CAPÍTULO 26
Gabriella abandonó la galería con el paso demasiado rápido y el sabor de Giuseppe todavía en la boca. Habían decidido llamar error al beso, aunque su cuerpo seguía recordándolo como una elección.
Subió las escaleras sin recordar haber elegido ese camino.
Pasó junto a dos empleados, oyó voces al fondo del pasillo y respondió a algún saludo con un gesto automático.
Las luces, los guardias y el olor a cera y flores nocturnas seguían igual; lo único distinto era la presión persistente de los labios de Giuseppe sobre los suyos.
Al entrar en su habitación cerró la puerta con cuidado y apoyó la espalda contra la madera. Respiraba demasiado rápido. Se llevó los dedos a la boca y recordó que había sido ella quien acercó de nuevo a Giuseppe cuando él intentó contenerse.
Cerró los ojos y recordó el humo en su aliento, la sal de la noche y la pausa que él le había concedido para apartarse. También recordó la presión contenida de su cuerpo, tan cerca del suyo que todavía sentía el calor bajo la ropa.
Se separó de la puerta y caminó hasta el espejo, pero se detuvo antes de mirarse. Temía encontrar en el rostro algo que los demás pudieran reconocer cuando bajara: los labios hinchados, la mirada alterada o el recuerdo demasiado reciente de las manos de Giuseppe.
Intentó recuperar el odio que había sentido durante años. Pensó en Giorgio, en los muertos y en todo lo que el apellido Ricci había significado para su familia. El recuerdo de Giuseppe apartándose antes que ella y pidiéndole que lo detuviera terminó mezclado con esas razones.
Sabía defenderse de las órdenes, las armas y el apellido de un enemigo. Giuseppe había encontrado sus grietas y había esperado una respuesta antes de besarla; esa consideración le resultaba mucho más difícil de enfrentar.
Entonces vio el vestido de novia extendido sobre la cama. La seda blanca permanecía impecable, preparada para una ceremonia que exigía de ella mucho más que caminar hacia un altar.
Se acercó y rozó la seda con los dedos. Había subido pensando que probárselo le devolvería algo de control y le recordaría las razones de la alianza. La idea le pareció absurda en cuanto volvió a sentir el beso de Giuseppe.
«Recuerda quién es», se repitió mientras buscaba en el apellido Ricci todo lo que necesitaba para recuperar la distancia.
Respiró hondo.
Necesitaba volver a verlo como al hijo del enemigo.
Se quitó la ropa y entró en el vestido. La seda y el encaje resbalaron por sus piernas mientras cerraba los broches laterales y ajustaba el corsé poco a poco, comprobando que podía respirar sin dificultad. Después alisó la falda con ambas manos y se paró frente al espejo.
La imagen le devolvió a una mujer preparada para pertenecer a una historia escrita por otros.
El vestido la envolvía con una belleza exquisita, demasiado perfecta para parecer inocente: seda, encaje, perlas diminutas cosidas a mano y una blancura que actuaba como primer testigo de lo que iba a ocurrir.
Gabriella Ferrara, heredera de Trapani, estaba dejando de ser únicamente hija de Adriano para convertirse, ante toda Sicilia, en la esposa del futuro Capo de Palermo.
La palabra esposa dejó de ser una cláusula del acuerdo y adquirió el peso del vestido sobre su cuerpo.
El aire empezó a faltarle.
Una presión pequeña apareció en el pecho y el corazón empezó a golpearle demasiado rápido. Se llevó una mano al corsé. Podía respirar dentro del vestido; lo que le cerraba el pecho era imaginar la boda, a Isabella amenazada, a Giorgio muerto y la voz de Giuseppe después del beso.
«Lo sé. Me asusta que haya ocurrido antes de que sepamos qué hacer con ello».
El recuerdo la obligó a cerrar los ojos. Ser hija de Adriano Ferrara había dejado poco espacio para amores torpes, besos escondidos o promesas al amanecer. Desde niña supo que su matrimonio serviría a Trapani, a sus rutas y a sus alianzas. Nadie le había preguntado a quién habría elegido ella.
Había crecido sabiendo que las obligaciones del apellido ocuparían siempre el espacio donde otras personas podían elegir sus deseos.
Y el hombre que había despertado ese deseo era Giuseppe Ricci. Lo había visto años atrás en decenas de reuniones, serio y disciplinado junto a su padre. Ya entonces admiró su temple, aunque prefirió confundir aquella impresión con desconfianza.
Aquel joven era ahora el hombre que la había besado después de pedirle que lo detuviera.
Gabriella abrió los ojos y se vio temblar.
