Bajo Juramento de Fuego – Libro 1 (Los Herederos de Sicilia) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

Lo que todavía queda vivo

Gabriella había intentado dormir. Se había cambiado de ropa, apagado las luces y permanecido inmóvil entre las sábanas frescas, pero el sueño no llegaba.

Cada vez que movía la mano, el anillo de la madre de Giuseppe rozaba la tela y le recordaba que seguía allí.

No era una joya que pudiera ignorar ni una cortesía entre familias.

Él había guardado durante años algo de su madre y ahora se lo había puesto a ella.

Pensaba en su voz, en sus dedos deslizándole el anillo y en la dificultad con que había hablado de su madre, como si cada palabra le exigiera abrir una puerta que llevaba años cerrada.

Gabriella se incorporó, frustrada. No soportaba seguir dando vueltas a las mismas imágenes. Poco antes de las tres de la madrugada abandonó la habitación y bajó descalza a la cocina. El mármol estaba helado y la villa guardaba ese silencio atento de las casas donde siempre había alguien despierto.

Llenó un vaso de agua y se apoyó contra la encimera. Apenas había bebido cuando el teléfono vibró sobre el mármol. Al ver el nombre en la pantalla, se enderezó de inmediato: Padre.

Don Adriano Ferrara jamás llamaba a aquellas horas.

—Papá.

Durante un momento solo escuchó el ruido leve de papeles al otro lado. Después llegó su voz, más baja de lo habitual.

—¿Te desperté?

Gabriella miró el reloj de la cocina.

—Son las tres de la mañana. Claro que me despertaste.

—¡Qué bien! Sigo conservando algunas habilidades.

Una risa breve se le escapó antes de poder detenerla.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Te conozco demasiado bien para creerte.

Adriano guardó silencio. Gabriella oyó el roce de un vaso sobre el escritorio y lo imaginó bebiendo whisky y todavía trabajando a una hora en que el médico le habría ordenado descansar.

Gabriella se preocupó.

—¿Estás bien?

—Estoy viejo.

—Eso no es una enfermedad.

—Depende del médico al que preguntes.

Esta vez Gabriella no sonrió. Había visto a su padre dictar sentencias, enfrentarse a hombres que querían matarlo y caminar con la rodilla destrozada sin aceptar ayuda. Oírlo cansado le resultaba mucho más difícil.

—Deberías descansar.

—Habla la mujer que responde llamadas a las tres de la mañana.

—Estoy preocupada.

—Yo también.

Adriano pensaba en Isabella vigilada en Roma, en Gabriella a pocos días de casarse con un Ricci y en una amenaza que ya había entrado en las casas de ambas familias.

—¿Cómo está Palermo? —preguntó él.

Gabriella caminó hasta el ventanal. La ciudad brillaba al fondo, ajena a su insomnio.

—Llena de gente.

—¿Sigue siendo insoportable?

—Muchísimo.

Adriano rio al otro lado de la línea. El sonido llevó a Gabriella hasta las cenas en Trapani, con Giorgio hablando por encima de todos, Isabella robándole aceitunas y su padre protestando mientras disimulaba una sonrisa detrás del vaso.

—Quiero que toda la isla vea esa boda.

Gabriella cerró los ojos, ahí estaba el Capo.

—Papá, escúchame.

La firmeza de su voz hizo que guardara silencio.

—Quiero que la vean los bancos, los políticos y los hombres que todavía dudan de nosotros. Y quiero que la vea ese ruso.

Gabriella apoyó la mano sobre el cristal. Su padre no quería una ceremonia discreta que resolviera el acuerdo entre Palermo y Trapani. Quería exhibir la alianza delante de toda Italia.

—¿Necesitan ver unidad?

—Sí. Necesitan verla con desesperación. Porque si nosotros empezamos a rompernos, Gabriella, Sicilia se romperá en mil pedazos.

Gabriella tragó saliva. Su padre no estaba preocupado, estaba asustado, aunque jamás lo admitiría.

Lo había oído en la rapidez con que preguntaba por Palermo y en esa llamada hecha a una hora en la que Adriano jamás buscaba compañía.

Temía enterrar a otro hijo y no podía proteger a sus hijas sin utilizarlas también como parte de su estrategia.

