CAPÍTULO 22
Casa prestada
A primera hora de la mañana, villa Ricci estaba preparada para recibir al convoy Ferrara como si esperara un ataque.
Los motores y las comunicaciones por radio habían sustituido los sonidos habituales de la mañana.
Había soldados en los tejados, junto a los muros y en las terrazas altas, mientras cada acceso permanecía vigilado.
Desde que llegó la fotografía de Isabella, Giuseppe había reforzado la villa hasta convertir cualquier visita en una operación de seguridad.
Gabriella esperaba al pie de la escalinata, con las manos entrelazadas y la mirada fija en la entrada.
Apenas había probado el desayuno; el café seguía dejándole un sabor amargo en la boca.
Pio ocupaba su lugar habitual medio paso detrás de ella, vestido de negro y atento a las comunicaciones.
Cada tanto tocaba el auricular, escuchaba y respondía con pocas palabras.
—Convoy Ferrara entrando en la carretera privada —avisó uno de los soldados.
Gabriella levantó la vista.
A lo lejos apareció el primero de los todoterrenos negros, seguido por otros dos.
Avanzaban a velocidad constante y guardaban la misma distancia entre ellos.
Cuando atravesaron el portón, los Ricci mantuvieron sus posiciones y los Ferrara hicieron lo mismo al detenerse frente a la escalinata.
Durante uno momento, ambos dispositivos de seguridad se observaron con la cortesía tensa de quienes recordaban demasiadas razones para desconfiar.
El primer escolta Ferrara descendió, revisó el perímetro y solo entonces hizo una señal discreta.
La puerta trasera se abrió e Isabella descendió del vehículo. Gabriella dejó de prestar atención a los soldados, a los coches y a la fachada de villa Ricci. Solo vio a su hermana viva, buscándola con la mirada antes que a cualquier otra persona.
Isabella parecía más delgada que cuando se despidieron en Roma y tenía el rostro pálido. Al encontrar los ojos de Gabriella sonrió, levantó la barbilla y recorrió la escalinata como si quisiera demostrar a todos que seguía siendo dueña de sus pasos.
Gabriella bajaba los escalones cuando Isabella echó a correr los últimos metros.
Se abrazaron con tanta fuerza que durante varios segundos ninguna pudo hablar.
Gabriella hundió el rostro en el cabello de Isabella y reconoció su perfume.
Por un instante volvió al palazzo de Trapani, a las discusiones entre hermanas y a Giorgio riéndose desde una puerta.
Después apretó más los brazos, porque Isabella estaba allí y seguía viva.
—Estás aquí...
—¿Dónde iba a estar? ¿Creías que iba a dejar que te casaras sin mirarte a los ojos primero?
Gabriella soltó una risa rota y le tomó el rostro entre las manos.
—No vuelvas a asustarme así, Isa.
Los ojos de Isabella se humedecieron, pero no bajó la mirada.
—Yo también vi la fotografía.
Aquellas cinco palabras bastaron para borrar la sonrisa de ambas. El recuerdo de Vadim volvió. No necesitaba estar allí para interponerse entre ellas.
—Ahora estás conmigo.
—Eso no responde a nada.
—No. Pero necesitaba comprobar que estabas bien.
Isabella tragó saliva y volvió a abrazarla.
—Yo también te extrañé.
Gabriella cerró los ojos y se aferró a ella. No pensaba llorar delante de los Ricci, pero con Isabella entre sus brazos pudo dejar de fingir durante unos segundos que el miedo no la estaba agotando.
Don Adriano descendió del segundo vehículo con más lentitud de la habitual.
Miró primero a Isabella y después a Gabriella, comprobando que ambas estaban bien antes de dirigir la atención hacia la escalinata.
Delante de los hombres, aquel repaso silencioso era toda la preocupación que se permitía mostrar.
—Marco.
