CAPÍTULO 20
La boda que todos miran
Esa mañana, una neblina subía desde el puerto y se quedaba atrapada entre los edificios antiguos de Palermo.
Desde la ventana, la ciudad parecía más tranquila de lo habitual.
Giuseppe sabía que solo era apariencia. En Palermo, incluso la calma podía ocultar hombres moviéndose antes de recibir una orden.
La noticia de la boda ya había recorrido Sicilia. Nadie hablaba de una historia de amor. En los hoteles, los despachos y en los clubes familiares se discutían las consecuencias de ver a un Ricci y una Ferrara sentados frente al mismo altar.
Palermo y Trapani tendrían que compartir invitados, escoltas y una catedral sin que nadie disparara primero. Aquello bastaba para que cada familia buscara en la ceremonia una alianza, una debilidad o el comienzo de otra guerra.
Giuseppe permanecía junto a la ventana del despacho de su padre con un espresso en la mano.
Sobre la mesa se acumulaban las listas de invitados, las rutas de entrada, las posiciones de los tiradores y los nombres capaces de convertirse en una amenaza.
No pensaba permitir que nadie, incluida Gabriella, alterara una decisión de seguridad cuando toda Sicilia estuviera mirándolos.
Todos querían una invitación. No para felicitarlos, sino para comprobar si la alianza resistía y quién controlaría la sala cuando Ricci y Ferrara entraran juntos.
Don Marco revisaba documentos tras el escritorio de nogal que había pertenecido a su abuelo. Giuseppe nunca había esperado fuera para recibir una explicación; había aprendido a entrar con información útil y a marcharse con una orden.
—Los hoteles del centro están completos.
—Lo sé.
—Trapani también.
—También lo sé.
—Un senador acaba de pedir diez escoltas adicionales.
Giuseppe bebió un sorbo de su espresso.
—Que se quede en casa. Si necesita diez escoltas para sentirse importante, no lo quiero en la catedral.
Don Marco soltó una risa baja y ronca.
—Tu diplomacia mejora con los años.
—Gracias.
—Era sarcasmo.
—Lo sé.
La risa de Don Marco terminó cuando dejó el café sobre el escritorio. Se frotó el costado por encima de la camisa, un gesto breve que Giuseppe conocía y continuó como si no hubiese ocurrido.
Don Marco tomó de nuevo el café.
—Los médicos siguen diciéndome que deje de fumar.
—Quizá deberías escucharlos.
—¿Para vivir diez años más, aburrido y rodeado de hijos dando órdenes? Prefiero el riesgo.
Giuseppe negó con la cabeza. Le irritaba que su padre bromeara con algo que él no podía controlar.
—Eres imposible —rezongó.
—Y tú te pareces cada vez más a mí.
—¿Eso es una amenaza?
—Lo es.
La sonrisa de Don Marco sobrevivió un instante más. Giuseppe ya había vuelto la atención al puerto. Ninguno necesitaba convertir aquella broma en cercanía; entre ellos, el afecto siempre terminaba antes de interferir con el trabajo.
—¿Qué ves en el ruso?
La pregunta apartó cualquier rastro de humor. Él miró el puerto a través del ventanal. Los barcos entraban, las grúas seguían trabajando y la ciudad avanzaba como si no hubiera una boda vigilada ni un ruso estudiando sus rutas.
—Lleva más tiempo observándonos de lo que creíamos. Y espera que confundamos la ceremonia con una debilidad.
—Eso ya lo sabemos.
—Ya no es una amenaza lejana.
—La fotografía era para Gabriella, pero el mensaje era para las cuatro familias. Eligió a Isabella porque sabía dónde dolía más.
—Para decirnos que puede acercarse a lo que más queremos.
Don Marco no necesitó enumerarlos. Ambos pensaron en Lucrezia, Alessandro, Viola y Raffaele, en herederos que hasta entonces habían pertenecido a cálculos distintos y ahora podían servir para enviar el mismo mensaje.
—La boda se celebrará.
—Lo sé.
—Y será pública.
Giuseppe dejó la taza sobre el alféizar.
—Eso la convierte en un blanco y no la pondré frente a Sicilia sin revisar cada puerta, cada línea de visión y a cada hombre que pueda acercarse.
—También la convierte en una declaración de fuerza.
Giuseppe entendía ambas cosas y odiaba que las dos fueran ciertas.
La catedral estaría llena de políticos, banqueros, jueces, aliados y enemigos que llevaban décadas esperando ver a Palermo y Trapani destruirse. Si Vadim quería comprobar la solidez del matrimonio, encontraría una ceremonia protegida como una operación militar.
Don Marco lo observó demasiado tiempo.
—Hablas de ella de otra manera.
Giuseppe permaneció quieto, aunque la tensión de su mandíbula respondió antes que él.
—Aún no la he nombrado.
—Precisamente.
Don Marco apoyó los codos sobre el escritorio y lo observó como examinaba un informe incompleto. Giuseppe conocía aquella mirada. Su padre no le preguntaba para acercarse a él, sino para localizar el punto exacto donde podía cometer un error.
