CAPÍTULO 15
La amenaza con nombre
La espalda de Gabriella golpeó el mármol húmedo cuando otro impacto reventó el borde superior de la fuente.
Los fragmentos pasaron silbando sobre ellos y, un segundo después, Giuseppe cayó sobre su cuerpo para cubrirla de la línea de fuego.
Su peso la inmovilizó contra la piedra mientras mantenía el torso entre ella y los disparos.
Gabriella percibió el olor de su piel mezclado con café, tabaco, cuero y pólvora. La respiración de él le rozaba el cuello, contenida pese al esfuerzo, mientras una mano buscaba el arma junto a las costillas y la otra seguía firme alrededor de su cintura.
No hubo cálculo en aquel primer movimiento.
Giuseppe había reaccionado antes de terminar de medir el riesgo, pero recuperó el control en cuanto tocaron el suelo.
Comprobó los ángulos del jardín, contó los disparos y organizó las posiciones de sus hombres sin dejar de cubrirla.
La violencia no lo desorganizaba; era el terreno en el que mejor sabía imponer un método.
Él disparó hacia uno de los muros exteriores sin apartarse de ella ni un centímetro más de lo imprescindible.
—¡Cierren el perímetro! ¡Nadie cruza los muros!
Los hombres Ricci ocuparon posiciones, cerraron accesos y transmitieron coordenadas por las radios. Las órdenes se cruzaron entre los disparos y los cipreses mientras el perímetro empezaba a cerrarse.
La adrenalina le mantenía el dolor de los cortes en un segundo plano. Gabriella solo percibía el pulso acelerado, el polvo amargo en la lengua y el calor del cuerpo de Giuseppe sobre el suyo.
Pio apareció desde uno de los senderos laterales con la chaqueta abierta y el arma en la mano.
Localizó primero a Gabriella, recorrió las heridas de sus piernas y después evaluó a Giuseppe, todavía inclinado sobre ella. La tensión entre ambos fue inmediata. Los dos estaban entrenados para protegerla y ninguno confiaba todavía en la forma de trabajar del otro.
—¿De dónde han disparado? —exigió Pio, sin apartar la atención de las heridas de Gabriella.
Giuseppe se incorporó lo suficiente para revisar el jardín, pero mantuvo una rodilla junto a Gabriella hasta confirmar que la línea de fuego había quedado cubierta.
—Aún no tenemos posición confirmada —respondió Giuseppe con una frialdad que no parecía pertenecer al hombre que acababa de cubrirla con su cuerpo.
—Han atravesado tu perímetro y han disparado a pocos metros de ella.
—Y mi gente ya está cerrando todas las salidas. Quiero tiradores en los muros, matrículas bloqueadas y a cada hombre de la casa identificado antes de que alguien cruce el portón. Quien haya disparado no abandonará la propiedad sin que lo encontremos.
Pio dio un paso hacia delante.
—Si esperas que la proteja aquí, necesito acceso completo a los protocolos y a la cadena de mando —exigió.
Gabriella esperaba una discusión entre dos hombres acostumbrados a mandar.
Giuseppe se puso de pie cubierto de polvo, aseguró el arma contra el costado y recorrió el perímetro una última vez.
Bajo aquella calma seguía el hombre que acababa de disparar sin vacilar y que, si encontraba al tirador, no necesitaría perder los estribos para matarlo. Después dirigió a Pio una mirada firme.
—Tendrás acceso a lo necesario —concedió Giuseppe—. Y no confundas información con mando.
La respuesta sorprendió a Gabriella. Pio tardó un instante en asentir. Ambos acababan de reconocer que el otro podía resultar útil, aunque ninguno estuviera dispuesto a ceder la responsabilidad sobre su seguridad.
Pio bajó la vista hacia las piernas de Gabriella. La sangre empezaba a deslizarse por su piel y extendió una mano para ayudarla a levantarse. Giuseppe siguió el movimiento solo el tiempo necesario para comprobar que podía sostenerse.
—Dentro, Gabriella. Ahora —ordenó.
Ella apartó la mano de Giuseppe y se incorporó con ayuda de Pio. Las rodillas le temblaron al cargar el peso sobre ellas, una debilidad breve que la irritó más que el dolor.
—Estoy bien —mintió, aunque tuvo que afianzar los pies antes de sostener la frase.
