Bajo Juramento de Fuego – Libro 1 (Los Herederos de Sicilia) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

La sentencia de Sicilia

La tensión seguía viva entre las columnas cuando Viola dejó escapar una exhalación cargada de incredulidad.

El sonido cortó el silencio y varias miradas se dirigieron hacia ella, algunas molestas y otras agotadas, como si todos hubieran estado esperando que alguien se atreviera a decir en voz alta lo que aquel templo acababa de convertir en condena.

—Bueno... visto así, casi parece romántico.

La ironía fue suficiente para que Luciano Greco cerrara los ojos durante un instante, resignado ante una hija cuyas intervenciones todavía conseguían sorprenderlo.

—Viola.

Ella se incorporó en su asiento, cruzó los brazos sobre el pecho y levantó la barbilla con esa insolencia elegante que convertía cada gesto suyo en una declaración de guerra.

—¿Qué? ¿De verdad esperaban lágrimas discretas, una aceptación elegante y alguna tontería sobre el deber familiar? —Su mirada recorrió a los hombres sentados alrededor de la mesa—. Porque esto sigue siendo grotesco, incluso para Sicilia.

Don Ángelo Conti frunció el ceño.

—Mide tus palabras.

—¿Por qué? —replicó Viola—. Llevamos una hora hablando de poder, territorios, alianzas y cadáveres, y la gran solución sigue siendo la misma que utilizaban nuestros abuelos. —El silencio regresó, denso y frío—. Sacrificar a los hijos para corregir los errores de sus padres.

Lucrezia intervino con una serenidad mucho más inquietante que la rebeldía de Viola. Permanecía sentada con los codos apoyados sobre la mesa de piedra, la espalda recta y la mirada limpia, preparada para exponer una conclusión que ya consideraba inevitable.

—Por desagradable que resulte admitirlo, Viola tiene razón. —La atención de la sala se desplazó hacia ella—. Y también la tiene el Consejo.

Gabriella entrecerró los ojos y Lucrezia no rehuyó el desafío.

—Hablo de supervivencia, no de justicia ni de sentimientos. Mientras discutimos quién tiene más razones para odiar al otro, alguien estudia nuestras debilidades. Cada día que seguimos enfrentados es un día que ese hombre aprovecha para fortalecerse.

Viola soltó una risa amarga.

—Qué reconfortante. Décadas de odio heredado y resulta que solo necesitábamos al enemigo adecuado para empezar a comportarnos como una familia.

Lucrezia ni siquiera alteró la expresión.

—Nadie ha pedido que se amen.

La palabra quedó entre Giuseppe y Gabriella, incómoda y ajena a todo lo que acababan de discutir. Entonces el Custodio avanzó un paso y las voces se apagaron.

Hasta ese momento, la sala había estado llena de voces enfrentadas, orgullo herido y resentimientos familiares. Con el Custodio en el centro, incluso los Capos guardaron silencio ante la autoridad de una tradición anterior a cualquiera de sus linajes.

Las llamas proyectaron sombras irregulares sobre sus ropas oscuras mientras avanzaba hacia el centro de la sala. El Custodio caminaba con la familiaridad de quien había repetido aquel ritual muchas veces y conocía el peso que sus palabras tendrían sobre las familias reunidas.

—Rechazar una alianza impuesta bajo Ley Excepcional activa el Anti-Ritual.

Gabriella sintió una presión desagradable recorriéndole el estómago. No comprendía todos los detalles, pero el instinto le gritó que aquello no había sido creado para proteger a nadie.

Don Marco se incorporó ligeramente. Don Adriano permaneció inmóvil y Luciano Greco abandonó por completo cualquier gesto de cansancio.

—Explíquelo completo —exigió Don Ángelo.

El Custodio inclinó la cabeza.

—Cuando Sicilia exige una alianza de sangre, no protege a quienes la contraen. Protege la continuidad de los territorios, el equilibrio entre las familias y la supervivencia colectiva de la isla.

Mientras hablaba, su mirada pasó lentamente por los cuatro Capos, después se detuvo sobre Giuseppe y, por último, sobre Gabriella.

—Quien rechaza un juramento impuesto bajo Ley Excepcional se coloca contra la voluntad de Sicilia.

El frío de la piedra comenzó a filtrarse bajo la piel de Gabriella. El aire parecía más pesado, casi irrespirable y el olor a cera quemada, roca antigua y humedad se volvió hostil mientras el Custodio continuaba hablando con la misma calma implacable.

—Y quien se coloca contra Sicilia pierde el derecho a reclamar su propia sangre.

La frase mantuvo a la sala en silencio hasta que el Custodio completó la explicación.

—Si rechazan esta alianza, ambos herederos serán declarados traidores de sangre. El Consejo podrá ordenar su ejecución inmediata, sin apelación.

Gabriella cerró la mano alrededor del borde de la silla de su padre. La presión le entumeció los dedos y le permitió mantener la respiración bajo control.