Don Marco Ricci descendió los últimos escalones acompañado por Giuseppe y Alessandro. Los dos Capos se estrecharon la mano sin ceremonia innecesaria. Habían pasado demasiados años negociando el destino de Sicilia para desperdiciar palabras.
El apretón duró apenas un momento, el necesario para que los hombres de ambas casas vieran que Palermo y Trapani podían compartir la misma entrada sin convertirla en una guerra.
Giuseppe permanecía un paso detrás de su padre.
Recorrió los tejados, los vehículos, los accesos y los soldados armados antes de detenerse en Isabella.
Su pulgar giró una vez el anillo del abuelo.
Gabriella reconoció el gesto y supo que no daría por seguro el traslado hasta que el convoy volviera a ponerse en marcha.
Isabella terminó separándose de Gabriella y caminó unos pasos hacia él.
—Supongo que debo darte las gracias.
Giuseppe la miró de frente.
—No me debes nada.
Isabella negó despacio.
—Mi hermana sigue viva porque decidiste protegerla.
Giuseppe bajó la vista un segundo. Gabriella lo advirtió porque ya conocía la forma en que escondía cualquier emoción detrás de un gesto mínimo.
—Sigue viva porque esta vez llegamos antes que Vadim.
No había heroísmo en la respuesta. Giuseppe se limitaba a reconocer que aquella vez habían llegado a tiempo y que la siguiente nadie podía garantizarla.
Isabella lo observó durante un momento más.
—Entonces gracias por llegar a tiempo.
Giuseppe inclinó levemente la cabeza.
—Bienvenida a Sicilia, Isabella. Aquí seguirás protegida.
La bienvenida fue formal, pero Giuseppe mantuvo la mirada sobre Isabella hasta que ella volvió junto a Gabriella. No necesitó prometer nada; los hombres desplegados alrededor de la villa ya hablaban por él.
Don Adriano consultó discretamente el reloj.
—Nos vamos.
La visita terminaba antes de que pudieran sentarse. No habría almuerzo ni tiempo para fingir normalidad. Mantener juntas a las dos hijas de Adriano durante más minutos de los necesarios aumentaba un riesgo que ninguno de los dos dispositivos estaba dispuesto a aceptar.
Pio ya esperaba junto al vehículo. Los escoltas Ferrara recuperaban sus posiciones mientras los hombres Ricci cerraban el perímetro para la salida.
Gabriella abrazó otra vez a Isabella antes de ayudarla a subir al coche.
—Nos vemos esta tarde.
—No tardes. Tengo demasiadas preguntas.
—Qué miedo me acabas de dar.
—Bien. Así sabes cómo me siento desde que te prometieron con un Ricci.
Pio sostuvo la puerta del vehículo.
—Definitivamente, Roma te hizo más peligrosa.
Isabella sonrió.
—Roma me hizo más sofisticada.
—Roma te hizo más dramática.
—Eso ya lo era antes.
Gabriella rio de nuevo. Durante unos segundos, la presencia de Isabella y la voz seca de Pio devolvieron a la escalinata algo de la vida del palazzo Ferrara.
Don Adriano besó la frente de Gabriella con una ternura que rara vez se permitía en público.
—Nos vemos en Trapani, hija.
—Sí.
Adriano mantuvo los ojos en ella unos segundos. Gabriella reconoció el conflicto: el padre quería retenerla y el Capo necesitaba verla regresar a Palermo sin vacilar. No dijo nada más. Subió al vehículo y dejó que la decisión hablara por él.
Los motores volvieron a rugir y los vehículos abandonaron villa Ricci uno a uno.
Giuseppe permaneció en la escalinata siguiendo el convoy hasta que desapareció entre los cipreses.
Solo entonces dejó quieto el anillo. Gabriella entendió que continuaría revisando rutas y tiempos hasta recibir la confirmación de que Isabella había entrado en el palazzo Ferrara.
