Bajo Juramento de Fuego – Libro 1 (Los Herederos de Sicilia) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Gabriella Ferrara

Trapani siempre olía distinto, el aire llegaba directamente desde el Mediterráneo, cargado de sal, humedad y ese aroma cítrico a redes de pesca, hierro caliente y barcos que llevaban generaciones entrando y saliendo del puerto.

No tenía la elegancia calculada de Palermo ni esa forma suya de fingir que la violencia también podía vestirse bien.

Trapani era más directa y salvaje. Allí el mar no adornaba la ciudad, la mandaba.

Desde la terraza del palazzo Ferrara se veía gran parte de la ciudad extendiéndose hasta el puerto.

Los tejados de piedra clara brillaban bajo la luz de la mañana y el mar se confundía con el horizonte en una extensión azul, infinita.

A esa hora, algunos pescadores regresaban de faenar y las primeras embarcaciones comenzaban a moverse entre los muelles, mientras las campanas de una iglesia cercana marcaban el inicio de un nuevo día que Gabriella no estaba segura de poder soportar.

Sostenía una taza de café entre las manos. El líquido se había enfriado hacía mucho y ni siquiera lo había notado; últimamente dejaba de notar demasiadas cosas, como el hambre, el sueño o esa dificultad para respirar sin sentir que algo podía romperse detrás de la siguiente puerta.

Desde la muerte de Giorgio, los días se mezclaban en una sucesión interminable de reuniones, informes de seguridad, llamadas de madrugada y silencios cada vez más largos.

A veces conseguía engañarse durante unos minutos.

Bastaba una conversación, un documento urgente o cualquier distracción insignificante para que el dolor permaneciera quieto, agazapado en algún rincón de su pecho.

Después aparecía una fotografía olvidada, una canción escuchada por casualidad o una frase absurda que él habría dicho y todo regresaba con la misma fuerza.

El viento le desordenó el cabello mientras las olas rompían contra las rocas.

Ni aquel sonido de infancia conseguía tranquilizarla.

Desde hacía seis meses, su cuerpo vivía en permanente estado de alerta.

Un teléfono vibrando, una puerta cerrándose con demasiada fuerza o un coche reduciendo la velocidad frente al palazzo bastaban para tensarle los músculos y acelerarle el pulso antes incluso de comprender qué estaba ocurriendo.

Después de Giorgio, sabía que el peligro podía llegar sin aviso.

—¿Vas a seguir fingiendo que deseas beberte eso? —preguntó Pio a sus espaldas, con una suavidad brusca que solo él podía permitirse.

Gabriella lo ignoró, reconocía aquella voz, aunque la ciudad entera estuviera ardiendo.

—Estaba esperando a que se enfriara.

Pio apareció a su lado y apoyó ambos antebrazos sobre la barandilla de piedra. Su cuerpo ocupaba demasiado espacio para pasar inadvertido y la vigilancia constante de sus ojos hacía difícil imaginarlo en un lugar que no exigiera estar preparado para una guerra.

El viento agitó un poco su camisa negra mientras recorría el horizonte con una mirada automática y constante. Incluso cuando hablaba o parecía relajado, Pio seguía vigilando; llevaba haciéndolo casi toda su vida.

—Lleva frío quince minutos.

Gabriella dejó la taza sobre la mesa de hierro forjado con un golpe suave.

—Perfecto. Ahora resulta que mi café también necesita escolta.

La comisura de los labios de Pio se movió un poco, lo más parecido a una sonrisa que solía permitirse. El silencio regresó entre ellos con absoluta naturalidad. Él era una de las pocas personas que no sentía la necesidad de llenarlo.

—¿Llamó Isabella? —preguntó.

—Antes de entrar a clase —respondió Pio, sin apartar la mirada del puerto—. Intentó sonar despreocupada.

Gabriella aflojó los dedos alrededor de la barandilla. Saber que Isabella había llamado le daba aire suficiente para continuar.

—Eso no responde a mi pregunta.

—¡Está bien, Gabriella!

La palabra «bien» había perdido casi todo su significado. Nada era normal desde la muerte de Giorgio para ella, para Isabella, para su padre ni para los hombres que llevaban años trabajando para los Ferrara.

Sin embargo, su hermana seguía enviándole fotografías de cafeterías romanas, mensajes absurdos sobre profesores insoportables y pequeños fragmentos de una vida universitaria que intentaba parecer corriente.

Gabriella fingía creer aquella versión porque la alternativa resultaba demasiado dolorosa y ambas sabían que la tranquilidad había muerto junto a Giorgio.

Su mirada cayó hacia los jardines. Distinguió el sendero donde Giorgio había colocado una serpiente falsa para asustar a Isabella, los setos tras los que ambos se escondían para evitar los castigos del Capo y el rincón donde su madre organizaba las meriendas de los domingos.

En el palazzo todavía era imposible recorrer un espacio sin encontrar a su hermano en algún recuerdo.

—Tampoco has desayunado —añadió Pio, sin mirarla.

Gabriella apoyó los antebrazos sobre la barandilla.

—¿Ahora vigilas también mi dieta?

—Vigilo lo que puede hacerte daño.

La frase le robó una risa breve e involuntaria.

—Desconocía tu faceta de poeta.

