Bajo Juramento de Fuego – Libro 1 (Los Herederos de Sicilia) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Giuseppe abandonó el ala residencial sin regresar a su habitación.

Llevaba la fotografía dentro de la carpeta negra bajo el brazo y trató de concentrarse en los fallos de seguridad, las rutas de Roma y los hombres que tendrían que revisar.

Aun así, la imagen de Isabella caminando por aquella calle seguía apareciendo entre un cálculo y el siguiente.

Las lámparas antiguas iluminaban el mármol de los pasillos y el olor a madera, cuero e incienso permanecía igual que cuando Giuseppe era niño. Incluso de madrugada, la casa conservaba hombres de guardia, puertas abiertas y asuntos sin terminar.

Mientras avanzaba hacia el despacho de su padre, oyó a los hombres trabajando en la terraza exterior. Las órdenes eran breves, los teléfonos no dejaban de sonar y la seguridad reforzada después del ataque mantenía la villa en movimiento.

El despacho de Don Marco ocupaba el ala más antigua de la villa. Había pertenecido al fundador de los Ricci mucho antes de que Palermo aprendiera a temer aquel apellido. Las puertas de nogal permanecían abiertas, como siempre.

Giuseppe entró sin llamar. Entre los Ricci, cuando un problema ya había cruzado la puerta, nadie perdía tiempo con cortesías.

Don Marco revisaba documentos tras el escritorio.

El cabello completamente blanco endurecía un rostro tallado por décadas de violencia y el humo del cigarro ascendía entre el olor familiar a whisky, cuero y medicación.

Sus dedos, manchados de nicotina, sostuvieron el papel un instante más antes de levantar la cabeza.

Le bastó mirar a Giuseppe para comprender que algo iba mal.

—¿Qué ocurrió?

Giuseppe abrió la carpeta y colocó la fotografía sobre la mesa. La alineó con el borde del escritorio antes de retirar la mano.

Don Marco leyó la tarjeta una sola vez. El cambio en su expresión fue mínimo, pero Giuseppe conocía demasiado bien a su padre para pasarlo por alto. Había dejado de evaluar una posibilidad; ahora calculaba una respuesta.

—¿Cuándo llegó?

—Hace dos horas.

Don Marco apoyó la espalda contra el sillón y observó la imagen de Isabella durante unos segundos sin decir nada.

—Han entrado en mi casa. —Bajó la voz y el cigarro quedó inmóvil entre sus dedos.

Giuseppe asintió y el pulgar hizo girar el anillo de su abuelo antes de detenerlo.

—Sí. Ya estamos investigando.

—¿Gabriella?

—Lo recibió sola.

—¿Cómo está?

La pregunta lo sorprendió, porque su padre no solía interesarse por el estado emocional de nadie durante un informe; si preguntaba por Gabriella, era porque su miedo podía afectar las decisiones de la alianza.

—Asustada —respondió. La palabra le resultó más difícil de pronunciar de lo esperado.

—Bien.

Giuseppe frunció el ceño.

—¿Bien? —repitió, con una dureza inmediata.

Don Marco señaló la fotografía.

—El miedo, bien entendido, evita imprudencias.

Palermo se extendía junto al mar mientras Don Marco volvía a estudiar la fotografía.

—Es una buena imagen. El encuadre está limpio. La distancia es correcta. El fotógrafo sabía lo que hacía.

—Lo sé.

—Y sabía dónde encontrarla. Alguien le entregó una rutina, una zona o una debilidad. —Don Marco dejó la fotografía sobre el escritorio—. No quiere matar a la muchacha.

—Todavía —corrigió Giuseppe.

—No —aseguró despacio—. Quiere que nosotros sepamos que puede hacerlo.

Don Marco dejó el cigarro en el cenicero y bebió un poco de whisky antes de continuar.

—Cuando eras pequeño creía que el mayor peligro para mis hijos serían los Ferrara. Después pensé en los Greco y, más tarde, en los Conti. —El cansancio endureció el rostro—. Al menos conocíamos sus apellidos y sabíamos dónde buscar sus armas.

—¿Y ahora?

Don Marco volvió a mirar la fotografía.

—Ahora veo a una muchacha saliendo de la universidad y comprendo que hemos envejecido.

—Padre...

—Escúchame. —La voz recuperó la autoridad habitual—. Durante años peleamos por rutas, territorios, dinero y contactos políticos. Sabíamos qué puerto cerrar y a qué hombre presionar. —Sus dedos golpearon una vez la fotografía—. Esto es distinto.

Giuseppe siguió la mirada de su padre.

