CAPÍTULO 19
La trampa
Me dejaron sola toda la tarde antes de que vinieran a buscarme.
Los usé para escribir el mensaje más importante de mi vida con el teléfono roto de Raniero sobre las rodillas y las yemas de los dedos tan frías que fallaba una de cada tres letras. Lo reescribí cuatro veces. Lo dejé en veintiocho palabras.
Pulsé enviar. La barra avanzó hasta el final con una lentitud insoportable. Consegnato. Entregado. Un segundo después, una sola palabra de respuesta: Ricevuto. Recibido.
Benedetti no preguntó nada más.
A las siete y veinticinco llamaron a la puerta. No era Cosimo. Salvatore entró sin esperar respuesta, con el mismo traje negro de siempre y las manos cruzadas por delante del cuerpo.
—El señor sale a las ocho —dijo—. Necesito su teléfono.
—Ya no tengo teléfono.
—Tiene el de su novio. —Hizo un gesto con dos dedos—. Y me gustaría ver también el suyo propio, signorina, si hace el favor.
No tenía sentido resistirse. Le entregué el aparato de pantalla rota y mi propio móvil, el que llevaba toda la semana apagado en el fondo de la mochila. Salvatore los guardó en los bolsillos de la chaqueta sin mirarlos. Me observó con aquella calma suya, desagradable, de animal que espera.
—Una precaución —dijo—. Hay zonas donde la cobertura es mala.
—Claro.
—Y el ordenador se queda. Los cuadros no necesitan ordenador donde vamos.
No discutí. La tarjeta verdadera de Livia seguía pegada bajo la planta de mi pie derecho, dentro de la zapatilla, y me la dejé allí, sintiendo cómo el borde duro me mordía la piel a cada paso. Salvatore salió. Cerró la puerta. Yo cerré los ojos y conté hasta diez.
Un ruido mínimo en el pasillo me hizo abrirlos. Un roce metálico. La puerta volvió a abrirse apenas un palmo y una mano delgada, con un dedo manchado de tabaco, deslizó algo por el suelo hasta mis pies.
Cosimo no asomó la cara. Solo murmuró, tan bajo que casi no lo oí:
—Dentro del calcetín, signorina. Nadie registra los calcetines.
Era una navaja plegable, pequeña, con el mango de asta gastado por décadas de bolsillo. La escondí bajo el talón izquierdo, dentro del calcetín, sin preguntar cómo la había conseguido. Cuando alcé la vista, la puerta ya se había cerrado.
***
El Mercedes negro de Ettore olía a cuero y a colonia cara.
Me sentaron en el asiento trasero, a su lado, con Fedora enfrente, de espaldas al conductor, con las manos cruzadas sobre un bolso de piel que no soltó en todo el trayecto.
Salvatore se acomodó delante. Detrás, a cincuenta metros, el deportivo de Marco con Giulia en el asiento del copiloto, y dos coches más que yo no había visto jamás.
Salimos de la villa a las ocho y cinco. El sol se hundía tras los olivares con una belleza casi obscena, derramando sobre el camino de grava un rojo espeso que me recordó a aquel atardecer del salón pequeño, cuando Raniero me besó por primera vez. Miré por la ventanilla para no mirar a nadie.
—¿Sabes por qué me gusta la tonnara? —dijo Ettore, como si retomara una conversación a medias—.
Mi abuelo la construyó en 1931. Trescientos pescadores de atún pasaban allí la temporada entera, de mayo a agosto.
Se levantaban antes del alba y salían a las almadrabas en barcas de madera.
Volvían al atardecer con el pescado colgando de garfios.
—Sonrió con la mirada fija en el paisaje—.
Me llevaba de la mano de niño. Me enseñó a distinguir un ejemplar de ciento cincuenta kilos por cómo se movía el agua.
—Suena hermoso.
—Era brutal. —Me miró—. Brutal y hermoso. Como casi todo lo que merece la pena.
—¿Qué fue de los pescadores?
—Se acabó el atún. Se acabó la tonnara. —Alzó una mano en un gesto elegante—. Mi abuelo aguantó diez años más con las conservas, hasta que se arruinó. Yo heredé un edificio vacío, una cala y una deuda. Y una lección.
—¿Cuál?
—Que cuando una cosa se acaba, hay que saber qué hacer con lo que queda. —Se inclinó hacia mí, con la voz convertida en un susurro íntimo, casi tierno—. Tú sabes mucho de eso, querida. Restauras lo que queda de las cosas.
Fedora, enfrente, apartó la vista hacia el paisaje. No había pronunciado una palabra desde que subimos. Tenía el rostro de mármol, las manos crispadas sobre el bolso, y yo pensé, con una claridad fría, que si la hubiera mirado mucho tiempo habría acabado rompiendo a llorar. O abofeteándola.
—Ettore —dije—. ¿Puedo hacerte una pregunta?
—Siempre.
—¿Por qué yo?
Ladeó la cabeza, sorprendido.
—¿Perdón?
—En mayo. La etiqueta del bastidor. «Informe pendiente, A. Beltrán, Valencia.» ¿Por qué elegirme a mí, entre todos los restauradores de Europa?
Por primera vez en todo el viaje, vi algo parecido a la duda cruzarle la cara. Fue un instante. Se pasó la lengua por los labios.
—Porque hace cuatro años publicaste en una revista valenciana un artículo sobre el craquelado de imitación.
