CAPÍTULO 12
La cicatriz
Después del desayuno, Gabriella regresó a la habitación que le habían asignado.
Las cajas de Trapani ocupaban parte del espacio; su ropa ya colgaba en los armarios y algunos libros descansaban sobre una cómoda de madera.
Aun así, la estancia seguía oliendo a cera, a sábanas recién cambiadas y a una casa en la que todavía medía cada paso.
Se acercó al ventanal. bajo la luz de la mañana distinguió el puerto, las cúpulas de las iglesias y los tejados donde el sol empezaba a borrar la humedad.
Apoyó una mano contra el cristal frío y tomó el teléfono.
No tuvo que buscar el número; lo conocía de memoria.
El tono sonó un par de veces antes de que la voz de Isabella atravesara la línea.
—¿Gabi?
La voz de su hermana llenó la habitación y Gabriella cerró los ojos. Durante un segundo quedaron lejos Palermo, la boda, el Consejo y Giuseppe Ricci.
—Hola, mi cielo.
—¡Por fin! —La sonrisa apareció primero al otro lado de la llamada; Gabriella casi pudo escucharla—.
Llevo intentando localizarte desde anoche.
Papá dijo que estabas ocupada y, cuando papá asegura que todo está bajo control, suele significar que algo horrible está ocurriendo y nadie piensa explicarme nada.
Gabriella soltó una pequeña risa mientras caminaba despacio por la habitación.
—Veo que la universidad está dando resultados.
—Estudio Derecho. Me entrenan profesionales para desconfiar de todo el mundo.
—Eso explica muchas cosas.
—Habla la mujer que sospecha hasta de las plantas —replicó Isabella, con una risa ligera.
La ocurrencia le arrancó una risa breve. Gabriella siguió caminando y notó que los hombros se le aflojaban un poco.
Durante unos minutos hablaron de la universidad, de profesores insoportables, de exámenes difíciles y de la compañera con la que Isabella compartía el apartamento en Roma, una muchacha que seguía cocinando pasta como si quisiera vengarse de Italia entera.
Gabriella escuchaba más de lo que hablaba.
Se detenía en la risa de Isabella, en el ruido de una taza al otro lado y en las quejas sobre una vida universitaria que todavía transcurría lejos de Sicilia.
Cada detalle reforzaba la promesa que había hecho mientras Giorgio moría frente a aquella pantalla.
—¿Dónde estás?
La pregunta llegó con suavidad, aunque Gabriella reconoció la curiosidad detrás de ella. Se volvió hacia la ventana.
—Fuera, por trabajo.
—Eso no me tranquiliza en absoluto, Gabi.
—No pretendía hacerlo.
—¿Es trabajo Ferrara? —insistió Isabella, bajando un poco la voz.
Gabriella apoyó la cadera contra el alféizar.
—Sí.
Isabella guardó silencio unos segundos. Gabriella caminó hasta el otro extremo de la habitación; la respuesta preparada empezaba a sonar falsa incluso antes de pronunciarla.
Mentirle siempre había sido difícil, porque Isabella escuchaba las pausas con tanta atención como las palabras.
—Estoy bien.
Las palabras le salieron con una naturalidad ensayada.
—¿De verdad?
Gabriella tragó saliva y desvió la vista hacia el puerto. Aquella pregunta le exigía una respuesta que no podía darle.
—Sí.
Ninguna insistió. Isabella conocía demasiado bien a su familia para ignorar todo lo que cabía detrás de una respuesta tan breve.
—¿Y Roma? —preguntó Gabriella, y la maniobra de distracción funcionó.
Isabella comenzó a hablar de inmediato sobre sus compañeros extranjeros, las tendencias de moda, sus cantantes favoritos y las cafeterías absurdamente caras donde seguía gastando más dinero del que Gabriella consideraba razonable.
Ella la escuchó mientras seguía observando los jardines de la villa. Abajo, algunos hombres cruzaban los senderos; más allá, la ciudad seguía adelante con su indiferencia habitual.
