Bajo Juramento de Fuego – Libro 1 (Los Herederos de Sicilia) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Siete días

El juramento aún resonaba en el templo cuando Gabriella entendió la trampa. Si ella o Giuseppe se negaban, sus familias sufrirían las consecuencias.

Había crecido sabiendo que la muerte siempre rondaba a las familias poderosas de Sicilia. Podían cambiar los nombres, los enemigos y las guerras, pero el peligro nunca cambiaba.

Y, esta vez, la amenaza no terminaba en ellos.

De inmediato, pensó en Isabella saliendo de su apartamento en Roma, con la mochila colgada del hombro, un par de libros contra el pecho y esos mensajes absurdos con los que intentaba convencerla de que todo iba bien.

Su hermana seguía esforzándose por construir una vida lejos de Sicilia, de las guerras y del peso del apellido Ferrara y ahora aquella vida también estaba en peligro.

Gabriella tragó saliva. El sabor ácido de la rabia se extendió por su boca mientras el corazón le golpeaba el pecho y la tensión se acumulaba en sus músculos.

Quiso arrancar aquellas leyes de las paredes, reducir el templo a cenizas y obligar a los hombres sentados alrededor de la mesa a contemplar las consecuencias humanas de las decisiones que tomaban con tanta facilidad.

Volvió a mirar a Giuseppe y encontró en la tensión de su cuerpo y en aquella quietud excesivamente controlada la reacción de un hermano que pensaba en Matteo, Alessandro e incluso Enzo. Él ajustó una vez el reloj de la muñeca derecha y dejó caer la mano.

Ninguno pronunció aquellos nombres, pero la preocupación por sus familias quedó entre ambos y desplazó, durante un instante, parte de la rabia de Gabriella.

El Custodio volvió a hablar y su voz grave alcanzó todos los rincones de la cámara.

—Hasta la ceremonia, ambos herederos permanecerán bajo vigilancia conjunta. Sin excepciones.

La orden provocó una reacción inmediata. Algunos intercambiaron miradas y otros permanecieron demasiado inmóviles, mientras Gabriella calculaba lo que significaban aquellos siete días bajo vigilancia, compartiendo espacio con Giuseppe Ricci y avanzando hacia una boda que ninguno había elegido.

Ella abrió la boca para negarse otra vez, pero la protesta murió antes de alcanzar sus labios. Ya comprendía la trampa. Rechazar la alianza pondría en peligro a alguien que amaba.

Al abandonar el templo, el aire de la noche le golpeó el rostro. Después de tantas horas entre piedra antigua, humedad y decisiones tomadas mucho antes de que ella naciera, Gabriella respiró con agrado el olor del mar, a flores frescas y del mirto que crecía entre las laderas.

El viento cargado de sal desde el Tirreno agitó algunos mechones de su cabello mientras Palermo brillaba a lo lejos bajo luces doradas.

Desde aquella altura, la ciudad parecía tranquila, ajena a la decisión que acababa de unir el destino de dos familias dentro de un templo enterrado bajo siglos de historia y sangre.

Pio ya la esperaba junto al vehículo blindado. La luz de los faros recortaba su figura contra la oscuridad y el viento agitaba la chaqueta negra abierta sobre la camisa. Gabriella sintió alivio al verlo allí.

Cuando ella llegó hasta el coche, no dijo nada. Tampoco él. Pio abrió la puerta y esperó a que ella subiera.

El interior olía a cuero, metal limpio y al leve rastro de tabaco que alguno de los escoltas había fumado horas antes. Un olor familiar. Uno de los pocos que todavía asociaba con algo parecido a la estabilidad.

La puerta se cerró con un sonido sordo y el exterior quedó reducido al reflejo de las antorchas sobre las ventanillas blindadas. Pio ocupó el asiento delantero y esperó unos segundos antes de arrancar, como hacía siempre cuando sabía que Gabriella necesitaba hablar.

—Nos quedamos en Palermo —le informó ella, aunque su voz sonó más cansada de lo que pretendía—. Todavía no han dicho dónde.

Pio no giró la cabeza, pero ella vio cómo los músculos de su cuello se tensaban ligeramente.

—¿Lo ha ordenado el Consejo?

—Sí.

El motor continuó apagado durante unos segundos más.

