes de mañana —admitió.
—No tenías que subir ahora. Estabas con la seguridad.
—La seguridad puede esperar dos minutos.
Pio intervino desde la puerta.
—No estoy seguro de que pueda.
Adriano no apartó los ojos de Gabriella.
—Entonces que aprendan.
Gabriella soltó una risa breve y húmeda. Le salió más niña de lo que habría querido.
Adriano rozó con los dedos un pliegue junto a la cintura. La delicadeza del gesto contrastaba con las rutas falsas, los coches blindados y los hombres armados que seguían esperando sus órdenes en la planta baja.
—Tu madre habría llorado —recordó Adriano.
Gabriella tragó saliva.
—Eso ya lo dijo Isabella.
—Isabella tiene razón por una vez.
—Oye —protestó su hija, desde el sofá, con la voz llena de emoción.
La interrupción de Isabella les concedió unos segundos. Adriano volvió a mirar a Gabriella.
—Tu madre decía que ningún vestido podía eclipsar a una mujer que caminaba con la cabeza alta.
Gabriella bajó la mirada hacia las manos de su padre. Tenía una marca de tinta en el nudillo y la camisa llena de arrugas, como si hubiera subido a verla en mitad de una batalla y no de una víspera de boda.
—¿Y tenía razón?
Adriano le acarició la mejilla con el pulgar.
—Siempre la tenía.
Gabriella cerró los ojos. Había soportado la amenaza de Vadim, las decisiones del Consejo y los preparativos sin permitir que nadie la viera flaquear. La expresión de su padre estuvo a punto de romper ese control.
—Mañana sales de esta casa como una Ferrara —afirmó Adriano—. Entrarás en la catedral de Palermo con mi brazo sosteniéndote y volverás siendo una Ricci. Mírame bien, hija: ninguna boda cambia la sangre que te trajo hasta aquí.
Ella tomó la mano de su padre y la apretó con fuerza.
—Esta siempre será mi casa.
—Siempre.
—Aunque tenga que aprender a vivir en otra.
Adriano la abrazó con cuidado por los alfileres y la tela. Después la sostuvo con más fuerza, sin añadir otra orden ni intentar explicar lo que la boda exigía de ambos.
Gabriella apoyó la frente en su hombro y respiró el olor familiar de la camisa de Adriano: whisky, tabaco caro, tinta y el jabón que utilizaba desde que ella era niña.
Durante aquel abrazo dejó de pensar en la heredera, la novia y la alianza.
Adriano sostenía a su hija y Gabriella le permitió hacerlo sin recordarles a ambos cuánto tiempo les quedaba.