Bajo Juramento de Fuego – Libro 1 (Los Herederos de Sicilia) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

El anillo de una casa enemiga

Gabriella seguía junto a la mesa cuando la puerta del dormitorio se abrió. No oyó el giro del pomo ni los pasos sobre la madera. Continuó observando la fotografía extendida frente a ella, incapaz de apartar la vista de su hermana.

La ciudad iluminada al otro lado de los ventanales, por las farolas sobre los tejados y el mar apenas visible en la oscuridad. Gabriella solo veía la calle de Roma, la mochila de Isabella y la distancia desde la que alguien la había fotografiado sin que ella lo advirtiera.

Giuseppe se detuvo al cruzar el umbral. El vaso roto junto a la mesa y el teléfono sobre la alfombra bastaron para ponerlo en alerta. Después la vio de pie frente a la ventana.

Ella sostenía la fotografía con tanta fuerza que el papel se había curvado entre sus dedos.

Giuseppe tomó la tarjeta negra del sobre y leyó el mensaje.

Al llegar a la firma, alineó la tarjeta con el borde de la mesa antes de observar la imagen de Roma, la universidad y la muchacha rubia entre los estudiantes. Isabella Ferrara.

Cuando levantó la vista, Gabriella ya lo estaba mirando. No encontró la rabia ni el desafío con que solía recibirlo. Tenía el rostro pálido, la respiración corta y un miedo que no intentaba ocultar.

—¿Cuándo llegó?

—Hace unos minutos —respondió, y alisó una esquina de la fotografía que ya estaba doblada.

Giuseppe volvió a mirar la tarjeta.

—Esto entró en mi casa —admitió furioso. Hizo girar el anillo una sola vez antes de dejarlo quieto—. Quiero saber quién lo tocó desde que cruzó el portón.

Gabriella reconoció la ira en la quietud de él. No se parecía a los estallidos de Matteo ni a la brutalidad abierta de Adriano. Él ordenaba la violencia antes de utilizarla y aquella tarjeta acababa de darle un objetivo.

—Tus hombres dicen que no saben quién la entregó.

—Lo averiguaré —aseguró—. Y cuando lo haga, quien haya abierto esa puerta comprenderá la diferencia entre cometer un error y traicionar a esta casa.

—¿Y qué cambia eso? —preguntó y volvió la fotografía hacia la luz—. Ya ha llegado hasta ella.

Dejó la fotografía sobre la mesa con cuidado, procurando no cubrir el rostro de Isabella con los dedos.

Giuseppe comprendió que no hablaba de kilómetros. Alguien conocía la universidad, la calle y la rutina de Isabella. Durante unos segundos ninguno habló. La habitación olía a flores y madera antigua, y el viento movía las cortinas mientras la noche terminaba de caer sobre Palermo.

Giuseppe metió la mano en el interior de la chaqueta y dejó una pequeña caja de madera sobre la mesa. Los bordes estaban desgastados y la tapa conservaba marcas que los años no habían borrado.

—¿Qué hay dentro? —preguntó ella, sin acercar todavía la mano.

Él abrió la caja. Dentro, descansaba un anillo antiguo. El oro tenía ese tono cálido que solo aparece después de muchos años; en el centro brillaba un rubí oscuro, profundo como una gota de vino, rodeado por pequeños diamantes que atraparon la luz de la habitación.

—Perteneció a mi madre —confesó y su pulgar rozó el borde de la caja.

Ante ella estaba el anillo de una mujer muerta, guardado durante años por un hijo que controlaba hasta la forma de pronunciar su nombre.

La confesión la sorprendió. Giuseppe no solía ofrecer información personal y menos aún algo ligado a su madre. El silencio entre ambos perdió parte de la hostilidad.

—¿Por qué me lo das a mí?

Él buscó sus ojos.

—Porque dentro de unos días toda Sicilia te verá como una Ricci —explicó—. Este anillo perteneció a la última mujer que ocupó ese lugar. No es un adorno. Identifica a la mujer protegida por mi famiglia y advierte a cualquiera que pretenda acercarse.

Gabriella volvió a mirar el rubí.

—Esto cambia más de lo que quieres admitir —murmuró.

—Cambia lo necesario para que cualquiera entienda que acercarse a ti significa provocar a Palermo —corrigió Giuseppe.

Él tomó el anillo entre los dedos y observó el metal durante un instante.

—Mi madre murió porque Sicilia exigió demasiado de ella.

Gabriella entendía aquella historia. Sicilia exigía familia, sangre y deber y casi nunca devolvía a quienes consumía.

—¿Por qué me lo das a mí? —volvió a preguntar, buscando la verdad.

—Porque sabes lo que significa sostener a una familia mientras todos esperan que no te quiebres —admitió sincero.

Ella le devolvió la mirada y pensó en Giorgio, en Isabella y en todo lo que había hecho para mantenerlos a salvo.

—Yo tampoco puedo permitirme perder a los míos —admitió—. Matteo golpea antes de pensar. Alessandro cree que puede anticiparse a todos. Y yo paso la mitad de mi vida evitando que los dos terminen muertos.

Aquella confesión arrancó una exhalación involuntaria de Gabriella.

—Al menos puedes admitir que Matteo es un problema —bromeó, con la comisura de sus labios apenas levantada.

—Eso nunca estuvo en discusión.

La respuesta alivió por un instante la tensión del rostro de Gabriella. Él no sonrió, pero el cansancio en sus ojos se volvió menos severo.