—¿Cuánto tiempo?

Gabriella observó las pocas estrellas que brillaban en el cielo, procesando aún lo que acababa de suceder.

—Siete días.

Pio arrancó el vehículo y el motor rugió suavemente mientras comenzaban a descender por la carretera que serpenteaba hacia la ciudad.

Las luces del puerto aparecieron a lo lejos entre barcos mercantes que se balanceaban sobre el agua oscura y el rumor del mar contra los muelles. Sicilia continuaba moviéndose, aunque la vida de Gabriella acabara de cambiar.

—¿Sola? —preguntó Pio unos minutos después.

—No. —Sus ojos buscaron el reflejo de Pio en el espejo retrovisor—. Tú te quedas conmigo y eso no se negocia.

Y desde que salieron del templo, algo parecido al alivio cruzó brevemente el rostro de aquel hombre.

—Bien.

Gabriella apoyó la cabeza contra el cristal frío de la ventanilla mientras las calles de Palermo aparecían frente a ellos, con fachadas antiguas iluminadas por farolas amarillas, balcones de hierro forjado e iglesias centenarias emergiendo entre las sombras. Todo parecía hermoso y ajeno.

—¿Qué ocurrió ahí abajo? —preguntó Pio, preocupado, como si ya sospechara que no iba a gustarle la respuesta.

Gabriella cerró los ojos y volvió a ver las antorchas, la mesa, los rostros de los Capos y al Custodio pronunciando la palabra matrimonio.

—El Consejo nos ha prometido.

Pio frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Gabriella soltó una risa amarga, pequeña y agotada.

—Significa que dentro de siete días me casaré, quiera o no.

El coche se desvió unos centímetros antes de regresar a su trayectoria. Cualquier otra persona ni siquiera lo habría notado, pero ella sí. Conocía a Pio desde hacía demasiado tiempo.

—¿Con quién? —preguntó, sin conseguir ocultar el miedo en su voz.

Gabriella observó las luces del puerto reflejadas sobre el agua negra.

—Con Giuseppe Ricci.

Pio continuó conduciendo sin responder. El silencio dentro del vehículo reunió todo lo que ninguno de los dos estaba preparado para nombrar.

—¡Es un Ricci! Es nuestro enemigo.

—Lo sé.

—No me gusta que te obliguen a estar cerca de él.

Gabriella dejó escapar una exhalación cansada.

—No tiene que gustarte. Solo tiene que mantener viva a Isabella.

—Me importa porque eres tú.

Gabriella giró la cabeza y encontró la mirada de Pio en el espejo. La preocupación estaba allí, junto con los años en los que él había permanecido a su lado sin pedirle nada.

Gabriella sostuvo aquella mirada durante unos segundos.

—Lo sé —admitió en un susurro.

En lo alto de la colina, los últimos vehículos del Consejo comenzaban a abandonar el templo. El viento nocturno arrastraba olor a mirto, tierra húmeda y sal, mientras las antorchas se apagaban una a una entre las columnas antiguas.

Don Adriano permaneció inmóvil junto al automóvil de Trapani, observando cómo el vehículo que llevaba a Gabriella descendía hacia Palermo.

Carlo Ferrara se detuvo a su lado sin hacer ruido.

Como Consigliere de Trapani y hermano menor de Adriano, llevaba décadas compartiendo con él decisiones, rutas y silencios que ningún otro hombre conocía.

No necesitó preguntar nada. Ambos observaron las luces rojas del coche perderse entre las curvas hasta que la noche terminó por tragárselas.

—No me gusta dejarla en territorio Ricci sin nosotros —dijo Carlo al fin.

Adriano apartó la mirada del camino.

—A mí tampoco.

—Déjame reforzar su vigilancia y mantener una línea directa con Pio.

La propuesta llegó con la naturalidad del Consigliere que había protegido los intereses de Trapani durante media vida y que conocía a Gabriella desde que era una niña. Adriano nunca necesitaba explicarle qué parte de una orden pertenecía al territorio y cuál a la familia.

—Hazlo.

Carlo inclinó la cabeza y Adriano giró hacia él. Bajo la luz irregular de los faros, su rostro parecía más viejo, más cansado y, al mismo tiempo, más peligroso.

