CAPÍTULO 5
La verdad bajo la piedra
Tras las palabras del Custodio, nadie habló. Giuseppe mantuvo la vista en la mesa mientras una gota caía con regularidad en algún punto de la cámara y el humo de las antorchas quedaba atrapado entre las columnas.
Gabriella permaneció inmóvil, la sorpresa había muerto seis meses atrás frente a una pantalla iluminada por la lluvia y la sangre de su hermano. Ahora solo quedaba la confirmación de una sospecha que llevaba demasiado tiempo acompañándola.
Giorgio no había sido una desgracia aislada, sino el primer movimiento de algo más grande y paciente.
El Custodio descendió un escalón hacia el centro de la sala.
La luz de las antorchas dibujaba sombras sobre sus ropas oscuras mientras avanzaba con la serenidad de quien no respondía ante ninguno de los hombres presentes.
No pertenecía a Palermo, Trapani, Siracusa ni Catania; representaba la tradición y los juramentos que habían sobrevivido más tiempo que las familias reunidas allí.
—Durante generaciones, Sicilia ha resistido porque sus familias, territorios, juramentos y equilibrios permanecieron intactos —declaró, y su voz grave recorrió la cámara—. Pero hasta la piedra cede cuando alguien descubre dónde presionar.
El aire estaba frío y olía a cera, piedra húmeda y tierra antigua. El Custodio los observó a cada uno y continuó:
—Hace seis meses Giorgio Ferrara fue ejecutado durante una falsa negociación organizada por una fuerza extranjera establecida en Malta.
Al oír el nombre de Giorgio, Gabriella cerró lentamente los dedos sobre el brazo de la silla.
A su lado, Don Adriano permaneció inmóvil, aunque la tensión de su mandíbula reveló lo que aquella mención significaba para él.
Frente a Gabriella, al otro extremo de la mesa, Giuseppe levantó la vista en un gesto mínimo que ella advirtió por la costumbre, cada vez más irritante, de registrar sus movimientos.
—Su muerte no fue un arrebato —añadió el Custodio—. Fue una prueba. Midieron nuestros tiempos, nuestras debilidades y cuánto tardábamos en reaccionar cuando tocaban a uno de los nuestros.
—¿Una prueba? —repitió Gabriella. Su voz salió baja, pero obligó a varias cabezas a girarse hacia ella—. Mi hermano no fue una prueba. Se llamaba Giorgio. Tenía una familia que lo esperaba vivo.
El Custodio no apartó la mirada de ella; y por primera vez desde que había entrado en la cámara, una sombra de humanidad cruzó por fin su rostro.
—Lo sé, Signorina Ferrara —admitió—. Por eso su muerte nos obliga a actuar ahora.
—No —intervino Giuseppe, con una calma que no ocultó la dureza de su voz—. Estamos aquí porque alguien les permitió llegar hasta Giorgio.
La frase cayó sobre la mesa y Don Ángelo Conti fue el primero en moverse. Apoyó ambas palmas en la piedra y levantó la mirada con una incredulidad cortante.
—¿Y esperan hasta ahora para sentarnos aquí?
El Custodio giró hacia él.
—Hasta ahora no teníamos confirmación suficiente para convocar a las cuatro familias.
Don Marco Ricci entrecerró los ojos azul hielo. Una tos seca quedó contenida detrás de sus labios antes de que su voz saliera baja, dura y peligrosa.
—¿Confirmación de qué exactamente?
El Custodio sostuvo su mirada.
—De que el mismo enemigo ha tocado nuestras rutas comerciales, comprado fuentes de información, comprometido contactos internacionales y seguido movimientos estratégicos.
Un silencio espeso volvió a instalarse en la sala. Las llamas oscilaron sobre las paredes de piedra y alguien respiró profundamente al otro lado de la mesa.
Luciano Greco apoyó ambas manos en el bastón antes de incorporarse. La edad había empezado a reclamar parte de su movilidad, pero no había conseguido reducir la autoridad que desprendía.
—¿Hablamos de un rival con recursos para sostener una guerra? —preguntó Luciano.
—Sí —respondió el Custodio.
Luciano apretó los dedos alrededor del bastón.
—Entonces no estamos ante un rival —concluyó Luciano—. Estamos ante una invasión.
Nadie lo contradijo. Para Gabriella, aquel enemigo ya no era un rumor ni una teoría política. Había visto sus ojos y escuchado su voz educada mientras Giorgio seguía atado a una silla.