Desear que volviera a mirarla así significaba reclamar una elección propia justo cuando la familia esperaba de ella obediencia y estabilidad.
Isabella, Adriano, Trapani y la memoria de Giorgio seguían exigiendo decisiones que no dejaban espacio para Giuseppe.
Intentó dejarlo fuera. El dolor bajo el esternón le advirtió que repetir una decisión no bastaba para volverla cierta.
Se soltó el primer broche y después los demás. El corsé cedió poco a poco hasta permitirle respirar mejor. Se quitó el vestido con movimientos rápidos y lo dejó sobre la cama, como si desprenderse de la tela pudiera devolverla a la mujer que había entrado en la habitación.
Apoyó ambas manos sobre el tocador y mantuvo la cabeza baja hasta que la respiración recuperó un ritmo soportable.
Después eligió pantalón oscuro, blusa clara y una chaqueta ligera. Necesitaba verse como la mujer que había entrado en aquella habitación, no como la novia que el espejo acababa de mostrarle.
Antes de salir, miró una última vez el vestido extendido sobre la cama. Ya no parecía vigilarla. Parecía saber algo que ella no quería aceptar.
Apagó la luz y abrió la puerta. Necesitaba bajar, moverse y recordar que seguía siendo Gabriella Ferrara antes de convertirse en la esposa de nadie.
Bajó por la escalera principal con el rostro recompuesto. En la planta baja, varias voces llegaban desde el ala privada. Reconoció la puerta entreabierta del despacho de Don Marco y se detuvo antes de cruzar la línea de luz sobre el pasillo.
Los ventanales del despacho estaban abiertos hacia el puerto. Gabriella permaneció a un lado de la puerta y escuchó antes de anunciarse.
Había más de una voz al otro lado.
Carlo Ferrara permanecía junto a una librería lateral, revisando una lista de nombres con esa concentración silenciosa que Gabriella conocía desde niña.
—Los accesos marítimos están cubiertos —informó Don Marco—. Ahora quiero el nombre del hombre que abrió la primera puerta.
—En Trapani también hemos cerrado los accesos.
Carlo alzó la vista del mapa. El cansancio endurecía sus facciones, aunque seguía revisando cada dato con la misma precisión de siempre.
—Dupliqué los controles del puerto, cerré los turnos externos, cambié las claves de los almacenes y puse a nuestros hombres en las rutas secundarias. Pio revisa personalmente cualquier movimiento alrededor de Isabella.
Don Marco lo observó con atención fría. Entre Palermo y Trapani había demasiados años de desconfianza como para aceptar cualquier informe sin medir primero la solidez del hombre que lo entregaba.
—¿Confianza tuya o de Adriano?
Carlo no le esquivó la mirada al Capo Ricci.
—De ambos. En Trapani, la confianza se demuestra todos los días.
Adriano hablaba con el cansancio que Gabriella había aprendido a reconocer desde la muerte de Giorgio. Aun así, su atención seguía fija en los mapas y en cada respuesta de Carlo.
—Aun así, algo no encaja.
—Coincido.
Gabriella apoyó una mano contra la pared. Desde allí apenas distinguía las siluetas de ambos hombres, pero sí escuchaba cada palabra.
—Vadim recibe información antes de que podamos cerrar cada ruta.
Carlo bajó la mirada al mapa y cerró los dedos sobre el borde de la mesa.
—Cerrar rutas ya no basta. Hay que encontrar a quienes siguen vendiendo a los nuestros.
Don Marco arqueó una ceja. La respuesta de Carlo parecía haberle resultado suficiente.
—Qué práctico.
—Ser práctico mantiene viva a la gente que importa.
—Lo sé.
—Anoche perdimos otro cargamento cerca de Mazara.
—Giuseppe me informó esta mañana.
Los tres hombres guardaron silencio mientras Adriano revisaba el mapa y Marco observaba el puerto. Ninguno necesitaba llenar la pausa antes de decidir el siguiente movimiento.
—Empiezo a dudar de que quede un hombre en esta isla que no venda secretos.
Carlo inclinó la cabeza.
—Volveré a revisar a los hombres más antiguos.
La respuesta le pareció razonable. Si alguien podía revisar a los hombres antiguos sin alertar a Trapani, era Carlo. Conocía sus años de servicio, sus familias y las rutas que habían protegido.
Adriano asintió sin dudar.
—Hazlo con discreción.
—Como siempre.
Don Marco soltó una risa breve, sin alegría.
—Si lo encuentras, avísame. Quiero conocer al último hombre leal de Sicilia.
Adriano también rio. Gabriella conocía aquella risa desde niña, pero nunca la había oído compartida con Marco. La familiaridad entre ambos no se parecía a la cortesía del Consejo.
