CAPÍTULO 21 #2
—Y a la mañana siguiente me abrazaste en la cocina. Y al día siguiente. Y al otro. —No había reproche en su voz, solo cuentas—. Días sabiéndolo.
—Sí.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque no sabía cuál de las dos eras: la amiga que me llamaba por teléfono o la que tachaba cajas. Y porque, si te lo decía, te obligaba a elegir entre él y yo antes de que supieras qué había en esas cajas.
Giulia asintió despacio. Miró el aparcamiento. Un hombre con bata verde fumaba junto a una ambulancia.
—Me parece justo —dijo—. Me duele, pero me parece justo.
—Hay otra cosa. —Se me trabó la garganta; la dije igual—. Cuando llegó el mensaje de «Hecho. Sin testigos», durante un minuto pensé que podías haberlo esperado.
—¿Pensaste que yo…?
—Un minuto. Menos. Es lo que más me avergüenza de todo este verano.
Giulia tardó en contestar. Después soltó una risa corta, quebrada, la primera que le oía en días.
—Yo habría pensado media hora.
—Giulia.
—Sé lo de las cajas desde los diecinueve años, Tana. Sabía que no era aceite. Me decía que eran impuestos, cosas de hombres, de padres. —Se frotó la cara con la manga—. Sabía que no era aceite y no pregunté. Esa fue la parte que firmé de verdad.
—Yo tampoco pregunté hasta que fue casi tarde.
Era cierto. Doce años de amistad, tres veranos en aquella casa, y nunca le había preguntado cómo era de verdad la casa.
—Marco me ha pedido perdón nueve veces desde anoche —dijo Giulia—. Las he contado. Se ha pasado cuatro horas con un vaso de café frío en la mano, sin atreverse a soltarlo ni a moverse, no fuera a despertarme.
—¿Y tú qué le has dicho?
—Que no digo que lo perdone. Que me quedo a escuchar el resto.
—Es un buen comienzo.
—Es el único que tengo. —Se enderezó y, por primera vez en toda la mañana, me miró de frente—. Voy a pedir las cuentas de la bodega. Todas. Voy a leerlas tres veces, y si vuelvo a firmar algo en mi vida será con una lupa en la mano.
—Te regalaré una.
—Que sea buena.
Nos quedamos un rato sin hablar. El hombre de la bata verde apagó el cigarrillo y entró. Giulia me cogió la mano vendada y la sostuvo entre las suyas, con el cuidado con que se toma una pieza antes de decidir si tiene arreglo.
—No sé si seguimos siendo las mismas —dijo.
—No.
—Mejor. En esa casa nadie preguntaba. —Apretó mis dedos—. A partir de ahora preguntamos.
—¿Empiezo yo? ¿Quieres un café? Está malísimo.
Se rio otra vez, y esta vez le salió entera.
***
Elisabetta Leuzzi llegó de Roma al segundo día, en un tren de madrugada, con un abrigo ligero que no hacía falta en julio y una maleta pequeña que no soltó ni para sentarse. Tenía los ojos exactos de Raniero y la boca de Giulia. La reconocí enseguida: era la mujer de la fotografía del despacho.
Giulia la vio al fondo del pasillo y se quedó quieta. Raniero salió de la sala de curas. Los tres se miraron durante un tiempo que no supe medir, y después Elisabetta caminó hacia ellos despacio, como quien cruza un puente que no está segura de que aguante.
—Me fui cuando murió Tancredi —dijo, a media voz, con una mano en la mejilla de su hijo—. No tenía pruebas. Solo tenía miedo y una escalera de piedra. Os dejé solos con él. Fue la peor decisión de mi vida.
Me aparté para dejarles espacio. Elisabetta me vio y me tendió la mano, con una dignidad antigua.
—Usted es Aitana. Gracias por traerme a mis hijos de vuelta.
***
Fedora despertó al tercer día.
