Bajo Juramento de Fuego – Libro 1 (Los Herederos de Sicilia) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

El amanecer encontró a Gabriella despierta.

Permaneció unos segundos entre las sábanas frías, escuchando el movimiento al otro lado de las paredes.

Motores subían por la avenida principal, un helicóptero se aproximaba desde la costa y las puertas se abrían una tras otra mientras empleados, escoltas y asistentes cruzaban los corredores con documentos, flores, cajas y órdenes que cambiaban antes de llegar a destino.

Se levantó y abrió los ventanales. El aire del mar entró húmedo y fresco, mezclado con el olor de los limoneros y la sal que ascendía desde el puerto. La claridad azulada de la mañana empezaba a extenderse sobre los muebles.

La ciudad ya estaba en movimiento. Desde aquella altura distinguía vehículos negros ascendiendo por la carretera de la villa, algunos escoltados por motocicletas y otros por todoterrenos blindados.

Más cerca de la costa, varios helicópteros privados esperaban turno para aterrizar en propiedades vecinas.

En el ala opuesta, Giuseppe llevaba más de una hora en el despacho principal. Las flores y los detalles de la ceremonia quedaban en manos de otros; sobre su mesa se acumulaban planos de acceso, rutas de evacuación y listas de hombres autorizados.

El desayuno se enfriaba junto a una lista de accesos. Giuseppe había revisado cada permiso y cada posición antes de probar el café y aun así volvía al plano cada vez que alguien abría la puerta.

Él escuchaba sin interrumpir y hablaba solo cuando necesitaba corregir una ruta o exigir un nombre. Alessandro conocía aquella quietud. Cuanto menos decía su hermano, más decisiones había tomado ya.

La puerta se abrió y Matteo entró con el traje oscuro del viaje y el cansancio marcado bajo los ojos. Pero caminaba con la misma energía inquieta de siempre.

Giuseppe alzó la vista.

—¿Todo bien?

Matteo asintió.

—El traslado hasta Sicilia fue limpio. Cambiamos de ruta a mitad del trayecto y nadie se acercó al convoy.

Giuseppe inclinó la cabeza.

—También traje los informes de Roma.

Alessandro tomó los documentos mientras Enzo seguía inclinado sobre los planos.

Giuseppe miró al responsable de seguridad.

—Dame la última ubicación.

El hombre tragó saliva antes de responder.

—Francotiradores del ala norte reubicados por tercera vez. Rutas de evacuación modificadas esta madrugada. Convoyes escalonados para evitar acumulaciones en la entrada principal.

Giuseppe asintió y giró una vez el anillo de su abuelo hasta dejar el sello centrado. Había cambiado tiradores y rutas varias veces, pero seguía buscando el punto que Vadim pudiera haber encontrado antes que él.

—¿Accesos marítimos?

—Cubiertos.

—¿Helicópteros?

—Controlados.

—¿Subsuelo?

—Revisado dos veces.

Alessandro cerró la carpeta. Las comprobaciones estaban completas, pero ninguno parecía satisfecho.

—Entonces… ¿qué no encaja?

Giuseppe levantó la mirada.

—Vadim.

Nadie respondió. Cinco días atrás habrían recibido la falta de noticias como una ventaja. Después del cargamento robado y la fotografía de Isabella, el silencio de Vadim solo indicaba que aún preparaba su siguiente movimiento.

—Aún está eligiendo el momento y no será dentro de esta casa.

Enzo cruzó los brazos y aseguró.

—Vadim no espera sin motivo.

—Le quitamos hombres, cargamentos y dinero. Si no ha respondido, es porque espera obtener algo más útil que una venganza inmediata.

Alessandro apoyó ambas manos sobre el plano de la villa.

—Todavía está buscando dónde hacernos más daño.

Matteo esperó a que todos terminaran de revisar el plano antes de hablar.

—Hay algo que deberías saber. He revisado personalmente todo lo relacionado con la fotografía de Isabella.

Giuseppe dejó quieto el pulgar sobre el anillo.

—Habla. Sin adornos.

—La seguridad nunca estuvo comprometida.

Enzo frunció el ceño.

—¿Cómo demonio consiguió esa fotografía?

Matteo abrió la carpeta traída de Roma y deslizó varias imágenes sobre la mesa.

—Nuestros especialistas analizaron el ángulo, la compresión de la perspectiva y la resolución —informó Matteo—. Utilizaron una cámara de inteligencia de alta tecnología y un teleobjetivo militar de largo alcance. El fotógrafo nunca estuvo cerca de Isabella.

