CAPÍTULO 21
Lo que queda
Nadie te dice que después de una noche así el mundo sigue oliendo a café.
Lo descubrí a las siete y diez de la mañana, sentada en una silla de plástico en el pasillo del hospital Vito Fazzi de Lecce, con una manta térmica sobre los hombros, las palmas de las manos vendadas y un vaso de cartón humeante entre los dedos.
Olía a desinfectante, a linóleo recién fregado y, por debajo, al humo de la noche anterior, que se me había metido en el pelo y que ninguna ducha de hospital iba a quitarme en días.
Pero el café, aquel café flojo de máquina expendedora, olía exactamente igual que el que tomaba en Valencia antes de salir a la galería.
Me dio ganas de llorar. Me aguanté.
—Señorita Beltrán.
Benedetti venía por el pasillo con el brazo izquierdo en cabestrillo, la camisa manchada de sangre seca y unas ojeras tan profundas que parecían pintadas. Se dejó caer en la silla de al lado con un gruñido de dolor.
—La bala me atravesó el músculo sin tocar el hueso —dijo, antes de que preguntara—. Dos meses de rehabilitación. He tenido suerte. Livia no la tuvo.
Nos quedamos en silencio. Por la ventana del fondo se colaba una luz lechosa, todavía sin calor.
—Las cifras —dijo por fin, sacando una libreta del bolsillo—.
Doce hombres de Kastriot detenidos, más el propio Kastriot y tres tripulantes del Santa Rita .
Salvatore Bellomo, con un cargo de intento de homicidio que le va a caer de todas las maneras posibles.
Lamberto Dessì, arrestado a las cuatro de la madrugada cuando intentaba quemar el archivo de su laboratorio.
Fedora Quaranta, en quirófano. Ettore Leuzzi, en una celda de la Jefatura de Brindisi, sin haber pronunciado una palabra desde que lo detuvimos.
—Hay algo más —añadió, y bajó la voz—. Las diecisiete cajas de la noche del almacén.
Las hemos abierto esta mañana. Cuadros falsos, buenos, listos para salir hacia los compradores, con doble fondo en cada bastidor.
Y ciento cuarenta pasaportes terminados, con fotografías asignadas a nombres que todavía no existían.
Pensé en una ventana rota, en una coleta tirante y una tablilla con pinza. Tuve que apartar la vista.
—Y la otra cosa —dijo Benedetti, sin mirarme—.
Salvatore ha empezado a hablar. Solo de ellas dos, porque sabe que no tiene nada que perder.
Emilia Roversi. Livia. Las dos con la misma técnica: un vehículo, una curva y una hora conocida de antemano.
La de Livia, además, con el minuto exacto de su salida del bar, que alguien le facilitó a Leuzzi esa misma mañana.
No hizo falta que dijera quién.
—Fedora —dije.
—Fedora. —Se pasó la mano sana por la cara—. Se lo diré yo cuando despierte. No la he perdonado, señorita Beltrán. No sé si podré. Pero Livia habría querido que la dejara hablar antes de condenarla. Así que la dejo hablar.
—Y le debo otra respuesta —añadió Benedetti—.
El mensaje del móvil de Giulia, el de «Hecho.
Sin testigos». Venía de un contacto guardado como «M.
»: Mimmo Carbone, conductor de la cooperativa, el que sacó de la carretera el coche de Livia.
Tenía guardados dos números de la familia, el de Salvatore y el de Giulia, y escribió al que no era.
Un error de un hombre cansado. Es lo que solemos encontrar al final.
—¿Y las veintitrés?
—Todas a salvo. Dos deshidratadas, una con una fractura de muñeca. Ninguna en peligro de muerte. —Levantó la vista—. Algunas querrán volver a casa. Otras, no.
—La mujer de la trenza rubia. ¿Cómo se llama?
—Ioana. —Benedetti consultó la libreta—. Ioana Marinescu, treinta y dos años, de Craiova. Era enfermera. Le prometieron un trabajo en una residencia de ancianos en Bari.
—Quiero hablar con ella cuando pueda.
—Se lo organizo.
Saqué de la manta la mano vendada. Dentro, con los dedos todavía rígidos, apretaba la tarjeta de memoria de Livia Ferraro, que no había soltado en toda la noche ni en el quirófano de urgencias, donde una enfermera me había limpiado las palmas con suero y me había preguntado tres veces si quería dejarla en una bolsa.
—Es suya —dije—. Es de Livia. Y es de usted.
Benedetti la tomó con una delicadeza solemne, como quien recibe una reliquia. La sostuvo entre el pulgar y el índice, la miró a la luz de la ventana, y cuando habló lo hizo con una voz casi inaudible.
—La conocí hace veintidós años —dijo—. En la academia de Bérgamo. Era la mejor de la promoción. Y la más testaruda. Decía siempre que la justicia era como una restauración: lenta, paciente, sin atajos. Que si uno se precipitaba, rompía lo que intentaba salvar.
—Tenía razón.
—Tenía razón en todo. Menos en una cosa. —Cerró los dedos sobre la tarjeta—. Decía que no iba a llegar a ver el final.
No supe qué responder. Le puse la mano vendada sobre el antebrazo sano y la dejé allí, en silencio, hasta que él respiró hondo, se pasó el dorso de la mano por los ojos y se levantó con esfuerzo.