Me lo dijo Benedetti por teléfono, con la voz ronca de quien duerme tres horas por noche desde hace una semana. Había salido del quirófano sin complicaciones mayores. El pulmón se recuperaba. Pedía, según la enfermera, hablar con Raniero y conmigo. A solas.
La habitación era pequeña, con las persianas a medio bajar. La encontramos incorporada en la cama, con la trenza plateada recogida sobre el hombro, una vía en el brazo y los labios todavía azulados. Pero los ojos, aquellos ojos claros y precisos, habían recuperado el brillo.
—Habéis venido —dijo, con un hilo de voz.
—No hables —dijo Raniero.
—Tengo poco tiempo. El médico me ha dicho que no puedo hablar más de diez minutos. He decidido gastarlos bien.
Se le cortó la respiración un segundo. Tomó aire, con esfuerzo, y señaló con el dedo la mesilla.
—Ahí. El cajón.
Raniero abrió el cajón. Dentro había un sobre de papel manila sellado con cinta y, sobre él, una figura de madera de unos cinco centímetros de altura, pulida por años de manos. Un rey negro de ajedrez.
—Era el primero que te enseñé a mover —dijo Fedora—. Te lo quedaste tú, de pequeño. Lo perdiste en el jardín y lo encontré yo una semana más tarde, bajo una higuera. Lo guardé veinticinco años. No sé por qué.
Raniero tomó la figura con una mano temblorosa.
—El sobre —dijo Fedora—. Ábrelo cuando esté yo… cuando yo ya no pueda verlo.
—Fedora…
—Es una promesa. —Le dirigió una mirada severa—. Sin condiciones. Como en el ajedrez. Quien acepta una apuesta, la cumple.
Raniero no dijo nada. Metió el rey en el bolsillo de la camisa, junto al corazón, y le cogió la mano.
—Te perdono —dijo.
—No es necesario.
—Sí lo es. —Se le quebró la voz—. Durante veinticinco años me has enseñado todo lo que sé. Me enseñaste a mentir, y me enseñaste a saber cuándo decir la verdad. Ayer elegiste la verdad. Con eso me basta.
Fedora cerró los ojos. Por una mejilla le resbaló una lágrima sin ruido.
—Aitana —dijo al cabo de un rato, sin abrirlos.
—Estoy aquí.
—Las fichas. Los errores que dejaba. —Una media sonrisa—. No eran para saber si eras buena. Eran para saber si alguien se daría cuenta.
—Me di cuenta.
—Lo sé. Fue lo único que me dio esperanza en quince años.
Aquello fue todo. Se quedó dormida enseguida, con la mano de Raniero entre las suyas y el rey negro asomando por el bolsillo de su camisa. Nos quedamos allí, sin hablar, hasta que una enfermera asomó la cabeza y nos hizo una seña de que era hora de irnos.
Al día siguiente, el sobre de papel manila llegó a manos de Benedetti, sin abrir, por expreso deseo de Raniero.
Dentro había casi doscientas páginas de extractos bancarios, albaranes y anotaciones manuscritas, todas con la misma letra pequeña y rápida y dos iniciales al pie, y una cinta de dictáfono, numerada y fechada, de cuarenta minutos.
Estaba grabada en el despacho de Ettore, tres años atrás, la noche anterior a una caída por una escalera de piedra.
No era una confesión. Era algo mejor para un fiscal: la voz de Ettore fijando con un interlocutor sin nombre el día, la hora y el lugar.
Tancredi Leuzzi. Su propio hermano.
Benedetti escuchó la cinta entera, con los ojos cerrados. No cerraba el caso por sí sola: haría falta cruzarla con las cuentas de la bodega y con lo que dijera Salvatore. Pero ponía voz a lo que hasta entonces eran fechas y sospechas. Cuando terminó, llamó a Raniero y le dijo una sola frase.
—Con esto, su tío tendrá justicia.
Raniero no contestó. Colgó el teléfono, salió al balcón de la habitación del hotel donde nos alojábamos y se quedó allí, mirando el mar, hasta que oscureció.