Bajo Juramento de Fuego – Libro 1 (Los Herederos de Sicilia) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

Gabriella salió de la habitación de Isabella cuando la tarde empezaba a caer sobre Trapani. Todavía sonreía por algo que su hermana había dicho y bajó hacia el despacho de su padre sin querer pensar en cuánto tardaría en volver a escuchar aquella risa dentro del palazzo.

Rozó con los dedos la barandilla pulida al bajar.

El reloj de pie seguía junto a la escalera, donde Giorgio intentaba adelantar la medianoche cada Navidad.

Los cuadros que asustaban a Isabella continuaban en las paredes y, al fondo, el gran ventanal mostraba los viñedos que su madre contemplaba al atardecer.

Todo seguía en su sitio, salvo Giorgio.

La puerta del despacho estaba entreabierta. Al acercarse reconoció el olor a cuero envejecido, madera y whisky. Entre ellos aparecía el rastro limpio de la medicación que los empleados guardaban con discreción entre las botellas y los documentos.

Don Adriano permanecía junto a la ventana con un vaso de whisky en la mano. Desde allí podía vigilar los viñedos y el camino de entrada. Carlo esperaba frente al escritorio, con la paciencia de quien sabía que Adriano terminaría pidiéndole una respuesta cuando estuviera preparado para escucharla.

El sol teñía de cobre las últimas hileras de viñedos.

—Hija, entra.

Gabriella sonrió y empujó la puerta.

—Siempre sabes que estoy al otro lado.

—Porque sigues creyendo que puedes resolverlo todo mientras caminas.

Gabriella se acercó al escritorio y pasó los dedos sobre una pequeña grieta en la madera.

—La marca sigue aquí.

Don Adriano siguió la dirección de su mirada.

—Giorgio tenía diez años cuando decidió medir una espada de madera contra un escritorio de nogal.

—Y lloró cuando la espada perdió.

—Juró que el carpintero había hecho trampa.

Los tres rieron. Durante unos segundos, Giorgio volvió a ser el niño que destrozaba muebles con una espada de madera y no el muchacho al que ninguno había podido salvar.

Gabriella caminó hasta la ventana y contempló los viñedos.

—Los echaba de menos.

—Se nota. El vino ha empeorado desde que te fuiste.

Ella giró la cabeza, divertida.

—¿Ahora los viñedos también tienen nostalgia?

—Los Ferrara siempre hemos sido dramáticos.

Gabriella negó riéndose.

—Y mentirosos.

—Eso también lo heredaste.

Desde la planta baja llegó la voz de Isabella, seguida por una puerta y varios pasos conocidos. Por un momento, el palazzo volvió a sonar como antes.

Carlo dejó una carpeta delgada sobre el escritorio. No explicó nada hasta que Adriano se volvió hacia él.

Dentro había copias de una orden judicial, un informe médico y una nota de prensa preparada para publicarse al amanecer. Los sellos, las firmas y el lenguaje administrativo resistirían una primera revisión.

La orden mencionaba el edificio privado donde vivía Isabella; el informe médico hablaba de una crisis nerviosa y la nota de prensa ya preparaba la versión que recibiría el público.

Gabriella apoyó una mano en el escritorio. Aquellos papeles podían convertir la desaparición de Isabella en un traslado autorizado.

—La revisión les permite entrar en el edificio —precisó Carlo—. El informe médico justifica que una ambulancia la recoja en el apartamento y la orden del juez presenta el traslado a una clínica privada como una medida de protección.

Adriano volvió a leer la firma del juez. Podían llevarse a su hija sin disparar y dejar detrás un expediente que justificara cada paso.

Gabriella cerró la carpeta y se ajustó los puños de la blusa. El temblor de las manos desapareció cuando levantó la vista.

—¿Quién firmó esto?

Carlo tardó un segundo en responder.

—Un juez que cenó con nosotros hace tres Navidades.

El juez había cenado en aquella casa, aceptado su vino y conocido a Isabella. Ahora su firma podía entregarla a Vadim sin que él tuviera que acercarse.

—Detén esto antes de que Isabella lo sepa. Quiero el nombre de todos los que tocaron esos papeles.

Carlo asintió, recogió la carpeta y salió sin pedir más instrucciones. Cuando la puerta se cerró, Adriano tardó unos segundos en volver a hablar.

—Dime la verdad. ¿Cómo está Isabella?

—Mejor de lo que esperaba y peor de lo que quiere que creamos.

Adriano asintió despacio. Aquella respuesta debió tranquilizarlo, pero le preocupo más.

—Me preguntó tres veces si aún podía impedir esta boda.

—Yo me lo pregunto desde que acepté.

Adriano se acercó hasta quedar a su lado frente a los viñedos. Bebió un sorbo antes de hablar.

—Cuando naciste, prometí que nadie decidiría tu vida sin escucharte y no siempre cumplí mi palabra.

Gabriella lo miró. Su padre rara vez reconocía una contradicción antes de convertirla en una orden.

Adriano dejó el vaso sobre el alféizar.

—Y ahora vuelvo a pedirte que elijas a la familia antes que a ti.