—No haces bromas cuando estás bien.

Gabriella giró la cabeza. Odiaba aquellos comentarios, la facilidad con la que Pio la leía y los años de observación que le permitían saber, sin explicaciones, cuándo algo iba mal.

—Debo de estar fatal, porque tengo unas cuantas más.

Pio no apartó los ojos de ella durante unos segundos.

—No me mientas a mí —advirtió Pio. La familiaridad con la que pronunció aquellas palabras le dolió más que un reproche.

—No eres tan especial.

—Mentira número dos.

—Idiota.

Durante un instante pareció que él iba a sonreír, pero el momento terminó cuando uno de los empleados apareció en la terraza.

—Signorina Ferrara. Su padre la espera.

Gabriella abandonó la terraza sin responder y atravesó los corredores del palazzo. Conocía cada escalera, cada puerta y cada retrato familiar, pero el despacho de Don Adriano seguía obligándola a respirar hondo antes de entrar.

El olor la golpeó de inmediato: tabaco, cuero, whisky y el rastro metálico de los medicamentos que los empleados intentaban esconder entre los lujos del despacho.

Don Adriano permanecía junto a la ventana, con una taza en la mano, observando los viñeros.

La luz de la mañana iluminaba parcialmente su figura y revelaba detalles que pocos se atrevían a mencionar, como la rigidez de una rodilla que comenzaba a fallar, el cansancio que aparecía después de caminar demasiado y las manchas de la edad sobre unas manos que durante décadas habían dirigido una de las organizaciones más poderosas de Sicilia.

La mayoría veía al Capo de Trapani, pero Gabriella veía a su padre y por eso reparaba en lo que los demás pasaban por alto.

—Llegas tarde —amonestó Don Adriano sin volverse, con la aspereza de quien escondía el cansancio detrás de la autoridad.

Gabriella apoyó una mano sobre el respaldo de una de las sillas.

—También tú. A los «buenos días», quiero decir.

Los ojos verdes de Adriano se encontraron con los suyos.

—Sigues confundiendo insolencia con carácter.

—Y tú sigues confundiendo miedo con autoridad.

Aquella conversación podría haber ocurrido diez años antes o diez años después. Siempre terminaban observándose con la hostilidad familiar de quienes conocían demasiado bien dónde herir al otro.

—¿Isabella? —preguntó él, y la ironía desapareció de golpe.

—A salvo. Por ahora.

El silencio que siguió fue suficiente. Ambos comprendían lo que significaban aquellas dos palabras, «por ahora».

—No puedes convertir Roma en una jaula.

Gabriella no le esquivó los ojos.

—Puedo intentarlo.

La impaciencia cruzó brevemente el rostro de Adriano.

—Giorgio no volverá porque tú aprietes más los puños.

La mandíbula de Gabriella se tensó al escuchar la frase.

—No pronuncies su nombre para ganar una discusión.

—Soy tu padre. Diré lo que deba decir.

—Y yo soy tu hija. No tu soldado.

Durante un instante, la mirada de Adriano perdió dureza. Gabriella no supo si había visto orgullo o preocupación antes de que su padre recuperara la expresión del Capo.

El teléfono sonó sobre el escritorio una vez y después otra. Adriano respondió, escuchó sin decir casi nada y su expresión fue endureciéndose. Cuando colgó, la tensión en su rostro y el silencio del despacho bastaron para advertir a Gabriella de que algo había cambiado.

—El Consejo —dijo él.

Casi de inmediato llegó la convocatoria con la hora, la ubicación y las familias citadas.

Gabriella se incorporó.

—¿Qué quieren?

—Que vayamos esta noche.

La convocatoria les preocupó, el Consejo nunca reunía a los cuatro territorios sin una razón de peso y, después de Giorgio, Gabriella sabía que el silencio oficial podía ocultar una amenaza.

La puerta se abrió pocos minutos después, Pio entró primero, con el teléfono ya en la mano y la mirada recorriendo la habitación antes de detenerse en Gabriella.

Carlo entró detrás de Pio sin prisa, como hacía siempre.

Su calma no era indiferencia, sino la disciplina de quien había pasado media vida sosteniendo a Trapani en los peores momentos.

Gabriella comprendía por qué todos lo escuchaban y por qué, en su familia, su presencia solía devolver orden a una habitación.

Vestía un traje gris oscuro impecable y llevaba el cabello plateado peinado hacia atrás con una precisión casi antigua.

No poseía la presencia brutal de Don Adriano ni la amenaza física de Pio, pero su paciencia al observar y la atención con que escuchaba obligaban a todos a medir las palabras delante de él.

—Adriano —saludó Carlo, inclinando la cabeza.

Después miró a Gabriella.

—Sobrina.

La palabra sonó afectuosa, como siempre. Carlo había sido una presencia constante desde su infancia, el tío que sabía cuándo ofrecer un consejo y cuándo limitarse a permanecer cerca sin exigir explicaciones.

Don Adriano le tendió la convocatoria. Carlo no la tomó de inmediato. Primero observó el rostro de su hermano, después el de Gabriella y, solo entonces, aceptó el documento entre los dedos.

—Todos los territorios —murmuró tras leerlo.

—Eso han dicho —confirmó Adriano.