Bajo falsos silencios CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Con todas

El hotel era un antiguo convento reconvertido, en lo alto del casco antiguo de Otranto, con una terraza de piedra que daba directamente al Adriático.

Benedetti lo había elegido él mismo, por seguridad, y nos había prohibido salir de él durante cinco días sin escolta.

No hacía falta que nos lo prohibiera. Ninguno de los dos tenía el menor deseo de ir a ninguna parte.

Aquella noche, la quinta, el viento olía a jazmín y a sal, y el mar brillaba a lo lejos bajo una luna tan gorda que parecía a punto de caerse.

Yo había pasado el día entero en la Jefatura de Brindisi, declarando, repasando, firmando actas con mi nombre verdadero, y volví al hotel con la cabeza vacía y el cuerpo hecho de plomo.

Raniero me esperaba en la terraza. Se había puesto una camisa blanca de lino y unos pantalones claros, y había sacado dos copas y una botella de vino blanco frío que alguien del hotel le había subido.

No me dijo nada. Se limitó a levantarse, a servirme una copa, y a ponérmela en la mano vendada con cuidado.

—¿Qué celebramos? —pregunté.

—Nada. —Se encogió de hombros—. Que esta noche nadie nos persigue.

Nos sentamos en el murete de piedra, con los pies colgando sobre un vacío de cien metros que se abría en la oscuridad. Durante un largo rato no hablamos. Bebimos despacio. Escuchamos cómo el mar rompía abajo, contra los acantilados, con un rumor antiguo, regular, que calmaba.

—He estado pensando —dijo al fin.

—Malo.

—Tú siempre dices eso.

—Porque siempre es verdad.

Rió, bajito, con cuidado de las costillas. Dejó la copa sobre la piedra.

—Hace dos semanas te dije que no podía prometerte nada —dijo—. Que cualquier respuesta a tu mensaje habría sido una promesa, y que yo no podía hacer promesas.

—Lo recuerdo.

—Tenía razón. En aquel momento no podía. —Me miró—. Ahora sí.

Se me cerró la garganta.

—Raniero…

—No te pido nada. No te pido que te quedes en Italia, ni que dejes tu galería, ni tu piso, ni tu vida en Valencia.

Solo te pido que sepas una cosa. —Me cogió la mano vendada, con muchísimo cuidado, y le dio un beso leve en los nudillos—.

Te quiero. Y si me dices que quieres que te busque en Valencia, te busco.

Y si me dices que quieres quedarte aquí, te busco aquí.

Y si me dices que no quieres verme más, me voy y no vuelvo a molestarte.

Pero nunca más voy a fingir que no puedo prometerte nada.

Me quedé sin palabras. Sin pensarlo, dejé mi copa junto a la suya y me incliné hacia él y le puse la otra mano, la sana, en la mejilla.

—Sin promesas —dije—. Es lo que dijimos.

—Lo sé.

—Pero me gusta más esto.

Me besó.

Fue un beso lento, largo, hecho de tanta paciencia acumulada que casi me dolió. Sus labios sabían a vino frío y a sal. Noté bajo la tela el latido de su corazón, ya sin sobresalto, acompasado como un reloj.

—Las costillas —dije contra su boca.

—Que se aguanten.

Entramos en la habitación cogidos de la mano. Raniero cerró la puerta con llave y dejó abierta solo la ventana del mar. Pensé en la tormenta, en la masseria, en la cama del ala este donde nos habíamos buscado con miedo y con prisa, siempre con la muerte detrás de la puerta.

—Despacio —dije—. Quiero que no tengamos que esconder nada.

—Eso sí sé hacerlo.

Me desabrochó la blusa botón a botón, con una lentitud que me hizo cerrar los ojos, y yo le quité la camisa con cuidado de no rozar el vendaje.

La luna nos dibujaba en tonos de plata y sombra.

No recuerdo cuántas veces dije su nombre.

Recuerdo el lino fresco bajo la espalda, sus manos atentas a cada suspiro y la sensación de que, por primera vez en aquel verano roto, mi cuerpo era mío, sin nadie vigilando detrás de una puerta.

Nos movimos juntos, sin prisa, como quien retoma una conversación interrumpida hace ocho años y descubre que las palabras siguen intactas. El placer llegó como llega la marea cuando sube: sin estruendo, sin aviso, inundándolo todo.

Nos quedamos quietos un tiempo incalculable, con el mar rompiendo abajo, indiferente, eterno.

—No me duelen las costillas —dijo al fin.

—Mentiroso.

—Un poco. —Sonreía—. Mereció la pena.

Reí y lloré a la vez, sin poder separar una cosa de la otra, y él me limpió las lágrimas con los pulgares.

—Te quiero —dije.

—Lo sé.

—Sin promesas.

—Con todas —respondió—. Con todas las que quieras.

Nos dormimos abrazados, con la ventana del mar abierta y la luna recorriendo despacio el suelo de piedra hasta desaparecer detrás de los tejados.

***

Desperté con el sol.

Raniero ya no estaba a mi lado. Me incorporé, buscándolo con los ojos, y lo encontré en la terraza, de espaldas, con una camisa holgada, apoyado en el murete, sosteniendo entre los dedos el rey negro de madera. Lo giraba despacio, observándolo, con la mirada perdida en el horizonte.

Me puse una sábana sobre los hombros y salí a su lado.

—¿Qué piensas?

—En ella. —Señaló la pieza con la barbilla—. En Fedora. En cuánto tiempo estuvo jugando contra sí misma.

—¿La has abierto? El sobre.

—Benedetti lo abrió anteayer. Me lo contó por teléfono. Quince años de notas, de fechas, de copias, y la cinta. Ella lo apuntaba todo y lo archivaba todo, Tana. No lo guardó para chantajear a mi padre. Lo guardó por si algún día alguien tenía el valor de hacer lo que yo hice.

Pensé en un dictáfono de bolsillo sobre mi mesa de trabajo, la primera tarde, y en una voz tranquila que decía que Ettore olvidaba lo que decía y ella no.

—Entonces no era solo una traidora.

—Era las dos cosas. —Se pasó la mano por la cara—. Como casi todo el mundo en esta historia. Como yo, que durante tres años fingí que no veía lo que veía.

El móvil de Raniero vibró sobre el murete. Lo cogió, leyó, y se le dibujó una sonrisa lenta en la cara.

—Benedetti —dijo—. Nos pide que vayamos a Bari. Esta tarde. Hay alguien que quiere vernos.

—¿Quién?

—Dice que es una sorpresa.

—No me gustan las sorpresas.

—Esta creo que sí te gustará. —Me tendió el teléfono.

En la pantalla había un mensaje de dos líneas, sin firma, escrito con esa ortografía cuidadosa que solo tienen quienes han aprendido un idioma de adultos.

Señorita Aitana. Me llamo Ioana. Quiero darle las gracias por no apartar la vista aquel día. Si puede, venga a verme. Tengo algo que enseñarle.

Apreté el teléfono contra el pecho. Por la ventana, el Adriático brillaba con una claridad insolente, limpia, recién estrenada, como si nadie hubiera quemado nada en sus orillas.

—Vamos —dije.

Y Raniero, sonriendo, me cogió de la mano.