Bajo falsos silencios CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Doble juego

Llamé a Benedetti con el pulgar temblando sobre la pantalla rota.

—Las tres furgonetas —dije sin saludar—. Salieron de la villa a las seis y cuarenta y uno. Van hacia Brindisi por la carretera de la costa. Raniero, dice usted, va en una.

—Lo sé. Estoy mirando el mapa. —Se oía el rumor de un motor y el crepitar de una radio—.

Tengo dos patrullas de la Polizia Stradale a quince kilómetros del punto donde van a pasar.

Les he dado un pretexto de control agroalimentario.

Aceite sin etiquetar. Las pararán con toda la cortesía del mundo y las abrirán delante de los conductores.

—¿Y si van armados?

—Los hombres de la cooperativa casi nunca lo van. —Una pausa—. Aitana, quédese donde está. No se mueva. No haga nada. Le mando un mensaje en cuanto sepa algo.

—Y hay otra cosa. Mis informantes hablan de una nave. Ya he hablado con la Guardia Costera de Otranto. Una motovedetta saldrá al caer la tarde y se quedará fuera de la vista. Si ese barco intenta salir a mar abierto, no llegará a Albania.

Colgué. Me senté en el borde de la cama con el teléfono entre las manos y un vaso de agua que no bebía.

Miré la aplicación de seguimiento durante veinte minutos sin parpadear.

El punto rojo avanzaba por la costa con una regularidad casi hipnótica.

Cuarenta kilómetros. Cincuenta. Sesenta.

Los tres puntos verdes le seguían a una distancia constante.

A las ocho y doce, el punto rojo se detuvo.

Los verdes también.

Un mensaje de Benedetti llegó tres minutos más tarde. No contenía ninguna de las palabras que yo esperaba. Solo un párrafo corto, seco, escrito por alguien que estaba haciendo un esfuerzo por controlar la voz.

Fermato. Tre furgoni. Solo barili d'olio, due autisti per mezzo, nessuno sa nulla. La busta con il localizzatore era sotto il sedile del primo. Raniero non c'è.

Detenidos. Tres furgones. Solo barriles de aceite. El sobre con el localizador bajo el asiento del primero. Raniero no está.

Me quedé mirando aquel «no está» hasta que las letras se convirtieron en manchas.

Ettore lo había sabido. Desde el primer momento.

Alguien había abierto el sobre en cuanto yo salí del despacho, había encontrado el bolígrafo entre el pañuelo y la tarjeta, y en lugar de destruirlo lo había metido bajo el asiento de un furgón cualquiera para que recorriera cien kilómetros de carretera mientras el auténtico cargamento salía por otra puerta.

Había convertido mi trampa en la suya. Había medido, con la calma de un relojero, cuánto tardaba Benedetti en reaccionar.

Ahora sabía la respuesta. Noventa minutos. Y sabía que aquella tarjeta que le había entregado era, con toda probabilidad, un montaje. Y sabía que yo era la única persona en la villa capaz de fabricarlo.

Me levanté de la cama. Abrí el armario. Saqué del fondo una mochila pequeña y metí en ella lo indispensable: el portátil, con la tarjeta verdadera cosida en la funda; el cuaderno negro; una botella de agua; el teléfono roto.

Estaba atando el último cordón cuando oí, en el pasillo, el ruido de una puerta abriéndose y unos pasos que se detenían justo delante de la mía.

Dos golpes suaves. Una pausa. Un tercer golpe, mucho más discreto.

—Signorina. —La voz de Cosimo, apenas un hilo—. No abra a nadie que no sea yo. Pero tiene que venir. Ahora.

***

Giulia estaba despierta.

Sentada en el borde de su cama, con el pelo revuelto y los ojos enrojecidos, se agarraba a la colcha con las dos manos para no caerse.

El guardián que había visto por la pantalla del despacho dormía sentado en su silla, con la barbilla contra el pecho y un hilo de baba cayéndole por la comisura de la boca.

Cosimo, de pie junto a la mesilla, sostenía una bandeja con una taza vacía.

—Café con somnífero —susurró, al ver que yo lo miraba—. Lo preparó el señor Marco. Yo solo lo he llevado. No durará más de una hora.

—Cosimo —dije—, va a acabar muy mal.

—Ya he acabado mal muchas veces, signorina. —Alzó los hombros con un fatalismo antiguo—. Esta vez, por lo menos, elijo yo cómo.

Giulia me abrazó con una fuerza que me hizo daño. Olía a sueño químico y a lágrimas secas. Nos quedamos así unos segundos, sin hablar, hasta que ella se apartó y me sujetó por los hombros con las dos manos.

—Estoy bien —dijo—. Me han dado algo, pero estoy bien. He oído voces mientras dormía. Muy lejos. Papá hablaba con alguien. Decía nombres de sitios.

—¿Qué sitios?

—Brindisi. Otranto. —Frunció el ceño, forzando la memoria—. Y otro. La tonnara. Dijo la tonnara vieja .

Cosimo giró la cabeza de golpe.

—La tonnara de Punta Ruggeri —dijo Giulia, despacio, como quien reconoce una cara en una fotografía—. Está a cuarenta minutos. Íbamos de pequeños a bañarnos allí.

Cosimo asintió.

—Cerrada desde hace cuarenta años. Un muelle de piedra y un almacén que da al agua. Nadie ha entrado allí en décadas.

—Y los barcos de mi abuelo —dijo Giulia, con una voz que se le rompía—. Santa Rita . Así se llamaba el último. Un pesquero viejo de casco negro. Papá nunca lo vendió.

