CAPÍTULO 13
Sombras que no piden permiso
La reunión comenzó una hora después. El despacho conservaba el orden de siempre, con los documentos alineados sobre el escritorio de nogal, los mapas marítimos en las paredes y el aroma del café recién servido mezclado con el cuero de los sillones.
Giuseppe intentó concentrarse en aquello, pero seguía oyendo la voz de Gabriella al otro lado de la puerta y la villa ya no le parecía ocupada únicamente por los Ricci.
Matteo rompió el silencio. Se dejó caer en una de las butacas, incapaz de mantener quieta una pierna y miró a su hermano mayor.
—Dime que lo del matrimonio fue una broma especialmente cruel del Consejo —pidió, aunque el golpeteo de sus dedos contradecía la ligereza del tono.
Giuseppe continuó revisando el informe que tenía delante.
—No.
Matteo soltó una maldición. Alessandro continuó junto a la ventana, contemplando los jardines inmóviles bajo el sol.
Enzo abrió la carpeta que llevaba bajo el brazo.
—El Consejo envió el informe completo sobre la Quinta Mano —informó—. Nuestros equipos pasaron la madrugada verificando datos y ampliando la investigación.
Alessandro apartó la mirada de la ventana.
—¿Está confirmado que fueron ellos quienes mataron a Giorgio Ferrara?
—Sí —confirmó Enzo—. Nuestros contactos en Malta detectaron movimientos inusuales durante la noche. La Quinta Mano o mejor conocida como La Mano Negra es una organización criminal rusa dirigida por Vadim Alekséi Malenkov. Está reorganizando sus posiciones mucho más rápido de lo previsto.
Giuseppe levantó la vista y se llevó una mano a la base del cuello. El cansancio acumulado allí resultaba sencillo de reconocer; la voz de Gabriella hablando con Isabella, no.
—Entonces nos moveremos antes que ellos —resolvió Giuseppe, dejando el informe perfectamente alineado sobre la mesa.
Enzo abrió el informe por la primera página, Alessandro se movió de la ventana y Matteo dejó de mover la pierna.
—Perfecto. —Matteo soltó una risa seca—. Una organización rusa infiltrada en Sicilia, una guerra llamando a la puerta y una Ferrara instalada bajo nuestro techo. La semana promete ser encantadora.
—Hablando de la Ferrara —intervino Alessandro, cruzándose de brazos—, ¿podemos confiar en ella?
—Todavía no —admitió al fin.
Matteo asintió, satisfecho con la respuesta.
—Bien. Habría empezado a preocuparme si respondías otra cosa.
—Pero conoce las reglas —añadió Giuseppe—. Y si decide ignorarlas, se las recordaré antes de que su orgullo nos cueste otra vida.
Alessandro inclinó la cabeza.
—¿Por qué teme por Isabella?
Giuseppe apoyó los codos sobre el escritorio. Recordó a Gabriella frente al Consejo, desafiando a su padre sin bajar la mirada y la forma en que aquella mañana había pronunciado el nombre de Isabella.
—Porque protegerá a los suyos, aunque el precio la destruya.
Enzo observó a Giuseppe desde el otro extremo de la habitación.
—Exactamente igual que tú —señaló.
Matteo bajó la mirada. Alessandro siguió observándolo y Giuseppe hizo girar una vez el anillo de su abuelo antes de continuar.
—Quiero una auditoría completa —ordenó, deslizando el informe hacia Enzo—. Rutas marítimas, personal externo, comunicaciones, movimientos financieros, contactos políticos y soldados.
—¿También los nuestros? —preguntó Alessandro.
—Sobre todo los nuestros.
Nadie respondió. Revisar a los propios hombres significaba admitir que el enemigo podía llevar meses sentado cerca de ellos.
Matteo fue quien volvió a hablar.
—Queda otra cuestión.
—¿Cuál?
—Pio.
El nombre le provocó una molestia inmediata. Matteo intercambió una mirada rápida con Alessandro.
—La forma en que vigila cada uno de sus movimientos. Y la confianza con la que ella acepta que lo haga.
Giuseppe recordó a Pio entrando en la habitación de Gabriella sin anunciarse y la naturalidad con que ambos compartían silencios. Aquella confianza no pertenecía a la seguridad de Palermo y, por tanto, tampoco podía controlarla.
Enzo cerró la carpeta.
—No encaja con el perfil de un simple escolta. Lleva años junto a los Ferrara, sí, pero su posición con Gabriella es diferente.
Pio funcionaba como una frontera alrededor de ella. Conocía sus rutinas, anticipaba sus decisiones y podía contradecir una orden Ricci si consideraba que la ponía en peligro.
Giuseppe apoyó una mano sobre el escritorio y alineó con el pulgar el borde de la carpeta. Desde que Gabriella había cruzado el umbral, él respondía por su seguridad ante el Consejo. No podía aceptar que la persona con mejor acceso a ella obedeciera únicamente a Trapani.
Lo inquietaba no saber qué haría Pio si una orden de Palermo entraba en conflicto con la seguridad de ella.
—Quiero saber todo sobre él —pidió Giuseppe. La voz descendió lo suficiente para borrar cualquier posibilidad de broma.
Enzo levantó la vista.
—¿Qué parte de él necesitas entender?
—A quién obedecerá cuando Adriano, el Consejo y Gabriella le den órdenes distintas.
Matteo dejó de sonreír. Alessandro abandonó la ventana y Enzo tardó un segundo en responder. Giuseppe advirtió la demora.
