CAPÍTULO 10
Lo que Trapani dejó atrás
Gabriella distinguió a los gemelos Ricci junto a la escalera. La luz tibia alargaba sus sombras sobre el mármol y alcanzaba los retratos familiares que cubrían las paredes.
Matteo y Alessandro la observaban desde el centro de aquella herencia con una cautela parecida a la suya.
Se conocían de negociaciones tensas, reuniones impuestas por el Consejo, funerales donde nadie sonreía y enfrentamientos nacidos cuando los intereses de Palermo y Trapani chocaban con demasiada violencia.
Matteo conservaba la energía inquieta y la intensidad difícil de ocultar de quien prefería resolver los problemas con los puños antes de comprobar si aún quedaba espacio para las palabras.
Alessandro representaba el extremo opuesto. Su elegancia discreta seguía siendo engañosa, porque observaba más de lo que hablaba y esperaba el momento adecuado antes de actuar. Gabriella siempre lo había considerado el más difícil de anticipar.
Matteo fue el primero en romper el silencio.
—Nunca imaginé verte cruzar esa puerta sin apuntar a alguien.
Gabriella recorrió el vestíbulo con la mirada antes de volver a él.
—Dame tiempo. Acabo de llegar.
La respuesta arrancó una sonrisa breve a Alessandro y una carcajada seca a Matteo.
—Sigues siendo un problema, Ferrara.
—Y tú sigues corriendo antes de pensar.
Matteo arqueó una ceja.
—¿Todavía hablamos de Agrigento?
—Tu rodilla parece recordarlo mejor que tú.
—Fue un rasguño.
—Claro —ironizó la joven, con una media sonrisa en sus labios.
La discusión habría continuado si Alessandro no hubiera intervenido con una calma que parecía heredada de otra época.
—Los dos recuerdan solo la parte que les conviene.
El comentario alivió parte de la tensión y, durante un instante, Gabriella vio a tres hermanos discutiendo en lugar de a miembros de una de las familias más peligrosas de Sicilia.
Giuseppe hizo girar una vez el anillo de su abuelo antes de poner fin al momento con una sola palabra, sin necesidad de alzar la voz.
—Lo dejamos para mañana.
Matteo apretó la mandíbula y Alessandro desvió la mirada. Ambos obedecieron, habituados a reconocer el límite exacto que Giuseppe imponía incluso a las bromas.
Ella registró el detalle mientras avanzaban por la villa. Dentro de aquellas paredes, Giuseppe no actuaba solo como heredero de Palermo, sino también como el Consigliere al que sus hermanos obedecían cuando una situación exigía orden.
El corredor estaba cubierto de fotografías antiguas, mapas marítimos y cuadros de puertos sicilianos de otro siglo.
Palermo aparecía en sus mercados, iglesias, muelles y barcos, presente dentro de la casa como un recordatorio constante del territorio que los Ricci protegían.
Al final del pasillo, Giuseppe abrió una puerta doble.
—Pasa —indicó, sin mirar atrás para comprobar si ella obedecía.
Gabriella cruzó el umbral y reconoció a Giuseppe en cada detalle del despacho.
La mesa de nogal ocupaba el espacio frente a los ventanales y el aroma a tabaco, cítrico, madera envejecida y papel antiguo impregnaba el ambiente.
Las estanterías cubrían varias paredes con documentos, mapas y algunas armas históricas cuidadosamente conservadas.
Nada estaba apenas ordenado; cada objeto ocupaba el lugar que él había decidido, desde las carpetas alineadas hasta el bolígrafo paralelo al borde de la mesa.
Aquel control minucioso no suavizaba al hombre violento que había detrás. Era la forma en que lo mantenía sujeto.
—Mientras estés aquí, no serás una prisionera.
Gabriella soltó una pequeña risa cargada de cansancio.
—Eso dependerá de lo que entiendas por libertad.
Los ojos azules de Giuseppe se encontraron con los suyos. Durante unos segundos, el silencio se instaló entre ambos mientras las luces de Palermo ardían al otro lado de los cristales.
—Las reglas del Consejo existen por una razón —puntualizó Giuseppe—. Y bajo este techo se cumplen antes de discutirse.
—También las cadenas tienen una razón.
El comentario tensó su mandíbula.
—Eso es lo que somos ahora —admitió él—. Una alianza impuesta para impedir que Sicilia se desangre. La sostendré, aunque los dos detestemos lo que exige.
Gabriella avanzó por el despacho y rozó con los dedos el respaldo de una silla antes de mirar la ciudad a través de los ventanales. Palermo se extendía al otro lado, territorio Ricci y alojamiento impuesto durante los días que faltaban para la ceremonia.
—¿Y si uno de los dos se niega a sostenerla?
—Palermo paga si fallo yo —precisó—. Trapani paga si fallas tú. Mientras estés bajo este techo, no permitiré que una decisión impulsiva tuya ponga en riesgo mi territorio.