—Trapani queda bajo vigilancia reforzada desde este momento. Quiero dobles turnos en el palazzo, hombres en los accesos al puerto y control total sobre los almacenes. Nadie entra ni sale sin que yo lo sepa. Ni siquiera los nuestros.

Carlo asintió con la serenidad de quien ya había comenzado a ordenar mentalmente cada movimiento.

—Me encargaré de la casa, de los puertos y de los hombres. No habrá un movimiento sin registrar.

La respuesta tranquilizó a Adriano. Carlo conocía cada ruta, cada capitán, los nombres que merecían confianza y las deudas capaces de convertirse en amenaza porque ese era el trabajo del Consigliere.

—Quiero informes cada seis horas —ordenó Adriano—. Y cualquier movimiento extraño en Roma debe llegarme antes que a nadie.

Carlo no parpadeó.

—Isabella tendrá vigilancia permanente.

Al oír el nombre de Isabella, Adriano endureció la mirada.

—No voy a enterrar a otra hija —sentenció Adriano.

Ambos pensaron en Giorgio y en todo lo que no estaban dispuestos a perder otra vez.

—No tendrás que hacerlo —aseguró Carlo.

El Capo lo observó durante unos segundos y asintió.

—Tu responsabilidad es mantener a Trapani en pie y a mi familia con vida.

Carlo afirmó con una calma impecable.

—Trapani seguirá en pie mientras yo respire.

Adriano aceptó la respuesta y subió al vehículo.

Carlo permaneció un segundo más bajo la noche, comprobó que el coche de Gabriella hubiera tomado la carretera segura hacia Palermo y después se volvió hacia el camino de Trapani.

Durante los siguientes siete días, el territorio y la familia quedarían bajo su cuidado.

***

Los vehículos Ricci descendían hacia Palermo por carreteras oscuras, entre colinas y pueblos dispersos. Dentro del automóvil, nadie hablaba.

Giuseppe observaba la carretera sin verla. La ciudad se acercaba y con ella una boda que ninguno había elegido.

Las palabras del Consejo seguían resonando en su cabeza. Tenía siete días para preparar una alianza construida sobre amenazas, historia y sangre, convivir con una Ferrara dentro de su territorio y demostrar que podía controlar algo que no parecía obedecer a ningún cálculo lógico.

A su lado, Matteo permanecía inmóvil. Alessandro observaba distraídamente el paisaje nocturno a través de la ventanilla. Ambos guardaban silencio, algo tan poco habitual que resultaba más elocuente que cualquier discusión.

El teléfono vibró. Giuseppe observó la pantalla durante unos segundos antes de responder.

—Ricci.

La voz de un hombre de seguridad llegó inmediata y seca al otro lado de la línea.

—Ferrara ya está en movimiento.

Giuseppe apoyó la cabeza contra el respaldo.

—¿Destino?

—Pendiente de confirmación. Su escolta espera instrucciones.

Durante unos segundos permaneció callado; después levantó la vista hacia el reflejo de Don Marco en el retrovisor.

Su padre seguía observando la carretera y parecía ajeno a la conversación, pero Giuseppe conocía aquella quietud. Don Marco escuchaba y ya había tomado una decisión.

—A villa Ricci —ordenó Giuseppe, mientras hacía girar el anillo antiguo de su abuelo en la mano izquierda.

Matteo giró la cabeza de inmediato.

—¿Esta noche?

—Esta noche.

Alessandro dejó de mirar la ventana.

—Eso no va a gustarle.

Giuseppe pensó en Gabriella, en aquella forma brutal de sostener la mirada, en la rabia con la que había defendido a sus muertos y en la manera en que su voz se había roto al entender que Isabella también estaba en riesgo.

—Nada de esto le gusta.

El comentario no fue una burla y quizá por eso el silencio que siguió resultó más incómodo.

Giuseppe volvió al teléfono.

—Envía la nueva ruta al escolta Ferrara. Seguridad doble en la entrada oeste. Pio se queda con ella si lo exige. No voy a comenzar una guerra por un guardaespaldas.

—Sí, Consigliere.

La llamada terminó y nadie preguntó nada más. Gabriella Ferrara se dirigiría a villa Ricci, una casa marcada por un apellido que para ella seguía perteneciendo al enemigo.