—No voy a preguntarte si eres feliz.

Aquello le arrancó una sonrisa triste.

—Qué detalle.

—Porque ninguno de los dos tiene energía para mentiras esta noche.

Gabriella oyó la respiración de su padre y no intentó llenar el silencio. Entre ellos, quedarse al otro lado de la línea ya era una forma de acompañarse.

—Solo necesito saber una cosa.

Esta vez no habló el Capo de Trapani. Habló su padre, y Gabriella apretó los dedos alrededor del vaso.

—¿Qué?

—¿Te trata bien?

La pregunta le cerró la garganta. Adriano le había enseñado a reconocer una amenaza, a sostener un arma y a no mostrar miedo delante de los hombres. Nunca le había preguntado si alguien la trataba bien.

Pensó en las órdenes de Giuseppe y en la facilidad con que intentaba decidir por ella. También recordó su cuerpo cubriéndola durante el ataque, el anillo de su madre y los hombres que había enviado a Roma antes de asegurarle que protegería a Isabella.

Le molestó que la respuesta no fuera sencilla.

—Sí —admitió al fin.

Al otro lado de la línea, Adriano tardó un segundo en responder.

—Bien.

Adriano solo dijo «bien». Gabriella conocía aquella forma torpe de quererla. Su padre preguntaba una vez y luego volvía a esconder la preocupación dentro de otra orden.

Hablaron unos minutos más de Trapani, de negocios pendientes y de hombres demasiado viejos para dejar de tomar decisiones estúpidas.

Cuando colgaron, Gabriella siguió junto a la ventana.

El teléfono aún estaba tibio entre sus dedos y las luces de Palermo temblaban sobre el mar Tirreno.

Echaba de menos a su padre con una intensidad que no quería reconocer.

—Empiezo a creer que nunca duermes.

Gabriella se volvió hacia la entrada de la cocina.

Giuseppe llevaba una camiseta color crema, pantalones ligeros y el cabello todavía húmedo. Un mechón le caía sobre la frente, rompiendo el orden que mantenía incluso en su aspecto. Sin la chaqueta ni la camisa oscura parecía más joven, aunque el cansancio bajo los ojos seguía allí.

—Y yo empiezo a creer que me persigues.

Giuseppe abrió una botella de whisky y sirvió un poco en un vaso bajo.

—Si te persiguiera, no estarías sola en mi cocina a las tres de la mañana.

—Eso suena inquietante incluso para el hijo de un Capo.

—Lo dice una Ferrara que recorre mi casa sin avisar. Lo consideraré una advertencia mutua.

Gabriella negó con la cabeza. Aún discutían casi todo y seguían midiendo cada concesión, pero aquella madrugada Giuseppe no parecía incómodo al encontrarla en su cocina. Se sirvió el whisky y se quedó allí, como si compartir el insomnio con ella empezara a entrar dentro de sus hábitos.

—¿Siempre duermes tan poco? —preguntó ella.

Giuseppe observó el whisky.

—Desde los dieciocho.

—Eso es muy específico.

—Fue el año en que entendí que mi vida ya no me pertenecía. Desde entonces, si algo ocurre bajo este techo, ocurre primero bajo mi responsabilidad.

Gabriella soltó una risa sin humor.

—Yo aprendí eso antes.

—¿Cuándo?

Ella miró las luces de Palermo reflejadas en el cristal.

—Doce años.

Él arqueó una ceja.

—¿Doce?

—Escuché una conversación entre mi padre y mi tío Carlo. Creían que estaba dormida.

—¿Y qué decían?

—Mi futuro. Hablaban de lo que debía estudiar, de las alianzas que le convenían a Trapani, de las personas con las que debía relacionarme y de la heredera que necesitaba la familia. Aquella noche entendí que mi vida ya estaba decidida.

Giuseppe permaneció callado.

—A mí me llevó más tiempo aceptarlo.

—No pareces un hombre que acepte nada fácilmente.

—No lo hago.

—Eso ya lo había notado.

Una sonrisa breve le cambió el rostro. Gabriella se sorprendió mirándolo un segundo más de la cuenta. Con el cabello húmedo, el vaso intacto entre los dedos y aquella expresión menos vigilada, Giuseppe dejaba de parecer el hombre que tenía una respuesta para cada riesgo.

