CAPÍTULO 14
El instinto de proteger
La segunda mañana lejos de Trapani encontró a Gabriella despierta mucho antes de que el sol terminara de imponerse sobre Palermo.
Desde la muerte de Giorgio, dormía poco y siempre con un oído atento.
En villa Ricci, los pasos contenidos, las puertas cerradas con sigilo, los motores lejanos y los hombres de guardia no le permitían olvidar dónde estaba.
Abandonó la habitación envuelta en una bata oscura y recorrió el corredor, todavía sumido en una penumbra azulada.
A través de los ventanales se filtraban las primeras luces del amanecer; el cielo conservaba restos de noche y el aire que entraba desde los jardines traía olor a ciprés, tierra húmeda y sal.
Sicilia despertaba despacio, con una belleza casi indolente.
Desde la galería observó el patio principal. Dos SUV permanecían encendidos. Varios hombres revisaban armas, carpetas y rutas con eficacia. En medio de aquella maquinaria apareció Matteo Ricci.
Gabriella lo reconoció antes de verle el rostro. Mientras los demás se movían con disciplina, Matteo parecía dispuesto a provocar un problema solo para no aburrirse.
Vestía de negro, con la pistola bajo la chaqueta abierta y un reloj que probablemente valía más que muchas casas de Palermo. Aun así, conservaba ese aire descarado que lo hacía parecer menos peligroso de lo que realmente era.
Levantó la vista y la descubrió en la galería.
—Ferrara —saludó, alzando una mano—. Parece que nunca duermes.
—Parece que los Ricci consideran el descanso una debilidad.
Matteo soltó una carcajada.
—Solo cuando tenemos invitados.
—Qué alivio. Llegué a preocuparme por tu salud mental.
Uno de los hombres le lanzó unas llaves y Matteo las atrapó al vuelo sin dejar de mirarla.
—Estamos haciendo un esfuerzo enorme para que te sientas bienvenida.
Gabriella apoyó los antebrazos sobre la barandilla.
—Lo percibo. Las amenazas veladas y la vigilancia constante crean un ambiente muy acogedor.
—Sabía que terminarías apreciándolo.
Algunos hombres cercanos sonrieron sin abandonar sus tareas. Matteo hizo girar las llaves entre los dedos, satisfecho con el intercambio.
—¿Te marchas tan pronto? —preguntó ella.
—Trabajo.
—Qué respuesta tan misteriosa.
—Qué pregunta tan curiosa.
Gabriella observó los vehículos preparados para un trayecto largo.
Había vivido demasiado tiempo entre hombres armados para confundir una salida rutinaria con una operación real.
Matteo no llevaba equipaje visible, pero uno de los soldados acababa de guardar una carpeta de viaje en el vehículo delantero.
—Empiezo a sospechar que los entrenan desde niños para responder sin decir absolutamente nada.
—Y aun así seguimos pareciendo encantadores.
—Habla por ti —señaló Giuseppe, y la frase cortó la ligereza de Matteo con la naturalidad de una orden.
Giuseppe llegó desde detrás antes de que ella pudiera responder, Gabriella giró el rostro y lo vio.
Él sostenía una pequeña taza de espresso y vestía como si llevara horas despierto.
El aroma intenso del café llegó hasta ella con el aire fresco de la mañana.
Sus ojos, en cambio, ya se habían detenido en sus pies descalzos.
Abajo, Matteo sonrió con expresión inocente.
—Yo siempre hablo por mí.
—Esa es una de las razones por las que resultas agotador.
—Y, sin embargo, me extrañan cuando me voy.
Giuseppe no respondió y aquello bastó para que Matteo pareciera satisfecho.
—¿Ni siquiera un adiós emotivo? —preguntó Gabriella.
—Te decepcionaría descubrir lo poco sentimentales que somos —respondió Giuseppe, aunque su mirada no estaba en Matteo, sino en los pies descalzos de Gabriella sobre la piedra fría.
Matteo abrió la puerta del vehículo y se acomodó en el interior antes de volver a asomar la cabeza.
—Procura no incendiar la villa mientras estoy fuera.
—No prometo nada.
—Perfecto. Así sabré que sigues siendo tú.