A Gabriella se le cerró la garganta, pero no bajó la cabeza.

—No me entregas.

Él la miró.

—Gabriella...

—Me diste los hechos —lo interrumpió—. Y sabías qué iba a elegir. Acepté la alianza porque Isabella y Sicilia lo necesitaban, no porque fuera justo. La decisión es mía, pero no fingiré que me ofreciste una salida.

Adriano la miró sin refugiarse en el silencio y se pasó una mano por la cara.

—Habría sido más sencillo si me odiaras.

Gabriella negó despacio.

—Para ti, quizá. Para mí habría sido otra mentira.

Él soltó una breve risa.

—Siempre tan testaruda como tu madre.

Gabriella apoyó la cabeza en el hombro de su padre. Hacía años que no lo hacía. Adriano permaneció rígido un instante antes de rodearla con un brazo. El gesto no resolvía nada, pero ninguno de los dos se apartó.

—¿Sabes qué es lo único que me quita el sueño?

—Vadim —respondió ella sin dudar.

—No, él puede destruir muchas cosas, pero no puede quitarte este lugar.

Gabriella levantó la cabeza.

—¿Entonces qué?

Adriano tardó en responder.

—Que vuelvas un día y creas que necesitas permiso para entrar en tu propia casa.

Adriano tomó sus manos y Gabriella recordó esas mismas manos corrigiendo su postura al disparar, sujetándola durante el funeral de su madre y cerrándose sobre su hombro cuando enterraron a Giorgio.

—Mírame, Gabriella.

Ella sostuvo su mirada.

—Si necesitas volver, vuelves. No tienes que dar explicaciones a nadie. Esta casa seguirá siendo tuya y Trapani seguirá reconociéndote como mi heredera. Lleves el apellido que lleves, después de la boda.

Gabriella ya no pudo contenerse. Negó despacio mientras una sonrisa temblorosa se abría paso entre las lágrimas.

—Nunca dejará de ser mi casa. Y tampoco entraré en la casa de los Ricci como una invitada.

Adriano la abrazó con más fuerza. No justificó la boda. La había empujado hacia una elección cuyo resultado necesitaba como Capo y que lamentaba como padre. Dentro de tres días la vería caminar hacia el altar y tendría que sostener ambas verdades delante de toda Sicilia.

Cuando el sol desapareció detrás de los viñedos, Gabriella consultó la hora. El convoy debía partir antes de que oscureciera por completo.

Bajaron juntos e Isabella los esperaba en la escalinata, junto a Pio y los escoltas que comprobaban por última vez las comunicaciones.

Isabella la volvió a abrazar, aunque ya se habían despedido dos veces. Adriano permaneció junto a la puerta principal con las manos a la espalda y el rostro de Capo que utilizaba cuando no quería que sus hombres vieran cuánto le costaba dejarla marchar.

Antes de subir al coche, Gabriella miró las luces que empezaban a encenderse detrás de las ventanas. Conocía cada habitación y, aun así, aquella noche las contempló como si tuviera que memorizar el camino de regreso.

Pio abrió la puerta mientras los escoltas revisaban los detalles del traslado. Desde la fotografía enviada por Vadim, ningún movimiento era simple.

Gabriella ocupó su asiento y esperó a que el convoy se pusiera en marcha. Pasados unos segundos, volvió la cabeza.

Adriano seguía junto a Isabella. Los dos levantaron una mano cuando el coche arrancó. Gabriella respondió antes de que el palazzo desapareciera detrás de los olivos.

Pio esperó a que Gabriella dejara de mirar hacia atrás antes de informarle del primer control. No intentó distraerla. Sabía que, cuando ella necesitaba ordenar una pérdida, las palabras ajenas solo estorbaban.

La carretera serpenteó entre olivares mientras los faros barrían los muros de piedra. En cada control, Pio recibía una confirmación y revisaba el vehículo que los seguía antes de autorizar al convoy a continuar.

El asiento a su lado estaba vacío y el recuerdo llegó con tanta claridad que sonrió antes de darse cuenta.

Durante años aquel había sido el sitio de Giorgio. En cualquier viaje hablaba demasiado, discutía con la radio y conseguía irritarlos hasta hacerlos reír.

—Algún día me iré de verdad —había dicho Giorgio, con la seguridad insoportable de los hermanos menores.

—No llegarías tan lejos —le había respondido ella—. Mamá te mataría antes de que arrancaras el coche.

En aquel tiempo, esas discusiones parecían no terminar nunca. Ahora Gabriella habría soportado horas de quejas con tal de volver a oírlo en el asiento de al lado.

Cuando tomaron la carretera hacia Palermo, las luces de la ciudad aparecieron a lo lejos. Gabriella reconoció la curva que llevaba a villa Ricci antes de que Pio anunciara la distancia.

Pio levantó la mirada de la pantalla.

—Diez minutos hasta la villa.

Gabriella contempló la silueta de villa Ricci sobre la colina. La primera vez había contado cada desvío por si necesitaba escapar. Ahora reconocía la curva, el muro y las luces de la entrada. No le gustó descubrir que ya sabía cómo volver.