***
El convoy de Gabriella salió de Palermo poco después del mediodía. El trayecto hacia Trapani transcurrió casi en silencio mientras los vehículos avanzaban escoltados por la autopista costera y el Mediterráneo aparecía y desaparecía entre las colinas.
Bajo la luz de la tarde, los viñedos, los pueblos de piedra y las iglesias antiguas ofrecían una calma difícil de conciliar con los controles armados y las rutas modificadas para mantenerlos con vida.
Gabriella observaba el paisaje con la frente apoyada en la ventanilla. Días atrás había recorrido aquella carretera para entrar en territorio Ricci; ahora regresaba a Trapani para pasar unas horas con su padre e Isabella.
Cuando el convoy atravesó las puertas de la finca, Gabriella soltó el aire que llevaba reteniendo desde Palermo.
Los cipreses seguían alineados junto al camino y la fuente de piedra ocupaba el centro del patio.
Al bajar las ventanillas entraron el olor de los olivos, la tierra húmeda y los viñedos.
Gabriella recordó las carreras con Giorgio, las cenas interminables y los veranos en que los tres hermanos aún podían discutir sin que nadie temiera una llamada.
Trapani olía a todo lo que había perdido y a lo que todavía intentaba proteger.
El coche se detuvo e Isabella salió antes de que uno de los escoltas pudiera abrirle la puerta. Miró la fachada del palazzo Ferrara y sonrió con la emoción dibujada en los ojos.
—No hay lugar como casa.
Gabriella la observó con ternura.
—Eso te digo desde que te fuiste a Roma.
—Roma tiene mejor café.
—Trapani tiene mejor vino.
—Entonces tendré que quedarme hasta aprender a apreciarlo.
Gabriella soltó una risa y advirtió que aquella vez no le dolía hacerlo.
Subieron juntas la escalinata principal. Los empleados las recibieron con sonrisas sinceras y un afecto imposible de fingir.
Gabriella reconoció a cada empleado y respondió a los saludos sin necesidad de pensar qué lugar ocupaba allí.
Había aprendido a caminar sobre aquel mármol, se había escondido detrás de las columnas con Giorgio y bajado aquellas escaleras cada Navidad en busca de su padre.
Nada parecía distinto, pero ella sabía que pronto tendría que marcharse.
Subieron hasta la habitación de Isabella. El papel pintado color marfil seguía en las paredes, la terraza continuaba abierta hacia los viñedos y algunos libros de su adolescencia permanecían en la estantería. Adriano no había permitido que nadie cambiara nada durante su ausencia.
Isabella dejó caer el abrigo sobre una butaca y giró sobre sí misma con una sonrisa.
—¿Ves? Ni siquiera han cambiado las cortinas.
—Papá no cambia nada si puede evitarlo.
—Eso no es del todo cierto.
Gabriella la miró.
—¿Qué quieres decir?
La sonrisa de Isabella perdió brillo.
—Desde que murió Giorgio, papá solo intenta que todo parezca igual.
El nombre de Giorgio detuvo la conversación. Gabriella bajó la vista. Ya podían pronunciarlo sin quebrarse como al principio, aunque ambas necesitaban unos segundos antes de continuar.
La puerta se abrió sin que nadie llamara. Pio entró con una carpeta entre las manos. La expresión seria se le suavizó al verlas juntas.
—Sabía que las encontraría aquí.
Isabella sonrió al verlo.
—¿Ves? Tú tampoco has aprendido a llamar.
Pio arqueó una ceja, imperturbable.
—Después de quince años entrando aquí, llamar ahora sería una falta de carácter.
Isabella caminó directamente hacia él y lo abrazó con fuerza. Pio tardó un segundo en reaccionar, pero terminó rodeándola con un brazo mientras negaba resignado.
—¿Qué te ha hecho Roma?
—Roma me ha vuelto más libre.
—Lloraste antes de bajar del coche.
—Eso es información clasificada.
