Bajo falsos silencios CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Fuego en la tonnara

—¡BENEDETTI! —grité—. ¡ATRÁS! ¡ES UNA EMBOSCADA!

Nunca supe de dónde salió aquel grito. Fue un sonido animal, rasgado, que me arrancó la garganta desde el fondo y retumbó contra la piedra del almacén. Los hombres de las chaquetas oscuras se giraron hacia mí. Ettore abrió los ojos con una sorpresa casi ofendida.

Y la noche estalló.

Un fogonazo blanco brotó de la ventana tapiada más próxima a la puerta lateral.

Después otro. Después una ráfaga seca, continua, que hizo saltar esquirlas de piedra en el camino de tierra.

En la oscuridad, a cien metros, alguien gritó una orden en italiano.

Se oyó el chirrido de unos frenos, un portón metálico que se abría de golpe y el ruido sordo de varios cuerpos saltando a tierra y buscando cobertura detrás de las ruedas del furgón.

No supe si Benedetti me había oído. Lo que oyó, seguro, fue lo que mi grito provocó: los hombres de Kastriot, sobresaltados, abrieron fuego antes de tiempo, desde las ventanas, cuando el furgón aún no había llegado a la puerta.

Aquel disparo prematuro, el que Ettore jamás habría permitido, fue lo que les salvó la vida.

—¡Cállenla! —rugió Ettore.

Dos manos enormes me agarraron los brazos por detrás.

Un olor a sudor y a tabaco me ahogó la respiración.

Sentí el cañón de algo duro y frío contra la base del cuello.

Y en ese mismo instante, a veinte metros, en la boca del almacén, una llama diminuta se desprendió de la mano de Kastriot y cayó sobre el suelo de tablones.

La gasolina prendió con un sonido que nunca había oído y que jamás olvidaré.

Un whoosh profundo, hueco, como una respiración gigantesca.

Una lengua de fuego amarillo y naranja recorrió el suelo del almacén de un extremo a otro en menos de un segundo, trepó por las paredes, iluminó desde dentro las ventanas tapiadas y dibujó sobre los tablones una red de grietas luminosas.

Y dentro, en el centro de aquella luz, Raniero.

Kastriot lo había empujado al interior con las manos todavía atadas.

Cayó de rodillas. Se incorporó como pudo.

Me vio a través de la puerta abierta, recortado contra el incendio, con las llamas lamiéndole el borde de los pantalones, y en su cara no había miedo.

Había algo peor. Una aceptación tranquila.

— ¡Tana! —gritó, con una voz que no era suya—. ¡Corre!

No corrí.

Doblé la rodilla izquierda con toda la fuerza que me quedaba, hundí el talón en la pantorrilla del hombre que me sujetaba y, cuando aflojó un instante los dedos, deslicé la mano hacia el tobillo.

La navaja de Cosimo salió del calcetín con un tintineo de metal viejo.

Abrí la hoja. Giré el cuerpo como se gira cuando uno vuelve la cara a un cuadro que quema, sin pensar, sin cálculo.

Corté. No fue limpio ni bonito. Fue un tajo torpe en el antebrazo, suficiente para que soltara un alarido y me soltara.

Eché a correr.

***

Las balas silbaban sobre el muelle como enjambres de avispas metálicas.

Recuerdo el sonido de una, tan cerca de la oreja que me quemó la piel de la sien.

Recuerdo a Ettore gritando mi nombre, por primera vez sin ningún rastro de calma.

Recuerdo la piedra bajo mis pies descalzos, porque había perdido las dos zapatillas en la refriega, y a la tarjeta de Livia, ahora suelta, rodando por el suelo a mi espalda.

Me detuve.

No lo pensé. Volví sobre mis pasos, la cogí al vuelo y la apreté en el puño hasta que el borde me marcó la palma. Cuando me giré hacia el almacén, Salvatore había salido del grupo de hombres y venía hacia mí, sin prisa, con el traje negro impecable y una pistola larga en la mano derecha.

No tuve tiempo de asustarme.

Algo oscuro cruzó entre los dos. Una figura esbelta, vestida de azul marino, con la trenza plateada deshecha por el viento. Fedora se plantó delante de Salvatore con los brazos abiertos, como quien protege a un niño del tráfico.

—No —dijo.

Salvatore se detuvo. Inclinó la cabeza.

—Apártese, señora Quaranta.

—He dicho que no.

—Don Ettore ha dado una orden.

—Don Ettore —dijo Fedora, con una voz que le temblaba de una manera que yo no le había oído nunca— va a dejar morir a su hijo. Yo lo vi crecer. Yo le enseñé a jugar al ajedrez. —Se le quebró la voz—. Puedo soportar muchas cosas, Salvatore. Esto no.

—Es una lástima.

Levantó el arma.

Yo grité. Fedora no se movió. Le vi la espalda recta, los hombros quietos, la cabeza alta, una mujer que ha elegido por fin de qué lado del tablero quiere morir. Salvatore apretó el gatillo.

Un disparo seco. Un golpe sordo.

Fedora dio un paso atrás. Dos. Se llevó una mano al costado y miró con extrañeza los dedos manchados de una sustancia oscura que brillaba a la luz del incendio. Levantó los ojos hacia mí. Dijo algo con los labios, sin voz.

Corre.

Y se desplomó sobre la piedra del muelle.

