CAPÍTULO 20 #2
Por encima de nosotros, sobre las rocas, el resplandor anaranjado del incendio iluminaba la cala entera.
Desde donde estábamos se veía el muelle de piedra, la silueta negra del Santa Rita cabeceando contra los amarres, el almacén envuelto en llamas, y una confusión de figuras que corrían de un lado a otro.
Y entonces oí el sonido que lo cambió todo.
Una sirena. No una sirena de ambulancia ni de policía de carretera. Una sirena larga, grave, que venía del mar. Levanté la vista hacia el horizonte. En la oscuridad del Adriático, muy lejos, pero acercándose a una velocidad enorme, se encendieron tres luces azules, parpadeando.
—La Guardia Costera —susurró Raniero.
—Benedetti los avisó. —Me lo había oído decir esa mañana por teléfono, y en ese momento supe que no me había mentido cuando dijo que cubriría el mar.
***
Giulia fue la primera en verlos llegar.
Lo supe después, cuando me lo contó. Estaba en la cubierta del Santa Rita cuando empezó el tiroteo, sujeta por un marinero albanés que no dejaba de mirar el mar.
Marco estaba a su lado, con las manos en alto, fingiendo rendirse.
Cuando el primer disparo sonó en el muelle, Marco le dio un codazo al marinero en la garganta, le arrebató el cuchillo del cinturón y se lo puso a Giulia en la mano.
—¡La escotilla! —le gritó—. ¡Las cuerdas!
Giulia no lo pensó. Se arrodilló en la cubierta y serró las cuerdas con las dos manos y todo el peso del cuerpo, hasta que la escotilla cedió y veintitrés personas asomaron la cabeza, parpadeando.
—¡Fuera! —gritó Giulia, con una voz que no era la suya—. ¡Salid! ¡Por la pasarela! ¡Corred hacia las rocas!
Nadie se movió. Un segundo. Dos. Y entonces la mujer de la trenza rubia, la que me había mirado en el muelle, saltó de la escotilla a la cubierta, cogió de la mano a la primera persona que encontró y echó a correr. Los demás la siguieron como una marea.
Desde las rocas los vi bajar por la pasarela de madera, tropezando, cayendo, levantándose, con los ojos desorbitados y las bocas abiertas.
Algunos corrieron hacia las rocas. Otros se arrojaron al agua.
Un hombre mayor se arrodilló en el muelle y se besó la mano, como quien agradece a un santo.
Kastriot gritó algo en albanés desde la proa y levantó un arma, y Marco se le echó encima con todo el peso del cuerpo.
Los dos cayeron rodando por la cubierta.
Después todo se precipitó.
Las luces azules llegaron a la boca de la cala.
Un megáfono rugió órdenes en italiano. Una motovedetta de la Guardia Costera se colocó de costado al Santa Rita , cortándole la salida.
Del furgón de Benedetti brotaron los siete hombres de Benedetti, con chalecos oscuros, agachados, avanzando de cobertura en cobertura entre el humo.
Uno cayó. Otro lo arrastró hacia atrás por el cuello del chaleco.
Del almacén, o de lo que quedaba del almacén, ya no salían disparos.
Los hombres de Kastriot, acorralados entre el fuego y el mar, empezaron a salir con las manos en alto, tosiendo, con los rostros ennegrecidos.
Yo no vi el final del tiroteo. Estaba mirando la orilla, el extremo del muelle, donde una figura alta, vestida con un traje de lino gris perla empapado de sudor, permanecía inmóvil bajo la luz anaranjada del incendio.
Ettore Leuzzi no había corrido. No había subido al barco.
No había escapado. Se había quedado de pie en medio del muelle, con las manos vacías, mirando cómo el almacén que había heredado de su abuelo ardía con todo lo que contenía.
Tenía la melena plateada revuelta, las gafas de media luna torcidas y una expresión que nunca le había visto: la de un hombre que, por primera vez en cuarenta años, no sabe qué hacer con las manos.
No había adónde ir. El mar estaba cerrado por la motovedetta, y el camino de tierra, por el furgón de Benedetti. Ettore Leuzzi, que siempre había tenido una salida preparada, comprendía por fin que alguien había movido una pieza que él no había visto.
—Vamos —dijo Raniero.
Salimos del agua entre las rocas, ayudándonos el uno al otro, resbalando en las algas.
Trepamos por el espigón viejo hasta el muelle.
Nadie nos detuvo. La confusión era tan grande que nos movimos casi invisibles, dos figuras empapadas y manchadas de hollín entre decenas de personas gritando.
Benedetti, con el brazo izquierdo sangrando bajo un torniquete improvisado y la cara gris de dolor, organizaba a sus hombres con una voz de mando que no admitía réplica.
Me vio. Levantó una mano. Yo levanté la mía con el puño cerrado, y dentro del puño, la tarjeta.
Después miré a Ettore.
Él también nos había visto.
