Bajo falsos silencios CAPÍTULO 19 #2
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CAPÍTULO 19 #2

Ettore me llevó del brazo hasta el extremo del muelle, lejos de la fila silenciosa, junto a la barandilla oxidada. El mar golpeaba suave contra los pilotes. Había anochecido casi del todo, y el Santa Rita era una silueta recortada contra un cielo de tinta, con una única luz roja en el puente.

No dijo nada durante un rato. Se apoyó en el hierro como quien sale a tomar el aire después de una cena, y sacó del bolsillo interior de la chaqueta un teléfono pequeño, de pantalla rota. Lo hizo girar entre los dedos.

—Siete y diecisiete —dijo.

No añadió nada más. Sentí cómo se me vaciaban los pulmones.

—Veintiocho palabras. —Miró el teléfono con algo parecido a la ternura—. Yo habría puesto treinta.

Lo guardó. Eso fue todo. No dijo a quién había llegado el mensaje ni qué pensaba hacer con él. Esperó, con la paciencia de quien sabe que el silencio trabaja a su favor.

Y yo, que había prometido mantenerlo hablando, que había aceptado ese papel en la habitación de Giulia sin entender lo absurdo que era, comprendí en ese instante que no tenía ninguna cámara y que él no pensaba decir una palabra de más.

Lo intenté de todos modos.

—¿Qué le hiciste a Tancredi?

El mar. Los pilotes. Un cabo suelto que golpeaba contra un mástil, a lo lejos.

—¿Y a Livia?

Ettore sonrió, pero no a mí. Sonrió al agua, como se sonríe a un niño que hace una pregunta demasiado grande para contestarla.

—Mi abuelo decía que a un atún se le conoce por cómo mueve el agua antes de asomar —dijo—. Tú mueves mucho el agua, Aitana.

—Eso no es una respuesta.

—No. —Hizo una pausa—. Es un cumplido.

Del lado del almacén llegó una ráfaga de viento. Traía un olor áspero, dulzón, que no supe nombrar todavía. Levanté la vista. En una de las ventanas tapiadas, entre dos tablones, un destello breve, metálico, se apagó como una luciérnaga que cambia de idea.

Ettore no miró hacia allí. No le hizo falta. Sabía que yo sí.

—Nueve y cuarenta y cinco —dijo, casi para sí—. Puerta lateral. Qué precisión, para una noche tan oscura.

—Si le tocas…

—¿A quién?

No contesté. No sabía si hablaba del coronel, de Marco o del hombre atado que esperaba junto a la puerta del almacén con un guardia a la espalda.

Ettore dejó que mi silencio respondiera por mí, y por primera vez desde que lo conocía comprendí que aquello era lo que realmente hacía con la gente: no mentirles ni amenazarlos, sino dejarles terminar las frases que no se atrevían a pronunciar.

—Raniero decidió hace tiempo a quién quería parecerse —dijo—. Esperé tres años a que eligiera. Yo solo le dejo terminar.

Levanté la mano. No sé en qué momento. Llegó a la altura de su mejilla y se quedó allí, a un palmo, temblando. Él no retrocedió. No cerró los ojos. Me miró con una curiosidad serena, casi amable, como quien contempla a un restaurador que duda ante una grieta.

—Hazlo, si te sirve —dijo.

Bajé la mano. Comprendí demasiado tarde que eso era justo lo que había querido ver: lo que me costaba no hacerlo.

Se separó de la barandilla, se alisó la solapa y echó a andar hacia la pasarela, sin prisa, con las manos a la espalda. Se detuvo un segundo, sin volverse.

—Los buenos siempre están, querida —dijo—. Es lo que más me gusta de vosotros.

Me quedé sola, con un hombre a cada lado y el viento del almacén en la cara.

Nadie me había dicho nada. Nadie había explicado ningún plan, ninguna trampa, ningún fuego.

Y, sin embargo, mientras miraba la ventana tapiada donde el destello no volvía a aparecer, supe exactamente qué iba a ocurrir a las nueve y cuarenta y cinco.

***

Faltaban ya menos de quince minutos cuando subieron a los veintitrés al barco.

Lo hicieron en silencio, por la pasarela de madera, en fila india, bajo la mirada de los hombres de las chaquetas oscuras. Cada uno que pasaba agachaba la cabeza. Nadie lloró. Nadie habló. La mujer de la trenza rubia me miró de nuevo al subir, y esta vez no movió los labios. No hacía falta.

A Giulia y a Marco los llevaron a bordo con un hombre a cada lado. Giulia se dio la vuelta una vez, desde la pasarela, y buscó mi cara entre las sombras. Me dijo algo que no oí. Desapareció en la cubierta.

Yo me quedé en el muelle con Ettore y Fedora. Un hombre me puso una mano en el hombro. Otro me rodeó el brazo con los dedos, sin apretar, sin hacer daño, con la cortesía de quien escolta a una invitada de honor hacia su sitio.

—A bordo, querida —dijo Ettore—. Es casi la hora.

—No subiré.

—Lo harás. Porque si no subes, tu amigo Raniero no va a tener quince minutos más de vida. Va a tener uno.

Raniero, a veinte metros, de pie junto a la puerta del almacén con Kastriot a su espalda, me miraba fijamente. No había miedo en sus ojos. Había algo mucho más difícil de soportar: una serenidad tranquila, casi dulce, de quien ya ha aceptado lo que va a pasar y solo espera que yo no lo vea.

Vete , articuló con los labios. Por favor.

Sentí la navaja de Cosimo bajo el talón. Sentí la tarjeta de Livia bajo la planta del pie. Sentí el peso de veintitrés personas en la cubierta de un barco que se iba a hundir en algún punto del Adriático con mi silencio a cuestas.

Miré el reloj de pared del almacén, una esfera blanca de números negros que alguien había olvidado allí hacía cuarenta años. Las nueve y cuarenta y cuatro.

—Escucha —dijo Ettore, cerrando los ojos con expresión de placer—. ¿Lo oyes?

Lo oí.

Un motor. Lejano, amortiguado por la distancia, pero inconfundible. Un vehículo grande que avanzaba por el camino de tierra sin luces, muy despacio, apagando sus propios faros con la torpeza cuidadosa de quien no quiere ser visto.

El furgón de Benedetti.

—Puntuales —dijo Ettore con un suspiro satisfecho. Levantó una mano y la dejó caer, despacio—. Kastriot.

En el interior del almacén, detrás de los tablones de la ventana, se oyeron doce pestillos de armas cargándose a la vez.

Y dentro del almacén, junto a la pared donde Raniero esperaba de pie, alguien vertió sobre el suelo de tablones un líquido denso, oscuro, cuyo olor áspero, dulzón, inconfundible, me llegó en una ráfaga de viento antes de que entendiera lo que significaba.

Gasolina.

Y entonces, en la puerta del almacén, a veinte metros de Raniero, Kastriot encendió una cerilla.