CAPÍTULO 9
Territorio enemigo
El teléfono de Pio vibró en el interior del vehículo blindado de los Ferrara justo cuando avanzaban por una avenida escoltada por palmeras, fachadas antiguas y balcones de hierro que parecían vigilar la noche.
Pio consultó el mensaje cifrado de seguridad y cambió la ruta sin hacer comentarios.
Palermo comenzaba a desplegarse ante ellos con toda la elegancia insolente de una ciudad que había sobrevivido a imperios, invasiones y guerras sin perder jamás su talento para ocultar secretos.
Gabriella no necesitó preguntarle quién había enviado la dirección.
Reconoció el cambio en cuanto el automóvil dejó atrás las calles que conducían a los hoteles seguros y a las propiedades neutrales del Consejo.
Hasta ese momento solo sabía que permanecerían en Palermo; ahora comprendía que los llevaban a villa Ricci.
El automóvil avanzó en silencio mientras Palermo se abría a su alrededor.
Los escaparates todavía encendidos derramaban destellos sobre la carrocería negra; en algunas terrazas, la gente reía ajena a las guerras que gobernaban la isla desde las sombras y el aroma a café, salitre y piedra caliente se colaba de vez en cuando por la noche, tan cotidiano que resultaba casi cruel.
Afuera, la ciudad seguía viva, hermosa e indiferente, aunque aquella noche acabaran de decidir el futuro de dos de las familias más poderosas de Sicilia. Dentro del vehículo, el matrimonio impuesto por el Consejo ocupaba el silencio entre Gabriella y Pio.
—Tenemos que hablar de lo que ocurrió ahí abajo —dijo él al fin.
Gabriella apartó la vista de las luces.
—Lo sé. Pero no aquí.
No necesitaba preguntarle de qué. Desde que abandonaron el templo, ambos sabían que aquella conversación terminaría alcanzándolos.
Minutos después dejaron atrás el centro urbano y comenzaron a ascender por una carretera privada, flanqueada por muros de piedra antigua cubiertos parcialmente de hiedra.
Los cipreses se alzaban oscuros a ambos lados del camino, centinelas inmóviles bajo el viento marino y Palermo fue quedando atrás hasta convertirse en una constelación de luces doradas junto al mar.
Luego aparecieron los portones de hierro negro, altos e imponentes, coronados por el antiguo escudo de los Ricci. Las hojas se abrieron con una lentitud calculada y el vehículo continuó avanzando mientras Gabriella observaba el lugar sin permitirse pestañear.
La villa Ricci emergió poco a poco de la oscuridad. Llevaba generaciones dominando las colinas de Palermo y su sobriedad imponía más que cualquier ostentación.
Los muros de piedra clara recogían la iluminación exterior con un brillo tenue.
Los balcones de hierro forjado proyectaban sombras delicadas sobre la fachada y los ventanales se elevaban hacia los pisos superiores.
Toda la estructura parecía preparada para resistir el tiempo, las guerras, las traiciones e incluso los asedios que Sicilia pudiera arrojar contra ella.
A Gabriella se le cerró el estómago.
Aquella casa había visto morir a gente Ferrara. Allí se habían celebrado reuniones donde se decidieron ataques contra su familia. Desde aquellos salones, hombres con apellido Ricci habían firmado condenas, pactos y silencios que terminaron cubriendo de luto mesas enteras en Trapani.
—Tiene demasiados puntos ciegos aparentes —advirtió Pio, con la voz del escolta y la mirada del hombre entrenado para sobrevivir.
Gabriella siguió estudiando la fachada.
—Los que parecen evidentes suelen esconder algo más.
—Sigue sin gustarme que estés aquí.
Ella soltó una sonrisa amarga.
—Qué alivio. Pensé que empezabas a disfrutar de nuestras vacaciones en Palermo.
Pio no sonrió.
—Todavía puedo sacarte de aquí antes de que cierren los portones.
La propuesta quedó entre ellos con una facilidad peligrosa.