Con una metodología tan precisa, tan impecable, que desde entonces todos los falsificadores serios de Europa la han usado para aprender a evitar tus errores.
—Sonrió con una admiración casi paternal—.
Eres la razón por la que mis cuadros son tan buenos, Aitana.
Me pareció una justicia poética que fueras tú quien los firmara.
Sentí un vacío en el estómago. Durante cuatro años, cada lector de mi artículo había sido, en secreto, un alumno del crimen.
—Qué elegante —dije.
—Gracias.
No era un cumplido. Él lo tomó como tal.
***
La tonnara de Punta Ruggeri apareció al final de un camino de tierra entre acantilados bajos, a cuarenta minutos de la villa, con el mar extendiéndose detrás como una lámina de plomo.
Era un edificio enorme, de piedra blanca, con una chimenea de ladrillo rojo y un tejado de tejas medio hundido.
Las ventanas estaban cegadas con tablones.
En el lado del mar, un almacén largo y bajo se abría sobre un muelle de piedra que se adentraba treinta metros en el agua, y amarrada al final de aquel muelle, con las luces apagadas y la proa mirando a mar abierto, se balanceaba una silueta oscura.
Santa Rita. Un pesquero de unos veinte metros, de casco negro, con la pintura desconchada y una grúa oxidada sobre la cubierta.
Bajé del coche con las piernas todavía entumecidas.
El aire olía a sal, a alquitrán, a algas secas.
A esa hora, el cielo se había vuelto de un violeta ceniciento y las primeras estrellas asomaban sobre el horizonte.
Dos hombres con chaquetas oscuras vigilaban la entrada del almacén.
Otro, apoyado contra la barandilla del muelle, fumaba con los brazos cruzados. Ninguno me miró.
Las tres furgonetas de la cooperativa estaban aparcadas en fila junto al edificio, con los portones traseros abiertos. Yo las habría reconocido en cualquier parte: las mismas que el localizador había recorrido con un sobre bajo el asiento. Los conductores, en cambio, eran otros.
De las furgonetas empezaron a bajar personas.
No puedo describir el momento con la precisión que me gustaría.
Recuerdo que primero salieron los hombres, uno tras otro, con la ropa arrugada y los ojos hundidos, parpadeando ante la luz tenue del atardecer como quien lleva días en la oscuridad.
Después las mujeres. Una de ellas, de unos treinta años, con una trenza rubia deshecha y un jersey demasiado grande para ella, se detuvo al pie de la rampa y se giró hacia mí.
Nuestras miradas se cruzaron apenas un segundo. Movió los labios, sin emitir sonido.
Ajutor.
Ayuda, en rumano. Lo había oído en un documental una vez, en Valencia, sentada en el sofá de mi casa con un café en las manos, sin imaginar que aquella palabra iba a convertirse algún día en lo único que podía oír.
—No los mires —susurró Fedora, a mi lado.
Fue la primera vez que me hablaba en todo el día. Su voz sonó ronca, áspera, y por un segundo creí que iba a añadir algo más. No lo hizo.
Los veintitrés se alinearon sobre el muelle en una fila silenciosa, custodiados por hombres con chaquetas oscuras. Conté. Doce hombres. Nueve mujeres. Dos jóvenes que no parecían tener más de veinte años. Ninguno llevaba ataduras, pero ninguno se atrevía a moverse. Ninguno hablaba.
Y al final de la fila, detrás del último, sacado de la tercera furgoneta con las manos atadas por delante con una cuerda gruesa, apareció Raniero.
Tenía el pómulo morado, el labio partido y la camisa rota en el hombro. Caminaba con la cabeza alta, con la espalda recta, decidido a no dejarse ver quebrado, lo único que le quedaba. Levantó la mirada. Me vio.
No , dijo con los labios, sin sonido. No, Tana.
Me costó una eternidad no correr hacia él.
—Mi hijo —dijo Ettore, a mi lado, con una ternura espantosa— siempre ha sido tan orgulloso.
***
Giulia salió del deportivo de Marco con un grito ahogado. Corrió hacia el muelle, con el pelo suelto y las sandalias resonando sobre la piedra, pero Salvatore se interpuso con un brazo extendido y la detuvo a medio metro de su hermano.
—Déjame verlo. —Le temblaba la voz—. ¡Papá! ¡Déjame verlo!
—Giulia. —Ettore no levantó la voz—. Basta.
—Está herido. Lo habéis golpeado.
—Se ha resistido. —Hizo un gesto amable—. Se curará. Ven aquí, hija.
Giulia se quedó inmóvil. A su espalda, Marco se acercó con las manos en los bolsillos y una expresión que yo no fui capaz de leer. Le puso una mano en el hombro. Ella se giró hacia él con los ojos llenos de lágrimas y una furia tan desnuda que Marco retrocedió un paso.
—¡Tú lo sabías!
—Giulia…
—¡Tú lo sabías y me mentiste!
—Giulia. —La voz de Marco sonó muy baja, muy tensa—. Mírame.
Ella lo miró. Durante un segundo, dos, tres, se cruzó entre ellos algo más que rabia: el recuerdo de una habitación cerrada, de un mensaje de voz, de una mano estrechada. Giulia cerró la boca. Tragó saliva. Dio un paso atrás.
—Buena chica —dijo Ettore, sin girarse—. Ahora, vamos todos a prepararnos. Kastriot ya nos espera.
***