CAPÍTULO 10 #2
Abrió la pequeña cerradura y levantó la tapa.
Sobre un paño de terciopelo azul oscuro descansaba el reloj de Giorgio.
Reconoció la correa de cuero gastada, el cristal rayado en un borde y la marca junto a la esfera que él había conseguido durante una pelea absurda en el puerto, una noche en que regresó a casa con una sonrisa rota y la promesa de que «había ganado, más o menos».
Gabriella intentó respirar, pero el aire le entró a tirones y le dejó un dolor sordo bajo las costillas.
—Giorgio nunca se quitaba este reloj —murmuró.
Pio bajó la mirada hacia el reloj. Su expresión cambió y sus dedos se le cerraron junto al costado.
—Carlo lo guardó desde el funeral.
Gabriella rozó el metal con la yema de los dedos y volvió a ver a Giorgio apoyado contra la puerta de su habitación, golpeando dos veces la esfera para apurarla porque llegaban tarde a una reunión, una comida familiar o alguna imprudencia que él había decidido cometer antes de que nadie pudiera detenerlo.
La emoción le subió a la garganta de golpe, inesperada y cruel.
—Maldito seas, Carlo —susurró, aunque la voz se le quebró antes de parecer una acusación.
Pio la observó en silencio. La caja no guardaba solo un recuerdo de Giorgio, sino la forma discreta en que Carlo había cuidado siempre de los hijos de su hermano. No estaba en Palermo, pero había encontrado la manera de acompañar a Gabriella dentro de la casa enemiga sin pedirle nada a cambio.
El cabello castaño oscuro, deshecho después de la noche, le caía alrededor del rostro. Se negó a llorar bajo el techo de los Ricci y delante de los hombres de su padre, pero durante unos segundos cerró los ojos y permitió que Giorgio ocupara todo el espacio.
El Caporegime inclinó la cabeza y regresó al vehículo. Los motores volvieron a rugir, las puertas se cerraron y los coches iniciaron el descenso por la carretera privada mientras la luz del amanecer guiaba su camino.
***
Después de que los vehículos de Trapani abandonaran la villa, Gabriella regresó a la habitación sin intención de dormir.
Permaneció junto al ventanal mientras el amanecer terminaba de extenderse sobre Palermo, con el reloj de Giorgio todavía cerrado entre las manos y los pensamientos regresando al templo, al Consejo y a la mirada de su padre.
Cuando la luz alcanzó los tejados de la ciudad, dejó de fingir que iba a descansar en una casa donde los pasos contenidos y las radios en voz baja le recordaban a cada momento que estaba vigilada.
La habitación olía a madera encerada, sábanas limpias y lavanda.
Era hermosa y ajena. Ninguna puerta parecía cerrada, pero Gabriella sabía que cruzarla sin permiso podía poner a Isabella en peligro, una forma de encierro mucho más eficaz que cualquier llave.
Recorrió los muebles antiguos, las cortinas pesadas y la extensión de mármol entre la cama y la puerta sin encontrar un solo objeto que hubiera elegido ella.
Se acercó descalza al ventanal y apartó la cortina. En el cristal encontró una versión cansada de sí misma, con el cabello castaño cayéndole en ondas desordenadas sobre los hombros y los ojos verde todavía firmes. La villa ya estaba despierta.
Abajo, los hombres entrenaban, las órdenes cruzaban el patio y la casa cumplía su rutina con una normalidad que a ella le resultó ofensiva. Todo seguía funcionando después de que su vida hubiera cambiado durante la noche.
Un golpe discreto sonó en la puerta.
Pio entró unos segundos después con una camiseta oscura y pantalones de entrenamiento. El cabello aún estaba húmedo y sus ojos recorrieron la estancia como hacía siempre cuando necesitaba comprobar primero las amenazas y después el daño que ella intentaba esconder.
La observó a ella y no tardó ni un segundo en comprenderlo.
—No has dormido.
Gabriella desvió la mirada hacia los jardines.
—Tú tampoco.
Pio cerró la puerta a su espalda.
—No me pagan para dormir cuando tú no puedes hacerlo.
La respuesta le arrancó una sonrisa cansada, breve y torcida, la clase de gesto con el que Gabriella solía ocultar que algo le dolía demasiado.
Pio se acercó a la ventana y durante unos segundos permanecieron en silencio. El mar brillaba a lo lejos y las campanas de una iglesia sonaron entre los tejados.
La distancia de Trapani le dejó un vacío en el pecho y la ansiedad comenzó a cerrarle la garganta. Era como sentir un tsunami crecer en su interior y, la desesperación de saber qué no podía salir corriendo, la volvía loca.
—Sácame de aquí —pidió, y quebró por un instante la firmeza de su voz.
Pio giró la cabeza y no pareció sorprendido. Quizá porque llevaba horas esperando escuchar esas palabras.
Ella vio cómo sus hombros se endurecían ligeramente y, durante un instante peligroso, imaginó que aceptaría; que organizaría una ruta, tomarían un coche y abandonarían Palermo antes de que los Ricci terminaran el desayuno.
Conocía a Pio lo suficiente para saber que era capaz de hacerlo.
Precisamente por eso la realidad resultó más dolorosa.
—Isabella.
Solo necesitó pronunciar un nombre. Gabriella imaginó Roma, la universidad, los mensajes absurdos, las fotografías de cafés demasiado caros y la vida normal que ambas fingían conservar.
Cerró los ojos.
—Lo sé —admitió Gabriella, y la voz apenas llegó a sostenerse.
Pio permaneció junto a ella observando la ciudad varios minutos. El silencio entre ambos nunca resultaba incómodo; habían compartido demasiados años para necesitar explicaciones constantes.
—No me gusta este lugar —admitió, sin mirarla, como si temiera que su preocupación se volviera demasiado visible.
Ella soltó una exhalación cargada de cansancio.
—Eso te convierte en la segunda persona más sincera de esta casa.
Pio la observó de reojo.
—¿La primera eres tú?
—La primera es el perro que me gruñó anoche en el jardín.
La réplica estuvo peligrosamente cerca de provocarle una sonrisa.
—Sigo sin confiar en ellos.
La ligereza desapareció tan rápido como había llegado. Gabriella apoyó la frente contra el cristal y el frío le resultó agradable.
—Yo tampoco.
Y era verdad, al menos en parte. Confiar en los Ricci habría sido una estupidez, pero desde la noche anterior la incomodaba otra certeza.
Giuseppe convertía cada peligro en una orden y cada orden en un límite.
Su calma, su necesidad de control y la forma en que hablaba de proteger sonaban demasiado cerca de reclamar territorio.
Ella observó el horizonte mientras el sol terminaba de elevarse sobre la ciudad.
—Lo preocupante es que sé exactamente qué hará.
Pio frunció el ceño.
—¿Y qué hará?
—Protegerlo todo —soltó, antes de poder contener la respuesta—. La villa, la alianza, Palermo... incluso a mí, si decide que formo parte del peligro que debe controlar.