—Giorgio tampoco dormía —dijo ella de pronto.

Gabriella bajó la vista hacia el fondo del vaso. Había pronunciado el nombre de Giorgio sin prepararse y el dolor llegó después, mezclado con el alivio de poder recordarlo en una habitación donde nadie esperaba que fingiera estar bien.

—Cuando tenía problemas aparecía en mi habitación a cualquier hora. Entraba sin llamar, se tiraba en mi cama y empezaba a hablar como si fueran las tres de la tarde. Decía que pensar era más fácil cuando el resto del mundo estaba dormido.

Giuseppe no la interrumpió ni buscó una frase capaz de arreglarlo. Se limitó a escuchar, y Gabriella se lo agradeció.

—Matteo hace lo mismo.

Gabriella levantó la vista.

—¿Entrar en tu habitación?

—Entrar en cualquier habitación.

La ocurrencia le arrancó una risa.

—Eso sí me lo creo.

—La última vez apareció a las cuatro de la mañana para preguntarme si una lancha podía transportar una motocicleta —contó Giuseppe.

—¿Y puede?

—Sí, pero no se lo dije.

La risa de Gabriella fue desapareciendo, pero esta vez el recuerdo de Giorgio no la llevó hasta el almacén. Lo vio entrando sin llamar, ocupando media cama y hablando hasta que ella olvidaba que quería dormir. Seguía doliendo. Aun así, por unos segundos pudo recordarlo vivo.

El silencio regresó, pero ya no pesaba de la misma manera.

—Tengo miedo por Isabella —confesó antes de poder contener las palabras.

—Lo sé.

—No puedo perderla. Ya perdí a Giorgio.

Pensó en la voz de Giorgio, en sus mensajes a deshora y en la forma en que pronunciaba su nombre cuando quería molestarla. Había días en que el recuerdo era tan preciso que Gabriella buscaba el teléfono y volvía a escuchar sus notas de voz.

—Todavía espero recibir un mensaje suyo.

Él movió el pulgar por el borde del vaso.

—Lo entiendo.

Giuseppe bajó la mirada hacia el whisky que todavía no había probado. Ella había observado ese mismo gesto cuando hablaba de Matteo y Alessandro. Él no necesitaba explicar qué perdería con ellos; la mano que sostenía el vaso se había quedado demasiado quieta.

—Si algo les ocurriera a Matteo o Alessandro...

—Lo sé.

También ella había convertido el miedo en vigilancia, órdenes y hombres alrededor de Isabella. Reconocía el impulso de Giuseppe porque compartía una parte de él; lo que no estaba dispuesta a aceptar era que su experiencia protegiera a los demás a costa de decidir por ellos.

—Nada de esto borra a nuestros muertos —murmuró Gabriella.

—No. Giorgio sigue muerto, igual que los hombres de nuestras familias. Entendernos esta noche no cambia eso.

Gabriella dejó el vaso y apoyó ambas manos sobre la encimera. Podía seguir viendo al Ricci al que había aprendido a odiar, pero ahora también conocía al hermano que no dormía por miedo a fallarles a Matteo y Alessandro. Esa parte de él hacía más difícil mantener intacta la distancia.

—¿Qué cambió entre nosotros? ¿Por qué ya no se siente igual?

Giuseppe la observó y cuando respondió, lo hizo con la precisión de quien necesitaba ordenar incluso sus palabras.

—Ahora sé lo que te hizo perder a Giorgio. Y sé que, si pierdes a Isabella, no habrá nada que pueda mantenerte entera.

Gabriella apretó los dedos contra el borde de la encimera. Le molestó que Giuseppe hubiera visto tanto, pero no pudo decir que se equivocaba.

—Y yo sé que perder a Matteo o Alessandro te destruiría, aunque antes intentaras convertir el miedo en una lista de órdenes.

Giuseppe asintió. No intentó contradecirla.

Permanecieron en la cocina, cada uno al otro lado de la encimera, pensando en los hermanos que aún podían proteger y en el que Gabriella ya no recuperaría.

El odio entre Ricci y Ferrara seguía allí, igual que la boda y los muertos.

Pero ahora conocían el miedo escondido detrás de las órdenes del otro y ninguno podía fingir que no lo había visto.