La puerta se cerró y los motores rugieron con más fuerza. Los vehículos abandonaron la propiedad por el camino flanqueado de cipreses que descendía hacia la carretera principal.
Gabriella los siguió con la mirada hasta que desaparecieron tras la curva. No preguntó enseguida. Esperó unos segundos, porque no quería que Giuseppe tuviera la satisfacción de verla demasiado interesada.
—¿A dónde va?
Él bebió un sorbo de café antes de responder.
—A cubrir una ruta fuera de Palermo.
—¿Qué ruta?
—Una muy importante.
Gabriella giró la cabeza despacio y blanqueó los ojos.
—Empiezo a comprender que hablar contigo puede ser una experiencia profundamente frustrante.
—La información sigue siendo una herramienta valiosa.
—Y compartirla provoca dolor físico, al parecer.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Algo parecido.
Desde la cocina llegaba el olor del pan recién hecho y, desde la costa, la humedad salada.
Giuseppe bajó la vista de nuevo.
—Ponte zapatos —le ordenó.
Gabriella arqueó una ceja.
—¿Perdón?
—Es poco apropiado y nada seguro.
Ella miró sus propios pies descalzos y levantó la mirada incrédula.
—¿Te preocupa más mi seguridad o tu reputación?
—Me preocupa que sigas creyendo que desafiarme te vuelve menos vulnerable.
Giuseppe se marchó antes de que pudiera responder. Ella siguió su espalda por la galería, con el aroma del café aún en el aire y la orden resonándole en la cabeza. Incluso ausente, conseguía imponer un límite.
Después del desayuno intentó trabajar. Abrió informes, respondió mensajes, revisó documentación pendiente y terminó dejando a un lado cada tarea sin concluirla. Tampoco consiguió leer más de dos páginas seguidas.
Terminó refugiándose en una de las terrazas exteriores de la villa.
La piedra conservaba todavía parte del calor de la mañana; una brisa ligera movía las copas de los árboles y transportaba olor a jazmín y rosas.
Desde allí podía disfrutar de buena parte de los jardines y, cuanto más miraba, más evidente resultaba que nada dentro de aquella propiedad había sido dejado al azar.
Los guardias recorrían trayectorias demasiado precisas para ser improvisadas. Algunas cámaras apenas se distinguían entre la vegetación y los accesos solo parecían abiertos hasta que se observaban las líneas de visión sobre la finca. Aquello era una casa preparada para resistir un ataque.
—No me gusta —aseveró Pio, llegando a su lado, y en su voz había una tensión que no pertenecía solo a la seguridad.
Gabriella ni siquiera necesitó girarse.
—¿Esa es tu opinión oficial sobre Palermo?
—Sobre esta casa.
—La diferencia es importante.
Pio observó el perímetro unos segundos antes de responder.
—Para mí no.
Gabriella terminó por mirarlo. Conocía la rigidez de sus hombros y la forma en que guardaba silencio cuando algo lo inquietaba. Él nunca temía por sí mismo; su atención estaba puesta en ella y en todo lo que podía alcanzarla.
—Dilo.
Pio apoyó ambas manos sobre la barandilla de piedra.
—No conozco su estructura de respuesta.
—¿Y eso te preocupa?
—Me preocupa todo lo que no controlo. Y aquí demasiadas cosas dependen de hombres que no me obedecen.
Gabriella soltó una exhalación que se pareció demasiado a una sonrisa.
—Eso explica muchas cosas.
Pero él no sonrió.
—No conozco sus rutas, sus tiradores ni sus relevos. Si ocurre algo, reaccionaré con información incompleta.
Gabriella miró hacia unos rosales y recordó los de su madre. En Trapani, Pio conocía las salidas, los tiradores y los relevos de memoria. Dentro de villa Ricci dependía de información que otros podían decidir negarle.
—Entonces averígualo.
Él asintió una sola vez y en ese momento apareció Alessandro, cruzando uno de los senderos de piedra que atravesaban la propiedad. Caminaba con esa elegancia tranquila que parecía heredada de otra época, como si las prisas fueran un problema exclusivo de otras personas.
—Giuseppe se adelantó a esta conversación.
Pio lo observó aproximarse sin relajar un solo músculo.
—¿Ah sí?
—El responsable de seguridad te está esperando.
