CAPÍTULO 17
El precio
Tardé casi un minuto en encontrar el aire para pulsar la tecla.
El teléfono de Raniero, con la pantalla estrellada en diagonal como una telaraña, seguía caliente entre mis dedos. En la parte alta de la pantalla parpadeaban dos rayas de cobertura, tan frágiles que temí que se apagaran si respiraba. Toqué el número de Benedetti. Sonó una vez.
—Pronto.
—Coronel. —La voz me salió rota, ronca, irreconocible—. Soy Aitana Beltrán. La restauradora. Estoy con el teléfono de Raniero Leuzzi.
—¿Dónde está él?
—Se lo han llevado. A él y a su hermana. Los tiene Ettore.
Hubo un silencio brevísimo, y después una respiración larga, contenida, de hombre que acaba de recibir la noticia que llevaba temiendo toda la noche.
—Cuénteme todo. Deprisa.
Se lo conté en tres minutos, de pie en medio del cruce de caminos, con una sola zapatilla en el pie y la otra, la de Giulia, apretada en la mano.
La traición de Fedora. La emboscada. La llamada de Ettore.
Las seis de la mañana como plazo. Benedetti escuchó sin interrumpirme una sola vez.
Cuando terminé, dijo una palabra en italiano que no traduciré.
—¿Tiene usted la tarjeta de la inspectora?
—Pegada al cuerpo.
—Bien. —Oí un ruido de papeles, de voces bajas, de una puerta metálica—.
Escúcheme, señorita Beltrán. Estoy en la Cala Scirocco con seis hombres y un furgón sin identificar.
No tengo la orden judicial todavía. La jueza de Bari me ha prometido la firma a las siete, y ni un minuto antes, porque yo mismo le he pedido que verifique todo dos veces.
No puedo entrar en esa villa sin ella. Si lo hago, cualquier abogado de Ettore Leuzzi tirará abajo el caso en la primera audiencia y esas veintitrés personas desaparecerán para siempre.
—Van a matarlos.
—No lo harán todavía. Un hombre como Leuzzi no destruye lo que aún puede vender. —Lo dijo con la crudeza de quien lleva años viviendo entre esas verdades—. Pero sí puede usar a sus hijos para obligarla a entregarle esa tarjeta. Y necesito que lo haga.
—¿Qué?
—Necesito que le entregue algo que él crea que es todo.
—Bajó la voz—. Livia conocía a Ettore mejor que nadie.
Sabía que, si la investigación avanzaba, él trataría de recuperar las pruebas antes de moverse.
Si cree que las tiene, esperará al jueves.
Si cree que no, moverá el cargamento hoy mismo. ¿Me sigue?
—Quiere que le dé una tarjeta falsa.
—Quiero que le dé una tarjeta que contenga lo que ya no puede dañarnos.
Las cuentas de Lugano, las que ya han llevado a Franco Rinaldi a la cárcel.
Los nombres que Ettore ya sospecha que conocemos.
Nada más. Nada de mi nombre, nada de la lista de las veintitrés personas, nada del sótano.
—Una pausa—. ¿Tiene forma de copiar lo que hay en esa tarjeta?
El maletín de campo. La tarjeta de memoria de mi cámara, vacía, envuelta en un paño de limpieza dentro de un estuche. El portátil que descansaba en el cajón de mi cuarto, bajo el cuaderno negro.
—En la villa. Tengo un ordenador.
—Entonces vuelva a la villa. Haga la copia, prepare el intercambio. Y antes de eso, envíeme todo lo que tenga en ese teléfono. Fotografías, notas, cualquier cosa. En este mismo instante.
—No hay cobertura.
—¿Dónde la hay?
Miré alrededor. El olivar era una mancha negra. Al norte, a lo lejos, se recortaba contra el cielo una loma pelada, coronada por los restos de una torre de vigilancia medieval que había visto de lejos en mi paseo hacia la cala, el primer día.
—En una torre. Puedo llegar en veinte minutos.
—Hágalo. Hasta entonces, no cuelgue. Y señorita Beltrán… —Su voz se suavizó apenas—. Livia habría estado orgullosa de usted.
No dije nada. No podía.
***
La loma era más empinada de lo que parecía.
Subí a cuatro patas los últimos metros, con las manos arañadas por las zarzas y las rodillas llenas de barro seco, mientras el aliento me quemaba en la garganta como un hierro caliente.
La torre era poco más que una ruina: cuatro paredes de piedra sin techo, con un arco desdentado por el que entraba el viento.
Me dejé caer en el suelo, con la espalda contra el muro, y saqué el teléfono.
Cuatro rayas de cobertura.
Abrí la galería. Las fotografías de la noche del sótano brillaron en la pantalla, una detrás de otra: certificados en blanco, sellos de goma, pasaportes rumanos, búlgaros, nigerianos, sirios.
La puerta metálica con su teclado. Las páginas del cuaderno de Ettore con la lista de veintitrés líneas y la palabra debito repetida en una columna.