Durante un segundo, Gabriella quiso aceptar y ordenar a Pio que pisara el acelerador, dejando Palermo atrás antes de que la villa terminara de cerrarse sobre ella.
Sabía que él encontraría una ruta, una salida, un barco o un lugar donde esconderla durante el tiempo suficiente para que el Consejo convirtiera Sicilia en un infierno.
Entonces imaginó a Isabella en una cafetería de Roma, con la mochila sobre una silla y esa forma suya de fingir que todavía existía una vida sencilla esperándolas en alguna parte.
—No puedo —murmuró, y cerró los ojos.
Pio apretó la mandíbula.
—Gabriella.
Ella giró la cabeza hacia él, despacio.
—Si huyo, dejo a Isabella expuesta. No voy a hacerlo.
Pio guardó silencio, porque entendía y porque odiaba entender.
Gabriella abrió la puerta antes de permitirse pensar más; el aire nocturno de Palermo le golpeó el rostro, tibio y salado, cuando descendió del vehículo.
Frente a ella se alzaba villa Ricci, el corazón del territorio enemigo y por primera vez en su vida iba a cruzar sus puertas sin un arma en la mano.
La puerta principal se abrió antes de que nadie la alcanzara y Giuseppe Ricci apareció bajo la luz cálida del vestíbulo.
Durante un segundo, Gabriella comprendió por qué tantos hombres obedecían a aquel idiota sin que él necesitara levantar la voz.
Su autoridad estaba en la manera de ocupar el espacio.
Vestía de negro; la camisa abierta en el cuello dejaba al descubierto parte de la piel bronceada de su garganta y las mangas remangadas revelaban antebrazos marcados por años de entrenamiento y cicatrices antiguas.
La iluminación interior acentuaba los ángulos severos de su rostro y convertía sus ojos azules en algo todavía más frío. Gabriella sintió una punzada de irritación porque, incluso después del Consejo, incluso después de la sentencia, seguía pareciendo insoportablemente dueño de sí mismo.
Los ojos de Giuseppe descendieron primero sobre ella y luego sobre Pio. Los evaluó con una rapidez precisa, atento a la distancia entre ambos, a las manos del escolta y a la postura de Gabriella.
—Ferrara —la saludó, con la misma calma exasperante de siempre.
Gabriella levantó la cabeza y lo miró de arriba a abajo.
—Ricci.
La tensión apareció de inmediato, alimentada por décadas de historias que ninguno de los dos había vivido y que, aun así, ambos cargaban desde la infancia.
Pio se situó a su lado, ocupando parte del espacio entre ambos.
—Pio se queda conmigo. En todo momento.
Gabriella no lo formuló como una petición porque no pensaba pedir permiso.
Giuseppe observó al guardaespaldas durante varios segundos.
Pio miró a Giuseppe sin moverse un centímetro. Ambos estaban acostumbrados a medir riesgos y reconocieron en el otro la misma capacidad para la violencia.
Finalmente, Giuseppe asintió.
—Ya contaba con eso.
—No interferirá, mientras yo esté a salvo.
—Mi única responsabilidad es ella —intervino Pio.
El comentario provocó una reacción mínima en Giuseppe. Ajustó el reloj de la muñeca derecha una sola vez antes de responder. Gabriella sí vio el gesto y aquello le resultó curioso.
—Mientras respete las normas de esta casa, no tendremos problemas —añadió Giuseppe.
Pio dio un paso apenas perceptible.
—Mientras esas normas no pongan en riesgo su seguridad.
El silencio se tensó entre ellos. A través de las puertas abiertas llegaba el aroma del jardín nocturno, con jazmín, rosas y cipreses antiguos estremeciéndose bajo el viento que ascendía desde el mar.
—Entonces no habrá problemas.
Aquello sonó menos a bienvenida que a tregua temporal.
Gabriella cruzó el umbral sin responder y sintió de inmediato que no pertenecía allí.