—Te oyó medio convoy.
Gabriella terminó riéndose, porque la escena le resultaba tan familiar que, durante un instante, olvidó dónde había pasado los últimos días.
Pio nunca había sido solo un soldado. Había sostenido la bicicleta de Giorgio mientras aprendía a montar, enseñado a Gabriella a disparar cuando todavía necesitaba las dos manos para sujetar el arma y acompañado a Isabella en su primer día de colegio porque ella temía a todos los niños de su clase.
El basilisco sobre su corazón lo convertía en soldado jurado de Gabriella, pero pertenecía a la vida de los tres desde mucho antes del tatuaje.
Isabella retrocedió un paso y lo observó con gesto crítico.
—Sigues teniendo la misma cara de pocos amigos.
—Y tú sigues hablando como si callarte fuera una enfermedad.
—Giorgio decía que era mi mejor cualidad.
Los tres callaron. Gabriella fue la primera en recuperar la sonrisa.
—Decía muchas cosas para no admitir cuánto te adoraba.
Pio soltó una exhalación.
—También decía que algún día dejarían de meterse en problemas.
—Pobre Giorgio. Siempre fue demasiado optimista.
—En eso se equivocó.
La risa volvió a la habitación. Fue breve, pero ninguno intentó detenerla.
Cuando la risa se apagó, Isabella se sentó en la cama y estudió a su hermana con más atención.
—Estás distinta.
Gabriella acarició el anillo para no responder de inmediato. El rubí oscuro destacaba sobre su mano y le recordó el momento en que Giuseppe se lo había puesto en el dedo.
—Han sido días largos.
—No hablo de los días, Gabi.
Isabella la miró con la misma transparencia de siempre.
—Hablo de cómo cambias cuando intentas no hablar de él.
Gabriella buscó una respuesta, pero Isabella ya le había tomado la mano. Giró el anillo entre los dedos y observó el rubí bajo la luz de la terraza.
—Es precioso —murmuró Isabella.
—Era de su madre.
—Y aun así te lo dio a ti.
Gabriella permaneció en silencio e Isabella levantó la cabeza.
—Voy a preguntarte algo. Y no pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de Ferrara ofendida.
Sonrió con esa mezcla de dulzura y testarudez que siempre la había caracterizado.
—¿Te gusta Giuseppe?
Gabriella sintió un vuelco en el estómago. Pio, junto al escritorio, cerró los ojos con resignación.
—Isabella... —advirtió Pio.
—¿Qué? Alguien tenía que preguntarlo.
—Y no tenías que ser tú.
—Tranquila, todavía no voy a preguntarte si lo amas. Solo quiero saber si, cuando lo miras, sigues viendo a un Ricci.
Gabriella volvió la vista hacia la terraza. Pensó en Giuseppe cubriéndola durante el ataque, en la fotografía de Isabella sobre la mesa y en el anillo que llevaba puesto. También recordó el cansancio de sus ojos cuando creía que nadie lo observaba. Ya no podía responder que solo veía a un Ricci.
—No lo sé.
Isabella sonrió y le apretó la mano.
—Eso ya es una respuesta.
Gabriella frunció el ceño.
—No te emociones.
—Demasiado tarde.
Pio negó con la cabeza y una sonrisa mínima le aflojó la expresión.
—Roma te ha vuelto peligrosa. O quizá siempre lo fuiste y yo estaba demasiado ocupado evitando que ustedes dos se mataran entre sí.
Las dos hermanas rieron al mismo tiempo.
Durante unos minutos, la habitación recuperó el ruido de otros años, con Pio junto al escritorio e Isabella sentada en la cama.
Gabriella se permitió disfrutarlo hasta que miró el anillo.
Al caer la noche tendría que volver a Palermo y enfrentarse de nuevo a Giuseppe, pero esa tarde seguía en Trapani con las dos personas que mejor conocían la vida que estaba intentando conservar.