CAPÍTULO 21
El precio del escudo
A las cuatro de la madrugada, el puerto de Palermo seguía trabajando.
Las grúas avanzaban sobre los muelles y los barcos entraban desde el Tirreno con las luces recortadas contra el agua negra.
El aire húmedo olía a sal, combustible, metal oxidado y pescado recién descargado, una mezcla que Gabriella conocía desde niña, aunque aquel no fuera el puerto de Trapani.
Ella bajó del vehículo detrás de Giuseppe y el viento le arrojó varios mechones sobre la boca. Enzo y Pio descendieron del coche que los escoltaba. No necesitó preguntar por qué estaban allí.
Los soldados apostados alrededor del almacén permanecían armados y en silencio. Ninguno fumaba ni conversaba. Cuando Giuseppe apareció, todos dirigieron la atención hacia él y esperaron.
Él caminó hacia la entrada sin prisa, con las manos dentro de los bolsillos del abrigo y el rostro sereno. Gabriella conocía ya esa quietud. No significaba indiferencia, sino que había tomado una decisión y no pensaba desperdiciar nada de sí mismo antes de cumplirla.
Varias lámparas industriales iluminaban el interior del almacén. En el centro, un hombre arrodillado esperaba atado de pies y mano, con el rostro hinchado, un ojo cerrado y la camisa rota pegada al cuerpo por la sangre y el sudor. En el pecho se veía el lobo Ricci.
Gabriella sintió que se le cerraba el estómago. El lobo tatuado sobre el corazón no pertenecía a un soldado cualquiera.
—Giuseppe... Consigliere.
Giuseppe se detuvo frente a Aldo y alineó con dos dedos la silla vacía antes de sentarse. Quedó a su misma altura, con el anillo del abuelo centrado sobre la mano izquierda y la voz todavía guardada. Podía tomarse el tiempo necesario; Aldo ya estaba condenado.
—Mírame. —Aldo obedeció—. ¿Sabes qué es lo que más me ofende de todo esto?
Aldo tragó saliva e intentó explicar.
—Escúchame…
—Responde —ordenó Giuseppe.
—No lo sé.
Giuseppe apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—Las armas y el dinero pueden recuperarse. Pero lo que no puedo aceptar es que vendieras mi casa y mi nombre y después vinieras a pedir misericordia como si Palermo te debiera absolución.
Aldo comenzó a temblar.
—Me amenazaron. —Aldo miró a Enzo, pero él no se movió.
—Todos recibimos amenazas.
—Iban a matar a mi hijo.
—Y por tu decisión ocho padres enterrarán a sus hijos. No uses a tu hijo como escudo después de vender el nuestro.
Aldo bajó la mirada.
—No tuve elección.
—La tenías. Podías venir a mí, a mi padre o a cualquier miembro de esta familia. Pero preferiste entregar la ruta a un extranjero porque pensaste que tendríamos más piedad que él.
Las lágrimas aparecieron en los ojos de Aldo.
—Lo siento. Dios mío... Lo siento.
Gabriella observó a Aldo temblar frente a Giuseppe. Había presenciado interrogatorios y ejecuciones, pero pocas veces una traición había tenido un rostro tan conocido para quien debía castigarla.
—¿Recuerdas el día de tu juramento?
Aldo bajó la cabeza.
—Sí.
—Yo estaba con mis hermanos. Mi padre te llamó al centro y te recordó por qué habías merecido ese lugar entre los soldados.
Una lágrima recorrió la mejilla de Aldo y comenzó a sollozar.
—Tu esposa estaba allí. También tus hijos y tus padres. Lloraste cuando tatuaron el lobo sobre tu corazón. No por el dolor, sino porque habías esperado años para ganártelo. ¿Lo recuerdas?
—Sí.
—Decías que servir a esta familia era el mayor honor de tu vida.
—Por favor...
—Juraste que morirías antes de traicionarnos.
Aldo comenzó a sollozar. Giuseppe se inclinó un poco más hacia él.
—¿Sabes qué es lo peor? —Giuseppe hizo girar una vez el anillo de su abuelo y lo dejó perfectamente centrado—. Que te creí digno de esa marca.
—Te llevaba a pescar a Mondello cuando tu padre estaba ocupado —le recordó Aldo—. Una vez te rompiste un brazo al caer del embarcadero.
Giuseppe no respondió enseguida. Recordaba Mondello, el embarcadero y a Aldo llevándolo de vuelta a la villa con el brazo inmovilizado.
—Lo recuerdo todo —dijo sin elevar la voz.
—No me hagas esto, por favor. Tengo hijos.
Giuseppe cerró los ojos un segundo. Cuando volvió a abrirlos, su expresión había recuperado la firmeza con la que dictaba una sentencia.
—Tus hijos no cambian lo que hiciste. Precisamente porque los tienes debiste acudir a tu familia antes de venderla. Recordar quién eras no cambia la sentencia, Aldo. Solo confirma hasta dónde elegiste caer.
Nadie se movió. Los soldados veteranos evitaron mirar a Aldo o mantuvieron los ojos fijos en él, según cuánto tiempo llevaran conociéndolo. Todos sabían que Giuseppe ya no buscaba información sobre la traición; estaba obligando a un jurado a recordar en qué momento había roto su propia palabra.
