Bajo Juramento de Fuego – Libro 1 (Los Herederos de Sicilia)
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PRÓLOGO
La noche que todo ardió.
La tormenta llegó desde el Mediterráneo poco antes de la medianoche y golpeó los ventanales del palazzo Ferrara como si quisiera arrancarlos de cuajo.
El mar rugía contra los acantilados, la lluvia caía con rabia sobre la piedra antigua y cada relámpago iluminaba, por un segundo, la espuma blanca rompiéndose contra las rocas.
Gabriella apoyó la mano sobre el cristal frío.
El olor a sal, humedad y piedra mojada siempre le había recordado la guerra, quizá porque había nacido en una familia donde incluso el silencio podía ser una amenaza o porque, después de la muerte de su madre, aprendió demasiado pronto que la tranquilidad de los Ferrara nunca duraba demasiado.
En el despacho de su padre la lámpara antigua y la chimenea alcanzaban a iluminar los libros, los retratos familiares y las fotografías. Desde las paredes, generaciones enteras de Ferrara parecían observarla y recordarle todo lo que esperaban de ella.
Gabriella conocía demasiado bien ese lugar. Había pasado media vida allí, aprendiendo de Don Adriano lo que ninguna niña debería aprender, a leer balances de contrabandos, a interpretar silencios y a distinguir cuándo una amenaza era real y cuándo solo pretendía asustarte.
Su padre siempre decía que la violencia era el último recurso. El poder, en realidad, empezaba antes, en una deuda, en un favor imposible de rechazar y en el miedo que alguien tragaba antes de atreverse a decir que no.
Pio permanecía junto a la puerta, inmóvil y enorme. Llevaba protegiéndola desde que ambos eran unos niños y Gabriella conservaba intacta la certeza de que mientras él estuviera cerca, no tendría que enfrentarse sola a lo que llegara.
Por eso, cuando el teléfono cifrado vibró sobre el escritorio y él levantó la cabeza, Gabriella sintió un mal presagio.
La pantalla se iluminó con un número desconocido.
—No contestes —ordenó Pio.
Gabriella giró la cabeza despacio.
—¿Desde cuándo decides qué llamadas respondo?
Él se adelantó, tomando el teléfono antes de que ella pudiera alcanzarlo.
—Desde nunca —replicó—. Pero ese número no llama para hablar.
En otro momento, Gabriella habría soltado alguna réplica. Esa noche no pudo. Había algo en la cara de Pio que le quitó las ganas de pelear. Lo había visto furioso, herido, cubierto de sangre y dispuesto a matar, pero nunca con aquel miedo.
—Pio —lo llamó ella, sin ironía—. ¿Qué estás viendo?
Él siguió mirando la pantalla un segundo más.
—Nada que quiera cerca de ti.
Pio evitaba hablar de malos presentimientos, preocupación o cuidado; porque él siempre actuaba. Oírlo admitir que algo no le gustaba significaba que ya había reconocido una amenaza demasiado cercana.
Gabriella le arrebató el teléfono antes de que pudiera detenerla.
—Si han llamado para amenazarme, que me lo digan a la cara.
La pantalla cambió de inmediato a videollamada. Gabriella aceptó sin pensarlo y la imagen apareció rota, llena de sombras e interferencias.
Al principio solo hubo oscuridad. Después, un destello de luz industrial reveló metal y hormigón húmedo, mientras una gota caía una y otra vez con un sonido lento e insoportable.
La cámara terminó de enfocar y Gabriella reconoció un almacén: con sus columnas oxidadas, los charcos oscuros, las paredes manchadas por la humedad y el eco del agua cayendo en algún punto invisible.
Después distinguió una silla metálica y a un hombre sentado en ella.
El hombre se movió un poco, un pequeño gesto, una respiración tosca y el leve temblor de unos hombros que parecían incapaces de sostener el peso de tanto dolor.
Cuando levantó la cabeza, Gabriella reconoció sus ojos.
La respiración se le quedó atrapada en la garganta. El teléfono comenzó a pesarle entre las manos mientras miraba aquella figura inmóvil. Su corazón golpeó con fuerza, una vez y luego otra, hasta volverla dolorosamente consciente de cada latido.
Los ojos verdes aparecieron primero, inflamados, rodeados de hematomas oscuros y, ocultos tras la hinchazón, pero seguían siendo los mismos ojos que la habían acompañado durante toda la vida.
Los que se reían de ella cuando perdía los nervios y los que la cubrían de niña cuando ambos hacían algo que sabían que les costaría un castigo.
Entonces apareció aquella sonrisa imposible, pequeña, rota y dolorosamente familiar.
La garganta de Gabriella se cerró de golpe.
Durante un segundo dejó de ver el almacén, la sangre y las cuerdas que lo ataban.
