CAPÍTULO 1
Giuseppe Ricci
Palermo no dormía, en la oscuridad seguían vivos el rumor del mar, las voces lejanas del puerto y los secretos enterrados bajo sus calles estrechas, sus iglesias centenarias y aquellos palacios viejos levantados sobre sangre, dinero y pactos que jamás aparecían en ningún documento oficial.
Desde el muelle de Santa Lucía, el mar Tirreno golpeaba con lentitud los pilotes de madera mientras el viento arrastraba olor a sal, hierro oxidado, gasóleo y humedad.
Un aroma áspero, profundamente siciliano, de esos que terminaban aferrándose a la ropa y a la piel de cualquiera que permaneciera demasiado tiempo allí.
Las luces amarillentas del puerto conseguían abrirse paso entre la negrura de la madrugada.
Los contenedores apilados se alzaban como bloques descomunales de cemento y metal, proyectando sombras deformes sobre el pavimento mojado; más allá, un carguero terminaba de descargar mercancía bajo la supervisión de hombres armados que trabajaban con la precisión silenciosa de un pelotón militar.
Giuseppe observaba la operación desde el borde del muelle. El viento agitaba el abrigo oscuro que cubría su traje, pero él permanecía inmóvil, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en cada movimiento que se desarrollaba frente a él.
Él había aprendido desde niño que el orden separaba el poder del caos.
Lo sabía por las cenas en las que Don Marco hablaba de muertos, por Matteo regresando con los nudillos abiertos y por Alessandro sonriendo frente a hombres que habría preferido enterrar.
En la familia Ricci, cada uno cargaba una parte distinta de la violencia.
A Giuseppe le había tocado contener la suya hasta convertirla en disciplina.
Había aprendido a alinear documentos después de una ejecución, a limpiarse la sangre de los nudillos antes de entrar en una reunión y a no elevar la voz cuando una orden podía bastar.
Muchos confundían aquel dominio obsesivo con frialdad; los hombres inteligentes sabían que debajo seguía existiendo la violencia de un Ricci, entrenada para esperar el momento exacto.
Era el hijo mayor de Don Marco, su heredero y el futuro Capo Mandamento de Palermo. También ocupaba el cargo de Consigliere por nombramiento de su padre, una doble responsabilidad que lo situaba junto al Don en las decisiones de la Casa Ricci y lo preparaba para gobernarla algún día.
A sus treinta y un años, Giuseppe medía un metro noventa y dos y poseía una complexión construida para la violencia real, con hombros anchos, espalda poderosa, torso duro, brazos fuertes y una cintura estrecha.
La piel oliva, algo más pálida que la de otros hombres acostumbrados al exterior, mostraba pequeñas cicatrices.
Su rostro era marcadamente masculino, de mandíbula afilada y siempre tensa, pómulos definidos y una nariz recta endurecida por una antigua fractura apenas perceptible.
Llevaba el cabello negro, espeso y ligeramente ondulado peinado hacia atrás, y la barba corta perfectamente cuidada.
Sin embargo, eran sus ojos azules claros, fríos y analíticos los que obligaban a los demás a apartar la mirada.
El anillo de oro heredado de su abuelo descansaba en la mano izquierda. Cuando algo lo inquietaba, Giuseppe lo hacía girar con el pulgar, como ahora, mientras el sello de la famiglia Ricci atrapaba fugazmente la luz del puerto.
Frente a él, arrodillado sobre el cemento mojado, Mario Mancuso temblaba.
Había llorado. Había suplicado. Había pronunciado nombres de esposa, hijos y años de servicio como si la memoria pudiera comprarle otra oportunidad.
La cuerda que sujetaba sus muñecas le había arrancado piel, la sangre seca manchaba su camisa y uno de sus ojos comenzaba a cerrarse por la inflamación.
A pocos metros, Enzo Vitale vigilaba la escena apoyado contra un contenedor.
No compartía sangre con los Ricci; compartía algo más difícil de conseguir, lealtad.
Giuseppe lo conocía desde niño y sabía que Enzo podía sonreír en medio de un incendio sin perder de vista la salida, el arma y al traidor más cercano.
Por eso, cuando uno de los soldados jóvenes soltó una risa mal contenida, ambos giraron la cabeza al mismo tiempo.
La mirada de Giuseppe bastó para que el muchacho borrara la sonrisa. En Palermo existían reglas y disfrutar de la crueldad jamás había sido una de ellas.
Giuseppe abrió la carpeta de cuero negro y revisó los documentos sin prisa. Permitió que el silencio hiciera su trabajo. Las olas golpeaban los pilotes, un barco chirriaba en la oscuridad y nadie se atrevía a mirar demasiado al traidor.