No me quedé a comprobar si respiraba. No me atrevía. Corrí hacia la puerta del almacén con el grito de Giulia en los oídos, procedente de la cubierta del barco, y con la certeza horrible de que aquella mujer que me había vendido me acababa de salvar la vida.

***

El interior del almacén era un infierno.

Un humo espeso, negro, sofocante, llenaba el aire hasta el techo.

Las llamas corrían por las paredes y por el suelo, devorando los tablones con un crepitar hambriento.

El calor me golpeó la cara como una bofetada física.

Me cubrí la boca y la nariz con la manga de la camiseta, me agaché, y avancé a cuatro patas por el suelo, donde el aire todavía era respirable.

—¡Raniero!

—¡Aquí! —Su voz, ronca, apagada por la tos—. ¡Tana, vete! ¡Por favor, vete!

Lo encontré junto a una columna de hierro, a diez metros de la entrada, de rodillas, con las manos atadas a la espalda y una mancha de hollín que le cubría medio rostro. Tenía los ojos rojos, llorosos, y la camisa, rota en el hombro, empezaba a ennegrecerse en el borde.

—No me voy —dije—. ¿Me oyes? No me voy.

—Tana…

—Cállate.

Abrí la navaja con dedos que ya no sentía.

Me arrodillé a su espalda y empecé a serrar la cuerda con movimientos torpes, desesperados.

La soga era gruesa, de marinero, y cada tirón me quemaba la palma.

El humo me nublaba la vista. Tosí. Tosí hasta que me dolió el pecho.

Raniero tosía también, con las costillas temblándole contra mi brazo.

—La tarjeta —jadeó—. Tienes la tarjeta…

—La tengo.

—Dásela a Benedetti.

—Dásela tú.

—Tana, por favor…

—No se hable más.

La última hebra cedió con un chasquido. Raniero se desplomó hacia delante, aliviado, con los brazos doloridos. Lo sostuve por las axilas y lo obligué a ponerse en pie.

—¿Puedes caminar?

—Puedo intentarlo.

En el bolsillo de su camisa asomaba, doblado en tres, un sobre blanco con un membrete notarial. Lo reconocí enseguida. Lo saqué con dos dedos, sin pensar, y lo miré a la luz del incendio.

La sottoscritta Aitana Beltrán dichiara…

Mi firma. La mentira que me había costado la dignidad en cinco segundos.

Lo arrojé al fuego.

Las llamas lo devoraron sin ceremonia. El papel se curvó, se ennegreció, se deshizo en una lluvia de pavesas luminosas que subieron hacia el techo. Por un segundo, vi el nombre de Raniero entre las llamas, y después ya no vi nada.

—Vamos —dije.

—Por ahí no. —Raniero señaló, con la barbilla, hacia el fondo del almacén—. La puerta del muelle arde por completo. Pero el almacén tiene una compuerta de carga, al fondo, que da directamente al agua. Es por donde entraban las barcas de los pescadores.

—¿Y si está cerrada?

—Hay un pestillo. Yo lo abrí mil veces de niño.

Un techo entero se vino abajo a nuestras espaldas con un estruendo de madera y de tejas.

Las llamas se inclinaron sobre nosotros.

El aire me quemó los pulmones. Agarré a Raniero de la mano y tiré de él, a ciegas, por un pasillo de humo negro, guiándonos por el rumor del mar que llegaba, tenue, del otro lado de una pared.

La compuerta apareció de pronto, una hoja de madera ennegrecida, con un pestillo de hierro que quemaba al tacto. Raniero se envolvió la mano con un trozo de su propia camisa y lo empujó con el hombro. Cedió.

Y el mar entró en el almacén como una bendición.

***

Nunca había nadado de noche. Nunca había nadado en una cala donde el agua negra reflejaba el resplandor naranja de un incendio, como si alguien hubiera volcado brasas líquidas sobre la superficie.

Nunca había tenido la mano de un hombre entre las mías mientras dos personas se dejaban caer juntas a un mar de una temperatura exacta, cálida y fría a la vez, que me quitó el humo de los pulmones de un solo golpe.

—Bucea —dijo Raniero, a mi lado, con la voz rota—. Hasta las rocas. Yo te sigo.

—¿Las rocas?

—A la izquierda. Junto al espigón viejo. Mi tío y yo pescábamos allí. Hay una grieta.

Buceé. Buceé con los ojos abiertos bajo el agua, guiada por su mano y por el recuerdo de una cala que nunca había visto pero que él conocía con la piel.

Las llamas seguían iluminando la superficie sobre mi cabeza.

Los disparos, muy lejos, sonaban amortiguados como un redoble de tambor debajo del agua.

Conté hasta veinte. Hasta treinta. Emergí junto a un montón de rocas negras, boqueando, con el pelo pegado a la cara y el corazón tratando de salirme del pecho.

Raniero apareció a mi lado un segundo después. Se agarró a una roca con las dos manos y se quedó allí, jadeando, con la cabeza inclinada.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Estoy vivo.

—Es lo mismo.

Rió. Una risa rota, agotada, que se transformó en tos.

Me cogió la cara con las dos manos, empapadas, temblorosas, con los dedos manchados de hollín y de sal, y me besó con una desesperación que me hizo olvidar, por un segundo, que había un incendio y un tiroteo y un barco lleno de gente a veinte metros de donde estábamos.

—Te dije que te fueras —murmuró contra mis labios.

—Te dije que cállate.

—Te quiero.

—Lo sé. —Le puse la frente contra el pecho—. Yo también.