—Has cambiado protocolos por una sola mujer y lo llamas prudencia. Si otro hombre hiciera lo mismo, cuestionarías su capacidad para mandar.
Giuseppe volvió el rostro hacia la ventana.
—Estoy protegiendo una alianza.
—Yo hice lo mismo con tu madre. Convertí cada miedo en vigilancia y cada desacuerdo en una orden. No voy a felicitarte por repetirlo.
Giuseppe apretó los dientes.
—Padre.
—Yo también creía que podía ordenar lo que sentía por tu madre.
Giuseppe lo miró y Don Marco no parecía melancólico. Hablaba de Teresa como hablaba de una derrota cuyas consecuencias todavía seguía administrando.
—No estoy repitiendo tu historia.
Don Marco dejó que la negación quedara entre ambos. No necesitaba arrancarle una confesión; le bastaba con que Giuseppe entendiera el riesgo antes de convertirlo en una decisión.
—No me importa cómo lo llames. Me importa qué harás cuando Gabriella te contradiga delante de hombres que esperan descubrir quién manda.
Abajo, Palermo continuaba despertando. Giuseppe miró las listas de acceso y las rutas de evacuación.
Podía garantizar que Gabriella llegara viva a la catedral; lo que no podía garantizar era su propia reacción si ella cuestionaba una orden delante del Consejo.
Marco había encontrado el problema que él llevaba días evitando nombrar.
Su padre agarró de nuevo la pluma. La conversación personal había terminado en el momento en que la advertencia quedó clara.
—No conviertas a Gabriella en una demostración de autoridad.
—No necesito lecciones sobre autoridad.
—Demuéstralo. Si necesitas que tu esposa ceda delante de otros, todavía no sabes mandar.
Don Marco volvió a los documentos. No le pidió a Giuseppe que confiara en él ni le preguntó qué sentía. Le había señalado un fallo y esperaba que lo corrigiera antes de que afectara a Palermo.
La boda seguía siendo una estrategia y la respuesta política de Sicilia frente a Vadim. Para Don Marco, además, sería la primera prueba pública de Giuseppe como hombre capaz de unir dos casas sin someter a una de ellas.
El problema era que Gabriella no iba a facilitarle esa prueba. Y Giuseppe empezaba a comprender que obligarla a hacerlo demostraría exactamente lo contrario.
Alessandro llegó al patio principal poco antes del mediodía con una carpeta negra entre las manos y una expresión que no necesitaba anunciar malas noticias.
Gabriella estaba con Giuseppe en una sala de trabajo, rodeada de mapas, llamadas pendientes y una taza de café que llevaba demasiado tiempo enfriándose. Él le había permitido desplegar allí la información de Trapani, aunque seguía cada línea que ella trazaba sobre el mapa.
Giuseppe alzó la mirada antes de que Alessandro hablara y, con un gesto seco, le exigió que dejara la mala noticia sobre la mesa sin adornos.
—Dilo.
—Perdimos un cargamento.
Gabriella esperó. Antes de calcular el valor de la pérdida necesitaba saber dónde había ocurrido y quién había tenido acceso. Alessandro tardó unos segundos en continuar; si elegía las palabras con tanto cuidado, no hablaba solo de dinero.
—Armas. Entraban por Palermo y debían repartirse entre varias rutas de seguridad. El convoy desapareció doce minutos en una zona ciega.
Giuseppe permaneció inmóvil. Dejó la taza exactamente donde estaba y fijó la vista en Alessandro. Gabriella conocía esa quietud. Era el momento en que empezaba a ordenar rutas, responsabilidades y consecuencias.
—¿Muertos? —preguntó ella.
—Ocho.
Gabriella pensó en ocho hombres que no volverían a sus casas. Algunos tendrían hijos, otros padres o esposas esperando una llamada. Antes de Giorgio, quizá habría recibido la cifra como una pérdida necesaria del negocio. Ya no podía hacerlo.
—¿Quién conocía la ruta? —preguntó Giuseppe.
—Solo seis personas. Dos de Palermo, una de Catania, una de Siracusa y dos de seguridad externa.
—Si el convoy desapareció doce minutos, no bastaba con conocer la ruta. Alguien sabía la ventana exacta.
Alessandro la observó con interés.
—Eso mismo pensé.
Giuseppe giró hacia ella.
—¿Qué ves?
Giuseppe ya no la estaba poniendo a prueba. Quería su lectura del mapa y esperaba una respuesta precisa.
Gabriella señaló la esquina marcada en rojo.
—Aquí. Una cámara no falla por casualidad en una ruta así. Alguien apagó ese tramo o pagó para que nadie mirara.
—Vadim —concluyó Alessandro.
Gabriella no apartó la vista del mapa.
—Vadim o alguien que ya trabajaba para él antes de que supiéramos pronunciar su nombre.
Una hora después, Gabriella instaló en una de las salas de trabajo una oficina provisional de Trapani. Giuseppe autorizó las conexiones y el acceso de sus hombres, pero permaneció cerca, atento a la información que entraba y a las órdenes que salían de la villa.