El silencio que siguió fue breve. Pio miró a Gabriella y ella entendió la pregunta antes de que apareciera.
—Comprueba Roma primero.
—¿Todo?
—Todo.
Durante un instante, el rostro del guardaespaldas se endureció todavía más y después asintió.
—Bien.
Alessandro observó el intercambio sin intervenir. Sus ojos se detuvieron un instante en Gabriella y después en Pio, antes de acompañarlo por el sendero que descendía hacia la zona operativa de la villa.
—Tu guardaespaldas tiene problemas con la autoridad.
La voz llegó desde detrás. Gabriella la reconoció y cerró los ojos un segundo antes de girarse.
Giuseppe estaba apoyado junto a una de las columnas de piedra. La camisa gris remangada dejaba al descubierto sus antebrazos y el sol dibujaba sombras suaves sobre las líneas duras de su rostro.
—Pio tiene problemas con la incompetencia.
Una pequeña tensión apareció en la mandíbula de él. El viento agitó algunas hojas sobre la terraza y el aroma de las flores inundó el ambiente. La ciudad brillaba a lo lejos bajo el sol de media mañana.
—Si voy a quedarme aquí unos días —dijo Gabriella— voy a necesitar algo más que jardines bonitos y amenazas implícitas.
—No estás encerrada. —Ella lo miró y aquello bastó—. Podrías salir ahora mismo.
—Y provocar una crisis política entre las familias más poderosas de Sicilia.
—Eso sería un inconveniente.
—Lo dices como si estuvieras hablando del tiempo.
Un destello fugaz cruzó sus ojos.
—Estoy intentando relativizar.
Gabriella apoyó una mano sobre la piedra cálida de la barandilla. En otro momento habría podido disfrutar del mar, del perfume de las flores y del sol sobre la piel. Allí, en cambio, cada rincón estaba pensado para vigilar o defender.
—Empiezo a entender por qué te obsesiona tanto el control.
—¿Ah sí?
—Porque crees que puedes anticiparlo todo.
Giuseppe le sostuvo el desafío en silencio durante unos segundos.
—Y tú actúas como si las consecuencias fueran opcionales.
Aquello consiguió borrar cualquier rastro de humor.
—He sido un objetivo toda mi vida.
—Precisamente por eso deberías saber que la experiencia no vuelve inmortal a nadie.
Gabriella dejó los dedos quietos sobre la piedra. Odiaba que le dijeran qué hacer, pero reconoció en la tensión de su rostro el mismo temor que llevaba días intentando controlar.
—No necesito que me cuides.
—No estoy cuidándote. Estoy impidiendo que te maten antes de que yo decida qué hacer con esta guerra.
—Qué noble.
—No confundas mi paciencia con permiso.
Gabriella soltó una exhalación incrédula y abrió la boca para responder, pero el primer disparo la interrumpió.
El impacto metálico hizo vibrar la piedra bajo sus pies. Durante una fracción de segundo nadie comprendió qué había ocurrido. El segundo disparo llegó enseguida, seco y cercano y rebotó entre los muros del jardín.
Gabriella giró por instinto hacia los ventanales del ala oeste y vio el cristal blindado absorber el impacto. Las grietas blancas se extendieron desde el punto de entrada hasta cubrir buena parte de la superficie.
Un tercer disparo estalló casi de inmediato. Alguien gritó una orden en dialecto siciliano y otro hombre respondió desde el extremo opuesto del jardín.
Los guardias abandonaron sus posiciones discretas y ocuparon sus posiciones. Las radios comenzaron a crepitar, las botas golpearon la piedra y las órdenes cruzaron el lugar.
La fuente central explotó cuando una bala alcanzó el borde de mármol. Fragmentos de piedra salieron despedidos en todas direcciones; el aire se llenó de polvo, agua pulverizada y un olor áspero a pólvora que se le pegó a la garganta.
Gabriella no tuvo tiempo de reaccionar. Sintió un escozor agudo en la pierna y luego el calor inmediato de la sangre resbalando por su piel. El dolor todavía no había terminado de llegar cuando una fuerza brutal la golpeó por un costado.
Giuseppe.
Él llegó hasta ella antes de que pudiera apartarse. La sujetó por la cintura y la arrancó de la línea de fuego con todo el peso del cuerpo.