Bajo Juramento de Fuego – Libro 1 (Los Herederos de Sicilia) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Reglas de convivencia

Una hora después, cuando el sol comenzaba a elevarse sobre Palermo y la luz dorada se derramaba a través de los ventanales de la villa, una empleada llamó discretamente a la puerta para anunciar que el desayuno estaba servido.

Gabriella tardó unos minutos más en bajar. Había elegido ropa sencilla, completamente negra y se recogió el cabello en una coleta alta antes de bajar las escaleras. Aquella rutina le devolvió algo de control, aunque siguiera moviéndose por una casa y una vida que no le pertenecían.

El comedor principal ocupaba una de las alas antiguas de la villa y se abría al jardín por varias ventanas altas. Sobre la mesa de madera, el café, el pan, la fruta y los periódicos estaban dispuestos con una precisión que convertía el desayuno en otra reunión de los Ricci.

Don Marco ocupaba la cabecera con el periódico abierto y una taza de espresso a su lado.

El cabello completamente blanco endurecía un rostro marcado por los años, y su presencia bastaba para ordenar la mesa.

Giuseppe revisaba documentos sentado a su derecha.

Alessandro consultaba información en una tableta mientras bebía su cappuccino.

Matteo había terminado de desayunar y golpeaba distraídamente la mesa con los dedos, como si permanecer quieto durante demasiado tiempo atentara contra su salud.

Cuando Gabriella cruzó el umbral, las conversaciones se interrumpieron. Alessandro bajó la tableta, Matteo dejó quietos los dedos y Giuseppe levantó la vista de los documentos. Ninguno hizo comentarios, pero una Ferrara sentada a la mesa de los Ricci todavía exigía unos segundos de adaptación.

Don Marco levantó la vista por encima del periódico.

—Buenos días, Gabriella —la saludó, sin levantar del todo la voz, pero logrando que la mesa entera pareciera escucharlo.

—Buenos días, Don Marco —saludó ella, inclinando la cabeza un poco.

El gesto reconocía al Capo sin concederle más de lo necesario. Don Marco la observó unos segundos antes de señalar una silla cercana.

—Siéntate.

Gabriella ocupó su lugar mientras una empleada le servía café. El aroma intenso ascendió de la taza y ella se aferró al calor entre las manos, al sonido de los cubiertos y a la luz que entraba desde el jardín.

Durante unos segundos, aquello se pareció lo suficiente a un desayuno corriente para que olvidara con quién compartía la mesa.

—¿Has descansado? —preguntó Don Marco. Dobló una esquina del periódico mientras el vapor del café subía entre ambos como una cortesía frágil.

—He sobrevivido a la noche.

El Capo la observó por encima del periódico. El leve estrechamiento de sus ojos no llegó a convertirse en aprobación, pero tampoco en reproche.

—En esta casa, sobrevivir a la noche basta para sentarse a desayunar.

Matteo soltó una risa.

—Habla por ti. Yo duermo perfectamente —presumió, recostándose con una sonrisa despreocupada.

Don Marco apartó la vista del periódico.

—Tú dormirías durante un tiroteo y despertarías preguntando quién murió.

—Eso se llama talento —aseguró Matteo, y sus dedos reanudaron el golpeteo sobre la mesa.

—Eso se llama irresponsabilidad.

La respuesta provocó una sonrisa en Alessandro y una expresión resignada en Giuseppe.

Gabriella observó el intercambio con atención. No esperaba encontrar aquella clase de familiaridad en la mesa de los Ricci: Don Marco reprendía a Matteo sin suavidad, Alessandro escondía una sonrisa y Giuseppe fingía concentrarse en los documentos.

Matteo fue el primero en girarse hacia ella.

—Debo admitir que esperaba una entrada más dramática —comentó, ladeando la cabeza para estudiarla.

Gabriella dejó la taza sobre el plato.

—Y yo esperaba que Palermo ofreciera mejores secuestros —contraatacó, fulminándolo con una sonrisa irónica.

La carcajada de Matteo resonó por todo el comedor. Incluso Alessandro tuvo que ocultar su risa detrás del cappuccino.

—¿Ves? Me cae bien.

—Eso dice muy poco de tus criterios —replicó Giuseppe sin levantar la vista de los documentos, aunque su tono cortó la risa de la mesa antes de que pudiera crecer demasiado.

—Mis criterios son excelentes —protestó Matteo, llevándose una mano al pecho.

—Tus decisiones demuestran lo contrario —contestó Giuseppe, alineando el borde de la carpeta con la mesa.

—Qué bonito. Ya empiezas a sonar como un marido insoportable —soltó Matteo, incapaz de ocultar la diversión.