El número de seis cifras subrayado dos veces.
La hoja suelta con las iniciales F.Q. y la palabra Fidata .
Las seleccioné todas. Pulsé enviar.
Enviando 1 de 47.
Contuve la respiración. La barra de progreso avanzaba con una lentitud cruel, milímetro a milímetro, y yo miraba el horizonte con la esperanza absurda de que el amanecer, si llegaba antes, ayudara a acelerar la transmisión.
A las cuatro y cuarto llevaba veintitrés fotografías.
A las cuatro y treinta y cinco, treinta y ocho.
A las cuatro y cuarenta y dos, cuando la señal cayó a una sola raya y el teléfono emitió un pitido de error, tuve que cerrar los ojos y contar hasta diez para no llorar.
Volvió. La barra reanudó su marcha.
Enviando 47 de 47.
Un tintineo. Un mensaje nuevo.
Ricevuto. Tutto. Brava. Ora torni alla villa e non si fidi di nessuno. — B.
Recibido. Todo. Bien hecho. Ahora vuelva a la villa y no se fíe de nadie.
Me levanté de un salto, con las piernas convertidas en gelatina, y me eché a correr loma abajo.
Sabía que eran las cuatro y cuarenta y cinco.
Sabía que a una hora de camino a buen paso, en línea recta, estaba la villa.
Sabía que tenía una hora y quince minutos para hacer lo más difícil de toda mi vida.
***
Cosimo me esperaba en la cancela este.
No dijo una palabra cuando me vio salir de entre los olivos, sucia, arañada, cojeando con una zapatilla que no era mía.
Se limitó a abrir la cerradura por dentro con una llave que ya tenía en la mano y a apartarse para dejarme pasar.
Llevaba el mismo delantal negro de siempre y una linterna diminuta, apagada, colgada de un cordón al cuello.
—Los señoritos están abajo —susurró mientras cerraba tras de mí—. Al señor Raniero lo han encerrado en el segundo nivel, en una celda del fondo. A la señorita Giulia la han subido a su cuarto. No la han atado, pero hay un hombre en la puerta.
—¿Cómo…?
—Vi el coche salir. Vi cómo volvían. —Me miró con sus ojos oscuros, cansados—. Llevo treinta años viendo cómo vuelven las cosas, signorina.
Lo seguí por el jardín, pegada a la lavanda, con el corazón en la garganta.
Cosimo se movía con una economía de gestos casi sobrenatural, deteniéndose en cada esquina, girando la cabeza a un lado y al otro antes de avanzar.
Entramos por la puerta de la lavandería, subimos por la escalera de servicio con una mano en la pared, y en el rellano del ala este me detuvo con un gesto.
—Quince minutos —susurró—. Es lo máximo que puedo garantizarle. A las seis menos veinte, Salvatore hace su ronda.
—¿Por qué me ayuda?
Cosimo tardó en responder. Se pasó el pulgar por el borde del delantal, un tic minúsculo que no le había visto jamás.
—Mi hermana trabajó en esta casa antes que yo —dijo—.
Se llamaba Immacolata. Era la niñera de los señoritos.
Se fue una noche de noviembre sin despedirse.
Nunca más he sabido de ella. —Levantó los ojos—.
Don Ettore me dijo que se había marchado a Alemania con un novio.
Yo llevo diecisiete años esperando una postal.
Me quedé sin palabras.
—Debo decirle otra cosa, signorina. —Bajó la mirada—.
Fui yo quien fotografió su cuaderno la noche de la cena.
Fui yo quien le dijo a don Ettore que el señorito Raniero había subido a su cuarto.
Era mi trabajo. Lo hacía sin pensar, como se barre un suelo.
Hasta que vi volver el coche sin los señoritos, y entendí que mi hermana no se fue a Alemania con ningún novio.
No le dije que lo perdonaba. No me correspondía a mí. Le dije lo único que de verdad pensaba:
—La llave que nos dio vale más que todas esas fotografías.
Cosimo asintió una sola vez, como quien acepta una sentencia justa.
—Vaya, signorina. Rápido.
Abrí la puerta de mi cuarto. Todo estaba exactamente como lo había dejado: la cama sin hacer, la silla contra la puerta, la ropa mojada del día anterior colgada del respaldo.
Cerré con llave. Saqué el portátil del cajón y lo puse sobre la cama con dedos que no me obedecían del todo.
El ventilador arrancó con un zumbido que me pareció tan fuerte como una alarma.
Me quité la tarjeta de Livia del bolsillo interior del sujetador. Estaba caliente. Diminuta. La inserté en el puerto lateral.
Cuatro carpetas. La cuarta, SE MUOIO . La abrí, me quedé mirando el nombre del coronel, y después arrastré la carpeta entera a una ubicación segura dentro del portátil. Hice lo mismo con las otras tres. Copia completa: dos minutos y trece segundos.
Saqué del estuche la tarjeta SD de mi cámara, vacía, y la conecté. La abrí. Volví a la carpeta original.
Y empecé a restaurar.