Las palabras devolvieron a la habitación el peso del templo. La alianza no trataba solo de ellos, sino de Palermo, Trapani y las familias que dependían de una decisión que ninguno había tomado.
Gabriella giró hacia él.
—Esto no es un matrimonio —sentenció—. Es una condena con ceremonia.
—Es un juramento de sangre para impedir una guerra —replicó Giuseppe—. Y si tengo que cerrarte el paso para sostenerlo, lo haré.
Ella observó durante unos segundos, al hombre que llevaba años odiando y después negó despacio.
—Sigue sonando terrible.
Una sombra fugaz cruzó el rostro de él, algo que estuvo muy cerca de convertirse en una sonrisa.
—En eso estamos de acuerdo —reconoció—. Pero que sea terrible no significa que podamos fallar.
Después de horas de resistencia, aquel acuerdo mínimo resultó más incómodo que otra discusión. Giuseppe también pareció advertirlo. Su expresión volvió a cerrarse, como si cualquier concordancia con Gabriella representara una pérdida de control que no estaba dispuesto a tolerar.
***
Antes del amanecer, varios vehículos aparecieron en la carretera de villa Ricci. Gabriella comprendió que Giuseppe había autorizado el traslado después de decidir qué parte de Trapani podía entrar en su casa y bajo qué condiciones.
Gabriella llevaba varios minutos despierta. Dormir había resultado imposible en la habitación asignada por los Ricci. El olor a madera antigua, las sábanas limpias, los pasos contenidos de la casa y la distancia emocional de Trapani apenas le habían permitido descansar.
Fue el sonido de los motores atravesando el portón principal lo que terminó por llevarla hasta la ventana.
Observó los tres vehículos negros avanzar por el camino de grava mientras la villa despertaba lentamente a su alrededor.
Los faros cortaban la penumbra del jardín y arrancaban destellos plateados de los cipreses y de las esculturas que custodiaban la entrada principal.
Minutos después descendió hasta el vestíbulo. El mármol conservaba aún el frescor de la noche y el enorme espacio central permanecía envuelto en una calma extraña, como si la propia villa estuviera observando.
Los hombres de Adriano Ferrara comenzaron a entrar uno tras otro.
Gabriella conocía a la mayoría desde hacía años.
Algunos habían trabajado junto a Giorgio; otros habían formado parte de la seguridad de su madre.
Verlos atravesar las puertas de villa Ricci le devolvió por un instante la sensación de estar cerca de casa.
Las cajas cruzaron el vestíbulo con la ropa, la documentación, los objetos personales, los archivos y las armas autorizadas por el Consejo. Lo que hasta hacía pocos días ocupaba una habitación en el palazzo Ferrara comenzaba a instalarse bajo el techo de los Ricci.
Los hombres trabajaban en silencio. No observaban los retratos ni comentaban nada sobre la casa; cumplían órdenes, aunque la tensión bajo aquella disciplina revelaba que comprendían el verdadero motivo del traslado de la heredera de Trapani.
Pio apareció junto a la escalinata principal y supervisó cada movimiento con la misma atención con la que habría vigilado un contrabando de armas. Los hombres lo saludaban con pequeños gestos de cabeza y continuaban trabajando. No necesitaban intercambiar palabras; se conocían demasiado bien.
La luz del amanecer comenzaba a filtrarse por los grandes ventanales cuando la última de las cajas cruzó el vestíbulo. El mármol reflejaba tonos dorados y el silencio regresaba poco a poco a la villa.
Uno de los hombres se acercó a Pio. Era un Caporegime de confianza de Adriano Ferrara y llevaba más de veinte años trabajando para la familia.
—Está todo, Pio.
—¿Don Adriano dijo algo?
El Caporegime giró la cabeza hacia Gabriella y durante un instante pareció buscar las palabras adecuadas.
—Dijo que Trapani sigue siendo su casa, esté donde esté.
Antes de retirarse, el Caporegime regresó a uno de los vehículos y volvió con una caja pequeña entre las manos. Era de madera oscura, pulida por el uso, con las esquinas gastadas y una cerradura diminuta que parecía pertenecer a otra época.
—Esto no figuraba en el inventario —murmuró el hombre—. El Consigliere pidió que se lo entregáramos en persona.
Escuchar de su tío le provocó una punzada de nostalgia.
Carlo siempre había sabido cuidar de ellos sin invadir, aparecer cuando Adriano convertía el afecto en una orden y guardar los pequeños objetos que la familia no podía mirar todavía.
Ella recibió la caja con ambas manos y notó su poco peso, aunque la forma en que el veterano se la entregó le advirtió que contenía algo importante.
Sobre la tapa descansaba un sobre blanco, sin sello, con su nombre escrito en una caligrafía sobria y antigua que reconoció de inmediato.
Gabriella lo abrió despacio.
Giorgio habría querido que lo tuvieras.
C.
Durante unos segundos, Gabriella no pudo moverse. La nota de Carlo, breve y austera como él atravesó la defensa que llevaba meses levantando alrededor del nombre de su hermano.
Pio se acercó un paso, pero no dijo nada.