CAPÍTULO 18
Después de regresar a la villa, Giuseppe fue directo a su habitación, se duchó y terminó encerrado en el despacho con los acuerdos de los cuatro Capos abiertos sobre la mesa.
Llevaba más de media hora frente a la misma página.
El borde de la carpeta estaba alineado con el escritorio, el bolígrafo paralelo al papel y el whisky intacto a su derecha, pero no había leído una sola línea.
Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.
—Adelante.
Enzo apareció unos segundos después. Vestía de oscuro y llevaba una carpeta en la mano. Cerró la puerta y avanzó hasta el escritorio con la confianza de quien llevaba demasiados años al lado de Giuseppe para esperar una invitación.
—Tengo el informe que pediste.
—¿Del hombre que dejó el sobre?
—No. Alessandro sigue rastreando esas conexiones.
—Entonces, ¿qué tienes?
—A Pio.
Giuseppe levantó la vista.
—¿Y?
Enzo dejó la carpeta sobre la mesa.
—Y estabas mirando en la dirección equivocada.
La frase atrajo toda su atención.
—Explícate.
Enzo tomó asiento frente al escritorio.
—La cercanía entre Pio y Gabriella no nace de una relación amorosa.
La respuesta no resolvía el problema. Pio seguía junto a ella, aceptado por ella y fuera de cualquier autoridad Ricci.
—Eso ya lo habíamos descartado.
Enzo arqueó una ceja.
—Lo habías descartado con la cabeza, pero no habías entendido por qué ocupaba ese lugar.
El sarcasmo quebró la serenidad de Giuseppe. Le molestaba haber reducido durante unas horas un problema de lealtad y acceso a una explicación demasiado fácil.
—Déjalo. Quiero los hechos.
Enzo abrió la carpeta.
—Tiene treinta años y nació en Trapani. Quedó huérfano siendo niño.
No constan familiares, patrimonio ni vínculos fuera de los Ferrara.
Adriano lo conoció en un orfanato de Trapani.
Pio era un niño flaco, cubierto de golpes y dispuesto a enfrentarse a cualquiera que intentara humillarlo.
El expediente apenas conservaba datos sobre sus padres, pero sí referencias a una situación violenta relacionada con negocios periféricos de la ciudad.
—¿Adriano conocía esos antecedentes cuando decidió llevárselo?
—Por supuesto, pero no lo llevó al palazzo por compasión. Vio a un niño que sobrevivía solo, que contenía la rabia y aprendía rápido. Pensó que aquella resistencia podía transformarse en disciplina.
Enzo pasó una página y le entregó varias fotografías.
—Pio creció en el palazzo junto a Giorgio y Gabriella; Isabella llegó después.
Mientras los herederos estudiaban idiomas, política y estrategia, él aprendía combate, armas, vigilancia, conducción evasiva y protección táctica.
Adriano quiso formarlo como un recurso de la familia.
La convivencia hizo algo que ningún entrenamiento podía ordenar: convirtió a los Ferrara en su única casa.
Giuseppe miró las fotografías. Las imágenes adultas mostraban al protector que ya conocía, siempre a una distancia donde podía vigilar a Gabriella. Las siguientes explicaban mejor cómo había llegado a ocupar ese lugar.
En una fotografía, Pio tendría diez u once años y estaba sentado sobre un muro junto a Giorgio y Gabriella.
Ocupaba el extremo exterior, atento al sendero, mientras ellos discutían con las rodillas raspadas y la ropa cubierta de tierra y sal.
En otra, una niñera sostenía a Isabella recién nacida y Pio permanecía cerca de Gabriella, vigilando a quienes entraban en el patio con una seriedad impropia de un niño.
Giuseppe dejó una fotografía junto a la otra. Pio había empezado a proteger a Gabriella mucho antes de que Adriano convirtiera aquel instinto en una función.
—Esto no empezó con una orden de protección.
