CAPÍTULO 23
Catorce meses después
Valencia huele a azahar en abril y a naranja podrida en septiembre, y yo me había pasado treinta y un años sin darme cuenta de que hay que ser extranjero para notarlo.
Raniero lo notó la primera mañana. Lo encontré en la puerta del taller, en la calle Caballeros, con un café en cada mano, olisqueando el aire como un perro de caza.
Llevaba cuatro días en la ciudad. Había llegado de madrugada, en un tren de Madrid, con dos maletas, una caja de libros y el rey negro de ajedrez de Fedora en el bolsillo de la chaqueta.
—Huele a fruta —dijo, sin volverse—. A fruta demasiado madura. Es una ciudad que se está pudriendo de dulzura.
—Eso se llama verano.
—En Puglia el verano huele a polvo.
—En Puglia el verano huele a otras cosas.
Se giró con una media sonrisa y me tendió uno de los cafés.
Ya no tenía la cicatriz fresca del pómulo, solo una línea fina y pálida, casi invisible, que solo yo sabía dónde buscar.
Había ganado peso. Dormía por las noches.
Y cada vez que lo miraba, sentada en el borde de la mesa de trabajo con la bata manchada de barniz, pensaba lo mismo: que un año antes habría apostado mi alma contra la posibilidad de verlo así.
Catorce meses. Hacía catorce meses que me había despertado en el convento de Otranto con la luna recorriendo el suelo de piedra.
Catorce meses de declaraciones, de peritajes, de viajes a Bari, de llamadas nocturnas de Benedetti, de una ciudad de Italia que había pasado de ser el escenario de una pesadilla a un lugar que ya no me atrevía a nombrar sin un nudo en el estómago.
Mi madre vive desde marzo a cuatro portales del taller.
No se lo pedí. Después de aquella frase de Ettore sobre la carretera de la costa, que yo le conté solo cuando ya había pasado todo, Benedetti hizo que una patrulla pasara cada noche por su calle, y ella se encontró un día con el piso lleno de cajas de mudanza y una orden de «por su seguridad».
Ahora viene los domingos con una fiambrera de arroz, mira a Raniero de arriba abajo y le dice: «Tú eres el italiano».
Él contesta: «Sí, señora». Y ella: «Pues come».
Y ahora, en septiembre, en un taller de techos altos con vigas de madera y una ventana que daba a un patio interior lleno de geranios, Raniero Leuzzi removía el azúcar de su café con una cucharilla que yo le había comprado en el Rastro.
—Tienes cara de estar pensando en cosas —dijo.
—Pienso en que llevas cuatro días y ya has reorganizado mi estantería de pigmentos.
—Estaba desordenada.
—Estaba ordenada por colores.
—Por tonos. Eso es distinto. —Se sentó a mi lado en la mesa, con cuidado de no derramar nada—. Te he ordenado los azules por origen. Lapislázuli, azurita, cobalto, ultramar sintético. Es más lógico.
—Es una obsesión.
—Es lo que me enseñó Tancredi. —Sonrió con cierta tristeza—. «Un libro de cuentas y una estantería deben decir la verdad en el primer vistazo.»
Le puse una mano en la rodilla. No hubo más palabras. Nos quedamos un rato mirando el patio, con la luz de septiembre colándose oblicua entre los geranios, hasta que alguien llamó a la puerta con dos golpes impacientes.
Era el cartero. Traía una caja pequeña de cartón, sellada con cinta marrón, con mi nombre escrito a mano en una caligrafía que yo reconocí antes de ver el remitente.
Signorina Aitana Beltrán, Taller Ferraro, C/ Caballeros 14, Valencia. Da parte di C.
Me quedé sin aliento.
—Es de Cosimo.
La abrimos encima de la mesa de trabajo, entre pinceles y botes de trementina.
Dentro había una caja de madera de olivo, pulida a mano, del tamaño de una cajita de costura, y sobre ella, sujeta con una goma elástica, una postal.
En el anverso, una fotografía nocturna del puerto de Hamburgo: grúas iluminadas, agua negra, el perfil de un velero antiguo convertido en restaurante.
Le di la vuelta. La letra de Cosimo, apretada y cuidada, ocupaba hasta el último milímetro.
Signorina: la encontré. Benedetti tardó ocho meses y yo tardé tres días en reconocerla.
Vive en Altona, en un cuarto piso sin ascensor, y me abrió la puerta con el mismo delantal que yo recordaba de 2009.
Tiene dos nietos que hablan alemán y una cocina que huele a laurel.
Se fue porque el señor Tancredi le pagó el billete la misma noche en que ella se marchó.
Nunca lo supe. Me perdonó por tardar diecisiete años.
Yo aún no me perdono. Le mando lo que hace mi hermana con las manos. Gracias por abrir aquella puerta. — C.
Levanté la tapa de la caja de madera. Dentro, sobre un lecho de paño blanco, descansaba una pieza diminuta, exquisita, de cerámica esmaltada en azul cobalto: un olivo de unos cinco centímetros con las ramas retorcidas y un pájaro posado en la más alta.