Gabriella entró con Pio, dos carpetas y tres videollamadas abiertas. Los soldados de su padre respondieron al primer aviso y durante unos minutos las órdenes de Trapani atravesaron una habitación Ricci.
Podían exigir que permaneciera en Palermo, pero Trapani seguía respondiendo a su voz.
Giuseppe la observó dirigir a sus hombres, corregir una ruta y rechazar una objeción sin intervenir.
Cuando la última llamada terminó, Gabriella supo que él había reconocido su autoridad, aunque todavía quisiera vigilarla.
—Quiero los movimientos de los últimos diez días: puertos, almacenes, cuentas intermedias y personal con acceso a rutas compartidas.
Uno de los Caporegime de Trapani vaciló y Gabriella levantó la vista hacia la pantalla.
—Eso puede ofender a nuestros jurados.
—Que se ofendan. Prefiero jurados molestos a hombres vendidos.
El silencio posterior fue suficiente para que todos entendieran que no habría discusión.
Pio permanecía a su lado revisando documentos. Cada pocos minutos, Gabriella miraba el teléfono en busca de noticias de Roma. No tuvo que pedirle que se quedara cerca; él ya ocupaba su lugar habitual, atento a la pantalla y a cualquier movimiento alrededor de ella.
—Eso puede tensar a otros Caporegime.
—Lo sé y la responsabilidad es mía.
El Caporegime asintió y regresó la mirada a los documentos sobre su escritorio.
—¿Roma? —preguntó ella al fin, sin levantar la vista del informe que tenía entre las manos.
Pio ya tenía la carpeta preparada.
—Duplicamos la vigilancia. Isabella tiene dos equipos fijos, uno móvil y otro encubierto dentro de la universidad.
A Gabriella se le cerró el estómago. El informe contenía los horarios de Isabella, los vehículos que utilizaba, las cafeterías donde se detenía y las aulas a las que entraba.
Roma había dejado de ser la vida que quiso darle a su hermana y se había convertido en una lista de lugares donde podían alcanzarla.
—Quiero dos equipos más.
Pio no respondió de inmediato.
—Ya tiene más protección que un ministro, Gabriella.
—No es suficiente. Añade dos equipos.
—Gabriella...
Ella levantó la mirada. La orden había perdido el filo; Pio vio el miedo que intentaba esconder detrás de ella.
—No voy a perderla.
La sala quedó en silencio. Pio bajó la vista hacia el informe. Desde la muerte de Giorgio, Gabriella revisaba cada decisión como si todavía existiera una forma de llegar a tiempo. Con Isabella no pensaba aceptar otro error.
Pio bajó la voz antes de prometerlo.
—No voy a dejar que ocurra.
Gabriella no apartó los ojos de Pio. Quería creerle, pero Vadim también había encontrado a Giorgio cuando todos pensaban que estaba protegido.
Giuseppe entró al caer la noche, cuando Gabriella seguía frente al mapa de Sicilia. Ella reconoció sus pasos antes de verlo y no interrumpió la llamada que acababa de aceptar.
—Has convertido una sala Ricci en una oficina de Trapani.
—Te quejarás cuando deje de serte útil.
—Mi casa no cambia de dueño porque abras tres llamadas desde mi mesa. Pero admito que sabes aprovechar el espacio.
Gabriella no se volvió. El comentario seguía siendo una advertencia, pero también reconocía que había sabido utilizar la sala y a sus hombres. No esperaba que aquella aprobación mínima le importara.
Uno de los Caporegime de Trapani, conectado por videollamada, preguntó lo que nadie quería preguntar.
—¿Crees que la boda servirá para algo?
Pio le lanzó una mirada de advertencia, pero Gabriella no pareció molestarse. Palermo, Trapani, Siracusa y Catania ocupaban el mapa frente a ella, unidas por puertos, carreteras y acuerdos que podían romperse con una llamada.
—No lo sé.
La sinceridad de la respuesta sorprendió incluso a quienes trabajaban con ella.
—¿Por qué seguimos adelante? —preguntó el Caporegime.
Gabriella apoyó la palma sobre Trapani. Allí habían vivido Giorgio e Isabella; allí seguían su padre, su casa y los hombres que esperaban sus órdenes.
—Porque Vadim quiere vernos encerrados. Palermo ocupada en Palermo, Trapani en Trapani y cada familia vigilando a las otras mientras él elige por dónde entrar. Necesita separarnos antes de atacarnos.
Gabriella levantó la vista hacia Giuseppe. Él no la interrumpió ni apartó los ojos. Terminó de exponer su razonamiento sin preparar una defensa para cada palabra y solo entonces advirtió que había confiado en que él la escucharía.
—Quizá ya lo está consiguiendo. Pero si dejamos de movernos por miedo, gana antes de disparar un solo tiro.
Giuseppe recibió sus palabras sin apartar los ojos. Gabriella había llegado a la misma conclusión que él sin necesitar una orden ni una explicación. Aquello le resultaba útil y, al mismo tiempo, incómodo: confiar en su criterio significaba aceptar que no podía mantenerla al margen de la guerra.