Bajo Juramento de Fuego – Libro 1 (Los Herederos de Sicilia) CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

Carlo pasó el pulgar por el borde del papel mientras leía por segunda vez. Gabriella conocía aquel gesto. Su tío no dejaba un detalle sin revisar cuando la seguridad de la familia estaba en juego.

—El Consejo no convoca a los cuatro territorios sin explicar el motivo —puntualizó al fin—. Si no dicen por qué, es porque temen que alguien lo sepa antes de tiempo.

La investigación de los Ferrara hace seis meses había identificado la ruta operativa utilizada para sacar a Giorgio de Trapani y algunos contactos comprados en el puerto, pero todos terminaban en intermediarios muertos, desaparecidos o incapaces de señalar al hombre que había ordenado el secuestro.

Pio levantó la vista.

—¿Una filtración?

Carlo no respondió enseguida. Sus ojos bajaron hacia el escritorio y se detuvieron en el teléfono junto a la mano de Adriano. Durante un segundo, ninguno de los presentes pareció capaz de olvidar.

—Después de lo que ocurrió con Giorgio —murmuró Carlo, más bajo—, deberíamos asumir que cualquier puerta puede estar abierta.

Gabriella apretó los dedos sobre el respaldo de la silla.

—Mi hermano no es una advertencia política.

Carlo levantó la mirada y el dolor apareció sin defensas en su rostro. Había querido a Giorgio casi como a un hijo y ninguno de ellos necesitaba explicar cuánto seguía pesando aquella ausencia.

—No —aceptó Carlo—. Giorgio era mucho más que eso.

Don Adriano se quedó inmóvil junto a la ventana. Aquella frase pesó más de lo que debía. Carlo había querido a Giorgio casi como al hijo que no había tenido. Lo había llevado de niño al puerto, le había enseñado a jugar ajedrez y a mentir sin pestañear cuando la mentira podía salvar una vida.

—Precisamente por Giorgio —continuó Carlo, recuperando la compostura—, esta noche no podemos permitir errores.

Sus ojos volvieron a Gabriella con una preocupación familiar que no necesitaba ternura para ser evidente.

—El Consejo observará cada gesto tuyo.

—Que observen.

Carlo ladeó la cabeza.

—No todos perdonan que Adriano haya elegido a su hija como heredera de Trapani —advirtió—. Por eso debemos llegar preparados para respaldarla.

Don Adriano giró hacia su hermano.

—Sé que estarás a su lado, Carlo.

La pregunta cayó con suavidad, pero no tuvo nada de suave.

Carlo miró a Adriano y asintió con la serenidad de quien no necesitaba dramatizar una promesa.

—Sirvo a Trapani —aseguró Carlo—. Y protegeré a Gabriella como he protegido siempre a esta familia.

Gabriella encontró en sus ojos el cansancio de aquellos seis meses y el afecto silencioso de quien también había perdido a Giorgio. Carlo no ocupaba el lugar de su padre, pero había estado presente en cada momento importante de su vida.

Carlo había estado siempre allí: a la derecha de su padre, detrás de las decisiones, en los pasillos donde los hombres bajaban la voz y en las reuniones donde la verdad rara vez se decía completa. Había sido parte de Trapani tanto tiempo que todos lo respetaban antes incluso de escucharlo.

Don Adriano dobló la convocatoria y la dejó sobre el escritorio.

—Eres el Consigliere de Trapani, entonces haz tu trabajo.

Carlo inclinó la cabeza.

—Como siempre.

—Organizaré el traslado —anunció Pio.

Adriano asintió antes de volver la atención hacia su hija.

—Vienes conmigo y esta vez procura parecer una Ferrara.

Gabriella se cruzó de brazos.

—Qué alivio. Pensé que querías que pareciera obediente.

—No tientes a tu suerte.

—Mi suerte lleva seis meses intentando matarme. No creo que se ofenda.

Pio la miró de reojo. Esa clase de mirada que no decía «cállate», pero lo sugería con bastante claridad.

Gabriella fingió no verlo.

—¿El Consigliere de Palermo asistirá?

Una ceja se arqueó ligeramente sobre los ojos verdes de su padre.

—Los cuatro Capos. Y sus herederos.

Entonces pensó en Giuseppe Ricci, el nombre que llevaba meses evitando.

La sola idea consiguió irritarla, porque Giuseppe tenía una habilidad especial para hacerlo sin necesidad de estar presente.

Siempre impecable, siempre correcto y siempre observando todo con aquella calma insoportable que parecía formar parte de su sangre.

Habían pasado años chocando en reuniones, cenas y encuentros obligatorios entre familias. Siempre observaba a Gabriella como si estuviera resolviendo un problema matemático, convencido de que todo podía solucionarse con suficiente disciplina, y nunca había bajado la mirada ante ella.

—Maravilloso —murmuró. Don Adriano dejó escapar una exhalación cansada.

—Gabriella.

Ella caminaba hacia la puerta cuando respondió.

—Lo intentaré, pero no prometo que Palermo sobreviva.

Cuando la puerta se cerró tras Gabriella, Pio salió para organizar el traslado. Durante unos segundos solo quedaron los hermanos Ferrara, Adriano junto al escritorio y Carlo a unos pasos, mientras la convocatoria doblada permanecía sobre la madera entre ambos.

—¿Crees que está preparada? —preguntó al fin.

Carlo tardó en responder porque nunca hablaba antes de calcular el efecto que tendrían sus palabras en Adriano.

—Nadie está preparado para heredar una guerra.

Adriano levantó la vista hacia él. En sus ojos verdes había cansancio, pero también una certeza antigua, obstinada e imposible de negociar.

—No le estoy dejando una guerra. Le estoy entregando Trapani.

—Trapani tendrá que aprender a obedecerla.

—Gabriella es mi elección —reafirmó Adriano.

Carlo no apartó los ojos de su hermano y sonrió con un afecto cansado, nacido de demasiados años compartiendo responsabilidades y pérdidas.

—Lo sé, Adriano. Y es una buena elección.

El Capo de Trapani volvió a mirar hacia la ventana. Carlo, en cambio, observó el lugar vacío que Gabriella acababa de dejar atrás.

—Serviré a tu elección —añadió—. Y me ocuparé de que nadie confunda su juventud con debilidad.

Adriano asintió. Con Carlo a su lado no necesitaba pedir una segunda promesa; su hermano llevaba décadas cumpliendo la primera.