—Es Grottaglie —dijo Raniero, sin voz—. De las de verdad.
—Lo sé.
—Immacolata las hacía en la cocina de la villa. Cuando éramos pequeños nos regalaba una cada Navidad. Creí que las había perdido todas.
Se le llenaron los ojos. No lloró. Sonrió, con una ternura que me partió el pecho, y apoyó el olivo de cerámica contra el cristal de la ventana, donde la luz lo atravesó y lo convirtió en un pequeño fuego azul.
Cuando por fin dejé de mirarlo, descubrí que bajo el paño blanco había algo más: un chal de lana gris, doblado en cuatro, con una nota de letra temblorosa. Para las noches de Valencia. No olvide a Livia. — A.
Assunta había declarado contra Salvatore en la primera vista, con su silla de siempre y sus agujas en la falda. Se lo había prometido en un bar de pueblo, antes de que todo ocurriera: que alguien pagaría por Livia. Alguien había empezado a pagar.
*********
Esa tarde llegó el resto de las noticias.
Benedetti llamó a las seis, desde Roma, con la voz alegre y rasposa de quien lleva una semana sin dormir porque está a punto de ganar. Me saludó en italiano, preguntó por Raniero, me preguntó por el taller, y después, sin transición, me dio el parte con un orden meticuloso.
El juicio oral empezaría el doce de noviembre en Lecce.
Ettore Leuzzi había rechazado un acuerdo de conformidad.
Se enfrentaba a una petición de fiscalía de treinta y dos años.
Su abogado romano había presentado dos recursos por defecto de forma, ambos rechazados.
Lamberto Dessì había confesado todo a cambio de una rebaja.
Salvatore Bellomo, un intento de homicidio y otros cinco cargos, esperaba sentencia en Regina Coeli.
Franco Rinaldi, en Milán, había sido condenado en primera instancia a veintiséis años.
—¿Y Fedora? —pregunté.
—Doce años, rebajados a seis por su colaboración. Cumple en Lecce, en la sección femenina, con un tablero que le dejaron conservar. —Se le suavizó la voz—. Me manda una postal cada mes con una jugada. Yo respondo con otra.
—¿Quién va ganando?
—Ella. Naturalmente.
Me reí. Benedetti también. Después hubo un silencio breve, del tipo que se abre en las conversaciones cuando ambos interlocutores están pensando en la misma persona.
—No la he perdonado —dijo Benedetti, muy bajo—. Pero la partida sigue.
—La tonnara —continuó—. Hemos empezado las obras el lunes. Va a llamarse Fondazione Livia Ferraro. Tres pisos de refugio, asesoría legal, clases de italiano. Las veintitrés han sido las primeras en firmar como voluntarias. Ioana dirige la cocina.
—¿Ioana? ¿La enfermera?
—Dice que siempre quiso tener una cocina propia. —Hizo una pausa—. Inauguramos en primavera. Su nombre va en la placa, señorita Beltrán. Junto al de Raniero. Y junto al de Livia.
—No hace falta.
—Sí hace falta. —La voz de Benedetti sonó firme, definitiva—. Usted le dio sentido a todo lo que ella dejó sin terminar.
No supe qué contestar. Colgué con los ojos húmedos y las manos todavía temblorosas, y cuando levanté la vista Raniero estaba de pie en la puerta del taller, con los brazos cruzados, sonriendo.
—Va a ponerte una placa.
—Lo sé.
—Te hará llorar en la inauguración.
—Lo sé.
—Te llevaré un pañuelo.
—Ya has reorganizado mi estantería —dije, sin poder evitar una risa entrecortada—. Ahora quieres reorganizar mis sentimientos.
—Quiero ordenarte los azules. —Se acercó, me tomó la cara entre las manos y me besó la frente—. Dejar cada uno en su sitio. Es lo único que sé hacer bien.
Raniero entregó a Benedetti los libros de tres años.
Declaró contra su propio padre durante cuatro días seguidos y contra sí mismo durante uno más, sin que nadie se lo pidiera.
No quiso que le rebajaran nada. Cuando le pregunté por qué, contestó con una frase de Tancredi: «Un libro de cuentas tiene que decir la verdad en el primer vistazo.
» Cedió a la Fondazione la parte de la villa que el Estado no había confiscado, y no volvió a hablar del tema.
*********
Giulia y Marco llegaron a las nueve de la noche, en un taxi que se detuvo delante de la puerta del taller con una brusquedad que hizo sonar el claxon dos veces.
Giulia bajó la primera, con un vestido amarillo, el pelo corto por encima de los hombros —se lo había cortado en invierno, un gesto que yo interpreté como una despedida— y las sandalias de cuero que sonaban sobre el empedrado como cuando tenía veintiuno.
Corrió hacia mí con los brazos abiertos.
Me abrazó tan fuerte que se me cayó el pañuelo que llevaba en la mano.
—¡Tana!