Ante ella estaba Giorgio, su hermano, robándole cannoli del plato y huyendo por los pasillos del palazzo; empujándola al mar durante un verano en Favignana porque estaba convencido de que aprendería a nadar más rápido; interponiéndose entre ella y Don Adriano cada vez que alguno de los dos decidía declararle la guerra al otro.
El teléfono comenzó a temblar entre sus dedos.
—No... —La palabra le salió sin aire, quebrada antes de convertirse en sonido.
—¡Giorgio!
El grito estalló dentro del despacho con una violencia que ni siquiera ella reconoció como propia.
Pio hablaba por el auricular, exigiendo rastreos, movilizando equipos y lanzando órdenes que se mezclaban con el rugido de la tormenta. Gabriella casi no distinguía las palabras, todo le llegaba amortiguado, como desde el fondo del océano.
—Gabi...
La voz de Giorgio atravesó el altavoz, convertida en un sonido áspero y desgarrado. Cada palabra parecía costarle un esfuerzo inmenso y, aun así, seguía intentando sonar tranquilo.
—Giorgio, mírame. —Se acercó tanto a la pantalla que su respiración empañó el cristal—. Dime dónde estás. Dime qué te han hecho.
La respuesta nunca llegó.
En su lugar, alguien se rio. Fue un sonido bajo, educado y completamente fuera de lugar en medio de aquella pesadilla. Gabriella sintió cómo los músculos de su espalda se tensaban mientras observaba la pantalla.
Alguien se movió entre las sombras. Una figura alta emergió bajo la luz mortecina de una lámpara industrial. El hombre parecía demasiado limpio para aquel lugar.
Vestía una camisa negra impecable, gemelos de ónix y varios anillos oscuros. Ajustó uno de ellos con una calma tan perfecta que resultó más perturbadora que la sangre sobre Giorgio.
Su rostro era anguloso, atractivo de una forma inquietante. Pero fueron sus ojos grises, inmóviles y vacíos, los que obligaron a Gabriella a aferrarse con más fuerza al teléfono.
—Gabriella Ferrara —pronunció el desconocido, saboreando su nombre como si ya le perteneciera—. Por fin.
Su voz era grave, suave y perfectamente controlada. Hablaba sin elevarla, midiendo cada palabra con tal precisión que Gabriella sintió más miedo que ante una amenaza abierta.
—Si querías mi atención, ya la tienes. Suéltalo.
El desconocido la observó durante unos segundos, estudiándola con una determinación que hizo que el estómago se le revolviera.
—Pensé que haría falta más para obligarte a escuchar.
—Dime quién eres.
Una mueca apenas perceptible curvó sus labios.
—Mi nombre no va a devolvértelo. Lo que hagas a partir de ahora, quizá sí.
Gabriella dio un paso más como si pudiera acercarse a su hermano. Sentía el corazón golpeándole las costillas con tanta fuerza que le dolía respirar.
—Vuelve a ponerle una mano encima y haré que toda Sicilia te busque.
La sonrisa se amplió un poco.
—Eso es exactamente lo que espero, princesa.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos mientras la lluvia seguía golpeando los ventanales del despacho. Pio ocupó su lugar a su lado sin apartar los ojos de la pantalla. Gabriella notó la rigidez de sus hombros, la mandíbula apretada y la tensión contenida en cada músculo.
—¡Ya basta de juegos! Dime qué quieres y qué tengo que hacer para que salga vivo de ahí.
El desconocido giró ligeramente la cabeza hacia Giorgio y lo examinó sin prisa, calculando cuánto podía hacerle delante de ella.
—Quiero Sicilia de rodillas.
Gabriella tardó un instante en procesar la respuesta. Él soltó aquel pedido con la misma naturalidad con la que otros pedían una copa o comentaban el tiempo.
—Entonces acabas de pedir tu propia muerte.
Los ojos grises regresaron a ella y esta vez parecían más atentos y más interesados.
—No —respondió él, y por primera vez pareció disfrutar de la conversación—. Acabo de darte una razón para entregármela tú misma.
Giorgio soltó una tos violenta que terminó en sangre. Intentó incorporarse, pero las cuerdas y el dolor lo devolvieron a la silla.
—Ni en tus sueños.
El desconocido sonrió con una calma aterradora.
—Mis sueños suelen cumplirse.
Después se inclinó junto a él y le sostuvo el rostro entre los dedos con una delicadeza falsa que provocó náuseas a Gabriella.
—Tu hermano cometió un error, Gabriella. Creyó que podía jugar una partida reservada para reyes.
—Giorgio, escúchame. Mírame. —La voz se le rompió, pero no apartó los ojos de él—. Voy a encontrarte. Aguanta hasta que llegue.
Su hermano soltó una pequeña risa ahogada. Tenía el rostro cubierto de sangre, respiraba con dificultad y apenas podía mantenerse consciente, pero seguía intentando tranquilizarla, como había hecho toda la vida.
—Pio —susurró ella, sin apartarse de la pantalla—. Dime que ya sabes dónde está.