—También quiero saber por qué entra donde otros se detienen, qué autoridad le concedió Adriano y hasta dónde llegará si considera que alguno de nosotros pone en riesgo a Gabriella.
Matteo apoyó los codos en las rodillas.
—Entonces ya es un problema —concluyó, entrelazando las manos.
Giuseppe le dirigió una mirada breve.
—Por eso quiero el informe sobre mi escritorio lo más pronto posible.
—Lo tendrás —respondió Enzo.
Alessandro regresó a la ventana y Matteo volvió a mover la pierna. La reunión continuó toda la mañana.
***
La noche cayó sobre la villa. Desde los jardines llegaban humedad, sal y el murmullo del viento entre los cipreses. Gabriella llevaba horas dando vueltas entre las sábanas. El cansancio le pesaba en los músculos, pero no conseguía dormir.
Se incorporó y caminó descalza hasta el ventanal. El frío del suelo le despejó la cabeza. Abajo, los jardines parecían tranquilos, aunque dos guardias acababan de cambiar de posición junto al muro.
Al pasar media hora percibió un nuevo movimiento.
Dos hombres avanzaban desde uno de los laterales de la propiedad.
Caminaban con paso firme, arrastrando entre ambos a un tercero cuya resistencia parecía haberse agotado mucho antes de llegar allí.
La cabeza le colgaba sobre el pecho. La camisa, manchada de sangre, se adhería al cuerpo como una segunda piel.
Cada pocos pasos, sus zapatos raspaban la grava dejando marcas irregulares sobre el suelo.
Gabriella permaneció quieta. Nadie gritaba ni apresuraba el paso; los hombres actuaban como si aquella escena formara parte de la rutina de la casa.
El jardín recuperó su silencio, el viento volvió a mover las copas de los árboles, una fuente dejó escapar el murmullo constante del agua y ella siguió observando, con la mano apoyada sobre el cristal frío.
Contó los segundos sin proponérselo. Al llegar a sesenta, un único disparo atravesó la noche.
Ninguna ventana se iluminó y ningún guardia apareció corriendo. Villa Ricci continuó con su rutina.
Aquello le bastó. En Trapani también había sótanos, habitaciones de las que algunos hombres no regresaban y decisiones que jamás llegaban a los periódicos.
En villa Ricci, sin embargo, la ejecución había seguido el mismo orden que un cambio de guardia.
Los Ricci administraban la violencia con horarios, hombres y protocolos.
Escuchó la voz detrás de ella antes de oír los pasos.
—Sigues despierta —observó Giuseppe desde la puerta.
Gabriella giró el rostro, él estaba apoyado contra el marco de la puerta, con la camisa negra abierta en el cuello y las mangas remangadas. La luz del pasillo marcaba el cansancio bajo sus ojos.
—Tú también —respondió, sin apartar la mano del cristal.
Giuseppe avanzó unos pasos y dirigió una mirada hacia el jardín.
—Has visto algo que preferíamos mantener lejos de las ventanas de los invitados.
Gabriella volvió a mirar la oscuridad tras el cristal.
—Hace horas que dejé de ser una invitada. Y aún no me acostumbro a que decidas qué puertas puedo abrir y por cual ventana puedo ver.
—Aquí no escondemos lo que somos —aclaró él, ajustándose el reloj de la muñeca derecha—. Evitamos convertirlo en espectáculo. Y también evitamos que alguien abra una puerta que no sabrá cerrar después.
Gabriella no apartó los ojos de él.
—Lo he notado. En esta casa todo tiene llave, dueño y precio.
Durante unos instantes ninguno habló. Ambos conocían habitaciones como aquella y sabían qué ocurría cuando una familia convertía una muerte en procedimiento.
Giuseppe observó el perfil de Gabriella recortado contra la ventana. Ella no apartó la vista del jardín ni preguntó quién era el muerto. No necesitaba una explicación sobre decisiones que también se tomaban en Trapani.
Ella percibió aquella mirada. él resultaba peligroso por su inteligencia, por el poder que heredaría y por la disciplina con la que convertía cada decisión en una orden. Lo inquietante era la facilidad con que una orden destinada a proteger podía terminar cerrándole el paso.
El viento movió las cortinas y llevó hasta ella el olor de la noche, mezclado con el whisky, el tabaco y la madera cítrica de Giuseppe. Estaba lo bastante cerca para que Gabriella tuviera que decidir si apartarse.
No lo hizo. La posibilidad de que él lo advirtiera la irritó más que la distancia entre ambos.
—Vuelve a la cama.
—Deberías probar a hablar sin ordenar.
—No confundas mi tono con una sugerencia, Gabriella —respondió, más bajo.
Ella apretó los labios, porque la forma en que él decía su nombre seguía sonando demasiado parecida a una frontera.
—Y tú no confundas el cansancio con obediencia —replicó ella, apartándose del ventanal.
Giuseppe dio un paso y bajó la voz.
—No necesito que obedezcas de buena gana. Necesito que sigas viva cuando amanezca. Si para conseguirlo tengo que cerrar una puerta, la cerraré.
—Supongo que mi muerte sería un inconveniente para Palermo.
—Sería un inconveniente para cualquiera que crea que puede tocarte bajo mi techo.
Una sombra breve cruzó la boca de Giuseppe. Esta vez sí estuvo más cerca de una sonrisa, pero no tuvo nada de suave.
Permanecieron frente al ventanal unos segundos más. Giuseppe vigilaba el jardín y Gabriella observaba de reojo la tensión de su mandíbula, consciente de que su atención regresaba a ella incluso cuando buscaba amenazas fuera.