—Mario Mancuso —lo llamó al fin.
El hombre levantó la cabeza de inmediato.
—Giuseppe... por favor...
—Vendiste rutas marítimas a compradores externos.
—Fue una sola vez. Lo juro. Solo una.
Giuseppe lo observó encogerse bajo el miedo, perder la dignidad y aferrarse a la idea de que una traición podía medirse por cantidad.
—Una basta. —La respuesta cayó sobre el muelle como una sentencia.
Mancuso abrió la boca, pero la mirada de Giuseppe lo silenció.
—¿Sabes cuál fue tu verdadero error?
El hombre negó con la cabeza, incapaz de mirarlo a los ojos.
Giuseppe pensó en Don Marco. En la forma en que su padre le había enseñado que una familia no caía por sus enemigos, sino por los hombres que olvidaban a quién debían lealtad.
—Creíste que eras más inteligente que el sistema que te alimentaba.
Giuseppe sacó la Glock y el sonido metálico quebró lo poco que quedaba de Mancuso. El hombre comenzó a llorar de verdad; ya no negociaba, solo pronunciaba nombres, los de sus hijos y su esposa, los años de servicio y las segundas oportunidades que jamás llegarían.
Palabras.
Como Consigliere y heredero de Palermo, Giuseppe escuchó una parte y dejó que el resto se perdiera entre el viento y el ruido del mar; la decisión había quedado tomada cuando Mancuso vendió la información y ninguna súplica podía cambiarla.
El disparo resonó seco y brutal. Las gaviotas levantaron el vuelo y el cuerpo cayó hacia atrás, golpeando el cemento húmedo con un sonido pesado. Después, durante unos segundos, solo se oyeron las olas contra los pilotes y el chirrido lejano de un barco.
Giuseppe guardó el arma con la misma calma con la que la había sacado y observó brevemente el cadáver antes de volverse hacia el soldado más joven.
—Limpia esto.
El muchacho asintió tan deprisa que casi tropezó al moverse.
Enzo caminó a su lado hacia el Maserati negro estacionado al final del muelle. Las primeras luces del amanecer comenzaban a teñir el horizonte mientras Palermo despertaba con una belleza indecente.
—Podrías haberlo dejado sufrir un poco más —comentó Enzo, con esa ligereza peligrosa que convertía la crueldad en broma.
Giuseppe abrió la puerta del conductor sin mirarlo.
—No estaba allí para entretenerte.
—Lástima. Yo sí me entretengo con facilidad.
—Y esa es exactamente la razón por la que no te dejé hablar.
Enzo soltó una exhalación divertida y ocupó el asiento del copiloto.
El vehículo abandonó el puerto y ascendió hacia la ciudad, entre cafés que abrían, una anciana que barría la entrada de una iglesia y el olor a pan caliente en una esquina. Palermo seguía funcionando como si no acabara de esconder otro cadáver.
El teléfono vibró sobre la consola central, Enzo miró la pantalla y algo cambió en su expresión antes de extenderle el dispositivo. Giuseppe lo tomó sin apartar del todo la vista de la carretera.
—Habla.
La voz de Alessandro llegó clara al otro lado de la línea.
—El Consejo convoca esta noche —le informó. La sobriedad de su voz hizo que Giuseppe redujera apenas la velocidad, un gesto mínimo, pero suficiente para que Enzo lo notara.
—¿Por qué?
—No lo han dicho.
—¿Quién va?
—Todos. Los cuatro territorios.
Giuseppe guardó silencio, porque el Consejo nunca movilizaba a toda Sicilia por capricho y, después de la muerte de Giorgio Ferrara, ninguna convocatoria podía considerarse inocente.
—¿Mi padre?
—Lo sabe.
La llamada terminó y Enzo apoyó el brazo sobre la ventanilla.
—Eso huele a problemas.
Una sonrisa casi imperceptible apareció en el rostro de Giuseppe.
—En Sicilia todo huele a problemas.
La villa Ricci apareció sobre una colina de Palermo, construida en piedra clara, con jardines en terrazas y ventanas abiertas hacia la ciudad. Su arquitectura era sobria, pero desde aquella altura dominaba Palermo sin necesidad de exhibirlo.
Giuseppe atravesó el vestíbulo con Enzo y llegó al despacho de su padre, impregnado del olor constante a cuero, madera oscura, whisky y tabaco.
Don Marco Ricci ocupaba su lugar junto a la chimenea.
Los años habían comenzado a dejar huellas visibles sobre él, aunque nadie con instinto de supervivencia se atrevía a mencionarlo.