—Giulia.
—Cómo has cambiado. Estás… —se apartó, me miró de arriba abajo— estás más ancha de hombros.
—Es el barniz.
—Es la felicidad. No me lo discutas.
—Mamá te manda un abrazo y una caja de cantucci —dijo, medio hablándole a Raniero por encima de mi hombro—. Dice que si no engordas en Valencia, va a venir ella a comprobarlo.
Detrás de ella, Marco descendía del taxi con dos maletas y una caja de cartón que sostenía con mucho cuidado. Llevaba el pelo más largo y una barba descuidada que le quedaba mal y que, aparentemente, Giulia adoraba. Me sonrió. Yo le devolví la sonrisa. No hizo falta decir nada más.
—Te traemos vino —dijo, mostrando la caja—. De la bodega. De la que ha quedado.
—¿La bodega de los Leuzzi?
—La han confiscado el Estado, claro. Pero la cooperativa de los trabajadores ha ganado la subasta. —Sonrió con orgullo contenido—. Están haciendo vino honrado. Sin cajas, sin segundos niveles. Giulia firma las cuentas.
—Firmo las cuentas —repitió Giulia, con los ojos brillantes—. Con lupa. Después de leerlas tres veces.
Raniero apareció en el umbral. Su hermana lo vio y dejó de hablar.
Ninguno de los dos se movió. Se quedaron mirándose, con una sonrisa temblorosa que les ocupaba toda la cara, hasta que Giulia cruzó corriendo la acera y se arrojó sobre él, sin importarle las costillas ya curadas, con un grito que hizo abrirse dos ventanas de la casa de enfrente.
Marco y yo nos miramos, cada uno con un cargamento de emociones entre los brazos.
—¿Siguen bien? —pregunté, en voz baja, señalando con la barbilla a la pareja abrazada.
—Siguen mejor. Ella ya no me llama «Rinaldi» cuando se enfada. Me llama «Marco». Es un progreso.
—¿Y tú?
—Yo hago lo que me dice. —Se encogió de hombros con ligereza—. Lo demás viene solo.
No se lo dije, pero vi, cuando entraron los cuatro en el taller, cómo la mano de Giulia buscaba la de Marco sin mirar, por instinto, como se busca un pasamanos en una escalera a oscuras. Y cómo Marco, sin girar la cabeza, cerraba los dedos sobre los suyos.
Cenamos en la terraza interior, bajo una parra que nadie había podado en años, con un arroz al horno que había preparado yo y que Raniero declaró «técnicamente correcto» después de tres bocados.
Brindamos con el vino de la cooperativa.
Brindamos por Livia. Por Fedora. Por Cosimo.
Por Tancredi. Por Emilia Roversi, cuyo nombre había conseguido Benedetti grabar en una placa, por fin, en el cementerio de Otranto, junto al de su madre.
Nos despedimos pasada la una. Marco y Giulia se alejaron por la calle en dirección a la plaza de la Virgen, cogidos de la mano, con las maletas rodando detrás. Los miré hasta que doblaron la esquina.
Dormí de un tirón, por primera vez en semanas.
A las nueve bajé al taller con el pelo revuelto y el sabor del vino de la cooperativa todavía en la boca.
Raniero seguía arriba, tarareando en la ducha una melodía que no reconocí.
Junto a la puerta, en el suelo, había un paquete.
Alguien lo había dejado allí durante la noche, sin llamar, sin timbre, sin remitente.
Era plano, de unos cuarenta centímetros de lado, envuelto en papel de estraza y atado con cordel. Me agaché. Corté el cordel con la navaja de Cosimo, que todavía llevaba en el bolsillo de la bata por costumbre.
Dentro había un cuadro pequeño, un óleo sobre tabla de unos treinta por veinte centímetros. Una marina. Un mar al atardecer, con una barca en primer término y un horizonte incendiado de naranjas.
Lo reconocí a la primera. No por el tema, que era vulgar, sino por el horizonte. Por la retícula del craquelado, tan pareja que parecía trazada con regla. Una grieta demasiado regular.
Le di la vuelta.
En el travesaño central, pegada con cinta todavía blanda y sin una mota de polvo, había una etiqueta de cartulina crema, mecanografiada. Cuatro líneas.
Inv. 43. Marina al atardecer.
Informe pendiente.
A. Beltrán (Valencia).
22/09.
Debajo, a mano, con tinta azul y una caligrafía fina, elegante, que no pude atribuir a nadie, alguien había añadido una última línea. No había firma.
Aún miras demasiado.
Apoyé la tabla sobre la mesa de trabajo, boca arriba, bajo la luz del patio. Pensé en una celda de Brindisi. Pensé en una muñeca desnuda, con una marca blanca donde había estado un reloj.
Arriba, el agua dejó de correr. Oí a Raniero abrir el armario, silbar dos notas, buscar algo. No lo llamé todavía.
Saqué la lupa del bolsillo de la bata y me incliné sobre la grieta.
No supe no hacerlo.