Giuseppe miró los cortes y la forma en que ella cargaba el peso sobre una pierna. Soltó una exhalación breve antes de hablar.
—Te advertí que no andarás descalza por la casa.
Gabriella apretó la mandíbula.
—No recuerdo haberte nombrado responsable de cada gota de sangre que pierdo.
Él dio un paso hacia ella y bajó más la voz.
—No necesito un nombramiento para impedir que una herida empeore.
—¿Así funciona contigo? ¿Todo termina siendo una orden?
—Cuando alguien sangra bajo mi techo, sí.
—No soy uno de tus soldados, Ricci.
Los ojos de Giuseppe bajaron un instante hacia las heridas de sus piernas.
—Desde que entraste en esta casa, respondo por tu seguridad ante el Consejo. Si una herida se agrava porque permití que siguieras aquí fuera, el fallo será mío.
El tono fue tan seco que incluso ella tardó un instante en responder.
—He sobrevivido veintiocho años sin que tú organizaras cada uno de mis pasos.
Los ojos azules de él permanecieron clavados en los suyos.
—Y hoy sigues viva porque alguien te apartó a tiempo. Guarda la discusión hasta que encontremos al tirador.
La rabia regresó antes de que ella pudiera contenerla.
—No utilices el ataque para hablarme como si te perteneciera.
A su alrededor continuaban las carreras, las órdenes por radio y el despliegue de seguridad. Giuseppe, sin embargo, mantuvo los ojos en ella.
La mandíbula de él se tensó antes de responder.
—No me perteneces, Ferrara. Pero estás bajo mi responsabilidad y acaban de dispararte dentro de mi casa.
—La voz descendió. Giuseppe abrió y cerró la mano una sola vez, como hacía cuando la violencia pedía una salida y él elegía dónde contenerla—.
Entrarás, te curarán y después podrás discutir conmigo todo lo que quieras.
Gabriella quiso recordarle que ninguna casa ni apellido le daba derecho a decidir por ella. Sin embargo, el cuerpo todavía conservaba la presión de sus manos apartándola de la línea de fuego y el calor de su respiración junto al cuello.
La voz de Don Marco atravesó la terraza exterior antes de que Gabriella respondiera.
—¡Basta, los dos!
Don Marco avanzó acompañado por varios hombres. Recorrió los ventanales dañados, la fuente destrozada y los guardias desplegados por la propiedad sin que el polvo ni el desorden redujeran su autoridad.
—Han llegado demasiado cerca.
Después clavó la mirada en Giuseppe.
—Quiero nombres antes de que termine el día —ordenó—. Reorganiza la seguridad de la villa y asegúrate de que nadie vuelva a acercarse tanto.
Giuseppe recibió la orden de su padre sin bajar la vista. Tras unos segundos, asintió.
—Los tendrás, Capo —respondió, y la obediencia no suavizó nada en su rostro.
Alessandro se reunió con él para transmitir nuevas órdenes y ambos se dirigieron al interior mientras los equipos aseguraban la propiedad.
Gabriella los vio desaparecer entre los soldados armados y las radios que seguían transmitiendo órdenes.
Bajó la vista hacia la sangre que marcaba sus piernas. El pulso todavía le golpeaba con fuerza y la adrenalina la mantenía alerta mientras Pio la conducía al interior.
***
La enfermera limpió los cortes y retiró pequeños fragmentos de piedra antes de vendarle las piernas.
Gabriella soportó el antiséptico sin quejarse y aprovechó el tiempo para reconstruir el ataque: la posición del tirador, el segundo impacto y los segundos que la seguridad Ricci tardó en cerrar el perímetro.
Cuando la mujer salió, Gabriella caminó hasta la mesa situada junto a la ventana y se sirvió un vaso de agua.
El cristal frío le alivió durante un instante el calor que seguía recorriéndole el cuerpo.
Habían pasado horas desde el ataque y la adrenalina seguía bajo su piel, manteniéndola alerta incluso en aquella habitación demasiado tranquila.
Cada vez que cerraba los ojos regresaban los disparos, la piedra saltando en pedazos y la mano de Giuseppe apartándola antes de cubrirla contra el suelo.
El golpe en la puerta la sacó de sus pensamientos.
—Pasa.