—¿Cómo está la pierna?
—Peor cuando cambia el tiempo.
—Te lo advertí en Catania.
—Y yo te advertí que aquel almacén olía a trampa.
Adriano negó despacio, pero la dureza de su gesto no alcanzó sus ojos.
—Aun así, viniste.
Don Marco se acercó al ventanal y dejó la mirada perdida en las luces del puerto antes de responder.
—Claro que fui.
—Podrías haberte quedado en Palermo. Habría sido lo sensato.
El viejo Ricci giró la cabeza.
—¿Y dejar que te volaran por los aires? Nunca he sido tan sensato.
—Siempre tan encantador.
—Siempre tan imprudente.
Gabriella escuchó con más atención. Marco y Adriano discutían como hombres que habían compartido atentados, decisiones y pérdidas, no como los enemigos simples que sus hijos habían aprendido a odiar.
—Si aquella bomba te hubiera matado, Sicilia habría ardido durante veinte años —advirtió Marco.
—Exagerado.
—Nunca exagero.
—Eso es mentira y lo sabes.
Don Marco sonrió. La vieja herida le molestaba, pero no pensaba concederle a Adriano la satisfacción de admitirlo.
—Gabriella sacó la belleza de su madre, pero la obstinación de su padre.
Adriano gruñó.
—Y esa es mi maldición.
—Pero sabes que podrá liderar Trapani —le aseguró Marco.
—¿Y tus hijos?
—Matteo es un desastre, va por la vida arrasando todo a su paso y detrás de él Alessandro acomodando sus mierdas. Con Giuseppe —resopló cansado—. Se preocupa por todo y después asegura que solo está calculando.
—Quizá sea mejor así. Si Giorgio hubiera calculado el riesgo de aquella negociación... —Adriano no terminó la frase.
—No fue su culpa y lo sabes.
—Crecieron viéndonos odiar.
—Crecieron viéndonos sobrevivir —corrigió Don Marco en voz baja—. No es lo mismo.
Las explicaciones entre ambos sobraban, estaban ahí, como el humo después de un disparo.
Gabriella cerró lentamente los ojos. Durante toda su vida había creído conocer aquella historia: había aprendido quiénes eran los enemigos, quiénes eran los culpables y quiénes merecían su lealtad.
Nunca se había detenido a preguntarse si aquella versión estaba completa.
Porque los hombres que hablaban dentro de aquel despacho no parecían dos Capos obligados a entenderse.
Parecían dos viejos soldados que llevaban demasiados años intentando impedir que la isla terminara destruyéndose a sí misma; hombres que habían enterrado amigos, sobrevivido a atentados, negociado treguas imposibles y que, aun así, seguían allí, protegiendo la misma tierra.
—Nuestros hijos creen que heredaron una guerra —dijo Don Adriano—. Quizá porque nunca les contamos qué ocurrió antes.
Don Marco miró hacia el puerto antes de responder.
—Les contamos lo necesario para que desconfiaran de quien podía atacarlos.
—O lo que nosotros necesitábamos creer.
El viejo Ricci tardó unos segundos en responder.
—Tal vez —admitió Marco, después de una pausa—. Pero siguen vivos.
El puerto siguió sonando al fondo mientras el viento entraba por las ventanas. Gabriella intentó ordenar lo que acababa de escuchar. La guerra entre las dos familias ya no parecía tan sencilla como la versión con la que había crecido. Adriano rompió el silencio.
—¿Crees que la boda funcionará?
Adriano hablaba de la boda y de la alianza que debía contener a Vadim. Marco lo entendió sin pedir aclaraciones.
Don Marco permaneció inmóvil.
—No lo sé.
La duda de Marco sorprendió a Gabriella. Adriano volvió la cabeza hacia él y esperó.
—¿Qué es lo que temes?
Marco miró hacia las luces del puerto antes de contestar.
—A que, si Giuseppe y Gabriella no consiguen sostener la alianza, tendremos que admitir que les entregamos una guerra que nosotros no supimos terminar.
La respuesta dejó a los tres hombres frente al mismo temor.
Gabriella permaneció en el corredor con los puños apretados. Había subido convencida de que besar a Giuseppe era un error porque él era un Ricci. Ahora escuchaba a su padre hablar con Don Marco de una guerra que sus hijos conocían solo a través de las consecuencias.
La rivalidad entre Ricci y Ferrara no se sostenía solo en los muertos. También dependía de decisiones y silencios que los hijos nunca habían conocido.
Si había odiado a Giuseppe sobre una historia incompleta, ya no podía utilizar ese odio como la única prueba de que el beso había sido un error.