Bajo Juramento de Fuego – Libro 1 (Los Herederos de Sicilia) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

La villa seguía despierta cuando salieron de la biblioteca. En los corredores aún se oían conversaciones, copas y alguna risa apagada alrededor de Don Marco. Giuseppe caminaba junto a Gabriella sin hablar. En esa parte de la casa, sus pasos eran lo único que rompía el silencio.

Al llegar a la galería abierta al jardín, Gabriella se detuvo. El aire fresco trajo olor a naranjos, jazmín y sal.

—Necesitaba salir.

Giuseppe se acercó a la balaustrada y prendió de nuevo un cigarrillo. Desde allí se veían las fuentes iluminadas, los cipreses moviéndose con el viento y, más abajo, las luces del puerto sobre el agua. El rumor del mar llegaba hasta la galería.

—De niña creía que Palermo olía distinto a Trapani.

Giuseppe ladeó la cabeza, atento.

—¿Y ya no lo crees?

—Ahora sé que me mentía a mí misma. Toda Sicilia huele igual cuando cae la noche. A sal, jazmín, limón... y humo de tabaco.

Giuseppe bajó la vista hacia el cigarro que sostenía entre los dedos. La brasa ardía con un resplandor mínimo, rojizo, y una línea de humo ascendía despacio entre ellos antes de deshacerse en el aire. Una sombra de diversión suavizó la rigidez de su rostro.

—Supongo que ahí tengo algo de culpa.

—No algo. Toda.

Giuseppe rio y Gabriella ya empezaba a distinguir aquella risa breve de la sonrisa educada que mostraba en las reuniones.

—¿Recuerdas la fiesta de San Lorenzo? Yo tendría dieciséis o diecisiete años. Mi padre me llevó y tú estabas junto a Don Marco, tan serio como si Sicilia ya dependiera de ti.

Giuseppe bajó la vista hacia el cigarro y sonrió.

—Te vi —reconoció Giuseppe—. Llevabas un vestido azul y discutiste con un senador porque dijo que Trapani debía aprender a obedecer a Palermo.

Gabriella giró hacia él, sorprendida a su pesar.

—¿Te acuerdas de eso?

—Recuerdo que no bajaste la mirada. Todos esperaban que lo hicieras. Levantaste la barbilla y obligaste al senador a corregirse delante de media sala.

Gabriella también lo recordaba. Aquel joven Ricci, demasiado serio para su edad, la había observado desde el otro extremo del salón. Le molestó entonces que no pareciera un heredero jugando con el poder, porque ya se movía como alguien consciente de lo que podía costarle.

—Pensé que eras arrogante.

—Lo era.

—También pensé que eras brillante.

Giuseppe dejó de sonreír. La sinceridad le cayó en la boca como algo demasiado íntimo para una terraza abierta.

—Yo creí que tú ibas a ser un problema. No imaginé que acabaría calculando cada decisión según el riesgo que pudiera alcanzarte —admitió él.

—Qué decepción. Acertaste.

—Me quedé corto. Has entrado en mi casa, cuestionas mis órdenes y consigues que piense en ti incluso cuando intento ocuparme de otra cosa.

Apoyó las manos en la balaustrada para no delatar el temblor que empezaba a nacerle en los dedos e intentó esconder una sonrisa que no tenía derecho a existir.

—¿Sabes qué es lo peor?

—Conociéndote, seguro que va a dolerme.

—Que a veces olvido que eres un Ricci. Después recuerdo todo lo que significa tu apellido y me enfurece que ya no me baste para odiarte.

—Ten cuidado, Gabriella. Nosotros pagamos cada deseo con algo que pertenece a la familia. Y yo llevo toda la vida intentando controlar ese precio.

—No me hables de consecuencias como si cargarlas fuera solo asunto tuyo.

—Lo sé. Cada vez que intento apartar la mirada, pienso en quién podría acercarse mientras yo lo hago.

Ella lo miró de frente, con esa valentía casi insolente que en cualquier otro habría sido imprudencia y en ella parecía herencia.

—Cuidado, Ricci, yo no nací para obedecer a Palermo.

—Naciste para hacer que Palermo se arrodille si Trapani lo exige —dijo Giuseppe, y la palabra salió grave y segura—. Eso debería irritarme menos de lo que me irrita que otros hombres también lo sepan.

Ella quiso odiar la admiración escondida en aquella frase, rechazar el orgullo que le atravesaba la sangre y recuperar la distancia que hasta entonces la había mantenido a salvo.

—Me cuesta verte solo como una Ferrara. Lo intento porque sería más sencillo.

Sus miradas se encontraron y ninguno apartó la suya.

—Paso demasiado tiempo pensando en cómo mantenerte fuera de peligro.