—No —confirmó Enzo—. Cuando Adriano decidió nombrarlo protector de Gabriella, Pio ya conocía sus silencios, sus desafíos y la forma en que intentaba esconder el miedo detrás de una orden.
La última fotografía mostraba a Pio sin camisa. El basilisco negro ocupaba parte del pecho, justo sobre el corazón. Giuseppe reconoció de inmediato el rango que aquella marca representaba.
—¿Soldado jurado?
Enzo soltó una exhalación lenta.
—Sí.
Apartarlo ya no significaba prescindir de un escolta. Pio era el soldado jurado de Gabriella, un hombre que había ganado el mayor honor de su rango después de demostrar su lealtad durante años. Lo mismo que Enzo con Giuseppe.
Los herederos de sangre llevaban el escudo de la famiglia sobre la espalda. Los soldados jurados lo ganaban sobre el corazón. La marca de Pio no procedía del linaje, sino de una vida construida para servir y proteger.
Giuseppe dejó inmóvil el pulgar sobre el anillo de su abuelo.
—¿Cuándo lo juramentaron?
—Pio tenía veintiún años. Adriano lo presentó ante la familia el día en que nombró heredera a su hija. Cuando tatuaron el basilisco sobre su corazón, Pio juró que la vida de Gabriella quedaría por encima de cualquier otra obligación.
Giuseppe mantuvo los ojos en la fotografía.
—Ahora entiendes por qué no puedes tratarlo como un escolta Ferrara.
—Continúa. Quiero saber hasta dónde llegará si la orden de Adriano contradice la seguridad de Gabriella.
—Desobedecerá —respondió Enzo—. Adriano lo sabe. Pio cumplirá las órdenes de la familia mientras no comprometan la seguridad de Gabriella. Si entran en conflicto, elegirá a Gabriella.
Giuseppe permaneció quieto mientras la idea encontraba sitio dentro de él.
—¿Y Gabriella?
—Ella es su familia —dijo Enzo—. Fue la primera que lo trató como una persona y no como un instrumento de Adriano.
Pio conoce todas sus versiones: la niña que discutía con Giorgio, la heredera que aprendió a mandar y la mujer que todavía revisa las salidas antes de sentarse. Protegerla es la razón de su vida.
—Entonces no hay nada romántico entre ellos.
Enzo tardó unos segundos en responder, porque era la segunda vez que lo preguntaba.
—No hay romance entre ellos —confirmó severo—. Hay algo más antiguo y más difícil de sustituir. Gabriella nunca ha tenido que pedirle que se quede y Pio nunca ha necesitado preguntarle que lugar ocupar junto a ella.
Giuseppe volvió a las fotografías. En todas, Pio estaba cerca sin reclamar protagonismo: junto a Gabriella en la infancia, detrás de ella en las reuniones y a su lado cuando el peligro se volvía real.
Separarlos significaría arrancar de la vida de Gabriella una presencia que ella nunca había tenido que imaginar ausente.
—Lo único indiscutible es que moriría por ella sin dudarlo.
Giuseppe entendía la lealtad que llevaba a un hombre a morir por los suyos.
También comprendió la diferencia. Pio no era un obstáculo colocado entre él y Gabriella, sino una parte de la seguridad con la que ella había aprendido a vivir.
Intentar apartarlo por la fuerza convertiría a Pio en adversario y haría que Gabriella viera Palermo como otra amenaza.
—¿Qué más?
Enzo comenzó a guardar las fotografías dentro de la carpeta.
—Que no lo obligues a incumplir su juramento. Si una orden tuya pone a Gabriella en riesgo, Pio no lo dudará ni te pedirá permiso.
El pulgar de Giuseppe dejó de girar el anillo.
—Termina la frase.
Enzo se levantó dejando la carpeta sobre el escritorio.
—Te desobedecerá, se enfrentará a tus hombres y sacará a Gabriella de Palermo si cree que corre peligro. Ese es el juramento que rige su vida.