Giuseppe revisó una imagen tras otra. La mandíbula se le tensó, pero no apartó la vista.

—¿Estás seguro?

—Completamente. —Matteo señaló una de las imágenes—.

El primer anillo de seguridad no se rompió.

El segundo tampoco. Isabella estuvo siempre a más de treinta metros de cualquier persona ajena a la escolta.

El teleobjetivo comprimió los planos y creó la impresión de que la cámara estaba a pocos pasos.

Alessandro comprendió de inmediato la implicación y su voz salió más baja.

—Entonces nunca llegaron hasta ella.

—No necesitaban hacerlo —respondió Matteo—. Querían que creyéramos que podían acercarse. La fotografía fue construida para borrar la distancia.

Los dos anillos de seguridad habían funcionado. Vadim había conseguido otro resultado, que Gabriella imaginara a un hombre a pocos pasos de Isabella mientras el fotógrafo permanecía lejos y a salvo. Giuseppe volvió a mover el anillo con el pulgar.

—La seguridad funcionó —dijo Giuseppe—. Vadim convirtió la distancia en miedo.

—Y lo consiguió —confirmó Matteo.

Otro helicóptero se aproximó desde la costa. Giuseppe esperó a oír la confirmación del aterrizaje por la radio antes de volver al informe.

La actividad de la villa continuó al caer la noche, aunque empleados y soldados empezaron a hablar más bajo en los corredores. Los invitados seguían llegando desde distintos puntos de la isla.

En el ala Este, varios abogados revisaban los contratos de la unión patrimonial.

En los jardines, los equipos de seguridad repetían los recorridos del perímetro entre el olor de la tierra regada y los cipreses.

En el patio principal, cada vehículo era registrado antes de desaparecer hacia los garajes.

Gabriella llevaba horas en el despacho asignado a Trapani, resolviendo una decisión tras otra sin concederse tiempo para pensar en la boda.

Había terminado videoconferencias con Trapani, aprobado envíos hacia Malta, reorganizado almacenes costeros y sustituido a un capitán de puerto. Cuando descubrió que llevaba diez minutos leyendo la misma página, abandonó el despacho y salió al corredor.

Al atravesar la galería que comunicaba el ala residencial con la biblioteca, percibió olor a tabaco. Un hilo de humo escapaba por una puerta entreabierta, mezclado con papel viejo y madera pulida. Gabriella se detuvo antes de empujarla.

Lo encontró solo. La chaqueta descansaba sobre una silla, la corbata había desaparecido y las mangas remangadas revelaban cansancio más que descuido.

Una lámpara iluminaba la mesa y dejaba el resto de la biblioteca en penumbra.

Giuseppe estudiaba un plano con el cigarrillo entre los dedos. Con la otra mano giraba el anillo y lo volvía a centrar pocos segundos después. Gabriella esperó en la puerta hasta que él terminó de revisar la línea marcada.

Gabriella apoyó un hombro en el marco de la puerta y dejó que una sonrisa ligera suavizara el cansancio de su rostro.

—Si sigues así, ese anillo va a terminar más brillante que la alianza.

Giuseppe levantó la vista. La sorpresa duró un instante y después una sonrisa breve le aflojó la boca.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí?

—El suficiente para descubrir que el temido Consigliere también se delata. —Señaló su mano—. Cuando algo te preocupa, giras el anillo mil veces hasta dejarlo en el mismo sitio.

Giuseppe observó el anillo como si acabara de descubrirlo y soltó una breve risa.

—¿Siempre miras tan de cerca?

—Cuando merece la pena.

Gabriella advirtió demasiado tarde cómo podía sonar la respuesta y desvió la mirada hacia el plano.

—Me refería a tu forma de trabajar.

Giuseppe no la contradijo. La sonrisa de la boca le dejó claro que tampoco había olvidado la primera respuesta.

—Claro. Eso era exactamente lo que querías decir.

Gabriella rio y negó con la cabeza. Giuseppe señaló el sillón situado frente al escritorio.

—Si vas a analizar mis defectos, mejor siéntate.

Gabriella ocupó el sillón y cruzó una pierna sobre la otra. Giuseppe volvió al plano, pero dejó el cigarrillo en el cenicero.

Se acomodó y observó los documentos dispersos. En Giuseppe, aquel desorden no era descuido. Había movido cada hoja buscando una relación que todavía no encontraba.

—¿Este caos tiene algún método o debo preocuparme?

—Busco la relación entre esos papeles. Si dejo de buscarla, alguien puede seguir oculto.