Todos los presentes conocían la consecuencia de vender una ruta y causar la muerte de ocho hombres. Para un jurado era aún peor. El honor que había tardado años en ganar convertía su traición en una afrenta pública contra la familia que lo había reconocido como uno de los suyos.
Gabriella buscó a Pio. Él permanecía a su lado, con los ojos fijos en Aldo y el basilisco oculto bajo la camisa, justo sobre el corazón.
También Pio había pasado años demostrando que merecía aquella marca.
También había jurado su vida ante una familia entera.
Verlo presenciar la condena de otro jurado le dejó una presión insoportable bajo las costillas.
No dudaba de él; la devastaba imaginar una vida en la que Pio ya no ocupara ese lugar a su espalda, anticipando el peligro antes de que ella tuviera que buscarlo.
—Dime dónde están las armas, es lo último que puedes hacer por esta familia.
Aldo cerró los ojos, cuando volvió a abrirlos ya no buscó una salida. La voz le salió ronca y tuvo que detenerse varias veces para respirar. Después empezó a dar nombres.
Nombró hombres comprados, rutas marítimas modificadas durante la noche y almacenes utilizados por los rusos cerca de Catania y Messina.
Explicó cómo sustituían conductores a última hora y señaló a intermediarios que llevaban años trabajando para familias sicilianas mientras vendían información al mejor postor.
Gabriella lo observó entregar cada dato sin intentar ya negociar por su vida. Los soldados alrededor escucharon en silencio mientras Enzo registraba nombres y lugares. Aldo solo parecía interesado en que la información terminara en manos de su familia antes que en las de Vadim.
Giuseppe escuchó sin interrumpir. Alineó cada página que Enzo completaba, una sobre otra, mientras Aldo seguía dando nombres y lugares. No apartó la vista de él ni pasó por alto un solo dato.
Cuando Aldo terminó, respiraba con dificultad y la sangre se había secado sobre gran parte de su cuerpo. Giuseppe esperó por si quedaba algo más. Aldo negó despacio.
Giuseppe se puso de pie. Aldo miró el arma bajo su abrigo y después a los soldados que rodeaban el lugar. Conocía las reglas y comprendió que la información no cambiaba la sentencia.
—Giuseppe... por favor.
—Tus hijos conservarán la casa. No pagaré tu traición con ellos.
Aldo parpadeó varias veces, confundido.
—¿Qué?
—Conservarán tu apellido.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas mientras intentaba comprender.
—Giuseppe...
—Conservarán tu apellido y el respeto de esta familia. Nadie les negará el lugar que les corresponde.
Aldo bajó la cabeza y sus hombros empezaron a temblar.
—Tú lo has perdido.
Aldo dejó de suplicar. La decisión no había empezado en aquel almacén, sino cuando entregó la ruta a Vadim y aceptó que otros hombres murieran por proteger a su hijo.
Aldo levantó la mirada una última vez. Ya no pidió por él.
—Cuídalos.
Giuseppe lo miró durante aquellos últimos segundos.
—Lo haré. Morirás sabiendo que ellos seguirán protegidos.
Aldo asintió y no volvió a negociar ni intentó ponerse de pie.
Giuseppe sacó el arma. Durante un instante, su mirada descendió hacia el tatuaje que ocupaba el pecho del hombre: el lobo Ricci, el símbolo reservado para los jurados.
La voz de Giuseppe resonó grave bajo el techo del almacén, dirigida a Aldo y a todos los que respiraban alrededor de él.
—Ese lobo se gana después de años de lealtad. Tú tardaste años en merecerlo y una noche en deshonrarlo. Palermo perdona errores; pero la traición de un jurado queda fuera de cualquier misericordia.
Ninguno de los presentes se movió.
El disparo rompió la noche. El sonido rebotó contra el metal de los contenedores y se perdió hacia las aguas oscuras del puerto. Aldo cayó hacia un lado y todo terminó.
Giuseppe aseguró el arma, limpió con el pulgar una mancha inexistente del metal y la guardó bajo el abrigo. No miró de nuevo a Aldo. La sentencia estaba cumplida y, para él, la traición había terminado con el disparo.
—Que su familia conserve todo lo que le pertenece. —Recorrió a los presentes con la mirada—. Y nadie volverá a pronunciar su nombre con respeto.
Gabriella observó el cuerpo, el lobo sobre el corazón y después a Giuseppe mientras guardaba el arma.
Haber conocido a Aldo desde niño volvía la traición más íntima, pero no modificaba la sentencia.
Giuseppe había aplicado la regla sin elevar la voz, convencido de que Palermo estaría más segura después de aquel disparo.
Ella volvió a mirar a Pio. Seguía medio paso detrás de ella, atento y firme, pero aquella vez necesitó verlo antes de apartarse del cuerpo de Aldo.
Después observó a Giuseppe y comprendió algo que no iba a olvidar cuando se casara con él.
Podía confiarle una guerra, una sentencia y la seguridad de Palermo; pero jamás debía esperar piedad si alguien traicionaba su casa.