CAPÍTULO 4
El corazón enterrado de Sicilia — Palermo
El templo no aparecía en ningún mapa, carecía de nombre oficial y no figuraba en los registros modernos del Estado italiano. Pero Sicilia lo conocía.
Se alzaba entre colinas, oculto por unas ruinas que los siglos habían vuelto irrelevantes para los curiosos. El aire olía a mirto, a hojas calentadas por el sol y a flores blancas abiertas sin prisa. Era un aroma verde, limpio y profundo que permanecía sobre la piedra.
Los autos comenzaron a llegar uno a uno, sin luces innecesarias ni exhibición de poder. Aun así, la seguridad era absoluta, discreta e invisible.
Tres anillos de protección rodeaban el lugar.
El primero comenzaba kilómetros antes del templo, entre hombres armados ocultos en la vegetación, francotiradores apostados en puntos elevados, vigilancia térmica y controles de acceso capaces de detectar a cualquiera antes de que supiera que estaba siendo observado.
El segundo protegía las ruinas con soldados de confianza que habían probado su lealtad con sangre.
Nadie hablaba más de lo necesario ni hacía preguntas, porque allí se custodiaban personas y decisiones. El tercer anillo esperaba bajo tierra.
Giuseppe Ricci descendió del auto sin prisa. Vestía un traje negro, impecable, con el abrigo perfectamente ajustado al cuerpo. Caminaba un paso por detrás de su padre con esa contención heredada de los hombres que aprenden demasiado pronto que cada gesto puede convertirse en una declaración.
El sonido de un segundo vehículo atravesó la quietud del lugar y obligó a Giuseppe a desviar la atención. Los faros de Trapani aparecieron entre la vegetación antes de extinguirse lentamente frente a las ruinas.
La puerta trasera se abrió y Gabriella Ferrara descendió sin esperar asistencia, como había hecho siempre. A lo largo de los años, Giuseppe la había visto ignorar protocolos, convenciones sociales y expectativas ajenas con la misma facilidad con la que otros respiraban.
La luz de las antorchas arrancó reflejos cobrizos de su cabello recogido mientras avanzaba por el sendero de piedra junto a su padre.
Vestía de negro, como casi todos los presentes, aunque en ella el color reforzaba la severidad de la espalda recta, el mentón elevado y la expresión con la que medía a quienes encontraba a su paso.
No llevaba joyas llamativas ni adornos; tampoco los necesitaba para atraer la atención.
Solo entonces Giuseppe advirtió a Carlo Ferrara, que descendía detrás de Don Adriano con una calma distinta a la de los escoltas.
Carlo no necesitaba abrirse paso. Caminaba a la derecha de Adriano, con las manos enlazadas a la espalda y la mirada recorriendo el perímetro del templo y la gente se apartaba lo suficiente para permitirle avanzar.
No llevaba el arma visible porque rara vez la necesitaba. Giuseppe lo había visto en suficientes reuniones para saber que Carlo escuchaba primero, retenía nombres, fechas, deudas y silencios, y hablaba solo cuando ya conocía el punto exacto de la discusión.
Detrás apareció Pio, avanzando con la vigilancia constante de un hombre acostumbrado a identificar amenazas antes de que se acercaran. Incluso desde aquella distancia imponía respeto.
Giuseppe registró cada detalle por costumbre. Cuando Gabriella levantó la vista y sus ojos verdes encontraron los suyos, mantuvo la mirada sin sorpresa ni incomodidad. El pulgar hizo girar una vez el anillo de su abuelo en la mano izquierda antes de detenerse.
Giuseppe recordó de inmediato la última vez que la había visto.
Gabriella había abatido a un senador local delante de media Sicilia utilizando únicamente acusaciones falsas y una sonrisa educada.
Antes de eso, había sido una recepción en Siracusa: una copa de vino tinto derramada sobre el vestido blanco de una juez corrupta y una expresión tan inocente que nadie pudo acusarla sin hacer el ridículo.
Los años habían pasado, pero Gabriella seguía irritándolo con la misma facilidad. Giuseppe se descubría pendiente de ella antes incluso de decidir si quería estarlo.
Gabriella apartó la mirada y continuó caminando hacia la entrada del templo como si aquel instante nunca hubiera ocurrido.
Giuseppe la observó desaparecer entre las columnas antiguas y descubrió, para su propia irritación, que seguía teniendo la misma sensación de siempre, la certeza de que aquella mujer era un peligro incluso cuando no hacía nada.
Después llegaron los Conti.
Don Ángelo descendió del vehículo con la dignidad orgullosa de un hombre que se negaba a reconocer cualquier debilidad.
A su lado caminaba Lucrezia, elegante y calculadora, observando cuanto la rodeaba con unos ojos claros que parecían registrar información constantemente.
Había ambición en ella, mucha y no se molestaba en ocultarla.
