CAPÍTULO 17 #3
Era una declaración jurada de tres páginas, redactada en un italiano jurídico impecable, con un membrete notarial de Lecce.
La leí en diagonal, con los ojos desbordados de frases que no quería entender.
La sottoscritta Aitana Beltrán dichiara di aver assistito, in data…
Yo, la abajo firmante, declaro haber presenciado cómo el señor Raniero Leuzzi, en calidad de administrador de la colección familiar, manipuló durante los últimos tres años certificados de autenticidad de obras de arte y ocultó registros de envíos a espaldas de su padre…
—Es mentira —dije.
—Es un documento legal.
—Es una mentira, Ettore. Su hijo intentó detener todo esto.
—Mi hijo —dijo Ettore, con una suavidad glacial— es un joven confundido que ha traicionado a su familia.
Y cuando la Guardia di Finanza empiece a tirar del hilo, alguien tendrá que responder de lo que ha ocurrido en esta casa.
Alguien que tenga acceso a los libros. Alguien que figure como administrador.
La claridad me heló hasta las yemas de los dedos.
No quería mi silencio. Quería mi firma para que Raniero cargara con la culpa de todo.
Para que el hijo que le había fallado pagara con los años de cárcel que le habrían correspondido a él.
Y me pedía a mí, precisamente a mí, que lo escribiera con mi propia mano.
—Si no la firmas —añadió Ettore—, tu amigo Benedetti nunca sabrá que Raniero Leuzzi acaba de sufrir un desgraciado accidente en el sótano.
Levanté la cabeza de golpe.
—¿Cómo…?
—Ah, querida. —Sonrió—. ¿De verdad creías que no sabía lo del coronel? Tengo a alguien en la Guardia di Finanza de Bari que me avisa de cada movimiento que llega desde Roma. Alguien de mi entera confianza.
La mesa entera pareció girar. Miré a Fedora. Fedora miraba el suelo.
—Firma, Aitana —dijo Ettore—. Y todos podremos seguir con nuestras vidas.
Tomé la pluma. Me temblaba tanto la mano que la tinta cayó en una gota gruesa sobre el papel. La miré extenderse, oscura, sobre el nombre de Raniero. Su beso rápido en el cruce, su te quiero , las cuatro paredes de cemento donde ahora estaba sentado con el pómulo hinchado y la mirada firme.
Firmé.
Cada letra de mi apellido me arrancó un pedazo de algo. Al terminar, dejé la pluma sobre el papel y no pude decir nada. Ettore recogió la carpeta con un gesto delicado, la cerró y se la pasó a Salvatore.
—Excelente —dijo—. Ahora, querida, vete a descansar. Te lo has ganado. Mañana tendrás noticias.
—¿Y Raniero?
—Estará perfectamente atendido. —Se reclinó en el sillón—. Se quedará en el sótano hasta el jueves, por su propia seguridad. Y después viajará conmigo. Necesito a mi hijo a mi lado en el trance final. Es de esas cosas que un padre no delega.
Salí del despacho sin oír lo que sucedió a mi espalda. Recorrí el pasillo con las piernas de plomo, con la firma ardiéndome en las yemas de los dedos y la tarjeta verdadera, la de Livia, clavada como una espina bajo la planta del pie derecho.
Solo cuando llegué a la escalera, y hube comprobado que nadie me seguía, me apoyé contra la pared y me deslicé hasta el suelo, y por fin lloré.
***
Cosimo me encontró a las siete menos diez. No dijo nada. Me ayudó a levantarme, me guió a mi cuarto y me dejó sobre la mesilla un vaso de agua y un trozo de pan con aceite que no toqué. Antes de irse, se detuvo en la puerta.
—Ha hecho lo que tenía que hacer, signorina.
—He condenado a Raniero.
—Ha comprado tiempo. Es lo único que se puede comprar en esta casa.
Me quedé sola. Saqué del zapato la tarjeta verdadera, la sostuve unos segundos entre los dedos como una reliquia, y la escondí en el interior de la funda del portátil, cosida al forro. Saqué el teléfono roto de Raniero. Un mensaje nuevo, de Benedetti, con la hora: las seis y cincuenta y ocho.
Ordine firmato alle 06:55. Il giudice ha chiesto 24 ore per la logistica. Domani all'alba entriamo.
Orden firmada. Entrarán mañana al amanecer. Mañana, jueves.
Suspiré. Casi me sentí aliviada. Los hombres de Benedetti llegarían a la villa unas horas antes de que Ettore moviera la carga el jueves de noche, y la Guardia di Finanza lo esperaría además en Brindisi. Todo encajaba. Todo…
Otro mensaje. El segundo llegó mientras leía el primero, con un pitido corto.
Attenzione. Il localizzatore che ha nascosto nella busta si sta muovendo. Ha lasciato la villa alle 06:41. Direzione: porto di Brindisi.
Atención. El localizador que ha escondido en el sobre se está moviendo. Ha salido de la villa a las 06:41. Dirección: puerto de Brindisi.
Se me heló la sangre.
Abrí la aplicación de seguimiento con manos que ya no sentía.
Un punto rojo diminuto, sobre un mapa gris, avanzaba por la carretera de la costa a ciento diez kilómetros por hora, rumbo norte.
El sobre acolchado. El bolígrafo. Nadie debía haberlo abierto todavía, y sin embargo alguien lo había cogido y lo había metido en un coche.
Y en la parte inferior de la pantalla, en un recuadro que la aplicación mostraba solo cuando detectaba varias señales asociadas, aparecían tres puntos más.
Verdes. Moviéndose a la misma velocidad, agrupados en una caravana que salía de la villa, tres furgonetas idénticas, de la cooperativa, que ya no esperaban al jueves.
El mensaje de Benedetti llegó como un latigazo.
La nave parte STASERA. Non giovedì. Stasera. Raniero è su una di quelle furgonette.