El cabello blanco endurecía sus facciones, la cicatriz bajo el cuello de la camisa parecía una línea mal enterrada y el bastón descansaba junto al sillón como una advertencia de que incluso la debilidad podía servir de arma.
Giuseppe observó en silencio cómo se incorporaba su padre, atento a la rigidez del movimiento, la tensión en el costado y aquella breve tos que intentó ocultar llevándose la taza de café a los labios. No parecía grave todavía, pero bastaba para recordarle que los años empezaban a alcanzarlo.
Los gemelos Ricci también lo esperaban, Alessandro permanecía junto a una ventana con una taza de cappuccino en las manos, elegante y diplomático como si el mundo pudiera desactivarse con una sonrisa.
Matteo, en cambio, parecía incapaz de relajarse, con la mandíbula apretada y esa energía inquieta de quien buscaba una pelea desde antes de desayunar.
Eran tres hijos de Don Marco Ricci y tres maneras distintas de cargar el mismo apellido.
—Explícame por qué el Consejo convoca una reunión sin dar explicaciones —demandó Don Marco.
Giuseppe se quitó los guantes y los dejó sobre una mesa auxiliar.
—Aún no lo sabemos.
—¿Y qué esperas para averiguarlo?
Matteo soltó una risa breve y se calló cuando Don Marco giró el rostro hacia él.
Giuseppe se sirvió una pequeña cantidad de whisky. Era demasiado temprano, pero el día venía cargado de demasiadas cosas.
—Hay algo más.
Matteo levantó la cabeza, estudio el rostro de su hermano y soltó.
—Ferrara —escupió, como si el apellido le quemara la lengua—. Siempre Ferrara.
El apellido bastó para devolver al despacho la vieja tensión entre Palermo y Trapani.
Alessandro dejó la taza sobre una mesa cercana.
—Si alguien quiere alterar el equilibrio entre Palermo y Trapani, no tocará primero una ruta. Tocará una herida.
—Ve al punto —ordenó Don Marco.
Giuseppe observó el whisky girar dentro del vaso.
—Gabriella tiene una.
Don Marco comprendió antes que nadie.
—Isabella.
El nombre dejó el despacho más frío.
—Hace años que está en Roma —confirmó Matteo.
—Precisamente.
—¿Crees que alguien se atrevería a tocarla?
Giuseppe levantó la vista.
—Si quisiera destruir a los Ferrara, no empezaría por Gabriella.
La habitación quedó en silencio. Todos entendieron que Gabriella estaba alerta y rodeada de hombres, mientras Isabella seguía lejos, en Roma, con una vida que todavía podía parecer normal.
Don Marco apoyó la taza sobre la mesa.
—Prepara todo para irte a Roma —ordenó Giuseppe mirando a Matteo—. A partir de hoy serás la sombra de Isabella Ferrara.
Matteo arqueó una ceja.
—¿Ella lo sabe?
—No.
—Va a odiarlo.
—Puede odiarlo viva.
Una sonrisa peligrosa apareció lentamente en el rostro de Matteo.
—Eso sí empieza a sonar divertido.
—No te mandé para divertirte.
—Qué lástima. Hoy todos quieren arruinarme el día.
Alessandro soltó una exhalación que pudo haber sido una risa. Don Marco no sonrió, pero algo en sus ojos se suavizó durante un segundo ante aquella discusión familiar, antes de que volvieran a las rutas, los informes y los movimientos extraños detectados durante las últimas semanas.
Gabriella Ferrara.
Él pensó en ella como un problema, una constante y una presencia que llevaba demasiado tiempo ocupando espacio en su vida.
Habían heredado aquella enemistad antes incluso de comprender su origen.
Habían crecido escuchando historias sobre hombres muertos, territorios perdidos y viejas traiciones que ninguno de los dos había cometido.
Cada encuentro había terminado igual: una discusión, una provocación, un tiroteo o una amenaza disfrazada de cortesía.
Aun así, cuando Giuseppe pensaba en Gabriella, recordaba sus ojos y la forma en que se negaba a bajar la mirada ante cualquiera.
La mayoría de las personas terminaban apartando la vista cuando comprendían quién era él; Gabriella Ferrara jamás lo había hecho, quizá por eso resultaba tan irritante y quizá por eso era imposible ignorarla.
Mientras observaba Palermo más allá de los ventanales del despacho, Giuseppe sintió una incomodidad lenta instalándose bajo las costillas. Si el Consejo había convocado a toda Sicilia aquella noche, Gabriella también estaría allí.
Después de mucho tiempo, Giuseppe dudó de que la frialdad le bastara cuando la tuviera delante en él.