Esperaba encontrar a Pio o a uno de los hombres destinados a revisar las habitaciones, pero apareció un empleado con el uniforme oscuro de la villa y una identificación visible sobre el pecho. Sostenía un sobre grueso marcado como correspondencia revisada.
—Esto llegó para usted, signorina.
Gabriella frunció el ceño.
—¿Quién lo ha traído?
El hombre vaciló antes de responder y Gabriella sintió que se le tensaba el estómago. Después del ataque, una duda dentro de villa Ricci bastaba para ponerla en alerta.
Tomó el sobre y esperó a que el empleado se marchara. Cuando la puerta volvió a cerrarse, observó el paquete durante varios segundos. El papel era grueso, pesado y demasiado cuidado para tratarse de correspondencia ordinaria.
Al Abrirlo la fotografía cayó sobre la mesa.
Gabriella dejó escapar el aire al reconocer la calle, la cafetería junto a la universidad y, por último, a Isabella.
Su hermana caminaba entre un grupo de estudiantes con una carpeta abrazada contra el pecho. Llevaba el cabello suelto y algunos mechones rubios se movían alrededor de su rostro bajo el viento romano.
Isabella caminaba como siempre, distraída y apurada, sin mirar a quien había tomado la fotografía. Aquella normalidad, que Gabriella llevaba meses empeñada en proteger, aparecía ahora dentro de un sobre enemigo.
Gabriella reconoció a la niña que se escondía detrás de ella durante las tormentas, a la adolescente que le robaba ropa del armario y a la única persona capaz de hacer reír a Giorgio en sus peores días.
La fotografía había sido tomada ese mismo día. Gabriella reconoció la chaqueta, el vaso de café y la hora de la torre desenfocada al fondo. Quien la siguió había estado a pocos metros.
Del interior del sobre cayó una tarjeta negra. Gabriella esperaba una amenaza sin firma, pero al leer las primeras líneas tuvo que sujetarse al borde de la mesa.
Roma le sienta bien a tu hermana.
Mi nombre es Vadim.
Creo que ya nos conocemos.
El vaso resbaló de sus dedos y se hizo añicos contra el suelo. Gabriella leyó las líneas otra vez. La firma convertía la voz y los ojos grises de aquella noche en un hombre al que ya podía nombrar.
Durante seis meses había perseguido una voz, una sonrisa y unos ojos grises junto a la silla donde Giorgio se desangraba.
Ahora sabía que se llamaba Vadim y que podía hacer llegar un mensaje hasta su dormitorio.
Debajo del mensaje aparecía una última frase escrita con la misma caligrafía impecable.
Tu hermano murió sin comprender quién era yo.
Tú tendrás más suerte.
El miedo le vació el cuerpo y tuvo que recostase en la mesa. El corazón le golpeaba las costillas y las manos le empezaron a temblar.
La fotografía demostraba que podía acercarse a Isabella, seguirla y estudiar sus rutinas sin despertar sospechas. Después había enviado la prueba a Palermo para asegurarse de que Gabriella lo supiera.
El teléfono cayó de sus manos cuando intentó marcar. Lo recogió de inmediato y volvió a intentarlo, aunque los dedos apenas le obedecían.
Pio respondió antes del segundo tono.
—¿Qué ocurre?
Gabriella abrió la boca y descubrió que la garganta se le había cerrado. Le costó varios segundos encontrar aire suficiente para hablar.
—Roma.
Al otro lado de la línea, el silencio cambió.
Pio entendió.
—Comprueba Roma. Quiero saber dónde está Isabella y quién tiene acceso a su ruta. Ahora. —La voz se le quebró en la última palabra.
—Lo tendrás.
La llamada terminó y Gabriella permaneció inmóvil en mitad de la habitación.
Vadim acababa de destruir la distancia que durante seis meses había separado a Isabella de la muerte de Giorgio. Ya no era una voz escondida detrás de una pantalla. Conocía la universidad, la cafetería y la hora a la que su hermana cruzaba aquella calle.
En el reverso de la fotografía encontró otra línea escrita a mano.
Tiene tu misma forma de mirar hacia atrás antes de cruzar la calle.
Gabriella volvió a leer la frase. Vadim no se había limitado a localizar a Isabella; había observado uno de sus gestos cotidianos y lo había guardado para ella. Aquello le produjo más miedo que la fotografía.