Todavía despertaba algunas noches con aquellas palabras en la memoria, la pantalla iluminando el despacho de su padre y la respiración rota de Giorgio antes de que la imagen se volviera negra.
Las llamas de las antorchas oscilaban sobre los soportes de hierro y proyectaban sombras móviles en las columnas y los rostros reunidos alrededor de la mesa. Bajo aquella luz, el cansancio y la dureza de los presentes resultaban más visibles.
La humedad se adhería a la piel. El aire olía a hierro viejo, mecha encendida, piedra mojada y cera derretida y cada respiración dejaba en la lengua un regusto amargo y terroso.
Don Adriano Ferrara dejó escapar una exhalación cargada de impaciencia y golpeó la mesa con una sola palabra.
—¿Quién?
La pregunta resonó por la cámara. El Custodio permaneció inmóvil bajo la penumbra, con una parte del rostro alcanzada por la luz.
—Son rusos, el líder se hace llamar «La Quinta Mano» —respondió—. Es el único nombre que hemos conseguido arrancarles.
Gabriella dejó escapar una risa breve y sin humor, nacida del cansancio y de una rabia demasiado antigua para seguir pidiendo permiso.
Las miradas se desplazaron hacia ella. La de Don Adriano llegó primero y fue también la más dura, pero Gabriella la sostuvo. No pensaba apartar los ojos aquella noche, en aquel lugar y después de todo lo ocurrido.
—Qué conveniente. Seis meses de sangre y solo tienen un nombre.
Don Ángelo giró hacia ella para dejar claro que no le concedía más espacio del imprescindible.
—Explícate, Ferrara. Y procura que valga la interrupción.
Gabriella apoyó la mano sobre la piedra fría y se inclinó hacia delante.
—Voy a explicarme. —La atención de toda la sala terminó de concentrarse sobre ella—. Mientras ustedes esperaban una confirmación, ese ruso secuestró a mi hermano, lo torturó y lo ejecutó delante de mí.
Incluso quienes conocían la historia reaccionaron. Luciano Greco cerró lentamente la mano alrededor del bastón, Lucrezia Conti permaneció inmóvil y Viola giró la cabeza hacia Gabriella. A su lado, Don Adriano endureció la mandíbula.
—Gabriella —advirtió su padre.
Ella giró hacia él con una lentitud que tensó el aire.
—No me calles delante de ellos y menos esta noche.
La negativa llegó sin elevar el tono y mantuvo al Consejo en silencio. Gabriella conservó el rostro inalterable, como había aprendido a hacer desde niña delante de hombres capaces de utilizar el miedo ajeno.
—No voy a fingir que esto empieza hoy solo porque ahora resulta imposible seguir negándolo.
El eco de sus palabras recorrió las columnas antiguas antes de desaparecer entre las sombras del techo. Su mirada volvió al Custodio, pero fue a Giuseppe a quien sintió: quieto, atento y demasiado presente.
—Si ese hombre lleva meses infiltrando rutas, comprando información y estudiando a nuestras familias, ya no estamos intentando detenerlo —acotó Gabriella—. Estamos contando lo que nos ha quitado.
Ninguno respondió. Gabriella recorrió los rostros reunidos alrededor de la mesa y no encontró a nadie dispuesto a discutir lo evidente.
Don Marco dejó escapar una exhalación seca. El gesto apenas alteró el rostro endurecido por décadas de violencia.
—Hablas como si fueras la única que entiende lo que está en juego, Ferrara.
Gabriella volvió la cabeza hacia el Capo de Palermo. La luz rozó su mejilla, encendió un destello húmedo en sus ojos y desapareció antes de que alguien pudiera confundirlo con debilidad.
—No tengo todas las respuestas —admitió—. Pero recuerdo exactamente lo que hemos perdido.
Don Marco arqueó una ceja.
—¿Y qué crees que hemos perdido?
—La memoria de lo que ocurre cuando reaccionamos tarde.
Giuseppe bajó la mirada un segundo, como si aquella respuesta también le perteneciera. Cuando volvió a mirarla, Gabriella sintió ese tirón incómodo en el pecho y odió que él estuviera allí, que comprendiera y que durante un instante hiciera que su rabia se sintiera menos sola.
Las llamas continuaron moviéndose sobre las paredes de piedra mientras los cuatro Capos permanecían inmóviles. Gabriella acababa de pronunciar en aquel lugar una verdad que ninguno de ellos podía seguir evitando.