CAPÍTULO 18 #2
La voz de la inspectora salió del altavoz, baja, cansada, con un rumor de fondo de coches lejanos y una respiración entrecortada.
Marco, soy yo. Mañana me reúno con la restauradora, la española. Aitana Beltrán. Es de fiar, lo he comprobado. Si me pasa algo… si mañana no vuelvo a llamarte… ayúdala. No dejes que Leuzzi la use. Es buena. Es de las buenas. Y en esa casa no quedan muchas.
Un silencio. Un suspiro.
Cuida de ti mismo también. Livia.
El mensaje terminó. Nadie dijo nada. Tenía las mejillas mojadas. No sabía desde cuándo.
—Livia —murmuré, sin poder terminar la frase.
—Yo estaba en Milán cuando me lo mandó. Lo escuché a las once de la noche. —Marco recogió el teléfono con una delicadeza que no le había visto nunca—. Llamé a su número a las doce, a la una, a las tres. No contestó. Por la mañana me enteré por la radio.
—Y no hiciste nada.
—Hice lo único que podía hacer sin acabar en la misma cuneta. Esperé. —Sus ojos se cerraron—. Y vine aquí a hacer lo que Livia me había pedido. Ayudarte.
Giulia lo miraba con una expresión que no sabía cómo descifrar. Tenía la boca entreabierta, las manos cruzadas sobre el pecho, y una mezcla tan compleja de dolor, alivio y rabia contenida que casi me dio miedo mirarla.
—Me hiciste creer que me despreciabas —dijo por fin, apenas audible.
—Necesitaba que tu padre lo creyera. No tú. —Marco se levantó, dio dos pasos y se detuvo a medio metro de ella—. Giulia. Te pido perdón. Por todo. Por cada mirada, por cada broma, por cada vez que me hice el imbécil delante de ti.
—No me hagas llorar ahora, Marco.
—No pienso hacerlo.
—Ya lo estás haciendo.
Se rió, un sonido roto, entre lágrimas, y le tendió una mano. Ella la miró. Después, con una lentitud infinita, la estrechó.
—Vale —dijo—. Cuéntame el resto.
***
El resto era peor.
Marco lo desgranó con voz seca, ordenada, casi profesional, mientras Cosimo vigilaba la puerta con la oreja pegada a la madera y yo apuntaba en el cuaderno negro cada dato que salía de sus labios.
Salvatore llevaba dos semanas coordinando el traslado con un capitán albanés que respondía al nombre de Kastriot y al que llamaban «el Turco».
Zarpaban a las diez de la noche, con veintitrés personas en la bodega del Santa Rita y un cargamento de aceite falso que serviría de cobertura durante la travesía.
El destino era Vlorë, en Albania, y desde allí, por carretera, hacia Grecia y el norte.
—Y Raniero —dije.
—Raniero va en el barco. —Marco no pudo mirarme al decirlo—. Ettore lo ha decidido esta madrugada. Dice que quiere a su hijo cerca hasta que se calmen las aguas. Que después de lo de Franco, no puede permitirse dejarlo en tierra, donde cualquiera podría hablar con él.
—Lo van a hacer desaparecer.
—Todavía no. Pero tampoco creo que vuelva.
Me apoyé contra la pared. Me tambaleé, pero no me caí.
—¿Cuándo llegan los hombres de Benedetti?
—Mañana al amanecer, por la villa. Pero el barco zarpa esta noche. Entrarán en una casa vacía y el muelle estará limpio.
—Entonces hay que actuar en el muelle. Antes de que zarpe.
—Sí. Y para eso te necesito a ti.
—¿A mí?
Marco dudó. Cerró los ojos, escogiendo la peor de las opciones posibles.
—Ettore quiere que vayas.
—¿Qué?
—Lo dijo esta mañana, cuando comprobó que el localizador había recorrido cien kilómetros con un pañuelo de seda.
Dijo: «Esa muchacha es más lista de lo que creía.
La quiero donde yo pueda verla». —Me miró por fin—.
Va a pedirte que subas al barco con nosotros.
Como asesora. Como testigo. Como una pieza más de la colección.
El cuaderno me resbaló de las manos.
—No pienso subir a esa nave.
—Tendrás que hacerlo. Porque si te niegas, Ettore sabrá que hay algo que temer.
Y porque, una vez en el muelle, es el único sitio donde puedo ayudarte desde dentro.
—Su voz cambió, se volvió más tensa—. Escúchame bien.
A las nueve y cuarenta y cinco de la noche, la puerta lateral del almacén de la tonnara estará sin cerrar.
Yo la habré abierto. Si Benedetti y sus hombres llegan por tierra a esa hora, sin luces, sin sirenas, pueden entrar por ahí y encontrar el barco cargado, a los traficantes con las manos en la masa y a Ettore dando órdenes en el muelle.
Flagrante delito. Sin necesidad de ninguna orden.
—¿Y yo?
—Tú tendrás que mantener a Ettore ocupado. Hablando. Delante del barco. Con la cámara de tu móvil grabando. —Marco esbozó una sonrisa amarga—. Eres la única persona de esta casa a la que Ettore se molesta en dar explicaciones. Lo he visto. Le gusta que le admiren.