—Eso sigue sonando a responsabilidad.

—La responsabilidad termina cuando estás a salvo. Yo sigo pensando en ti después.

Gabriella tragó saliva. El rumor del agua y el viento siguieron alrededor de ellos.

—¿Y qué ocurre cuando dejas de intentarlo?

Giuseppe la miró con una intensidad que la dejó inmóvil.

—Ocurre esto. Me quedo aquí contigo cuando debería marcharme.

Gabriella permaneció quieta, porque Giuseppe no solía hablar de lo que sentía; lo convertía en órdenes, cálculos o silencios. Aquella frase había escapado de esos límites y él la miraba como si también quisiera recuperarla.

—No deberías decirme cosas así —susurró Gabriella.

—Lo sé.

—Y yo no debería querer escucharlas.

—Yo tampoco.

—Te he odiado desde antes de conocerte. Crecí oyendo que Palermo quitaba, imponía y destruía, y tu apellido resumía todo aquello.

—¿Y ahora?

Gabriella apretó los dedos contra la piedra fría.

—Ahora me enfurece descubrir todo lo que no encaja en esa versión.

La expresión de Giuseppe cambió. La dureza siguió allí, mezclada con una satisfacción que intentó ocultar.

—¿Y qué soy?

—El hombre al que no debería admirar.

La confesión dejó a ambos sin una respuesta inmediata. Él abandonó el cigarrillo sobre la piedra y por un momento pareció dispuesto a retroceder, a recuperar la distancia y a volver a ser el hombre que todos temían, pero no se movió.

Tampoco ella.

—Gabriella.

Nunca había escuchado su nombre pronunciado con aquella vacilación.

Gabriella levantó la mano antes de pensarlo.

Sus dedos tocaron el cuello de la camisa de Giuseppe, allí donde una arruga mínima desobedecía la perfección de la tela y quiso decirse que solo iba a acomodarla.

Pero sus nudillos rozaron la piel de él, justo bajo la mandíbula y Giuseppe cerró los ojos como si ese contacto hubiera sido un golpe dado en un lugar demasiado íntimo.

Gabriella comprendió, con una certeza que la dejó sin defensa, que el contacto también lo había alterado. Cuando Giuseppe volvió a abrir los ojos, la prudencia que había sostenido la conversación había desaparecido.

—Si doy un paso más, dejarás de ser solo parte de un acuerdo —advirtió Giuseppe, con la respiración cerca de su boca—. Y yo dejaré de poder fingir que esto no me importa.

—Y si yo me quedo, tú dejarás de ser solo el hombre al que debo odiar.

—Dime que pare —pidió Giuseppe—. Si no quieres esto, dímelo ahora.

—No.

El azul de los ojos de Giuseppe se oscureció.

—Esa no es la respuesta que te mantiene a salvo.

—No quiero que pares.

Se inclinó despacio, dándole tiempo a apartarse, dejando que la decisión fuera suya y la culpa de ambos.

Gabriella sintió el aire entre sus bocas volverse más denso, cargado de humo, sal y jazmín, y aunque todo en ella conocía el peligro, aunque su apellido le gritaba que retrocediera, se quedó allí.

El beso nació como nacen las cosas que el alma lleva años negando: despacio, con una delicadeza casi cruel y una emoción tan grande que Gabriella sintió el corazón golpearle las costillas como si quisiera salir a mirar también.

Los labios de Giuseppe rozaron los suyos, una pregunta oscura, suave e imposible, y ese primer contacto le robó el aire de una forma absurda, adolescente y peligrosa.

Durante un instante recordó al muchacho de San Lorenzo.

Porque durante un segundo ella volvió a tener dieciséis años y a verlo desde el otro extremo de un salón, con la certeza secreta de que aquel muchacho enemigo iba a importar algún día.

Después volvió a ser mujer, heredera, hermana de un muerto, promesa política de Sicilia y aun así su cuerpo eligió antes que su orgullo.

Gabriella inhaló contra su boca y Giuseppe perdió la última batalla contra sí mismo. Apoyó una mano en la piedra junto a su cadera, encerrándola y cortándole la salida.

A Gabriella se le aflojaron las piernas.

Se aferró a la solapa de su chaqueta diciéndose que era para mantenerse en pie; la mentira murió cuando él musitó su nombre contra sus labios.

Ella lo besó de vuelta, sin cálculo ni estrategia, con la alegría culpable y feroz de quien descubre que aquello que más temía también podía hacerla sentirse viva.

Fue Giuseppe quien se separó primero, aunque no de golpe ni con rechazo.

Se apartó lo necesario para dejar de besarla, pero no lo suficiente para que el aire dejara de pertenecerles.