Algo encajó, con el chasquido silencioso de una pieza que llevaba semanas buscando su hueco.

—Ese es el barco —dije.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque un hombre como tu padre nunca mueve lo que quiere esconder por el sitio que todos vigilan. Lo mueve por el sitio que nadie recuerda que existe.

Giulia se dejó caer de nuevo en la cama. Se tapó la cara con las manos.

—Todo el tiempo —susurró—. Toda mi vida. He crecido a cuarenta minutos de ese muelle. Íbamos de pequeños a bañarnos allí. Rani me enseñó a nadar en esa cala.

—Giulia.

—Lo sé. —Levantó la cabeza—. Lo sé, Tana. Lo sé.

Un ruido en el pasillo nos hizo enmudecer a los tres. Unos pasos seguros, sin prisa, que se acercaban por el corredor. No eran los de Salvatore. No eran los de Ettore. Eran más ligeros, más rápidos, con el tacón de un zapato caro que reconocí de inmediato.

Cosimo cogió la bandeja como si fuera una espada. Yo me coloqué delante de Giulia con las manos abiertas. La puerta se abrió sin llamar.

Marco Rinaldi entró en la habitación, cerró tras de sí y echó el pestillo.

***

Nadie se movió.

Marco tenía la camisa arrugada, la corbata desanudada y unas ojeras profundas que le envejecían la cara diez años. Levantó las manos con las palmas hacia fuera, mostrando que no llevaba armas. Después miró a Cosimo. Después a Giulia. Después a mí.

—No tengo mucho tiempo —dijo, en un español limpio y sin acento—. Salvatore va a subir en diez minutos a comprobar que la señorita Leuzzi sigue dormida. Así que voy a decir lo que tengo que decir, y vosotros vais a decidir después si me creéis.

—¿Por qué íbamos a escuchar a un hombre que ha ayudado a secuestrar a Raniero?

—No lo he ayudado. —Su voz sonó dura, cansada—. Lo vi bajar a la celda anoche. Y me pasé toda la noche pensando cómo sacarlo de allí sin que me mataran a mí.

—Esto es un juego —dijo Giulia, con una voz gélida que no le conocía—. Siempre ha sido un juego contigo. Sonríes, coqueteas, dices que me quieres cortejar, y luego me miras como si fuera una mesa que quieres comprar.

—Eso último es exactamente lo que tu padre necesitaba que creyera.

—Marco dio un paso hacia ella, y esta vez su voz cambió, casi flaqueó—.

Giulia, te juro por la memoria de mi madre que jamás pensé en casarme contigo por lo que representas.

Te lo dije un día en la escalera de tu casa, hace cuatro años, cuando llegaste con un vestido verde y me dijiste que odiabas las fiestas. ¿Te acuerdas?

Giulia se quedó inmóvil.

—Me dijiste que eras la única persona de tu familia que no fingía —continuó Marco—. Y yo pensé que era la única persona de toda esa gente a la que valía la pena proteger.

—¿Proteger de qué?

—De lo que mi padre y el tuyo iban a hacer con ella. —Se frotó la frente—. Necesito sentarme.

Se dejó caer en la silla del guardián dormido, sin mirarlo siquiera. Cosimo se apartó un paso para dejarle sitio, sin soltar la bandeja. Marco respiró hondo, con los codos en las rodillas y la mirada clavada en el suelo.

—Mi madre se llamaba Carmen Ibáñez. Era de Valencia.

Cuando yo tenía doce años se plantó delante de mi padre y le dijo que se iba y que me llevaba con ella.

—Sonrió sin alegría—. Tuvo un accidente de coche a los tres días, en la carretera de Como.

Se salió de una curva. Yo iba en el asiento trasero. Salí con un brazo roto. Ella no salió.

El silencio que siguió tuvo una densidad casi física.

—Otra curva —murmuré.

—Otra curva —repitió Marco—. Siempre las mismas curvas. Siempre el mismo tipo de accidente. Emilia Roversi. Livia Ferraro. Mi madre. —Se pasó el dorso de la mano por los ojos, un gesto rápido, casi de enfado—. Llevo veinticuatro años esperando el momento de pagar esa curva.

—¿Por eso entraste en el negocio de tu padre?

—Por eso aprendí a sonreír como él. A hablar como él.

A decir «encantado» a hombres a los que quería ver colgados.

—Dio un golpe suave con el puño en la rodilla—.

Hace dieciocho meses, una inspectora de la Guardia di Finanza me abordó a la salida de un concierto.

Se presentó como Livia Ferraro. Me dijo que sabía quién era mi madre.

Me dijo que llevaba años trabajando en el caso y que necesitaba a alguien de dentro.

—Livia te reclutó —susurré.

—Me dio la oportunidad que llevaba veinticuatro años esperando.

—Marco abrió la mano. Dentro tenía un móvil pequeño, negro, sin funda—.

Las cuentas de Lugano las saqué yo. Todo lo que llevó a la detención de mi padre lo pasé yo, documento por documento, durante meses. Él está en una celda de Milán por mí.

Se hizo un silencio pesado.

—Demuéstralo —dije.

Marco no dijo nada. Desbloqueó el teléfono, buscó algo en la memoria y me lo tendió con la pantalla encendida.

Era un mensaje de voz. Guardado. Con fecha del trece de julio, a las veintidós horas cuarenta y siete minutos. La noche antes de que Livia Ferraro muriera.

Pulsé el triángulo.