—Pareces decidido a ganar una guerra con tinta y papel.

—Una ruta mal leída deja hombres muertos. No pienso perderlos por pasar una página demasiado rápido.

Gabriella recorrió los mapas: nombres tachados, fotografías unidas con líneas y marcas que solo alguien acostumbrado a la guerra sabría leer.

—¿Y tú cuándo apagas la guerra?

Él apoyó la espalda en la silla.

—Cuando encuentre al hombre que sigue abriéndole puertas. Hasta entonces, no se apaga.

La respuesta borró cualquier sonrisa. Gabriella miró el mapa donde Palermo aparecía fragmentada en calles, rutas y posibles heridas.

—¿Sigues esperándolo?

—Sí. Y tú haces lo mismo desde que viste la fotografía de Isabella.

Ella tardó unos segundos en responder.

—Compruebo el teléfono, las rutas y cada informe de Roma. Incluso cuando sé que no hay nada nuevo.

Giuseppe asintió. También él llevaba días revisando puertas cerradas y rutas ya confirmadas.

Durante unos instantes observaron el mismo plano. Giuseppe mantenía un dedo sobre la carretera de acceso a la villa; Gabriella seguía con la vista la ruta hasta la costa. Solo se oían el papel, el mar y el leve crepitar del cigarrillo.

Entre los documentos había una fotografía que no pertenecía al informe. Gabriella señaló a la mujer joven que sonreía frente a la cámara.

—¿Tu madre?

Giuseppe giró la cabeza. La rigidez de la boca cedió al reconocer la fotografía.

—Sí.

Gabriella tomó la fotografía por los bordes. Las esquinas estaban gastadas y una pequeña marca de pulgar opacaba el brillo cerca del rostro. Teresa sonreía sin mirar del todo al objetivo.

—Te pareces a ella en la mirada.

Giuseppe sonrió.

—Mi padre decía que también heredé su paciencia.

—No estoy segura de haber visto mucha paciencia en ti.

—Entonces tal vez heredé solo la mirada.

Gabriella sostuvo la fotografía un momento más antes de devolvérsela.

—Cuéntame algo de ella.

Giuseppe apoyó los codos sobre la mesa y pensó un poco antes de contestar.

—Le gustaba conducir rápido. Mi padre decía que no le preocupaba, pero enviaba a dos hombres detrás de ella. Yo me escondía para escucharlos discutir cuando los descubría y siempre mi madre tenía la última palabra.

Gabriella soltó una carcajada.

—Necesito pruebas de esas discusiones.

—No tengo pruebas, pero tampoco dudas.

Ella sonrió.

—¿Y tú encontrabas entretenidas esas discusiones?

—Era lo más parecido a una familia normal que yo conocía.

Ella arqueó una ceja.

—Tu idea de normalidad era peligrosa.

Giuseppe volvió a reír.

—Lo era. Después cenaban juntos y compartían una copa de vino en el jardín.

Gabriella dejó escapar otra risa.

—Uff, eso sí era amor italiano.

La ocurrencia hizo reír a Giuseppe. Fue una risa baja y breve, menos contenida que las sonrisas que reservaba para los demás.

Gabriella no recordaba haberlo oído reír así. Le gustó más de lo que habría querido admitir. Después hablaron de la universidad, de veranos en Sicilia y de fiestas políticas que ambos habían detestado por motivos parecidos.

Gabriella contó una anécdota de Trapani y olvidó preguntarse si él podía utilizar esa información después.

Él habló de Matteo y Alessandro como hermanos, lejos de los cálculos que solían acompañar cualquier recuerdo familiar.

Cuando el cigarrillo se apagó en el cenicero, ninguno hizo ademán de terminar la conversación.

Gabriella miró el reloj y descubrió que había pasado más de una hora.

—Había olvidado lo fácil que puede ser hablar cuando no estamos discutiendo.

Giuseppe tampoco parecía haberse dado cuenta del tiempo.

—Yo había olvidado que podíamos llegar tan lejos sin convertirlo en una negociación.

Durante aquella hora, habían dejado fuera de la conversación: la boda, los apellidos y el Consejo.

Gabriella se levantó, pero tardó en caminar hacia la puerta. Habían hablado del pasado sin convertirlo en ventaja, algo raro entre dos herederos acostumbrados a medir cada palabra. La familiaridad de aquella conversación no borraba la rivalidad; la volvía más difícil de sostener intacta.

Giuseppe recogió la chaqueta del respaldo y se levantó también.