Cerrando el grupo, Raffaele Conti cargaba una carpeta de cuero y un tubo metálico para planos. Caminó un paso por detrás de Don Ángelo, sin hablar, como alguien acostumbrado a estar presente sin llamar la atención.
Los Greco fueron los últimos en aparecer.
Luciano avanzó apoyándose ligeramente en un bastón de madera oscura que utilizaba cada vez con más frecuencia.
El tiempo había comenzado a reclamar parte de su fuerza física, pero no había conseguido arrebatarle autoridad.
A su lado, Viola Greco caminaba con una expresión distante que dejaba claro lo poco que le agradaba encontrarse allí.
Antes de que los saludos formales comenzaran, Carlo se inclinó hacia Don Adriano y le susurró algo al oído.
Adriano se tomó su tiempo en contestar. Sus ojos verdes se desplazaron hacia el acceso subterráneo, después hacia Gabriella y, por último, regresaron a su hermano.
—No exageres —murmuró el Capo de Trapani.
Carlo mantuvo la atención en el acceso subterráneo.
—Prefiero revisar un riesgo de más antes que dejar a Gabriella expuesta.
Don Adriano lo miró de reojo. La irritación endureció el gesto, aunque esperó la advertencia completa con la confianza de quien llevaba años compartiendo con Carlo guerras, entierros familiares y secretos bajo el mismo techo.
Gabriella vio el intercambio desde unos pasos de distancia.
—¿Qué ocurre? —preguntó Gabriella.
Carlo volvió el rostro hacia ella con una calma familiar.
—Nada que no pueda resolver antes de que tengas que preocuparte.
—Esa frase jamás ha tranquilizado a nadie.
Una sombra fugaz, casi una sonrisa, apareció en los labios de Carlo.
—Entonces tendré que mejorar mis métodos.
Los saludos fueron breves y sobrios. Entre hombres que gobernaban territorios enteros, el respeto no implicaba confianza.
Uno a uno entregaron teléfonos, relojes y cualquier dispositivo capaz de transmitir una señal, obedeciendo unas normas que existían desde mucho antes de que cualquiera de ellos hubiera nacido.
Después comenzó el descenso. Las escaleras se hundían en la roca y cada peldaño parecía más antiguo que el anterior.
La humedad impregnaba las paredes de piedra; el aire se volvía progresivamente más frío a medida que avanzaban y el humo de las antorchas ascendía hacia los techos invisibles, mezclándose con el olor de la cera, el hierro oxidado y la tierra húmeda.
Gabriella sintió el frío adherirse a la piel y el peso de la roca sobre sus cabezas. En las paredes, las huellas de generaciones anteriores recordaban cuánto tiempo llevaban aquellas familias reuniéndose allí para decidir el futuro de Sicilia.
Cuando finalmente alcanzaron el salón principal, la inmensidad del lugar obligó a todos a levantar la vista.
Las antiguas columnas romanas surgían directamente de la roca y desaparecían entre sombras imposibles de descifrar.
En el centro se alzaba la enorme mesa circular de piedra, donde durante décadas se habían tomado decisiones capaces de alterar el futuro de la isla.
Ocho sillas rodeaban la mesa circular. Cada Capo ocupaba un lugar junto a su heredero, de modo que las cuatro casas quedaban representadas en igualdad alrededor de la piedra.
Gabriella se sentó al lado de Don Adriano y Giuseppe junto a Don Marco, frente a ella al otro lado de la mesa.
La distribución se había mantenido durante siglos.
El Custodio emergió desde la penumbra y el silencio se extendió por la cámara. No pertenecía a ninguna familia ni respondía a ningún territorio; estaba allí para preservar el ritual. Cuando habló, su voz grave alcanzó cada rincón de la sala subterránea.
—Por mandato de la tradición siciliana y bajo juramento de sangre —declaró—, queda abierto el Consejo.
Gabriella entrelazó lentamente los dedos sobre la mesa mientras el frío de la piedra atravesaba su piel.
Frente a ella, Giuseppe permanecía inmóvil. La luz de las antorchas dibujaba sombras duras sobre sus facciones y acentuaba la severidad de su rostro, hermoso e inaccesible, como si el deber hubiera desplazado cualquier rastro de ternura.
La frase siguiente hizo que varias miradas se alzaran hacia el Custodio.
—Esta reunión se celebra bajo ley excepcional.
Varias espaldas se tensaron alrededor de la mesa. Cualquiera ajeno a Sicilia habría pasado por alto el cambio, pero los presentes conocían el alcance de una ley excepcional.
—Existe una fuerza fuera de Sicilia —continuó el Custodio—. Ha infiltrado información estratégica, manipulado rutas y comprometido la estabilidad de nuestras familias.
Gabriella sintió que se le endurecía el pecho. Nadie alrededor de la mesa necesitó mirar a los demás para comprender que aquella fuerza podía alcanzar a las cuatro familias y a cada territorio de la isla.