Isabella habló un poco más antes de hacer la pregunta que Gabriella llevaba evitando desde el comienzo de la llamada.
—¿Cuándo vuelves?
El pecho se le tensó.
—Pronto.
—Eso no significa nada y lo sabes —protestó Isabella.
—Significa que iremos a comer a ese restaurante ridículamente costoso que tanto te gusta.
—¿El que tiene las vistas de toda la ciudad?
—Ese mismo.
—¿Solo nosotras? —preguntó, con una esperanza que Gabriella reconoció de inmediato.
Gabriella observó el horizonte unos segundos antes de responder.
—Solo nosotras.
—¿Sin papá?
—Sin papá.
—¿Y sin escoltas?
La pregunta consiguió arrancarle una sonrisa.
—No exageres, Isa.
—¿Sí habrá escoltas?
—Siempre hay escoltas.
—Entonces, tú, Pio y yo.
—De acuerdo.
La risa de Isabella volvió a llenar la habitación. Gabriella cerró los ojos y la escuchó hasta el final antes de responder, intentando retener aquel sonido.
—Te extraño —confesó Isabella.
La sencillez de la confesión la dejó unos segundos sin respuesta. Gabriella apoyó la mano sobre el cristal frío.
—Yo también te extraño.
Guardaron silencio. Al otro lado de la línea, Isabella respiraba con calma y Gabriella no quiso apresurarla.
—Todo está cambiando, ¿verdad? —preguntó al cabo de unos segundos.
Gabriella observó la ciudad y la casa enemiga que ahora funcionaba como prisión.
—Algunas cosas.
—No me gusta cuando respondes así —murmuró.
Gabriella cerró los ojos.
—Escúchame.
—Gabi...
—Escúchame —insistió, y la firmeza de su voz consiguió que Isabella guardara silencio—. Pase lo que pase, tú sigues adelante. Estudias, sales con tus amigos, te equivocas y te enamoras de alguien que yo seguro consideraré una pésima decisión.
La risa suave de Isabella apareció al otro lado.
—Eso reduce bastante las opciones —bromeó, y el alivio volvió a su voz.
—Es un riesgo que estoy dispuesta a asumir.
Después llegó un silencio más largo.
—Pero no te detengas —pidió Gabriella—. Sigue adelante. Y no permitas que nadie te obligue a mirar atrás.
—Siempre eres tú quien mira atrás —respondió su hermana con una suavidad que no hacía la frase menos cierta.
Gabriella apretó la mano contra el cristal, porque Isabella tenía razón. Desde la muerte de su madre había vigilado a sus hermanos, anticipado las discusiones de su padre y regresado una y otra vez a todo aquello de lo que intentaba mantenerlos a salvo.
Gabriella tardó en responder.
—Por eso quiero algo mejor para ti —admitió, apoyando la frente un instante contra el cristal.
Al otro lado llegó una respiración temblorosa. Ninguna mencionó a Giorgio ni preguntó qué estaba cambiando en Sicilia.
—Te quiero, Gabi.
Ella cerró los ojos.
—Yo te quiero más, Isa.
Cuando la llamada terminó, Gabriella permaneció inmóvil junto a la ventana. El teléfono seguía entre sus manos mientras contemplaba la ciudad extendiéndose bajo el sol de la mañana.
Por Isabella obedecería al Consejo, soportaría Palermo y caminaría hacia una boda que jamás había deseado. La promesa resultaba más fácil de aceptar mientras aún conservaba en el oído la risa de su hermana.
Estaba dejando el teléfono sobre la cómoda cuando reparó en el silencio del pasillo. No había oído pasos, pero supo que alguien estaba al otro lado de la puerta.
***
Giuseppe permanecía junto a la pared del pasillo. Había llegado con la intención de llamar, pero la voz de Gabriella lo detuvo antes de que levantara la mano. Ahora seguía allí, incómodo por haber escuchado más de lo que debía.
