CAPÍTULO 6
Alianzas de sangre
Giuseppe observó a Gabriella mientras sus palabras permanecían sobre la mesa.
El aire olía a humedad, cera quemada y piedra antigua.
Y la verdad que ella acababa de pronunciar pesaba entre los presentes.
Por alguna razón que encontró profundamente irritante, aquella imagen encajaba demasiado bien con la idea que siempre había tenido de Gabriella Ferrara, capaz de atacar de frente incluso cuando estaba herida.
El silencio se prolongó unos segundos más hasta que Don Marco apoyó los codos sobre la piedra y entrelazó las manos.
—De acuerdo, llegamos tarde —sentenció—. Ahora discutamos cómo impedir que vuelva a ocurrir.
—Reforzamos las fronteras marítimas —propuso Don Ángelo de inmediato.
—Y blindamos puertos y almacenes —añadió Adriano—. Cada entrada y cada salida.
Luciano Greco negó con la cabeza. El movimiento fue pequeño, pero bastó para atraer la atención de todos.
Su voz sonó cansada; no débil, sino agotada de una forma más profunda, como si llevara demasiados años contemplando la repetición de los mismos errores y la misma sangre derramada sobre nombres distintos.
—Eso protege mercancías —replicó Luciano—. No protege a nuestras familias.
Viola soltó una exhalación cargada de aburrimiento.
—Qué poético. Lástima que los muertos no puedan apreciarlo.
Luciano ni siquiera se molestó en mirarla. Lucrezia, en cambio, apoyó una mano sobre la mesa antes de intervenir. Sus dedos, finos y firmes, quedaron inmóviles sobre la piedra helada.
—Si anticipan cómo reaccionamos cuando tocan a nuestras familias —advirtió Lucrezia—, alguien les está dando más que rutas.
Las miradas se desplazaron hacia ella y la joven Conti sostuvo aquella atención con absoluta naturalidad.
—Estudian nuestros hábitos, nuestros vínculos y la forma exacta en que reaccionamos cuando tocan a uno de los nuestros.
Don Marco asintió.
—No van tras los negocios —precisó Giuseppe sin necesidad de levantar el tono—. Van tras nosotros.
Los ojos azules de Giuseppe encontraron los de Gabriella. Entre ambos quedaron implícitos los nombres y las historias que ninguno había elegido heredar y ella sintió aquella mirada fría y precisa sobre la piel.
—Giorgio, Isabella, Matteo, Raffaele, padres, hermanos y herederos —continuó mientras recorría la mesa con la mirada—. Están convirtiendo la sangre en mapa.
Don Adriano giró hacia él.
—Habla claro, Ricci. ¿Qué propones?
Giuseppe miró al Capo de Trapani sin alterar una sola expresión.
—Dejar de ser previsibles.
Gabriella apretó los dedos contra la mesa hasta sentir la aspereza de la piedra bajo las yemas. Aquella propuesta era tan propia de Giuseppe Ricci que casi resultaba ofensiva. Una vez más, intentaba ordenar el caos y reducir las reacciones humanas a un cálculo.
Luciano apoyó ambos codos sobre la piedra, el esfuerzo fue mínimo, pero suficiente para revelar cuánto había comenzado a pesarle la edad. Cuando habló, la sala entera guardó silencio.
—No bastará.
Don Ángelo frunció el ceño.
—¿Por qué no?
Luciano inhaló lentamente antes de levantar la mirada. La luz temblorosa de las antorchas dibujó sombras profundas sobre su rostro envejecido y acentuó cada surco, cada año y cada pérdida acumulada en silencio.
—Ese hombre no roba rutas por ambición —dijo Luciano—. Las toca para obligarnos a reaccionar donde siempre hemos sido débiles.
Los cuatro Capos intercambiaron miradas y una tensión distinta recorrió la sala cuando Luciano nombró aquello que siempre los había dividido.
—En el odio.
Las cuatro familias arrastraban demasiadas cuentas pendientes, décadas de sangre y rencores heredados como para fingir que no comprendían.
El Custodio avanzó un paso y las voces se apagaron. La discusión dejó de pertenecer a los Capos cuando él volvió a ocupar el centro de la sala.
—La tradición contempla medidas extraordinarias cuando una amenaza externa pone en riesgo la estabilidad de Sicilia —declaró—. Bajo Ley Excepcional, el Consejo puede obligar a las familias a sellar una alianza irrevocable de sangre.
El corazón de Gabriella golpeó con fuerza contra su pecho mientras comprendía antes de poder razonarlo adónde conducía aquella sentencia.
—Entonces la solución ya está delante de nosotros —dedujo Don Ángelo.
La sala quedó inmóvil y solo se oyó el crepitar lejano del fuego cuando Don Ángelo formuló la conclusión.
—Unimos las familias.
—¿Qué alianza propones? —preguntó Luciano, aunque nadie en aquella sala necesitaba oír la respuesta.
—La única que todavía puede detener esta guerra —respondió Ángelo—. Giuseppe Ricci y Gabriella Ferrara.