***
No dijo nada durante un largo momento. Nos miró llegar sobre el muelle, empapados, con las ropas chorreando, cogidos de la mano, y algo se le fue apagando en la cara muy despacio. Tenía los ojos húmedos. No supe si era por el humo.
—Hijo —dijo.
Raniero se detuvo a dos metros de él. Nadie habló. El fuego crepitaba a su espalda, proyectando sobre el muelle sus sombras enormes y temblorosas.
—Estás vivo —dijo Ettore, con una voz rota, casi quebrada—. Estás vivo.
—Sí.
—Yo…
—Ya no, padre. —La voz de Raniero sonó serena, sin odio, sin temblor—. Ya no.
Ettore abrió la boca. La cerró. Por un instante vi cruzar por su rostro, en una sucesión rápida, todas las expresiones que había llevado durante aquellos días: el encanto, la ternura, la amenaza, la mentira, la admiración. Se pasó una mano por la cara y, al retirarla, ya no había ninguna de ellas.
—Teníais que haberme dejado terminar la colección —dijo, con una sonrisa vacía.
—Ya está terminada —contesté yo.
Se volvió hacia mí. Me miró con una atención lenta, casi curiosa, como quien examina por última vez un cuadro que ha tardado años en comprender.
—Me equivoqué contigo —dijo—. Te creí una herramienta. Eras un ojo.
—Soy restauradora, Ettore. Devuelvo las cosas a lo que fueron.
—Sí. Eso es lo que me temía.
Dos agentes de la Guardia di Finanza llegaron corriendo desde el furgón.
Benedetti los seguía, pálido, sostenido por un sargento.
No pronunció ni una palabra. Se detuvo delante de Ettore, sacó del cinturón unas esposas que brillaban bajo la luz anaranjada y las sostuvo en la mano, como si necesitara saborearlo.
—Ettore Leuzzi —dijo por fin—. Queda usted detenido por asociación criminal, tráfico de personas, falsificación de documentos públicos, blanqueo de capitales y el homicidio de la inspectora Livia Ferraro.
—Livia —repitió Ettore, y sonrió con tristeza—. Qué mujer tan terca.
—Sí —dijo Benedetti—. Lo era.
Las esposas se cerraron con un chasquido seco.
Ettore no opuso resistencia. Se dejó llevar hacia el furgón con la cabeza alta, sin mirar atrás. Antes de subir se detuvo junto a la puerta, y por primera vez desde que lo conocía vi en su espalda el peso de sus sesenta y cinco años.
Raniero lo observó alejarse sin pronunciar una palabra. Cuando la puerta del furgón se cerró, me apretó la mano con tanta fuerza que me dolió.
—Se acabó —susurré.
—No todavía.
Señaló, con la barbilla, hacia el extremo del muelle. Allí, junto a un montón de cuerdas, dos sanitarios de la Guardia Costera se inclinaban sobre un cuerpo tendido en el suelo, con un vestido azul marino manchado de oscuro y una trenza plateada extendida sobre la piedra.
Corrimos hacia ella.
Fedora estaba viva. Muy pálida, con los labios azules, los ojos entreabiertos y una mueca de dolor que le deformaba la cara. Uno de los sanitarios le presionaba el costado con una gasa empapada en sangre. Al vernos llegar, abrió los ojos del todo.
—Raniero —susurró.
—Estoy aquí.
—Perdóname.
—No hables.
—Te enseñé mal —dijo, con una sonrisa imposible—. Te enseñé a ganar. No a ceder.
—Me enseñaste bien.
Se le cerraron los ojos. El sanitario levantó la vista hacia mí con una expresión tensa.
—Hay que llevarla ahora mismo. Tiene el pulmón perforado.
La subieron a una camilla. Raniero caminó a su lado hasta la ambulancia, con una mano en la suya, hasta que las puertas se cerraron.
Yo me quedé en el muelle, sola, empapada, con el puño todavía cerrado sobre la tarjeta de Livia Ferraro, mirando cómo las llamas del almacén, poco a poco, empezaban a apagarse.
Detrás de mí, sobre la pasarela del Santa Rita , veintitrés personas llorando, abrazándose, riendo, recibían mantas de los agentes.
Giulia corrió hacia mí. Me abrazó con tanta fuerza que me hizo daño. Olía a humo y a mar. Temblaba entera.
—Lo has conseguido —dijo, contra mi hombro—. Tana, lo has conseguido.
—Lo hemos conseguido.
—Nunca me has dejado de ver.
—Nunca.
Marco se acercó despacio, con la camisa rota y un corte profundo en la frente. Se detuvo a un paso, sin atreverse a tocarnos. Giulia levantó la cabeza. Lo miró. Y, sin soltarme, alargó un brazo hacia él y lo atrajo hacia nosotras.
Los tres nos quedamos así, abrazados, sobre el muelle de una tonnara muerta, mientras el resplandor del incendio se apagaba poco a poco en el mar y, por encima de nuestras cabezas, el cielo empezaba a clarear por el este, sin prisa, con esa indiferencia luminosa de todos los amaneceres que llegan cuando todo ha terminado.