«Yo te quiero más, Isa».
Nunca le había oído hablar con aquella suavidad.
Durante años la había visto discutir con Capos, desafiar acuerdos y enfrentarse a hombres que doblaban su edad. Con Isabella hablaba más despacio, escuchaba hasta las quejas insignificantes y dejaba que la preocupación apareciera sin convertirla enseguida en una orden.
Giuseppe reconoció en ese tono la misma atención con la que él vigilaba a Matteo y Alessandro cuando creían que no los observaba. Su mano descendió de manera instintiva hasta el muslo derecho. El contacto con la cicatriz llegó antes que el recuerdo.
Agrigento regresó de golpe.
Recordaba el calor, el olor a grasa y polvo y esa calma falsa que siempre precedía a los disparos.
La reunión debía ser un intercambio de mercancía ilegal entre el proveedor y ellos.
En teoría, nada justificaba la cantidad de hombres armados que terminó rodeando aquella zona industrial a las afueras de Agrigento.
Sin embargo, los problemas entre Ferrara y Ricci llevaban demasiado tiempo acumulándose para que una negociación rutinaria siguiera siendo sencilla.
Recordó el asfalto agrietado bajo sus botas, los almacenes industriales levantándose contra el horizonte y el sonido distante de las gaviotas mezclándose con conversaciones tensas.
Los soldados fingían normalidad, sonreían, intercambiaban saludos y hablaban de negocios.
Cuando llegaron los primeros disparos, la cortesía desapareció en cuestión de segundos.
El estruendo rebotó contra las paredes de hormigón. Los cristales saltaron por los aires. Los gritos se mezclaron con órdenes contradictorias mientras soldados armados y Caporegime buscaban cubrirse entre vehículos y contenedores.
Giuseppe reaccionó por instinto. Localizó a sus hermanos, buscó cobertura y calculó la dirección de los disparos mientras avanzaba.
En medio del caos distinguió a Matteo avanzando demasiado deprisa, impulsado por esa combinación de valentía y estupidez que llevaba persiguiéndolo desde la adolescencia. Alessandro intentaba reorganizar posiciones mientras los disparos seguían cruzando el espacio abierto entre ambos grupos.
Entre los disparos vio a Gabriella Ferrara, mucho más joven, con el cabello castaño escapando de un recogido castigado por la humedad y el movimiento, el rostro cubierto por una fina capa de polvo y los ojos verdes encendidos por la determinación.
No se escondía ni esperaba instrucciones.
Luchaba y protegía a los suyos con la misma ferocidad que él habría exigido de sí mismo.
Sus miradas se cruzaron un instante. Ella apuntó con el arma hacia el lateral de Matteo y Giuseppe giró a tiempo para ver el peligro.
Matteo avanzó un paso de más y bastó para dejarlo expuesto. Él vio el peligro antes de que su hermano lo entendiera. Se movió sin pensar, impulsado por ese reflejo antiguo que siempre aparecía cuando la vida de uno de los suyos entraba en juego.
El impacto le atravesó el muslo un segundo después. La pierna cedió y el asfalto abrasador le golpeó la rodilla mientras la sangre empapaba la tela. Al levantar la vista, todavía encontró a Gabriella con el arma entre las manos.
En su lugar, Giuseppe también habría disparado para proteger a uno de sus hermanos y habría aceptado las consecuencias después. Aquella certeza resultó más difícil de olvidar que la herida.
Aquel día dejó de verla únicamente como una Ferrara. Había reconocido en ella la misma lealtad que lo empujaba a interponerse por Matteo o Alessandro, incluso cuando hacerlo significaba terminar herido.
El recuerdo se disipó poco a poco.
Giuseppe volvió a encontrarse en el pasillo de villa Ricci, frente a la puerta cerrada de Gabriella.
Al otro lado de los ventanales, Palermo seguía con su vida agitada. Desde el interior de la habitación llegó el ruido leve de un cajón al cerrarse.
Él retiró la mano de la cicatriz.