Su frente quedó cerca de la de ella y su respiración, siempre medida, siempre obediente a su voluntad, le rozó los labios con un temblor casi imperceptible.

Gabriella mantuvo los ojos cerrados unos segundos más, temiendo que la realidad regresara en cuanto los abriera con su apellido, el de él, la boda, Isabella, Giorgio…

«Esto no debió ocurrir», pensó Gabriella, aunque su boca todavía recordaba la forma exacta de la suya y el cuerpo entero le gritaba una verdad que su orgullo no estaba preparado para aceptar.

—Yo... —Empezó ella, pero la voz se le rompió antes de encontrar una excusa.

Giuseppe no encontró palabras. Llevó la mano izquierda al anillo antiguo de su abuelo y lo hizo girar con el pulgar una sola vez antes de obligarse a detenerlo.

Los dos permanecieron inmóviles, separados por un metro, mirándose como si acabaran de descubrir algo irreparable. No había pasión ni euforia. Solo desconcierto, culpa, miedo y una certeza que ninguno de los dos quería aceptar: habían cruzado una frontera de la que ya no podían regresar.

Gabriella fue la primera en romper el silencio, aunque consiguió sostenerle la mirada.

—Esto no puede volver a pasar, Giuseppe.

Él tardó en responder y cuando lo hizo, habló bajo.

—Lo sé.

La certeza con que intentaron llamarlo error no consiguió borrar el deseo de repetirlo.

—Ha sido un error —dijo Giuseppe.

La frase salió demasiado tranquila, como si necesitara convertirla en una orden para poder obedecerla.

Gabriella tragó saliva, ella también quería creerlo; quería aferrarse a aquella explicación porque era la única que todavía conservaba algo de lógica.

—Sí —respondió, pero ni siquiera ella creyó en su propia voz.

—No debió pasar.

Giuseppe asintió despacio, sin apartar los ojos de ella.

—No —repitió, aunque sonó más a deseo que a verdad.

Gabriella cruzó los brazos sobre el pecho sin darse cuenta. Necesitaba sujetarse a algo que no fueran los recuerdos de los últimos segundos.

—Faltan dos días para la boda —dijo Gabriella, aferrándose a la única verdad que todavía podía pronunciar sin temblar.

Giuseppe dejó escapar una exhalación lenta.

—Precisamente por eso tenemos que fingir que no ha pasado.

Ella negó con la cabeza.

—No es tan fácil.

—Lo sé —confesó Giuseppe, más bajo—. Me asusta que haya ocurrido antes de que sepamos qué hacer con ello.

—También me asusta.

—Tenemos que dejarlo aquí. Nuestras familias ya soportan demasiada presión, Isabella sigue amenazada y la muerte de Giorgio continúa entre nosotros.

Al escuchar el nombre de Giorgio, Gabriella apretó los dedos contra sus brazos hasta sentir las uñas a través de la tela. El frío del mármol bajo los pies y el viento entre las columnas la devolvieron a la boda, a Isabella amenazada y a todo lo que aquel beso no podía borrar.

—Llevamos toda la vida creyendo que esto era imposible —susurró.

Giuseppe volvió a mover el anillo con el pulgar. Aquella vez el gesto fue más lento y consciente.

—Y sigue siéndolo.

Gabriella levantó la mirada, herida por la rapidez de aquella respuesta.

—Mírame y dime que no sentiste lo mismo.

Giuseppe no respondió y esa fue su respuesta.

Había aprendido a dirigir hombres, a negociar guerras, a decidir quién vivía y quién moría sin permitir que las emociones alteraran su juicio.

Y, sin embargo, bastaron unos segundos junto a Gabriella para perder un control que llevaba construyendo toda la vida.

Se obligó a dar un paso atrás y la distancia entre ambos volvió a existir.

—Será mejor que me vaya.

—Sí.

El «sí» de Gabriella salió más débil de lo que pretendía.

Giuseppe sostuvo su mirada una última vez y en sus ojos había culpa, deseo y algo mucho peor: reconocimiento, como si ambos hubieran visto, al mismo tiempo, el futuro que no podían tener y el desastre que aun así serían capaces de provocar por intentar tocarlo. Después caminó hacia el corredor.

Sus pasos resonaron sobre el mármol hasta perderse. Gabriella permaneció inmóvil hasta que el sonido desapareció.

Gabriella se llevó los dedos a la boca. Todavía reconocía el sabor del tabaco y la presión de los labios de Giuseppe.

Ricci. Peligro. Alianza. Error. Gabriella repitió las palabras mientras el viento le desordenaba el cabello, pero ninguna consiguió alterar el hecho más sencillo, había querido besarlo y quería hacerlo otra vez.