—Todavía no.
—Entonces encuéntralo antes de que vuelva a tocarlo.
El desconocido volvió a acercarse a la cámara y apoyó una mano sobre el respaldo de la silla de Giorgio.
—Mira bien, Gabriella. Esta noche vas a aprender qué parte de tu poder no te pertenece.
Las manos de ella temblaban sin control. El cuerpo se le estremecía y el corazón le bombeaba a mil.
—Todo imperio cae por el mismo punto débil. —Sus ojos descendieron hacia Giorgio antes de volver a ella—. La gente que ama.
A Gabriella le costó respirar. Sentía el pecho demasiado pequeño para contener aquel dolor. Giorgio volvió a mirarla de verdad, con una claridad devastadora, como si hubiera aceptado algo que ella todavía era incapaz de comprender.
—Prométeme que no vas a dejarla sola, Gabi.
Ella negó con violencia.
—No. No me hables como si no fueras a volver.
—¡Prométemelo, Gabriella!
—No. Vas a salir de ahí y vas a decírselo tú mismo.
Los labios de Giorgio temblaron antes de pronunciar el nombre que terminó de romperla.
—Isabella.
Al escuchar el nombre de su hermana, Gabriella perdió por un instante la firmeza de las piernas.
—No digas su nombre.
—No dejes que llegue hasta ella.
Las lágrimas comenzaron a nublarle la vista.
—Giorgio, por favor...
Su hermano sonrió, aquella sonrisa triste que utilizaba cuando sabía que había tomado una decisión imposible y esperaba que ella terminara aceptándola.
—Él quiere dejarte sola, Gabi. Y no puedes permitírselo.
Después, todo ocurrió demasiado deprisa, en el espacio de un parpadeo, antes de que Gabriella pudiera comprenderlo.
Ella no recordaría haber gritado. Durante años intentaría reconstruir aquel instante, pero siempre tropezaría con el mismo vacío: el mármol golpeando sus rodillas, las manos de Pio sujetándola y el rugido de la tormenta alrededor.
De pronto, la puerta se abrió y Don Adriano Ferrara entró acompañado por dos hombres y se detuvo en cuanto cruzó el umbral. Sus ojos recorrieron la habitación, pasando por el teléfono abandonado sobre el suelo, la expresión de Pio y la figura de su hija arrodillada junto al escritorio.
Carlo Ferrara apareció detrás de él un segundo después.
Entró con la rapidez contenida de quien comprendía que cualquier movimiento brusco podía empeorar lo que encontraba delante.
La lluvia relampagueó a su espalda y la luz blanca le cruzó el rostro, revelando la preocupación que no alcanzó a ocultar.
Sus ojos recorrieron la habitación y encontraron a Pio en posición de alerta junto a Gabriella, el teléfono caído sobre el mármol, la pantalla negra todavía iluminada por reflejos rotos y los hombres de Adriano inmóviles junto a la puerta.
—¿Giorgio? —preguntó.
Nadie respondió. Carlo bajó la mirada hacia Gabriella y entendió antes de que alguien tuviera que decirlo.
Durante un segundo, apoyó la mano en el borde del escritorio. Luego respiró hondo, enderezó la espalda y volvió a ser el Consigliere que su familia necesitaba en aquel momento.
Don Adriano no apartaba la vista de su hija.
—Quiero a todos los hombres en movimiento —ordenó el Capo, y su voz sonó más baja que un grito y más peligrosa que cualquier estallido—. Cierren puertos, carreteras y almacenes. Nadie sale de Trapani y nadie entra sin que yo sepa quién es.
Carlo asintió de inmediato.
—Cruzaré rutas, cámaras, matrículas y contactos. Alguien abrió una puerta; antes del amanecer sabremos cuál, aunque me falte descubrir quién.
Gabriella apenas oyó la frase. Pio, en cambio, asintió y se llevó una mano al auricular para coordinar la búsqueda.
Carlo apartó la vista de la pantalla negra y comenzó a dar instrucciones con una precisión serena. El dolor seguía visible en su rostro, pero no permitiría que paralizara la búsqueda.
Gabriella levantó la cabeza. Las lágrimas descendían por sus mejillas, pero no eran lágrimas de derrota. Se aferró al brazo de Pio hasta clavarle las uñas en la piel y después buscó la mirada de su padre.
—Encuéntralo. —La voz salió baja, ronca y mortal—. Quiero un nombre, una cara y cada lugar donde crea que puede esconderse. Cuando lo tengas delante, no lo mates rápido.
El Capo asintió.
Al otro lado de los ventanales, la tormenta continuaba rugiendo sobre Trapani. Gabriella se aferró al brazo de Pio y soportó la mirada destrozada de su padre.
Protegería a Isabella, vengaría a Giorgio y si Sicilia exigía otro sacrificio, tendría que venir a arrancárselo de las manos.