Gabriella tosió sobre el borde de la taza. Matteo sonrió, satisfecho con el resultado y Giuseppe cerró la carpeta con una lentitud que borró parte de la diversión de la mesa.

—Matteo —advirtió Giuseppe. Habló más bajo y su hermano dejó de sonreír.

El joven levantó ambas manos y se reclinó en la silla. Conocía lo bastante bien a su hermano para no añadir otro comentario.

—Haz el esfuerzo —añadió Giuseppe, sin apartar los ojos de él.

La conversación derivó hacia asuntos menores, aunque nadie parecía entregado por completo al desayuno. Giuseppe consultaba el reloj, Alessandro repasaba la agenda y Don Marco mantenía el periódico abierto sin pasar de página.

Giuseppe cerró los documentos y se puso de pie.

—Gabriella, ven conmigo —le indicó mientras se ajustaba el reloj de la muñeca derecha. El tono bastó para acabar con la ligereza que quedaba en la mesa.

Ella levantó una ceja.

—Eso ha sonado más a orden que a invitación —señaló ella, dejando la taza con cuidado.

—Porque no pretendía serlo —respondió él, sin molestarse en suavizar la orden.

—Qué detalle por tu parte aclararlo —murmuró, sin apresurarse a levantarse.

Matteo volvió a reír. Alessandro negó con la cabeza como quien presencia un accidente anunciado y Giuseppe apoyó ambas manos sobre la mesa durante un instante.

—Mi despacho. Ahora. No me obligues a repetirlo delante de mi familia —recalcó, y la mandíbula se le tensó al terminar.

Gabriella se reclinó sobre la silla, levantó la cabeza y lo miró; aquellos ojos azules seguían siendo igual de irritantes, tranquilos y seguros de sí mismos.

—¿Y qué ocurre si digo que no?

Giuseppe pareció considerar la respuesta durante unos segundos.

—Entonces perderemos el tiempo discutiendo algo que acabarás haciendo de todos modos. Las decisiones que afectan a tu seguridad no se negocian.

Gabriella abrió la boca para responder, pero Don Marco habló primero.

—Ve con él —le ordenó.

Gabriella no bajó la cabeza ante el patriarca. Solo después de unos segundos asintió.

—Como desee el Capo.

Don Marco recibió el desafío sin pestañear y señaló la puerta con un gesto breve. La resistencia de Gabriella no lo divirtió, pero tampoco pareció sorprenderlo.

Llegaron al despacho y ella entró sin esperar permiso. Giuseppe cerró la puerta detrás de ambos y el sonido seco de la cerradura la hizo mirar por encima del hombro.

Gabriella recorrió la estancia con la mirada. Los mapas marítimos, las carpetas abiertas, las fotografías familiares y los informes estaban colocados con la misma precisión que él imponía a todo cuanto dependía de su autoridad.

—Esperaba algo más espectacular —comentó, observando una maqueta antigua de uno de los puertos controlados por los Ricci mientras el olor a tabaco y café le llenaba los pulmones—. Si ibas a ejecutarme, al menos podrías haber preparado una entrada memorable.

—Si quisiera ejecutarte, no perdería tiempo organizando decorados —replicó detrás de ella, tan cerca que sintió la frase antes de permitirse girar—. Cerraría la puerta y nadie entraría hasta que yo lo permitiera.

Gabriella giró el rostro. Él se había quedado junto al escritorio, mirándola con aquella calma irritante que parecía formar parte de su ADN.

—Qué consideración.

—Intento ser eficiente.

—Eso explica muchas cosas.

Un destello fugaz cruzó los ojos de él antes de desaparecer. Gabriella empezó a sospechar que tenía sentido del humor y que se esforzaba por mantenerlo oculto. Se apoyó contra una de las estanterías y cruzó los brazos.

—¿Qué quieres? —preguntó, cruzándose de brazos mientras recorría las salidas con una mirada rápida.

Giuseppe dejó el bolígrafo sobre el escritorio y lo alineó con la carpeta antes de responder.

—Quiero dejar claras algunas cosas antes de que Matteo consiga provocar una guerra civil durante el desayuno de mañana.

—Es ambicioso por tu parte asumir que llegará vivo a mañana —replicó.

—Créeme, llevo años intentándolo —admitió, y el cansancio de la respuesta estuvo cerca del humor.

Gabriella sonrió antes de poder evitarlo. El gesto duró un instante, pero él lo vio.

Giuseppe no hizo ningún comentario. Caminó hasta el ventanal, desde allí se veía el puerto despertando, con los barcos saliendo entre las grúas y la luz extendiéndose sobre el agua.