El vestíbulo era enorme, construido en mármol, rodeado de columnas y presidido por una escalera monumental que ascendía hacia la galería superior. Cada elemento recordaba el poder antiguo de la familia.
La riqueza aparecía en la calidad del mármol, la madera oscura, los metales envejecidos y la amplitud de los espacios. Nada intentaba llamar la atención porque todo llevaba demasiado tiempo perteneciendo a los Ricci.
Las paredes estaban cubiertas por retratos familiares. Desde los marcos antiguos observaban generaciones de capos, soldados, consiglieres y patriarcas, unos con uniformes militares y otros con trajes impecables. Todos compartían la misma autoridad y la misma certeza de pertenecer a aquel lugar.
—¿Qué te parece? —preguntó Giuseppe desde algún punto detrás de ella, tan cerca que su voz pareció rozarle la nuca.
Gabriella continuó observando los retratos antes de recorrer lentamente el vestíbulo con la mirada.
—Que tu familia siente una devoción preocupante por sus propios retratos.
Por primera vez desde que la puerta se abrió, Matteo Ricci habría jurado que Giuseppe estuvo a punto de reír con ganas.
Fue entonces cuando Gabriella percibió que alguien la observaba. Un escalofrío le recorrió la espalda y levantó la vista.
Don Marco Ricci permanecía junto a la barandilla de hierro forjado, inmóvil, observándola desde la galería superior.
Durante un instante, Gabriella dejó de prestar atención al murmullo de los guardias, a Pio y hasta a Giuseppe.
Había escuchado hablar de Marco Ricci desde niña, en conversaciones que se interrumpían cuando los niños entraban, en reuniones familiares donde Palermo despertaba una mezcla incómoda de respeto y hostilidad.
Llevaba décadas gobernando la ciudad y había sobrevivido a guerras capaces de destruir a otros; incluso sus enemigos lo observaban con cautela.
Una mano descansaba sobre la barandilla de hierro.
Los dedos, manchados de nicotina, permanecían firmes pese a la leve rigidez con que Don Marco sostenía el costado, recuerdo de una antigua herida de bala.
No necesitaba bastón ni apoyo para dominar la galería.
Seguía allí, alto e imponente, observando el vestíbulo como si cada persona que cruzaba sus puertas tuviera que justificar primero su presencia.
La edad había dejado huellas visibles en su cuerpo.
El cabello completamente blanco endurecía un rostro tallado por décadas de violencia, y una tos seca pareció contenerse detrás de sus labios antes de desaparecer.
Los años le habían robado velocidad, pero no la autoridad con la que dominaba la galería.
Incluso deteriorado, Don Marco seguía imponiéndose sin esfuerzo.
Los ojos azul hielo descendieron hasta ella y Gabriella reconoció en ellos la misma precisión de Giuseppe, pero endurecida por los años. En el hijo aún había juventud, ambición y décadas de futuro; en Don Marco, demasiadas guerras, entierros y traiciones soportadas sin abandonar su posición.
Gabriella sintió una presión desagradable bajo las costillas. Estaba en su casa, bajo su techo, rodeada por sus hombres y en pleno corazón de Palermo.
Ninguno apartó la mirada y el silencio se extendió por el vestíbulo mientras el reloj antiguo situado junto a la escalera marcaba lentamente los segundos.
Don Marco la observó sin sonreír ni mostrar hostilidad. Cuando habló, su voz descendió desde la galería con la calma de quien estaba acostumbrado a ser obedecido.
—Bienvenida a Palermo, Gabriella Ferrara.
Escuchar su nombre completo en boca de Don Marco hizo más concreta su presencia dentro de territorio Ricci.
Don Marco la observó unos segundos más y después asintió. Un gesto pequeño y suficiente. Luego se alejó por la galería superior con la misma tranquilidad con la que había aparecido.
Gabriella permaneció de pie, mirando el lugar vacío donde él había estado. El aroma de la madera antigua, el cuero envejecido y el incienso impregnado en la villa pareció intensificarse a su alrededor.