—Declaración a las diez, en la Jefatura. Tráigase a un abogado si quiere. Y señorita Beltrán. —Se detuvo—. La declaración jurada que le hicieron firmar. Ya sé que la quemó. No importa. El notario de Lecce ha confesado esta mañana que la redactaron bajo coacción. Está anulada.
—Gracias.
—No me dé las gracias a mí. Dígaselo a ella —dijo, y alzó la tarjeta antes de guardársela en el bolsillo del pecho.
***
Terminé mi declaración a las once y media. Benedetti me esperaba en el pasillo de la Jefatura de Brindisi con una carpeta bajo el brazo sano.
—Ha pedido verla.
—¿Ha hablado?
—Solo para pedir eso. Dice que a usted sí le contestará algo. —Torció la boca—. No se lo recomiendo. Pero tampoco puedo impedírselo. Tendrá un cristal, dos agentes y una grabadora.
La sala era pequeña y olía a lejía. Ettore estaba sentado a una mesa de metal, con una muñeca esposada a una anilla.
Alguien le había quitado las gafas y el reloj.
En la muñeca desnuda quedaba una marca blanca, la huella de cuarenta años de esfera.
Sin las gafas de media luna parecía un hombre más pequeño, más viejo. No parecía vencido. Parecía aburrido.
—Siéntate, querida.
—Prefiero estar de pie.
Sonrió, como quien concede un punto de poca importancia.
Yo no había preparado nada. Había pasado la noche entera en un hospital, con las manos vendadas, repasando las cosas que quería decirle, y ahora ninguna servía. Elegí la única que me quedaba.
—¿Mató usted a Livia Ferraro?
Noté que lo había tratado de usted. Él también.
No contestó. Bajó la vista hacia su muñeca, hacia la marca blanca donde había estado el reloj, y se quedó allí, mirando el hueco del tiempo.
—¿Mató usted a su hermano?
Silencio. Juntó las yemas de los dedos de la mano libre, despacio, una contra otra. Fuera, en el pasillo, alguien arrastró una silla.
—¿Por qué?
Tardó tanto que creí que no iba a decir nada. Después levantó los ojos, y por primera vez en toda la semana no había en ellos calidez ni ensayo ninguno.
—Porque dejó de entender cómo funciona el mundo.
No dijo quién. Comprendí que no lo diría nunca, y que esa era la respuesta: no me estaba confesando un crimen, me estaba enseñando cómo se pronuncia una sentencia.
—Eso no es una confesión —dije.
—No. —Casi sonrió—. Pero es lo que tengo.
Me di la vuelta hacia la puerta. Tenía la mano en el picaporte cuando volvió a hablar, sin alzar la voz.
—Miras demasiado, Aitana. Es un defecto precioso. Algún día te costará caro.
—Ya me ha costado.
—Todavía no.
Lo dijo con una amabilidad tan sencilla que me recorrió la espalda. Después miró hacia el cristal, hacia los dos agentes que no veíamos, y levantó apenas la barbilla.
—Ya pueden apagar la grabadora. No voy a decir nada más.
Salí. Benedetti estaba junto a la pared, con la carpeta contra el pecho.
—¿Le ha dicho algo?
—Una frase. No sé si acaba de confesar o de burlarse de nosotros.
—En él es lo mismo —dijo Benedetti.
***
Encontré a Raniero en la sala de curas, sentado en una camilla con el torso vendado y un parche de gasa sobre el pómulo.
Tenía quemaduras leves en los antebrazos y dos costillas fisuradas, según el médico.
«Un milagro», había dicho. A mí me pareció una definición injusta: no había habido milagro.
Había habido una compuerta, un pestillo, una cala donde un niño aprendió a nadar.
—Me han dicho que puedo irme cuando quiera —dijo al verme, con una media sonrisa—. Pero que no puedo reírme, ni toser, ni levantar peso, ni hacer ninguna cosa divertida durante tres semanas.
—Yo no te he prometido nada divertido.
—Qué pena.
Se hizo un hueco en la camilla. Me senté a su lado, con cuidado de no rozarle las costillas. Nos quedamos un rato mirando la pared blanca enfrente, con el zumbido lejano de los carros de instrumental.
—Giulia quiere hablar contigo —dijo, al cabo—. A solas. Lleva toda la noche en la sala de espera con Marco, y desde hace una hora pregunta por ti cada diez minutos.
—¿Está enfadada?
—Está asustada. —Me apretó la mano vendada con mucho cuidado—. Se parece mucho, pero es peor.
***
Giulia me esperaba en la azotea del hospital, un cuadrado de grava con dos bancos de hierro y unas macetas de plástico, desde el que se veían el aparcamiento y, más allá, la línea gris de los olivares.
Estaba sentada con las rodillas contra el pecho y una manta sobre los hombros.
Llevaba la misma camiseta de la noche anterior, con una mancha de hollín en el cuello.
Sin maquillaje y sin risa, se parecía a la chica que conocí a los dieciocho años, cuando las dos arrastrábamos una maleta demasiado grande.
—Siéntate —dijo—. Voy a preguntarte una cosa y no quiero que me la cuides.
Me senté a su lado. El hierro estaba frío a pesar del sol.
—Dime.
—¿Cuándo lo supiste?
Podría haber fingido que no entendía la pregunta. Había fingido demasiado esa semana.
—La noche de la tormenta. Salí al patio de servicio y me asomé a una ventana rota de la bodega. Te vi con una tablilla, tachando cajas.