—Escúchame bien, Gabriella —le advirtió. El pulgar dejó de girar el anillo de su abuelo y la manera en que pronunció su nombre no dejó espacio para bromas.

—Te escucho.

Giuseppe apoyó una mano sobre el marco de la ventana.

—No espero que confíes en mí.

—Qué alivio.

—Tampoco espero que esta situación te guste.

—Vas mejorando.

Sus ojos azules regresaron a ella.

—Pero necesito que entiendas algo.

El cambio de tono hizo que Gabriella guardara la respuesta irónica. Ya no hablaba el hombre que discutía con ella durante el desayuno, sino el Consigliere de Palermo.

—Durante los próximos días habrá reuniones, movimientos, desplazamientos y decisiones relacionadas con la amenaza que tenemos encima. Cualquier error puede convertirse en una oportunidad para nuestros enemigos y no voy a permitir que tu impulso sea la grieta por la que entren.

Gabriella lo miró con aplomo.

—Lo sé.

—¿Lo sabes de verdad o solo necesitas repetirlo para sentir que todavía decides algo?

—Lo sé mejor que nadie —replicó ella, tajante.

Las palabras salieron más bajas de lo que pretendía. Giuseppe dejó de mover el pulgar sobre el anillo y la observó durante unos segundos antes de continuar.

—Mientras estés aquí, tu seguridad también es mí responsabilidad. Saldrás con escolta, respetarás las rutas y permanecerás dentro de mi campo operativo, aunque cada una de esas condiciones te irrite lo suficiente para querer matarme.

Ella soltó una risa seca, breve y llena de filo.

—Qué rápido pasamos de «aquí eres libre» a «Palermo decide cuándo cruzas la puerta» —replicó, y la risa se le apagó antes de terminar la frase.

—Puedes llamarlo como quieras, porque no necesito que te parezca justo.

—Yo lo llamo control —respondió, conteniendo la rabia que le subía a la garganta.

Giuseppe sostuvo su mirada con una calma tan firme que resultó casi peor que una amenaza.

—Yo lo llamo mantenerte viva mientras estás demasiado ocupada odiándome para distinguir una orden de una advertencia.

—No soy una niña —le recordó, sin retroceder cuando él mantuvo la distancia entre ambos.

—Peor. Eres una mujer inteligente convencida de que la rabia puede detener una bala —la contraatacó, con la mandíbula tensa.

Ella dio un paso.

—Mi rabia ha detenido cosas peores —confesó. Sus dedos apretaron la tela del vestido antes de soltarlo.

—Y, aun así, aquí estás, bajo mi techo y con mis hombres en la puerta. La casa Ricci responderá por tu seguridad ante Sicilia y el enemigo está esperando que alguno de los dos cometa un error.

Gabriella avanzó otro paso.

—No necesito un guardián.

—Perfecto, porque tampoco tengo tiempo para serlo.

Ella abrió la boca y volvió a cerrarla, irritada por no encontrar una réplica inmediata.

—Lo que sí necesito —continuó él— es saber que entiendes las consecuencias de cualquier movimiento impulsivo. Porque si tropiezas, Gabriella, no caerás sola.

Ella soltó una exhalación cargada de cansancio.

—Estoy aquí porque si fracaso, Isabella paga el precio.

El nombre de su hermana los dejó en silencio. Desde la reunión del Consejo, cualquier decisión terminaba regresando a ella.

Giuseppe bajó la vista durante un segundo.

—Y yo estoy aquí porque Matteo y Alessandro pagarían el mío. Por eso no permitiré que tú, Pio o tu orgullo decidan cuándo se arriesga esta casa —recalcó, haciendo girar una sola vez el anillo antes de dejarlo quieto.

Gabriella volvió la mirada hacia el puerto. Los barcos avanzaban sobre el agua y las campanas de una iglesia atravesaban los tejados de la ciudad. Palermo seguía con su mañana mientras ellos discutían quién podía permitirse perder a su familia.

—Qué desastre —admitió ella. Soltó una exhalación que estuvo cerca de convertirse en una risa obstinada.

Giuseppe sonrió de verdad por primera vez desde que ella había entrado. Fue un gesto pequeño y cansado que suavizó durante un instante la tensión de su rostro.

—Sí —admitió, negando despacio—. Es un desastre. Y aun así voy a mantenerlo bajo control mientras respire.

Durante unos segundos ninguno habló. Gabriella seguía teniendo demasiadas razones para odiarlo, pero acababan de reconocer que ambos estaban allí por la misma clase de miedo.