CAPÍTULO 17 #2
No hay palabra mejor para lo que hice en los siguientes veinte minutos.
Restaurar no es copiar. Es decidir, pieza por pieza, qué debe verse y qué debe quedar oculto para que la obra sobreviva.
Eliminé la carpeta del coronel. Eliminé el archivo con la lista de nombres de los agentes que colaboraban con Livia.
Eliminé las fotografías del sótano, las de los pasaportes, las de la puerta de las literas.
Dejé solo lo que Ettore ya sabía, o sospechaba: los tres registros bancarios que vinculaban una cuenta de Lugano con su nombre y con el de Franco Rinaldi, el listado de matrículas de furgonetas, dos fotografías borrosas de la villa tomadas con teleobjetivo.
Añadí una docena de archivos de relleno, extraídos de la copia de seguridad de mi propia cámara: paisajes, marcos, detalles de barniz.
Pasé todo a la tarjeta SD. La renombré con una etiqueta adhesiva, tal como estaba la original, con un garabato en la esquina.
Dos tarjetas idénticas. Una era la verdad. La otra, un cuadro pintado a la manera de un maestro.
Faltaba una última pieza.
Abrí el cajón de la mesilla. Bajo los paños de limpieza, envuelto en un pañuelo de algodón, seguía el pequeño objeto metálico con forma de bolígrafo que Raniero me había puesto en la mano una semana atrás. Apreté el clip lateral. Una lucecita roja parpadeó y se apagó.
Es un localizador. Lo activé la semana pasada, por si acaso.
Lo introduje en un sobre acolchado, junto a la tarjeta SD, y cerré la solapa con una tira de cinta adhesiva.
Guardé la tarjeta verdadera, la de Livia, en el hueco de una plantilla de mi zapatilla derecha, entre la suela y la palma del pie.
La que Ettore quería la envolví en un pañuelo de seda que había traído de Valencia, sin ningún motivo, hacía semanas.
Eran las cinco y cincuenta y dos.
***
El despacho de Ettore estaba iluminado por una sola lámpara de escritorio.
Tras las cortinas entreabiertas, el cielo empezaba a teñirse de un gris ceniza.
Sentado en su sillón de cuero, con la bata de seda oscura y el reloj antiguo en la muñeca, Ettore me esperaba con las manos entrelazadas sobre el escritorio.
A su izquierda, de pie, con las manos cruzadas por delante, Salvatore.
A su derecha, sentada en un sillón de orejas con las piernas cruzadas y un vaso de agua entre los dedos, Fedora.
Y junto a la ventana, recostado contra la librería con las mangas de la camisa remangadas y un cansancio muy poco habitual en la cara, Marco Rinaldi.
—Puntual —dijo Ettore, sonriendo—. Siempre lo has sido, querida.
—Quiero verlos —dije.
—Todo a su tiempo.
—Ahora. Antes de darle nada.
Ettore ladeó la cabeza, divertido. Hizo un gesto casi imperceptible con la mano. Salvatore se acercó a la pared, presionó un panel oculto y una pantalla plana que yo no había visto jamás se encendió con un parpadeo azulado.
La cámara mostraba una celda de cemento con una bombilla desnuda.
En el suelo, sentado con la espalda contra la pared y las rodillas dobladas, estaba Raniero.
Tenía un pómulo hinchado y un corte seco en la ceja.
Levantó la cabeza al oír un ruido y miró directamente al objetivo, como si supiera que yo estaba al otro lado.
—Tana —dijo, sin voz, moviendo apenas los labios.
Me temblaron las rodillas. Apreté la mandíbula.
—¿Y Giulia?
—Duerme. —Ettore se encogió de hombros—. Le he dado algo para que descanse. Se despertará tranquila. Y no te preocupes, querida: nadie le ha puesto una mano encima.
—Quiero verlo con mis ojos.
—Me estás ofendiendo.
—Tengo una tarjeta en la mano que vale más que su vida. Puedo permitírmelo.
Fedora apartó la vista. Marco sonrió apenas. Ettore me miró largamente, con esa expresión de asombro contenido de quien descubre que la niña de la casa ha aprendido a jugar al mus.
—Muy bien —dijo por fin—. Salvatore.
La pantalla cambió. Un dormitorio con la luz de una lámpara de noche.
Giulia tumbada de lado en su cama, con la boca ligeramente abierta y el pecho subiendo y bajando con calma.
Sobre la mesilla, un vaso de agua. En un rincón, sentado en una silla, con los brazos cruzados, un hombre vigilaba en silencio.
Algo se aflojó en mi pecho. No del todo.
A mi lado, junto a la librería, Marco había dejado de respirar un segundo mientras la pantalla mostraba a Giulia. Solo cuando la vio respirar a ella, respiró él. Lo noté sin saber qué estaba notando.
—Bien —dije.
Avancé hasta el escritorio. Saqué el pañuelo de seda del bolsillo y lo dejé sobre la madera pulida.
Lo desenvolví despacio. La tarjeta SD quedó a la vista, con su etiqueta adhesiva y su garabato.
Y a su lado, en el sobre acolchado que había escondido bajo el pañuelo, el objeto que iba a hacerlo todo distinto.
—Aquí está —dije.
Ettore alargó la mano. Salvatore le acercó un portátil delgado, negro, que abrió con una llave de seguridad. Con dos dedos, casi con veneración, Ettore insertó la tarjeta.
Vi la luz azul reflejarse en sus gafas de media luna. Vi sus pupilas moverse de izquierda a derecha, de arriba abajo. Leyó en silencio. Pasó de un archivo a otro. Se detuvo en la hoja con los registros de Lugano. Frunció el ceño. Se detuvo en las matrículas.
—Fedora —dijo, sin apartar la vista de la pantalla—. Compruébalo.
Fedora se levantó. Caminó hasta el escritorio con sus pasos silenciosos y se inclinó sobre el hombro de Ettore. Se me secó la boca. Ella también sabía manejar un ordenador. También sabía distinguir un archivo auténtico de un montaje. Miró la pantalla durante lo que me pareció un siglo entero.
—Es la información de Livia —dijo por fin, con voz átona—. Reconozco el formato. Las cuentas están completas.
—¿Nada más?
—Esta era la copia que ella llevaba encima. Lo demás lo tendría en otro sitio.
—¿Qué otro sitio?
—No lo sé, Ettore. Si lo supiera, ya te lo habría dicho.
Ettore cerró el portátil con un chasquido suave. Se recostó en el sillón, entrelazó los dedos sobre el vientre y me miró, por fin, con una satisfacción tranquila.
—Qué maravilla —dijo—. Una mujer que sabe cuándo rendirse. Ya te lo dije, querida. Los buenos siempre lo están.
—Ahora suéltelos.
—A su debido tiempo.
—Tenía usted mi palabra. Yo tengo la suya.
—Y la mantendré. —Ettore abrió un cajón, sacó una carpeta y la deslizó sobre el escritorio—. Pero antes hay una pequeña cuestión de garantías. Firma.
No quise mirar. Miré.