—Lo sé.

—No. Todavía no lo sabes. Cuando alguien estudia a nuestros hijos, nuestras reglas dejan de protegerlos.

Giuseppe dejó de mirar a su padre y pensó en Matteo, Alessandro, Viola, Lucrezia e Isabella, nombres que hasta aquella noche habían pertenecido a casas distintas y que ahora aparecían dentro del mismo cálculo.

Don Marco se puso de pie y la vieja herida de bala endureció por un instante su costado. Esperó a recuperar el equilibrio antes de avanzar con una leve rigidez, sin inclinarse ni buscar apoyo.

—Llama a Adriano.

—Lo haré.

—Y convoca a los otros Capos.

Giuseppe buscó una vacilación en el rostro de su padre y no la encontró.

—¿Esta noche?

—Esta noche. —La respuesta llegó sin vacilación—. Si ese ruso ya observa a nuestros herederos, ha cruzado una frontera que los puertos y los muros no pueden cerrar. —Su expresión se endureció—. Está dentro de nuestras vidas.

***

Palermo tenía la costumbre de mostrar un rostro distinto según quién la observara.

Desde las terrazas de la villa parecía una ciudad elegante, bañada por la luz dorada del mar Tirreno y protegida por siglos de historia; desde las alturas, sus cúpulas antiguas, sus campanarios y el perfil irregular de los edificios daban la impresión de una ciudad inmóvil, casi eterna.

Aquella noche, después de recibir la confirmación de que Isabella y su compañera estaban seguras en el apartamento privado que compartían en Roma, Giuseppe condujo a Gabriella hacia los barrios que no aparecían en las postales.

Allí las fachadas ocultaban salones de juego, oficinas sin placa y hombres que movían dinero antes de que amaneciera.

Ella lo percibió en cuanto abandonaron las avenidas principales y comenzaron a internarse en calles más estrechas.

Las fachadas antiguas parecían inclinarse unas sobre otras, estrechando el paso entre balcones de hierro forjado y ventanas abiertas desde las que escapaban voces en dialecto siciliano, aroma a comida especiada y una música lejana que se confundía con el murmullo húmedo de la noche.

El coche avanzaba despacio. Giuseppe conducía con ambas manos firmes sobre el volante y revisaba espejos, cruces y vehículos estacionados con una regularidad que revelaba cuánto necesitaba anticipar cualquier movimiento.

—¿A dónde me llevas?

—A trabajar.

—Qué respuesta tan inspiradora.

Una sonrisa mínima apareció en sus labios, tan breve que Gabriella casi habría podido dudar de haberla visto.

—No vine a entretenerte —replicó Giuseppe con ironía.

—Eso ya lo había deducido.

El silencio regresó sin la aspereza de los primeros días. Todavía no confiaban el uno en el otro, pero ya podían compartir unos minutos sin convertir cada pausa en un desafío.

El vehículo terminó deteniéndose frente a un edificio que parecía abandonado.

No había letreros ni ventanas iluminadas, solo una puerta oscura custodiada por dos hombres que reconocieron a Giuseppe antes incluso de que descendiera del coche.

Detrás de ellos se estacionó el vehículo que conducía Enzo junto a Pio.

Gabriella bajó del coche. El aire olía a mar, combustible, basura acumulada y piedra húmeda.

Dentro, la música sonaba baja. Había mesas ocupadas por empresarios, políticos, capitanes de puerto y hombres que no necesitaban presentarse porque sus apellidos hacían suficiente ruido. Nadie elevaba la voz y nadie se comportaba como si estuviera en un lugar peligroso.

A Gabriella la inquietó la normalidad con que todos aceptaban las armas bajo las chaquetas y a los hombres apostados junto a cada salida.

Después, las miradas llegaron hasta ella.

Pio la seguía a un paso por detrás y le cubría los laterales cuando se abrían camino entre los clientes.

Los hombres la observaban intentando identificarla; algunos la reconocieron y otros no, pero todos comprendieron que estaban ante una mujer fuera de lo común.

Giuseppe caminó a su lado y las conversaciones bajaron de volumen. Algunos hombres bajaron la mirada; otros le hicieron una reverencia después de reconocerlo.

—¿Este lugar es tuyo? —le preguntó Gabriella.

—De Palermo.

Ella siguió la dirección de su mirada. Había mesas de juego, hombres demasiado jóvenes y otros demasiado viejos, dos muchachas junto a la barra y clientes que parecían pasar allí más tiempo que en sus propias casas.

—Qué forma tan elegante de decir lo mismo.

