Bajo Juramento de Fuego – Libro 1 (Los Herederos de Sicilia) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Sombras en Malta — Al anochecer

Malta dormía bajo una luna impecable que bañaba de plata los tejados antiguos, los muros de piedra dorada y los acantilados que caían abruptamente sobre el Mediterráneo.

A esa hora, la isla parecía tranquila y casi elegante, envuelta en esa sofisticación silenciosa que el dinero construye cuando lleva generaciones acumulándose lejos de las guerras visibles.

Los turistas dormían en hoteles de lujo, los yates descansaban en puertos privados y las luces dispersas de las villas más exclusivas brillaban sobre la costa como constelaciones artificiales, ajenas al ruido de la sangre, al precio del poder y a los hombres que, bajo aquella belleza perfecta, movían el mundo con una sola orden.

Desde la terraza de un antiguo palacio fortificado que dominaba el mar, el Mediterráneo parecía distinto al que golpeaba Sicilia, más limpio, más ordenado y más dócil.

Allí no existía el olor constante a combustible, pescado, pólvora y humedad que impregnaba los puertos sicilianos; el aire arrastraba aromas de sal, piedra restaurada, jardines perfectamente cuidados y riqueza antigua.

Todo parecía diseñado para transmitir estabilidad, y precisamente por eso le gustaba.

Las apariencias siempre habían sido una de las armas más útiles del mundo.

El hombre apoyado en la balaustrada observaba el horizonte sin moverse.

La brisa nocturna agitaba suavemente la camisa blanca que llevaba remangada hasta los antebrazos, pero él seguía contemplando la oscuridad del mar con la serenidad de quien no necesitaba alzar la voz ni ocupar más espacio para controlar una habitación.

Los gemelos de ónix reflejaban de vez en cuando la luz de las lámparas de la terraza cuando movía una mano.

Los anillos de oro oscuro parecían pertenecer a la disciplina con la que cuidaba cada detalle de su apariencia, una elegancia estudiada que contrastaba con la violencia que lo rodeaba y la hacía todavía más inquietante.

A unos metros de distancia, uno de sus hombres aguardaba en silencio. Mantenía la separación exacta que Vadim exigía, ni más cerca ni más lejos.

—Demasiada calma —murmuró Vadim.

Su voz grave rozó el viento. El hombre que aguardaba a sus espaldas entendió la advertencia. Vadim nunca hablaba del paisaje.

—El cargamento cayó según lo previsto —respondió el subordinado, midiendo cada palabra—. Siracusa y Catania ya se están moviendo. La intervención fue limpia.

Vadim continuó mirando las luces lejanas de los barcos mercantes.

—¿Y Palermo?

—Palermo no espera. Palermo calcula.

Una sombra de satisfacción cruzó sus facciones. Más que alegría, parecía confirmación.

—Por fin —dijo, casi con placer—. Empiezan a parecer vivos.

El hombre tardó una respiración de más en continuar. Vadim no lo miró, pero esa mínima demora bastó para enfriar el aire entre ambos.

—El Consejo ha sido convocado.

Aquello sí consiguió captar toda su atención. Vadim giró lentamente la cabeza, solo un poco, lo suficiente para que el hombre entendiera que había dejado de hablarle al mar.

—¿Es una información confirmada o un rumor?

—Confirmada.

—¿Qué han dicho?

—Nada. Y eso es lo extraño.

Durante unos segundos nadie habló. El viento recorrió la terraza con olor a sal y piedra todavía caliente, mientras el subordinado esperaba.

Luego Vadim sonrió, una sonrisa pequeña y fría que no tranquilizó al hombre frente a él.

—No están reunidos por orgullo —concluyó—. Están reunidos porque han sentido miedo.

Abandonó la balaustrada y caminó hacia una mesa de mármol cubierta de mapas, informes financieros, fotografías y rutas marítimas. Sobre ella, Sicilia aparecía dividida en puertos, nombres, cuentas y objetivos.

Sus dedos se detuvieron sobre una fotografía de Giuseppe Ricci.

Incluso inmóvil transmitía lo que Vadim esperaba de él: control, disciplina y orden.

La clase de hombre que construía muros dentro de sí mismo y dedicaba toda una vida a reforzarlos, piedra sobre piedra, hasta olvidar que también había nacido para sentir.

Después tomó una fotografía de Gabriella Ferrara. Con ella se detuvo mucho más tiempo. No solo por su belleza, sino por la expresión feroz que la fotografía había captado en su mirada, donde se mezclaban rabia, inteligencia, dolor y orgullo.

Vadim conocía bien la utilidad del dolor y supo que el de Gabriella podía abrirle un camino.

Dejó ambas fotografías una al lado de la otra.

—El viejo sistema tiene un problema —añadió.

Su subordinado alzó la vista y Vadim soltó una exhalación divertida.

—Ellos ya son las ruinas. El peligro está en quienes heredarán sus nombres.

Su mirada descendió hacia el mapa de Sicilia y sus dedos recorrieron lentamente Trapani, Palermo, Siracusa y Catania. Eran territorios y familias convencidos de que aquel equilibrio duraría para siempre.

—Toda estructura vieja se agrieta por dentro antes de caer —explicó, seguro de cada palabra.

Su mano se detuvo sobre Trapani y pensó en la muerte de Giorgio. Después pasó por Palermo y pensó en Giuseppe; más abajo aguardaban los Greco y luego los Conti. Cada territorio ofrecía una debilidad y cada familia guardaba una herida.

Llevaba meses estudiando rutas, vínculos y reacciones, esperando el momento de obligar a las familias a moverse como él necesitaba.

—Y ninguna fortaleza cae primero por sus muros.

El subordinado no preguntó. Había aprendido que las respuestas de Vadim llegaban solo cuando él quería concederlas.

Vadim volvió a mirar las fotografías y rozó con un dedo el espacio mínimo que separaba a Giuseppe de Gabriella.

—Caen por lo que se atreven a proteger.

La puerta que comunicaba con el interior del palacio se abrió en ese instante y dos hombres aparecieron arrastrando a un tercero.

El prisionero apenas podía mantenerse en pie.

La sangre seca le cubría parte del cuello y de la camisa; uno de sus ojos estaba cerrado por los golpes y las piernas le temblaban mientras intentaba caminar.

Aun así, seguía buscando una salida, como todos lo hacían al principio.

Vadim avanzó hacia él con una calma aterradora. Se detuvo frente al hombre y lo observó durante varios segundos, como si incluso el miedo ajeno mereciera ser analizado antes de ser destruido.

—Mírame —ordenó Vadim—. ¿Sabes por qué sigues respirando?

El prisionero negó con un movimiento torpe. Tenía los labios partidos y el miedo le temblaba en la garganta.

Vadim inclinó la cabeza, casi con paciencia.

—Porque necesitaba que me confirmaras una verdad.

Sus ojos grises permanecieron clavados en el prisionero, inmutables y vacíos de compasión.

—La lealtad se rompe antes que el cuerpo —sentenció—. Siempre.

El hombre empezó a llorar en silencio. Vadim volvió hacia la mesa y colocó dos dedos sobre las fotografías de Giuseppe y Gabriella.

—Quiero ojos en el Consejo.

—Ya los tiene.

Vadim sonrió sin apartar la vista de Sicilia.

—Entonces que miren mejor.

—¿Qué hacemos con el italiano? —preguntó el subordinado.

—Mátalo.

Esa noche, mientras Malta permanecía en silencio frente al Mediterráneo, Vadim ya había puesto en movimiento la guerra contra Sicilia.