La furia ascendió desde el estómago de Gabriella con una violencia abrasadora, caliente y amarga. La silla se deslizó hacia atrás sobre el suelo cuando ella se puso de pie y el sonido rasgó el silencio como una advertencia.
—No.
La negativa fue absoluta. Gabriella recorrió la mesa con la mirada y observó a los hombres que acababan de decidir su destino como si su vida fuera otra pieza dentro de sus acuerdos.
—No voy a convertirme en la moneda con la que ustedes paguen una guerra que empezó antes de que yo naciera.
El eco de sus palabras recorrió las columnas.
Giuseppe también se puso de pie con un movimiento lento y controlado que redujo de inmediato la distancia entre él y Gabriella. Al apoyar una mano sobre la mesa, la luz alcanzó las pequeñas cicatrices de sus nudillos.
—Ni yo voy a aceptar que decidan por mí.
Gabriella permanecía de pie junto a la mesa de mármol, con el corazón golpeándole las costillas y la rabia acumulada bajo la garganta. La propuesta hablaba de política, alianzas y supervivencia, pero también de Giuseppe Ricci y de todo lo que aquel apellido significaba para su familia.
El apellido Ricci le sabía a hierro y pólvora, a funerales, a hombres Ferrara enterrados antes de tiempo, a mujeres vestidas de negro durante generaciones y a historias escuchadas desde la infancia alrededor de mesas familiares donde los muertos conservaban un lugar.
Giró y dejó que la mirada recorriera la mesa circular donde se sentaban los hombres que pretendían decidir el futuro de Sicilia.
—¿De verdad han perdido la razón? —preguntó Gabriella, y cada palabra salió limpia, afilada y peligrosa—. ¿Pretenden entregarme a un Ricci? ¿Al heredero de la familia que dejó morir a Filippo Ferrara en un puerto de Palermo?
Tras el nombre de Filippo, nadie reaccionó de inmediato, aunque todos recordaban lo ocurrido.
Don Marco permaneció inmóvil. Don Adriano endureció las facciones hasta convertirlas casi en concreto. Incluso Luciano Greco bajó la mirada; pero Gabriella ya no podía detenerse.
—Los Ricci no solo asesinaron a mi primo Filippo. ¿También se han olvidado de Renzo? ¿De Tullio, cuyo cuerpo nunca volvió a casa? —La voz le tembló un poco; no de miedo, sino de rabia—. ¿Y esta es su solución? ¿Cerrar décadas de sangre entregándome como una firma al final de un contrato?
Nadie respondió. Las pérdidas nombradas por Gabriella permanecieron entre ellos mientras el humo de las antorchas ascendía hacia el techo.
—¿De verdad esperan que comparta mi vida con él después de todo eso?
Ella giró hacia Giuseppe y fue peor, porque él seguía exactamente igual: inmóvil, controlado y observándola con aquella calma insoportable que siempre conseguía enfurecerla más que cualquier provocación.
Su rostro no mostraba burla ni desprecio abierto; solo una atención fría, intensa, que la obligaba a sentirse vista cuando lo último que deseaba era concederle ese poder.
—Antes prefiero morir —sentenció.
Giuseppe avanzó despacio y sin violencia hasta quedar frente a ella. Gabriella mantuvo los ojos en él y odió que aquella cercanía la obligara a reparar en su presencia justo entonces.
—Cuidado, Ferrara —advirtió Giuseppe—. Si vas a sentar a los muertos en esta mesa, trae también a los míos.
Gabriella no desvió la vista. Aquellos ojos azules parecían más fríos bajo la luz temblorosa de las antorchas, pero había algo detrás de esa frialdad, una tensión contenida que lo volvía más peligroso que cualquier grito.
—Mi tío Lazzaro murió en una emboscada de los Ferrara. A Elio Ricci le dispararon delante de su esposa. Ciro tenía diecinueve años cuando desapareció y jamás encontramos su cuerpo —repitió—. Diecinueve.
La sala recibió los nombres de Lazzaro, Elio y Ciro con el mismo silencio que había seguido a los muertos Ferrara. Gabriella sintió que la rabia volvía a subirle desde el estómago.
—No te atrevas a usar a tus muertos para justificar lo que hizo tu gente.
—No los justifico. Te recuerdo que la sangre no corrió en una sola dirección.
Giuseppe respondió de inmediato, sin elevar la voz ni perder el control.
—Tus muertos no pesan más que los míos, Ferrara. Y los míos tampoco pesan más que los tuyos.
La distancia entre ellos concentró décadas de odio y dos historias familiares enfrentadas. Giuseppe no le esquivó los ojos y Gabriella no retrocedió.
—Y no voy a casarme contigo para que ellos disfracen de paz el miedo de perder Sicilia —sentenció Giuseppe, con una calma tan tensa que parecía estar a punto de romperse.
Gabriella soltó una risa amarga.
—Tranquilo, Ricci. Antes me arrancaría la piel que aceptar casarme contigo.
Durante unos segundos todos permanecieron en silencio absortos en sus pensamientos. Los ocho ocupantes de la mesa observaron a Gabriella y Giuseppe, ambos de pie frente a sus lugares y unidos por una sola certeza, ninguno aceptaría aquella alianza.