Él no respondió. La condujo hacia una sala interior donde el ruido quedó atrás y el aire cambió. Allí no había música. Solo una mesa larga, mapas, pantallas y soldados esperando órdenes.

—Bonito negocio.

—Ha visto días mejores.

—Y peores.

—Muchos peores.

Ella lo miró de reojo, intrigada por la ausencia de orgullo en su voz.

—¿Te gusta?

Giuseppe tardó unos segundos en responder.

—No.

Aquello llamó su atención.

—¿Por qué lo mantienes abierto?

—Porque cerrar un lugar así no hace desaparecer a la gente que lo necesita.

—Muy noble para un mafioso.

—Es una respuesta práctica —objetó con voz tranquila.

Gabriella arqueó una ceja.

—Explícate.

—Si los echo de aquí, se irán a otro sitio —dijo, y la observó unos segundos—. Y los lugares que no controlamos suelen ser peores.

Ella guardó silencio, porque entendía exactamente lo que quería decir. Trapani funcionaba igual, Palermo funcionaba igual; en realidad, Sicilia entera funcionaba igual. El problema seguía existiendo, aunque alguien decidiera mirar hacia otro lado.

Uno de los soldados proyectó varios documentos en la pantalla principal: registros bancarios, movimientos portuarios, archivos judiciales y recortes de prensa demasiado breves para parecer importantes.

—No solo está dentro de nuestros puertos —señaló Giuseppe—. Está dentro de la vida cotidiana.

Gabriella observó los datos. Un magistrado de Palermo había archivado una denuncia contra una empresa pantalla vinculada a Malta.

Un médico forense había cambiado la hora de muerte de un mensajero encontrado en Catania.

Un director de banco había bloqueado una cuenta de Siracusa durante cuarenta minutos exactos, tiempo suficiente para retrasar un pago.

—Está comprando instituciones —concluyó Gabriella.

—Está comprando confianza —corrigió Giuseppe—. Una firma, un sello, una receta y un pago. Cosas limpias. Cosas que la gente no mira dos veces.

Vadim podía alcanzar a los suyos mediante una cámara, un funcionario o un guardia comprado, sin necesidad de abrir fuego.

—Un disparo deja un cuerpo en la calle —puntualizó Giuseppe desde un costado—. Un juez comprado consigue que todos firmen que no ocurrió nada.

Nadie discutió.

La puerta del fondo se abrió y dos hombres entraron con un tercero entre ellos. El sujeto intentaba mantenerse consciente; la sangre le empapaba la camisa y su respiración sonaba irregular, húmeda, como si cada bocanada le raspase por dentro.

Cuando lo dejaron caer frente a Giuseppe, el ruido del local descendió varios niveles, no porque alguien hubiera dado una orden, sino porque todos sabían lo que estaba a punto de ocurrir. El Caporegime se acercó.

—Consigliere, está confirmado. Fue el hombre que dejó el sobre en la villa.

Llevaba una identificación interna válida y el sello de revisión salió de nuestro propio sistema.

Lo interrogamos durante tres horas. Entregó el paquete a cambio de dinero y sabía que estaba abriendo una vía de acceso a la casa.

Giuseppe observó al hombre durante unos segundos. Sobre la mesa, Enzo había dejado el resumen del interrogatorio, los registros de pago y la copia de las credenciales utilizadas para entrar en la villa. No quedaba nada que preguntarle a aquel hombre; faltaba encontrar, quien lo había contratado.

El traidor levantó la vista.

—Por favor... no sabía que la fotografía era de la hermana de una Ferrara. Me aseguraron que era correspondencia privada.

La súplica no modificaba los hechos. Había aceptado dinero, utilizado credenciales robadas y atravesado la seguridad de la villa. Para Giuseppe, la ignorancia del contenido no borraba la traición.

—¿El nombre que dio coincide con alguno de nuestros registros? —preguntó Giuseppe a Enzo.

—El intermediario usó un nombre falso y cambió de vehículo dos veces. Alessandro está cruzando cámaras, pagos y matrículas. El mensajero ya nos dio todo lo que sabía.

—Quiero al intermediario identificado antes del amanecer. Revisen cada cámara desde el puerto hasta la villa y vuelvan a comprobar los pagos.

—Sí, Consigliere.

Giuseppe esperó a que Enzo cerrara el informe. Solo entonces sacó el arma. El disparo resonó breve y definitivo. Algunas conversaciones se detuvieron y otras continuaron pocos segundos después.

Gabriella no apartó la mirada. Había dictado sentencias, disparado y matado a enemigos y traidores desde mucho antes de llegar a Palermo.