Frente a ella, al otro lado de la mesa, Giuseppe permanecía inmóvil, aunque incluso él había dejado de parecer tranquilo. Gabriella aflojó la mano y apoyó ambos pies con firmeza sobre el suelo mientras comprendía, al mismo tiempo que él, que la discusión había terminado.

El Custodio continuó.

—Las familias responsables perderán legitimidad territorial ante el Consejo. Sus acuerdos comerciales quedarán suspendidos, se retirará la protección política y se autorizará la intervención de activos estratégicos hasta restablecer el equilibrio.

Alrededor de la mesa, todos calculaban territorios, poder, costes y pérdidas mientras las consecuencias enumeradas por el Custodio iban cerrando cualquier salida.

El Custodio se retiró del centro del salón, dejando una pequeña distancia entre él y el resto. Continuó hablando y su voz resonó con una gravedad todavía mayor.

—Y como todas las familias presentes participaron en el juramento de Fuego, Sicilia reclamará sangre equivalente dentro de la línea familiar protegida.

Gabriella tardó un instante en comprender. Todo era demasiado grotesco, rechazó las palabras antes de poder procesarlas, pero cuando la verdad explotó frente a ella pensó en Isabella, su hermana pequeña, la última persona de su familia que todavía conservaba algo parecido a una vida normal.

El impulso de levantarse y marcharse la atravesó con violencia, después unas ganas horribles de gritar. Sin embargo, permaneció inmóvil, con la espalda recta y la mirada fija al frente, mientras el corazón le bombeaba a mil.

Al otro lado, Giuseppe tampoco se movió. Solo el endurecimiento de sus facciones, la tensión en el cuello y la contracción breve de la mandíbula revelaron que había comprendido el alcance de la amenaza.

Luciano Greco cerró los ojos brevemente y, cuando volvió a abrirlos, había algo parecido al cansancio en su expresión. Viola fue la primera en romper aquella quietud insoportable.

—Esto no es tradición. Es barbarie —exclamó, y la indignación vibró en su voz.

El Custodio giró la cabeza hacia Viola.

—Es la ley de Sicilia —respondió.

Viola soltó una risa cargada de incredulidad.

—Qué alivio. Tantos siglos y seguimos llamando ley a la misma crueldad.

Lucrezia permanecía inmóvil. Sus ojos ámbar pasaban de un rostro a otro, atentos a cada reacción y a los silencios que seguían a las palabras del Custodio.

—No les han dejado una elección real.

Gabriella giró hacia ella.

—¿Eso es todo lo que tienes que decir?

Lucrezia sostuvo la mirada sin el menor rastro de incomodidad.

—No hablo de justicia —admitió, y su voz permaneció tranquila—.

Hablo de estructura. Si ese hombre ya sabe que nuestros vínculos familiares son el punto más vulnerable, romper esta alianza le entregaría exactamente lo que busca.

—Su mirada recorrió la mesa—. ¿De verdad necesitamos perder a otro Giorgio para comprenderlo?

Gabriella recibió aquellas palabras con rabia porque Lucrezia había mencionado a Giorgio y porque una parte de ella reconocía la verdad que contenían.

Don Adriano habló con una calma que obligó a Gabriella a mirarlo.

—Siete días.

Gabriella giró la cabeza hacia él.

—¿Siete días para qué?

Don Adriano la miró sin vacilar. La decisión ya estaba tomada antes de que pronunciara una sola palabra.

—La ceremonia será dentro de siete días —le informó—. En la Catedral de Sicilia.

Gabriella lo observó durante largos segundos y reconoció al Capo de Trapani, no a su padre y, quizá por eso, dolía más.

—¿Vas a entregarme para proteger Sicilia? —preguntó en voz baja, con la mirada fija en él.

Eso provocó una pausa pequeña en su padre; breve, pero real y Don Adriano respondió.

—Voy a impedir que Sicilia caiga.

Gabriella sintió la frase en el pecho y comprendió que su padre había elegido a Sicilia antes que a ella.

Don Marco apoyó ambas manos sobre la mesa y se incorporó con lentitud. Antes de mirar al Custodio, sostuvo los ojos de Giuseppe. Durante un instante fue el padre quien midió el precio exigido a su hijo; después regresó el Capo de Palermo.

—Palermo acepta.

Giuseppe miró a su padre y la mandíbula se le tensó, pero no discutió ni apartó los ojos. Era la única respuesta que concedería delante del Consejo.

El Custodio extendió una mano hacia Don Adriano y Don Marco.

—Juren ante el Consejo que sus casas cumplirán la alianza decretada y que sostendrán el juramento hasta la ceremonia.

Don Adriano y Don Marco se miraron una sola vez antes de responder. Como Capos, tenían la obligación de preservar Sicilia; como padres, sabían que acababan de comprometer el destino de sus hijos.

—Lo juramos.

Frente a frente, al otro lado de la mesa, Gabriella y Giuseppe guardaron en silencio. Ninguno inclinó la cabeza ni pronunció una aceptación, pero ambos comprendieron que sus padres acababan de decidir por ellos y que, ante el Consejo y el Custodio, aquel silencio bastaba.