Sonó tan absurdo que casi me reí. Casi.
—Es una locura.
—Lo es.
—Y si algo sale mal…
—Algo saldrá mal. —Marco no me quitó los ojos de encima—. Siempre sale algo mal. Pero es la única oportunidad que tenemos de sacar de esa bodega a veintitrés personas y a tu Raniero antes de que se pierdan en el mar.
Un golpe seco en la puerta nos hizo enmudecer a los cuatro. Cosimo se apartó de la madera con los ojos muy abiertos.
—¡Signorina Giulia! —La voz de Salvatore, tranquila, cortés—. ¿Está despierta?
Giulia se tumbó de golpe en la cama, cerró los ojos y respiró hondo, lenta, regularmente. Marco se dejó caer sobre la silla del guardián dormido, con la cara descompuesta. Cosimo se puso la bandeja bajo el brazo y abrió la puerta un palmo.
—Duerme, señor Salvatore —dijo, con voz de servicial preocupación—. La señorita Aitana ha venido a comprobarlo hace un momento.
Salvatore asomó la cabeza. Sus ojos negros recorrieron la habitación, se detuvieron en Giulia, en el guardián dormido, en Marco, en mí. Se quedó un segundo largo mirándonos, con la cabeza ligeramente ladeada, como un animal que detecta un olor.
—Don Ettore las espera a todos en el comedor —dijo por fin—. Para el almuerzo. Ahora.
Se apartó de la puerta. Nos dejó pasar uno a uno con una cortesía helada. Al cruzar delante de él, me rozó el hombro con dos dedos, casi con un gesto de afecto.
—Tiene el pelo lleno de barro, signorina —murmuró, tan bajo que solo yo pude oírlo—. Y una zapatilla que no es suya.
Se me detuvo el corazón.
***
El comedor había sido dispuesto para siete comensales, aunque solo se sentaron seis.
Ettore presidía la cabecera, con su traje de lino gris perla y su reloj antiguo, con el aspecto de un hombre que ha dormido ocho horas y ha desayunado con apetito.
A su derecha, Fedora, con una blusa blanca y una expresión perfectamente neutra.
A su izquierda, Marco. Enfrente, Giulia, con el rostro lavado y los ojos todavía rojos, sentada junto a mí. Salvatore, de pie, junto a la puerta.
La silla de Raniero, vacía, ocupaba su lugar habitual.
Nadie la mencionó.
Comimos ensalada, pasta al horno, un pescado a la sal que Cosimo sirvió con manos impecables.
Ettore habló de cosas triviales: del calor, de las cosechas, de un viaje a Roma que tenía pendiente.
Yo me limité a cortar la comida en trozos pequeños y a moverlos por el plato, con la pesadilla de la firma en la declaración jurada ardiéndome todavía en las yemas de los dedos.
Al llegar el café, Ettore dejó la servilleta sobre el mantel y unió las manos.
—Familia —dijo, y recorrió la mesa con una sonrisa cálida—. Amigos. Tengo algo importante que anunciar.
Marco se puso rígido a mi lado. Fedora no movió un músculo.
—Esta noche, como sabéis, partimos hacia un nuevo destino.
Un viaje corto, tranquilo, pensado desde hace tiempo.
Marco viene conmigo, naturalmente, como socio y como futuro yerno.
—Sonrió—. Giulia, hija mía, vendrás también.
Después de lo ocurrido, creo que un cambio de aires os hará bien a los dos.
—Papá —dijo Giulia, con voz de cristal.
—Y Raniero viaja ya con nosotros. Necesita reflexionar. —Ettore hizo una pausa deliberada, con los ojos fijos en su hija—. Todos necesitamos reflexionar de vez en cuando.
El silencio pesó sobre la mesa como una losa. Yo tenía las manos bajo el mantel, con los dedos entrelazados hasta blanquearse.
—Y tú, querida —dijo Ettore, volviéndose hacia mí con su sonrisa más dulce—. No pensarás quedarte atrás.
—Creo que mi contrato acaba en…
—Tu contrato acaba cuando yo lo diga. —Su voz siguió sonando cordial, pero por debajo brilló un filo de acero—. Un asesor de la colección no se queda en tierra cuando la colección se muda. Vendrás con nosotros, Aitana. Esta noche. Al muelle.
Sentí, más que vi, la mirada de Marco, clavada en mi perfil, contenida.
Sentí a Giulia dejar de respirar a mi lado.
Sentí, contra la planta del pie, la tarjeta verdadera de Livia Ferraro, escondida bajo el forro de mi zapatilla derecha, donde había vuelto a ponerla en cuanto salí de la habitación de Giulia.
Alcé la vista hacia Ettore. Sostuve su mirada tibia, atenta, de padre y de verdugo, con toda la calma que fui capaz de fingir.
—Será un honor —dije.
Y Ettore Leuzzi sonrió, satisfecho, y levantó su taza de café.
—Lo sabía.