Giuseppe extendió la mano con el anillo. Ella miró el rubí y después la fotografía de Isabella sobre la mesa. Volvió a pensar en Giorgio, en Vadim y en la distancia que ya no protegía a su hermana. Al final, le ofreció la mano.

Él deslizó el anillo sobre su dedo. El metal estaba frío y el rubí pesaba más de lo que permitía su tamaño. Gabriella pensó en la ceremonia, en la guerra y en las personas que ambos intentaban mantener con vida.

Cerró los dedos alrededor de la joya.

—No permitiré que llegue hasta ella —afirmó Giuseppe. No intentaba consolarla; estaba comprometiendo a Palermo.

—No me prometas nada que no puedas sostener.

—No es una promesa. Las órdenes ya están dadas. Matteo está en Roma, vigilando a Isabella desde la distancia. Ella no sabe que está allí.

—¿Matteo está en Roma?

—Sí, pero no va pegado a ella ni ocupa el lugar de sus escoltas habituales; observa la ruta desde fuera y comprueba quién se acerca. Por eso no aparece en la fotografía. Cómo consiguieron tomarla sin que él interviniera es algo que voy a averiguar.

Gabriella bajó la mirada hacia el anillo. Saber que Matteo estaba cerca de Isabella le aflojó por un instante la presión en el pecho, aunque la fotografía seguía demostrando que Vadim había encontrado un ángulo que nadie había previsto.

—Si Vadim toca a mi hermana, Sicilia arderá —advirtió.

La mirada de Giuseppe se endureció. Ella reconoció la misma disposición a responder con violencia que llevaba horas conteniendo.

—Entonces responderemos juntos —le aseguró—. Pero no actuarás sola ni sin información. Si Vadim se acerca a Isabella, Palermo y Trapani se moverán como una sola estructura. —Hizo girar el anillo de su abuelo una y otra vez.

Vadim la amenazaba desde la distancia. Giuseppe estaba allí, imponiendo rutas, hombres y protección y cada medida ampliaba la seguridad al mismo tiempo que reducía el margen de Gabriella para decidir.

***

A cientos de kilómetros de allí, en el palazzo Ferrara, el teléfono cifrado vibró sobre el escritorio de Don Adriano.

Carlo, Consigliere de Trapani y hermano de Adriano, permanecía inclinado sobre un mapa extendido entre carpetas de seguridad, informes del puerto y rutas marcadas con tinta roja.

Nadie más dentro de la familia tenía acceso simultáneo a la casa, los negocios y la protección de los herederos.

Desde que Gabriella estaba en Palermo, el despacho recibía hombres, llamadas y órdenes a cualquier hora y Carlo filtraba cada movimiento antes de presentárselo al Capo.

Adriano contestó sin apartar la mirada del mapa.

—Pio.

Carlo alzó la vista lo suficiente para escuchar.

La voz de Pio llegó grave y contenida al otro lado de la línea. Carlo distinguió fragmentos, villa Ricci, un sobre y una fotografía. Después oyó el nombre de Isabella y levantó la vista del mapa.

Adriano quedó inmóvil. El teléfono se detuvo junto a su oído y, durante un segundo, el Capo desapareció detrás del padre que ya había perdido a un hijo.

—¿Dónde? —preguntó Adriano.

La respuesta de Pio fue breve.

—Roma.

La taza golpeó el escritorio y el café se derramó sobre el mapa. Carlo apartó las carpetas antes de que el líquido alcanzara los informes.

El Capo apartó un poco el teléfono y miró con dureza a su hermano.

—Refuerza la seguridad de Isabella —ordenó Adriano—. Quiero Roma cerrada alrededor de mi hija antes de que vuelva a salir a la calle.

Carlo no cedió ante la dureza de su hermano.

—Ya estoy moviendo hombres. En una hora tendrá dos equipos y rutas nuevas.

Adriano apretó el teléfono contra la oreja mientras Pio continuaba hablando al otro lado. Sus ojos no abandonaban el mapa de Roma, la zona universitaria marcada con un círculo rojo y las rutas que supuestamente debían proteger a Isabella desde hacía meses.

—Respóndeme como mi hermano —pidió Adriano—. ¿Puedes mantenerla segura?

—Sí —aseguró Carlo—. Y si alguien vuelve a acercarse, lo sabremos de inmediato.

Adriano cerró los ojos un instante y aceptó la respuesta porque necesitaba hacerlo. Después volvió a hablar con Pio, más bajo, recuperando el tono del Capo.

Carlo permaneció a su lado hasta que terminó la llamada. Cuando Adriano dejó el teléfono sobre el escritorio, ninguno habló enseguida.

—Roma tiene que sostenerse —dijo Adriano.

—Se sostendrá.

El café había alcanzado el círculo rojo de la universidad de Isabella y corrido la tinta hasta deformar la marca.

Carlo apoyó dos dedos sobre la mancha y los retiró enseguida. Por un instante recordó el almacén húmedo, la silla metálica y los ojos de Giorgio levantándose hacia la cámara.

—No otra vez —murmuró.

El despacho quedó vacío. Carlo permaneció unos segundos frente al mapa antes de llamar personalmente a los hombres destinados en Roma. No delegó la orden. Isabella lo conocía desde niña y él pensaba asegurarse de que, si algo cambiaba en su rutina, la noticia llegara primero a él.